La catástrofe

La súbita catástrofe nos hace sentir unidos, que somos hermanos, solidarios, que todos nuestros corazones palpitan al mismo ritmo. Despertamos al llamado de los necesitados.

La catástrofe nos saca de nuestras rutinas, nos impele a ayudar a todos los afectados. La cohesión y la buena voluntad llegan de inmediato a su clímax.

Pero un catástrofe deja muy pronto de ser novedad y, en poco tiempo, es sustituida por otro encabezado a ocho columnas o titular destacado en la página principal. Las conciencias se sienten satisfechas con lo que hicieron en dos días. La catástrofe se convierte en anécdota y en comentario para el resumen noticioso de fin de año.

Los afectados de repente son abandonados a su mala suerte o lenta muerte. Regresan las indiferencias y los rencores anteriores, vuelven también los días comunes, y respecto a los semejantes se impone de nuevo la indiferencia. El brillo de las almas se apaga ante los escombros internos de lo cotidiano. Los borregos vuelven al redil danzando la canción impuesta.

La unidad se viene abajo, y de nuevo todo al carajo. Mientras no seas un damnificado, todo lo ajeno te vuelve a importar un bledo. Solos de nuevo… naturalmente.

Naturaleza humana, aquí y en China.

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Decepciones

Firmaste en tu contrato que estarias conmigo cuando más te necesitara, pero a la mitad de la calle vaquera en la fatídica hora señalada, ahí estaba yo, solo con mi sombra, un comisario contra todos los forajidos de spaghetti western que odiaban la ley.

Juraste en el altar, estar conmigo en las buenas y en las malas, y luego con tonada ensayada dijiste el definitivo Sí. Pero cuando llegaron las regulares a nuestra vida común, te fuiste sin decir hasta la vista. Ahora entiendo por qué tus pertenencias siempre estuvieron embaladas.

Dijeron que me amarían hasta el fin, pero no aclararon que el fin sería un joven león que llegaría a disputar mi trono en la sabana africana. ¿Cómo me pudieron hacerme esto cuando más las necesité? Ahora estoy solo, mordiendo el polvo, tratando de saber en qué fallé.

Prometieron seguirme hasta el final, cantar conmigo y adorarme, oír mis canciones y comprar mis grabaciones. Ahora con mucho esfuerzo logro reunir a tres ancianas de hueso colorado en bares pulgosos de mala muerte, tres viejas ansiosas de escuchar la misma tonada de siempre, otra vez.

Mi casa siempre estuvo llena de gente en la abundancia, hasta los extraños se decían mis amigos. Pero al llegar las siete vacas flacas, hasta mis hermanos me trataron como desconocido. Ahora todo es ruina, sé lo que se siente ser completamente invisible.

Silbé y silbé, grillo de pacotilla, la perdición me enganchó, mientras tú estabas muy ocupado tratando de ligarte absurdamente al hada que no comulgaba con la zoofilia. Bonita pareja de inútiles, aunque no dejo de alegar inocencia.

Me dieron la bienvenida multitudinaria, varios se beneficiaron de mis curaciones, bebieron de mi vino, comieron y cenaron conmigo, pero dejaron que me clavaran en un romano castigo, ¡bonita forma de creer en mí! Ah pero ahora sí…