Todos somos el futuro de algún presente

Quizás terminemos así, añejos como la pareja de la mesa vecina. Esos dos vejestorios decadentes que intentan decantar el tedio juntos. Par de sobrevivientes de muchos inviernos que sólo pueden ofrecerse sus respectivos cúmulos de tiempo.

Son feos, como cartas quemadas, pero ya a ninguno le importa. Cuando se comunican, procuran reír, no porque se digan algo gracioso, sino porque cada uno cree que es la manera de que el otro siga allí, para fortalecer su aspiración a seguir juntos.

Se unieron no por amor, sino por resignación. Por suerte se encontraron, en una etapa existencial de rechazos, pero jamás se gustaron, ni se gustarán. Se unieron porque decidieron que era mejor estar solos acompañados que solos cada quien por su lado.

Me resulta curioso que su charla se asemeje mucho a la de jóvenes enamorados: puras intrascenencias y cosas que pretenden ser graciosas. Hablan y se ríen de lo que se dicen para permancer juntos y ver si así ahuyentan a la muerte que los ronda tan cerca.

Puede que tú y yo terminemos como esos viejos, pero no juntos, sino con parejas distintas. Nosotros nos unimos por amor y de repente nos dimos cuenta que éste se acabó, y pensamos que aún nos queda algo que ofrecer.

Si nuestras vidas duran lo suficiente, seremos como este par de vejetes, acompañados, tú y yo, para ese entonces por seres que ahora ni imaginamos, pero que si los pudiéramos vislumbrar soñaríamos pesadillas y lloraríamos prematuramente por nuestro fracaso rotundo.

Imagino que algo similar a lo que pienso lo piensan las parejas jóvenes que nos han visto convivir a ti y a mí. Quizas tú y yo seamos hoy la pareja de viejos para un pareja de jóvenes que nos miran con discresión.

Anuncios

La ciencia médica avanza

La ciencia médica avanza a pasos de vértigo vomitivo, regalándonos un “tiempo extra” que nos alegra cual perros que lamen ranas alucinógenas.

Ahora tenemos más expectativas de vida, longevidad estirada como liga de la injusticia. Hoy en día la venta de pañales para adultos incontinentes es un gran negocio en todos los continentes, excepto en el norte de África. Ya no es extraño vivir más de 70 años, con lentitud y jodidos, pero muy contentos de “estar vivos”. Los viejos esperan ilusionados un nuevo cumpleaños, aunque se aburran, pues ya no les importan las constantes novedades —a las que cada vez encuentran más difícil seguirles el ritmo—, ni tienen con quién platicar de las cosas añejas que les interesan o que recuerdan.

Se nos pide aplaudir a quienes aceptan la quimioterapia (llamada “quimio” con sádico cariño) para combatir la horrorosa palabra que empieza con “C” y termina en “áncer”. Se nos dice que a esos enfermos les llamemos “guerreros”, aunque en el fondo sabemos que la suya es una batalla perdida desde el momento en que les declaran la enfermedad y que pase lo que pase nada volverá a la normalidad. Si esos guerreros logran exprimirle más años al destino, de todos modos, como tú o como yo, también morirán. Ojalá sean felices haciendo su voluntad.

Alabamos y dedicamos una luminosa, pero falsa, admiración a los enfermos de “C”, y tan ocupados estamos en aplaudirles que ni nos enteramos de lo costosas y dolorosas que son sus terapias, ni sabemos de los onerosos accesorios que deben adquirir  para llevar una vida “normal”. Si no me crees, mira cuánto cuesta un bra de prótesis para “guerreras” con “C” de mama y te convencerás.

Presumimos honrar a los ancianos, pero terminamos confinándolos en esos basureros humanos, sin reciclaje, que denominamos “casas de retiro” (antes les decíamos “asilos”, pero hoy están de moda los eufemismos). Allí se les visita, al principio, una vez al año, después cada año bisiesto y luego nomás en su sepelio, si es que nos enteramos de que fallecieron.

Prolongamos hasta lo insufrible las agonías ineludibles que el tiempo patrocina en nuestros cuerpos y nos convertimos en esclavos de los laboratorios médicos para que sus pastillas y demás chingaderas nos permitan ver un nuevo amanecer. Todo lo aceptamos como parte de la alegría de seguir en esta “vida”. Ojalá sean felices haciendo su voluntad.

Respirar no es exactamente vivir.

La ciencia médica avanza a pasos de vértigo vomitivo, y nosotros, aunque nos engañemos, tarde o tempranos nos quedamos en el vado del camino.

Un bufón sin gracia

Un bufón sin gracia. Bufón que no hace reír a nadie más que al dios, quizás porque aquél es obra de un humor de tinta, otro puno final al sinsentido de la vida.

Un bufón cuyas principales preocupaciones son el clima y el éxito, el dinero y los aplausos; para quien el último recurso es el “pégame, pero no me ignores”. Con desesperación ese bufón necesita que alguien acredite su existencia.

Si el bufón fuera como los lobos, que sólo se preocupan por la barriga llena y por su siguiente presa, otro gallo le cantaría; a menos, claro está, que el gallo fuera la cena de la manada lupina.

La luna observa, pero calla. Tú también guardarías silencio si, como ella, hubieses visto las mismas funciones —una y otra vez— en este teatro al aire libre. Las últimas palabras que la luna dejó salir del cerco de sus dientes fueron: “no hay nada nuevo bajo el sol”. Desde entonces únicamente silencio sepulcral de la luna.

El bufón, sin fuerzas y con el agotamiento semanal de lumpen enlatado, ruega cada noche al cielo para que lo releven de su cargo y lo alivien de su carga. Pero aquél que debiera autorizar ese consuelo, expidiendo copias por triplicado, tiene la clemencia de un usurero.

El bufón es demasiados siglos más joven que la luna (diríase con más propiedad que es cientos de milenios más joven que el satélite, pero las matemáticas no son mi fuerte, pues les tengo fobia desde que supe que sólo sirven para engañar y hacernos creer que hay lógica y sentido una vez que hemos nacido, y que estos motivos perduran aún después de que nos echan a la tumba), y a pesar de la diferencia de edades ha decidido tomar la misma determinación: callar discretamente como lo hacía Scheherezada al terminar un cuento.

El bufón ya no dirá nada, seguirá el ejemplo de quietud absoluta que nos da la luna. Ella ha visto muchas veces a demasiados personajes tomar esta misma determinación. La misma historia para la luna quien, como el dios, ya ni siquiera se inmuta.

bufon

Yo no le temo a la muerte

Yo no le temo a la muerte…

Pues la vida es un truco, una vil ilusión,

es la construcción artificial de un espejismo natural.

Únicamente somos sombras en un teatro que termina en tinieblas.

No somos ni siquiera polvo.

La vida es energía, nada más, el resto es imaginación.

No conocemos más que el presente, que a su vez es un engaño al igual que el tiempo.

Nos inventamos todo para darle un sentido al absurdo, para sentirnos algo.

Somos sombras que sueñan y desaparecen, nada más.

Nuestro para siempre es sinónimo de nunca.

Te digo, la vida carece de razón, de cualquier sentido.

El motivo y la razón se los creamos cada uno para sentirnos alguien.

Para creer que vamos a algún lado. Pero al final está la nada, que siempre ha estado.

La vida no es buena ni mala, ni maravillosa ni trágica.

Es un accidente.

Es el sonido de una varita que se rompe y que no tiene eco en la eternidad.

La nada es todo, y de vuelta otra vez.

Yo no le temo a la muerte, le temo a la vejez.

Desgarbo

Siempre trazabas en tus sueños un lujoso auto dorado como el sol, estacionado en una presidencia nacional o un palacio real con mil celosías. Esas imágenes se mezclaban en tu mente afiebrada con viejas escenas de Casablanca.

Tu romanticismo ideal, producto de novelas baratas y princesas Disney, y tu corazón latiendo al ritmo de mermelada y miel, eran la combinación perfecta para atraer moscas y bichos inmundos.

Eso era tu vida cuando no dormías: películas e ilusiones de neón, príncipes sin rostro, magnates de billeteras herniadas y rostros de padres potenciales; y todo terminaba siendo una cadena de falsas escaleras al Cielo, que jamás te acercaron a tus ideales.

Tus contoneos eran como grandes pantallas que proyectaban los interiores del templo de la esperanza, pero sólo en el gremio de los canallas se imaginaban ser el sacerdote ideal. Margarita que sólo pudo atraer cerdos.

Confundida entre las adúlteras sin amor con abrigos de curiosidad, aceptaste promesas ligeras y perdiste todas tus apuestas. Tuviste suerte de nacer aquí, esto te salvó de ser diana de piedras arrojadas por manos morenas.

No puedo decir si lo que hiciste estuvo bien o mal, eso puede que lo descubramos ambos si existe otra vida.

Hoy tu belleza se deslava, desperidicada. No hay de dónde agarrarse, ni cómo sostenerse. Si hasta Greta Garbo se desgarbó por la vejez, ¿qué podemos esperar nosotros, mortales simplones?

El ruedo está vacío y ya no quedan toros, sólo malos bailarines de flamenco que te emulan. Tu imán ya no atrae ni a la lujuria más desesperada. No hay auto de sol ni palacios, unícamente soledad desnuda.

La vela se apaga y la pluma se queda sin palabras. Hora de que nuestro camino se bifurque sin que sepamos si nos volveremos a encontrar, sólo el tiempo lo dirá; y mira que el tiempo no existe en realidad.

Junio 2002

garbo

Sobre losetas de olvido

Hay una canción que me hacía sentir, que detonaba en mí rosarios de emociones, ansias y deseos. Esa canción hacía que me dolieran las distancias, que celebrara cada abrazo y perdiera la cabeza en cada beso.

Hoy esa canción no tiene significado para mí, simplemente me deja insensible.

Cuando mis emociones despertaban gracias a esa canción, yo creía en muchas cosas, el futuro lucía amplio, como el cielo y el mar, y el presente perpetuo como una película sin fin. La juventud es un cierto tipo de ceguera y la vejez trae consigo, cuando no el desencanto, un cinismo llamado realismo, que es como torear para sobrellevar la vida, sin necesidad de lastimar animales.

Había un rostro que yo solía añorar imagino que el tiempo habrá hecho de él una cara irreconocible o una caricatura del que conocí. De aquel rostro no puedo empalmar las facciones, ahora es como una nebulosa en la licuadora de mi mente.

Esos “para siempre” no duran ni lo que una vida y en realidad el “nunca” ocurre todos los días.

La historia con ella prometía, sonaba bien como melodía desencadenada o sinfonía que transporta; fue ese tipo de amor tan bonito como un cuento que quisieras fuera cierto. Pero las hadas no existen y una zapatilla de cristal se rompería al primer cha cha chá.

Además, el tiempo termina borrándolo todo. Yo aún puedo escuchar la canción que te dije, pero imagino que la insensibilidad siempre antecede a la nada.

El cartero siempre llama dos veces, y yo llamé hasta siete veces siete a esa puerta.

Hoy no quedan ni ruinas de aquello, quizás un vago recuerdo.

Norma Desmond y Valentino bailan tango sobre losetas de olvido.

tango

No lo dije yo primero

Que un loco esta al frente del país más poderoso… no es nuevo, ya ha pasado demasiado en muchos ayeres.

Que el mal está desatado en el mundo y que no hay refugio dónde esconderse, lo mismo le dijeron a Noé y al tatarabuelo de Matusalén.

Nada cambia en esencia, cambian un poco las tecnologías y escenarios, pero no cambias ni tú querida, a pesar de tu extenso menú de desvaríos y agravios.

La historia la repiten quienes la conocen y también los que la ignoran, nada puede evitar el mismo bucle constante y sonante.

Que las cosas van tan mal que sólo podemos esperar que mejoren, es la esperanza más usada desde que los humanos andamos en dos patas.

Que el mañana será dorado y bello es la misma creencia que se tiene para evitar el suicidio masivo con impuesto al valor agregado, la realización de Lemmingrado.

La vida no es buena, ni mala, simplemente es. La existencia carece de sentido, y nuestro trabajo es inventar una razón o un motivo cada día hasta que se nos acabe la cuerda.

Si la cosa no fuera tan patética me orinaría de risa, si no fuera tan cómica me quedaría seco y sin lágrimas.

Nada será peor que ahora, y tampoco será mejor. Siempre el mismo desconcierto de la perfección y no hay nada perfecto, excepto el caos.

Así es la vida, en rosa y en cualquier color.