¿Para esto evolucionamos?

La habilidad del dedo pulgar (que permite el uso de herramientas) y el desarrollo de la razón (punto de partida para la inventiva y la moral), diferenciaron al ser humano del resto de los animales e hicieron del Hijo de Dios una bestia con complejo de superioridad. Pese a esto, o por esto, el Homo sapiens, el hombre y la mujer, incluyendo sin limitarse a ello: a todas las personas sin distinción de preferencias sexuales, religiones practicadas, estaturas, tonalidades epidérmicas, preferencias alimenticias, curvaturas dorsales, pronunciaciones oratorias, capacidades intelectuales, posturas políticas, imposturas sociales, etc. etc. [especificación recomendada por la Barra de abogados y demás malhechores del gremio legista], el hombre y la mujer, inconscientemente en dirección contraria a lo que buscan presumir, insisten en demostrar una calidad inferior a la de las demás especies coetáneas, ejerciendo un supuesto dominio sobre ellas y teniendo la estúpida creencia de controlar la naturaleza. Pero el que ríe al último ríe mejor…

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Fue también con la ayuda de sus pulgares, y con muy poca razón, que un Licenciado en Ciencias de la Comunicación con Maestría en Marketing empresarial, enfundado en un traje amarillo tonalidad orines fermentados, se desempeñaba como payaso especializado en hacer figuras con globos en un café restaurante, todos los fines de semana por las mañanas. Así cumplía con su contrato laboral eventual [aprobado por el gremio de abogados arriba mencionado] que le exigía trabajar 4 horas cada día del fin de semana (y si sus superiores lo considerasen necesario, sin previo aviso, prolongar la jornada hasta por 12 horas, aunque sin derecho a una remuneración que sobrepasara la cantidad a pagar por las 4 horas originalmente acordadas).

Todos los sábados y dies Dominicus, mientras el payaso desempeñaba su desgraciado y mal pagado puesto tenía que soportar risas, berridos, exigencias, inapetencias, lamentos, sustos, eructos, insultos, pedos ninja (esos cuya presencia no se percibe hasta que ya es demasiado tarde), coqueteos, toqueteos, desprecios y burlas por parte de niños,  progenitores y familias en general, clientes habituales del café cuyo logotipo es de color amarillo, tonalidad orines fermentados.

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En ese escabroso ambiente laboral, el payaso se esforzaba por crear perros salchicha con globos anaranjados, caracoles con globos marrones o espadas de Luke Skywalker®/Lucas Trotacielos® y Darth Vader® con globos azules. En honor a la verdad, los supuestos perros, caracoles y espadas se asemejaban más que nada a los penes torcidos que ejemplifican malformaciones anatómicas de miembros en las ilustraciones de los libros de la insigne Facultad de Medicina de la Universidad de París.

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El suplicio sin redención del payaso amarillo se repetía cada fin de semana, como los cálculos minerales de un Sísifo sin capacidad de sorpresa. A pesar del hartazgo y la repelencia que sentía por esa labor, allí estaba siempre el payaso sin vocación globofléxica, puntualmente en la sucursal del café franquicia a la que muchas personas de clase media y media baja acuden para desayunar, almorzar y tomar su café con bisquets o enchiladas suizas (que al parecer son más bien de origen coahuilenses), pero sobre todo para compartir sus doctas opiniones sobre el partido de futbol del día anterior, decir lo que pasará en los encuentros futboleros a celebrarse ese mismo día y el día siguiente, comentar y pronosticar la mayor cantidad posible de los 2199 partidos que se apretujan en los calendarios de ligas, campeonatos y copas (sin contar los encuentros amistosos) llevados a cabo los 365 días del año.

La gente considera que para demostrar que vive plenamente debe apasionarse por algo, y la pasión más simplona —que no requiere que al apasionado (o apasionada, me exige la Barra) le funcione ni media neurona aturdida— es la que ofrece FIFA™ (Federación Internacional de Fútbol Asociación). Por eso, para sentirse parte de un grupo, para presumir su pasión a niveles exagerados, todos los parroquianos del café interrumpen sus profundas conversaciones expertas cada que se aprecia un amago de gol en cada uno de los diversos monitores del local que simultáneamente sintonizan el partido que se juega en directo o una repetición de alguno de los encuentros celebrados la noche anterior.

Al payaso no le disgustaba el futbol, pero odiaba su trabajo, aún a sabiendas que sudando copiosamente se ganaba la vida, o quizá lo odiaba precisamente por eso. Su tormento terminó súbitamente un sábado ajetreado, a las 9 de la noche, habitual hora de su salida sabatina. Entonces fue informado por el gerente que se daba por terminada la relación del payaso globoflexista (o escultor de penes subliminales deformados) con la franquicia cafetera, ya que esta tenía pensado, a partir del siguiente domingo, entretener a los niños con videojuegos, para que los infantes realizaran actividades como en casa.

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Tras recibir la simbólica patada en el culo, el payaso recogió su paga escuálida, sin tener siquiera la intención de agradecer un carajo, y caminando hacia la salida lentamente con sus largos zapatos que chillaban a cada paso (chuick, chuick, chuick…), salió del establecimiento, se sentó en la acera, pensó en Juárez, en Dios y en María Candelaria (quien no había hecho nada malo), y lloró, lloró, lloró hasta que se le corrió el maquillaje, recordando entre sus sollozos que la vida no es justa y carece de sentido.

Darwin: ¿para qué te tomaste la maldita molestia?

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María Candelaria Clic para ver el momento “yo no he hecho nada malo”

No creo (anticredo)

Me siento de otra generación, de una época lejana, perdida y olvidada; quizá de otro mundo, uno con menos inmundicias y menos prisa. Aunque igual soy un exiliado, expelido non grato, de este último lugar. Ahora sólo pido el olvido, divino.

No entiendo la conexión umbilical con el cable ni con los aparatos descableados, no le veo el sentido a informar y publicar cada intrascendental momento de mi insulsa existencia, creer que les hago un favor a los demás cuando les doy a conocer cada insignificante acontecimiento de mis días, como una pitera celebridad, mostrando hasta lo que me trago, revistiéndolo como de importancia. En realidad, a nadie le importa un carajo.

No me va el ir perdiendo la memoria, entregando lo poco que sé a un aparato enredado con miles de aparatos más. No me convencen las declaraciones de amor exclusivamente en pixeles ni en alta definición, la realidad virtual entre personas, ni los aberrantes avances para tocarnos a la distancia, me parece tan bajo, tan poco humano.

No creo en el sexo virtual, ni en leer libros usando una pantalla, ni en tener la oficina conmigo 25/7 (y además ver en este grillete una bendición). No creo en que alguien tenga acceso en tiempo real a mi ritmo cardiaco, ni en que “para proteger mi seguridad” haya cámaras grabando cada uno de mis pasos. No me interesa ser un personaje orwelliano. No creo en el estrés como el pan nuestro de cada día, ni en que estar sin Internet sea como estar muerto.

Hay cosas buenas en el presente, como las ha habido siempre. Pero ahora somos tan dependientes de nuestras propias creaciones. Adoramos al monstruo de Frankenstein que algún día, no muy lejano, nos hará arrodillarnos, humillándonos por los tornillos que hoy nos faltan.

A nadie sorprenda que una mañana desaparezca. Y que de mi sombra nadie pueda dar razón.

No resucitó al tercer día

Era su tercer día y él se sentía igual de perdido que el primero.
Las mismas ideas dando vueltas una y otra vez, en un carrusel nada festivo dentro de su cabeza. De manera ya morbosa, repasaba los ecos de su existencia. Desde la fobia a los niveles básicos en la escuela al arduo trabajo que le costó, sin contar el gasto en dinero, sacar adelante los niveles superiores. Según él, su título profesional no lo obtuvo, lo parió.
Ya titulado, licenciado para enfrentar la vida profesionalmente, vinieron las primeras experiencias laborales, la subcontratación descarada, robos en descampado protegidos por leyes desbalanceadas para favorecer la voracidad y la explotación. Él sabía que hay muchos empleados perezosos, pero también que mucha gente murió en la historia para conseguir un mínimo de derechos y libertades para los trabajadores que sí laboran, derechos que con los años han terminado pisoteados, ignorados y olvidados. Aquí y en China.
Recuerda que, luego de años ‘de experiencia’, por fin le llegó la oportunidad ideal, un trabajo bien pagado, en una compañía sólida a nivel mundial. Sin embargo, no fue mucho el tiempo de felicidad.
La macroeconomía y los inversores obligaron a la gran compañía a emitir informes con números negros para quedar bien la bolsa de valores, sin que en estas condiciones intervinieran ni más inversión ni la mejora de la calidad. Sólo los números importan, y la manera más rápida de oscurecer los números de las cuentas para esos informes es despidiendo a mucha gente. Él se libró del primer despido masivo, pero tres meses después, en la segunda guillotina, su cabeza laboral rodó por el suelo del desempleo.
Vinieron años de labor independiente, sin contratos ni prestaciones, aceptando pagos bajos, tal como los aceptan las costureras de Bangladesh, para medio sobrevivir. Nada de seguridad social, nada de hacer antigüedad y ni pensar en un retiro o pensión. La macroeconomía de nuevo, sacrificando el bienestar de la gente por el de la élite.
El tiempo siguió corriendo, y él llegó a la edad del descarte, del desecho de lo añejo. Demasiado viejo para laborar.  Cinco décadas y media te convierten en nada para el mercado del trabajo.
Pero las grandes cadenas de supermercados tienen corazón, creen en las ventajas de la edad y con un noble magnanimidad aceptan a los viejos descartados como empacadores; sin sueldo ni contrato, claro, esperando que subsistan con las magras propinas de los clientes. Eso o cuidar coches en el estacionamiento, una castigadora labor bajo el sol y la lluvia, el frío y el calor, también carente de sueldo, por supuesto. Acciones que las cadenas del comercio detallistas anuncian como una “gran oportunidad” para los ancianos.
Él lleva tres días empacando compras de gente que aún recibe un salario. Tres días ganando muy bajas propinas, porque muchos clientes ni siquiera las “gracias” le dan.
Todo el estudio, todo el esfuerzo y la experiencia, ¿para esto?
Tres días y siente que no se acostumbra, que a esto no se acostumbrará nunca. Pero hay que comer, el estómago no entiende de dignidad y a veces ni de justicia.

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Paga por sexo

Paga por sexo, y además lo deduce de sus impuestos.
Paga por sexo, sin dejar de pensar que cree en el amor.
Discretamente deja los billetes en una mesita, y al despertar no hay nadie más en la habitación.
Paga por sexo, para satisfacer instintos básicos y mantener viva la vieja institucion.

Paga con sexo su manutención y supervivencia.
Paga con sexo cada oportunidad que obtiene para salir de la cocina.
Así le enseñó su mamá, según lo que ésta aprendió de la abuela, una mujer no es libre, ni por el lado de adentro de la puerta.
Paga con sexo y se resigna al recitar el sermón de la montaña.

Paga por sexo, porque tanto poder no le permite conseguirlo de otra manera.
Paga por sexo, porque a sus alturas el aire está enrarecido y cree más en las mentiras que en las escasas verdades.
Los cuerpos ajenos son simplemente otro territorio para que ejerza la dominación o, a veces, son el último resquicio para hallar alivio.
Paga por sexo, dando casas o actas de matrimonio en vez de billetes.

Paga con sexo su alpinismo en la jerarquía, pues pareciera que no hay otra manera de llegar alto en el mundo laboral.
Paga con sexo, prometiéndose que llegará el día en que no tendrá que hacerlo más que por amor.
Ignora que, cuando ya no tenga que pagar por escalar, cobrará a los demás de la misma manera, así se preservan el yin y el yang.
Paga con sexo y, sin notarlo, cuando lo hace va emitiendo letras de cambio en la misma divisa corporal.

Paga por sexo para sentirse importante y a la vez preservar al menos dos tipos de cadenas.
Paga por sexo porque hoy todo tiene un precio.
Lo hace como una manera de salir de su jaula hogareña, “nadie saldrá lastimado de este modo”, es lo que decide creer.
Paga por sexo porque sabe que no es lo mismo, nunca es lo mismo, hacer el amor que joder.

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Las máquinas y el hombre (y el hambre)

Recuerdo las maquinas de fotografías instantáneas de los Picapiedra: el que quería sacarse la foto se sentaba frente a la máquina y adentro de ésta un pajarillo con cincel y martillo grababa el retrato de la persona en una tablilla de piedra. Quizá eso me hizo pensar durante años que en cada máquinita expendedora de refrescos había un enano dentro que nos arrojaban la lata de soda elegida, y que podíamos conocer el humor del enano basándonos en la fuerza en que nos era enviada la lata. Claro que el enano nunca se dejaba ver. También pensaba que esos grandes relojes, como el Big Ben, tenían un secreto: había detrás de la carátula hombres que por turnos movían las manecillas.
Era yo muy fantasioso y supongo que desde entonces le tenía algo de miedo a la Revolución Industrial.
Según se nos dice en la escuela (esas grandes instituciones creadas para matar nuestra curiosidad y convertirnos en engranes baratos, bueno al menos a eso se dedican las academias en años recientes), las máquinas se desarrollaron en teoría para trabajar por nosotros, liberarnos de los trabajos esclavos y tener más tiempo libre.

Pero como la teoría rara vez se espejea en la realidad, en vez de gente con vidas sociales más ricas, con cultura más amplia y con lazos familiares más fuertes, yo veo trabajos más esclavos y menos oportunidades trabajo para todos. Veo horarios victorianos, dignos de cualquier míseropatética descripción laboral de Dickens, y abuso infantil convertido en mano de obra no sólo barata, sino de risible precio (y de risa nerviosa, no de risa graciosa), veo gente de países sin desarrollo haciendo el trabajo que las máquinas aún no pueden hacer, o que es más barato conseguir explotando a seres humanos. Veo también despidos masivos (sobre todo en esos países más avanados donde existen derechos laborales y bueno sueldos).
Las máquinas quizá sí han dado más tiempo libre a la gente, pero a través del desempleo (que a su vez genera hambre y delincuencia desesperada); el tiempo libre menos deseado. No culpo a las máquinas de ello, sino a los avorazados ricachones que se inflan más de dinero a causa de la explotación de sus semejantes. Lo que no logro explicarme es cómo las masas siguen consumiendo los productos de esos ricachones y no revierten la corriente.
El hombre es el lobo del hombre. Quien lo dijo tenía razón.

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Regla del mercenario con ética

Mobtomas

No te pongas camisetas, no te vendas a banderas, ni a corporaciones, no es cuestión de corazones, el tuyo mejor guárdalo para la persona correcta o para tu propia empresa antes de que la vendas o de que te vendan. Lo mejor es ser un mercenario con ética, ser lo más profesional posible y quedarte donde más te conviene, primero tú y después tú… Así te evitarás decepciones y mira que vale más prevenirlas porque la vida da muchas de a gratis. No es cobardía, simplemente no te dejes dominar. No vendas tu alma por un escupitajo, no importa qué tan dorado sea. Pero ten cuidado al quitarte la camiseta, si es que ya te la pusiste. Jamás te la quites en época de fríos, mira que las pulmonías matan como mata el hambre. Alguna vez me dijo una prostituta, si no compras no me quites el tiempo; pues aprende…

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Dedicación

“Preferiría estar en cualquier otro lugar”, pensó Daniel, “pero era mi amigo”. Aunque no conocía a nadie en ese lugar, aunque nadie lo conocía a él, Daniel, amigo cercano de la época estudiantil del finado, esperaba cumplir el suficiente tiempo de presencia para largarse del velorio de alguien con quien no había hablado en 35 años. Calculaba que una hora de estancia en esos ritos es la cuota cronológica mínima. Cómo hubiese querido estar él en otro lado, pero la sociedad obliga.

La esposa del velado, ahora viuda oficialmente hablando, no podía dejar de pensar: “¿Sabría lo que pasó o sólo estaba bluffeando? Con lo que le gustaba el póker”. Ella hablaba de la vez en que le fue infiel, con el vecino de Raquel, ese que conoció en la boda de esta sobrina con nombre judío. El ahora occiso en esa ocasión, una de las poquísimas veces en que acudió a un acontecimiento social, presintió que el vecino de Raquel y su esposa se habían gustado. Maldito sexto sentido, suele funcionar cuando menos debe hacerlo. La esposa temblaba ahora al recordar  que meses después de esa boda, hubo vario encuentros furtivos con el vecino de la sobrina, reuniones de pieles y ombligos, que casi es lo mismo; así vivió en un jolgorio hasta una madrugada en que el marido le dijo: “si estás poniéndome el cuerno durante mis ausencias, más te vale que dejes de hacerlo, si llego a enterarme, a tener la certeza de tu ligereza [frase que sin duda había oído decir a alguien], lo mato, te mato y tomate [así era su extraño sentido del humor cuando más serio necesitaba estar]. Y si muero primero que tú, te asolaré en espíritu hasta el último día que vivas en esta maldita Tierra”. Tras esa amenaza ella dejó de engañarlo, y fue la esposa más fiel desde entonces, matando con TV, rompecabezas y cotilleos telefónicos el tiempo de su abandono. Así, intranquila, estresada y empastillada vivió hasta ahora que el marido yacía en ese féretro gris. ¿Habrá sabido la verdad? ¿La sabrá ahora que estaba en el lugar donde todo se sabe? ¿Cumpliría su palabra? Ella al menos había obedecido, pero ¿la perdonaría?

Dos amigos del póker, que tenían intenciones sexosas con la viuda salerosa, hacían lo posible por darle un confort y ayudarla a no dormir en una cama fría (cosa a la que ella estaba más que acostumbrada), pues lucía muy preocupada. Con el fin de ‘soportar’ el dolor, uno de ellos había llevado una botella de vodka, para convertir el café de la funeraria en caldo del diablo. La pequeña botella de Karloff, envuelta en papel de estraza, a punto estaba de quedar más seca que el Sáhara. Pero la viuda, sumida en sus penosos pensamientos, seguía sin encontrar alivio, inútil era el apoyo de los ludópatas alcohólicos, quienes verían frustrado su objetivo copulativo.

Seis compañeros y compañeras de trabajo del contador que estaba allí, frío y sin respiración, lamentaban la pérdida de su jefe, tan jodidamente cruel e impositivo, tan jodidamente absurdo en lo que pedía, y tan jodidísimamente rastrero y servil con todo aquel que estuviese arriba de él en el organigrama. Sin embargo, es bien visto que los subordinados vayan al velorio de su jefe y allí estaban, velando a quien odiaban, aunque en realidad esperaban la llegada de la directora de la empresa, para que ella notara que ellos hasta el final cumplían. Dos de ellas lloraban como Magdalenas trozando cebolla con los dientes.

El hijo menor de occiso, estaba en el mismo estado que el amigo Daniel, sólo que sentía que aunque la carne fría que allí veía era la de su padre, eso no le hacía cambiar la idea de que era realmente un desconocido. “¿Qué diablos hago aquí? El tipo me dio la vida, pero yo ni lo conocía. Además ni que fuera yo el único”. A muchos kilómetros de allí, en ese preciso instante, el hijo mayor del occiso tuvo un ataque de risa, y no supo explicarse el porqué.

El muerto había dedicado la vida a su trabajo. A hacer política rastrera, porque de su puesto no sabía ni un carajo. Lamiendo botas, con absoluta entrega y cero repugnancia, se esforzó todos los días,  ganando varias veces el título de “Empleado del mes”, hasta hacerse acreedor de  la dirección de Contabilidad de una prestigiada trasnacional, especializada en la explotación voraz del Tercer Mundo. Cuando vivía, el muerto llegaba a la oficina a las 7 am y se iba de allí a la media noche, también ‘sacrificaba’ sus fines de semana para ir a trabajar. Pero en realidad no era la productividad el motor que lo impulsaba, él necesitaba estar en la oficina, pues fuera de ella se sentía nada, ese don nadie del que todos hablan, pero sin conocer ni remotamente el vacío que es serlo en realidad. Sólo en la oficina era algo. Lo único personal en su vida, eran las noches de póker, cada jueves a las 10 pm y acudir a una boda una vez al año. El tipo no era viejo, pero la mala alimentación y el exceso de preocupaciones, tragarse las humillaciones y sonreír cada que recibía una, lo consumieron 30 años antes de lo debido. Curiosamente hacía mucho tiempo, y quizá ésta era la primera vez, que no había tanta gente pensando en él de manera simultánea como ahora, en su velorio. Es probable que eso nos pase a todos, pero no lo sabremos, porque como el muerto, para ese entonces no sabremos nada, no podremos decir nada y ni siquiera estaremos allí.

Y la directora de la gran empresa jamás llegó, se contentó con pedirle a su asistente que enviara un tardío arreglo floral, tras lo cual se puso a ver los reportes del mes y analizar la fidelidad de los posibles candidatos para cubrir el reciente hueco de contabilidad.

Una mañana en la vida de un “moderno” empleado

De repente fue despertar.

Sonó la alarma del reloj como ha sonado siempre, sólo que ahora costaba más trabajo levantarse. Noches de insomnio debido a pensamientos recurrentes, preocupaciones laborales y existenciales, salud y conflictos en la oficina.

Jornadas de trabajo de casi doce horas, sin ser velador o vigilante, simplemente un obrero de cuello blanco, aunque ahora, con la informalidad de la falsa igualdad entre la gente, son obreros de camiseta de marca.

Años y años y todo bajo dominio. Horarios fijos, a veces horas extras pero sólo de vez en cuando. Ahora las jornadas extendidas, el trabajo que te persigue hasta cuando estás descansando o cagando, es lo común, es el diario. Los ‘gadgets’ que te encadenan, te los vendieron haciéndote pensar en la comodidad de estar siempre alerta. Pobre pendejo, esclavo gustoso. Al carajo olvido se fueron las leyes y los recuerdos de los mártires que dieron su vida por leyes que protegían a los empelados. No falta mucho para que la mano de obra sean de nuevo los niños explotados.

Es cosa de todos los días, de todos lados. Los tercermundistas micos del amo imperial, creen que lo que sale en las películas es primer mundo. Que dar la existencia en el trabajo es vivir. Olvidaron que el trabajo es el medio, no el fin. Que estar siempre preocupado, estresado es ser un éxito en la vida. Que todo se hace para tragarse un jodido café en el Starbucks. Eso es el éxito.

No es un manifiesto lo que busco, simplemente trato de plasmar en palabras el abrupto despertar a una realidad. Es como si un arcángel de flamígera espada te expulsara del Paraiso. Ahora eres como los demás, Luzbel caido, el hombre del bombín de Magritte, el Mr. Jones de Dylan. Tocas a las Puertas del Cielo pero no te abren, y no tardarás en olvidar la dirección de San Pedro.

Abriste los ojos, ¿qué pasó? ¿te carcomió la ambición? ¿O será que estés pagando todos los años de buenaventura y por fin eres como los demás? ¿Es este agotamiento, cáncer de preocupaciones y temores el Pan nuestro de Todos los días? Jodida la vida, cuando no hay tiempo para detenerse y oler las rosas.

¡Que cosas!

Despertar y volver a engranarse sin aceite en la gran maquinaria, o morir. El miedo que tenemos de perder la cobija nos obliga a continuar… ¿y si se nos quitara el temor? No, al parecer ya todos viven temiendo y miando.

Despertar y a trabajar, no hay tiempo para pensar. A seguir lo que dictan los imbéciles gurús del neoliberalismo. Trabajar, trabajar, ahora la tecnologíea es maravillosa, todos estamos interconectados en jornadas de 24/7 los 365. ¿Dónde está la maravilla de esa mierda explotadora? Que se los crea su reputa madre, tanto estrés, tanta preocupación, tan mala alimentación sólo conduce a enfermedades cardiovasculares y a males del estómago. No son pocos los que por todo esto sufren sufren infartos antes de los 40.

Despertar y a trabajar. Olvida lo que dije y de nuevo lánzate a la vorágine de la locura macroeconómica. Y Forbres no cambiará mucho su lista. Ya no hay listos, simple bola de borregos encandilados marchando insomnes al matadero, creyendo que estoo es el futuro, el bien que la tecnología ha dejado. Y unos cuantos son los que se benefician de la sangre de tantos, tantísimos.

Deja de pensar, abre tu correo electrónico institucional y ponte los grilletes de la jornada, que tu alma se la has vendido a Satanás sin darte cuenta.

Y todo se olvida con el tsunami de preocupaciones diarias.

El moderno empleado se parece mucho al de finales del siglo XIX, con la única diferencia de que el actual cuenta con Internet.

Cosas de la vida.

Regla del mercenario con ética

No te pongas camisetas, no te vendas a banderas, ni a corporaciones, no es cuestión de corazones, el tuyo mejor guárdalo para la persona correcta o para tu propia empresa antes de que la vendas o de que te vendan.

Lo mejor es ser un mercenario con ética, ser lo más profesional posible y quedarte donde más te conviene, primero tú y después tú… Así te evitarás decepciones y mira que vale más prevenirlas porque la vida da muchas de a gratis.

No es cobardía, simplemente no te dejes dominar. No vendas tu alma por un escupitajo, no importa qué tan dorado sea.

Pero ten cuidado al quitarte la camiseta, si es que ya te la pusiste. Jamás te la quites en época de fríos, mira que las pulmonías matan como mata el hambre.

Alguna vez me dijo una prostituta, si no compras no me quites el tiempo; pues aprende a decir lo mismo en los lugares que no te corresponden.

En cuestiones de trabajo todos somos putas cuando laboramos para alguien más.

Analiza las cosas lo más temprano posible, mira que el tiempo pasa rápido y como casi todo en la vida, no perdona, y como pocas cosas en la vida, el tiempo no negocia.

Sé agradecido y no te hagas de enemigos, te lo digo por experiencia propia, hacerse odiar por estupideces esa es otra manera de dificultarse la vida, pero también evita la hipocresía, cuestiona la autoridad y procura no lamer botas, debe saber feo (eso no lo sé de cierto, pero lo supongo) y además da un horrendo espectáculo (lo he visto muchas veces).

En fin, te lo digo para que no lo olvides, creeme hoy que estoy bastante decepcionado, precisamente por no haber seguido mi regla del mercenario con ética.

Mercenario con ética

No te pongas camisetas chico, no es cuestión de corazones, el tuyo mejor guárdalo para la persona correcta o para tu propia empresa antes de que la vendas. Lo mejor es ser un mercenario con ética, lo más profesional posible y quedarte donde más te conviene. Así te evitarás decepciones y mira que vale más prevenirlas porque la vida da muchas de a gratis. Pero ten cuidado de quitarte la camiseta, si es que te la pusiste, en época de fríos, mira que las pulmonías matan al igual que el hambre. Alguna vez me dijo una prostituta, si no compras no me quites el tiempo, pues aprende a decir lo mismo en los lugares que no te corresponden. Haz todo esto lo más temprano posible, mira que el tiempo pasa rápido y como muchas otras cosas en la vida, no perdona, y como pocas cosas en la vida, no negocia. Sé agradecido y no te hagas de enemigos, te lo digo por experiencia propia, esa es otra manera de dificultarse la vida, pero también evita la hipocresía, cuestiona la autoridad y procura no lamer botas, debe saber feo (eso no lo sé de cierto, pero lo supongo) y además es un feo espectáculo (lo he visto muchas veces). En fin, te lo digo para que no lo olvides, hoy que estoy bastante decepcionado, por no seguir mi regla del mercenario con ética.