Pero tienes trabajo

Te encuentro repartiendo cupones del King Burguer en el centro comercial.

Con tu espalda curvada, cual arco de la derrota, y pantalones demasiado ajustados, donde se embuten tus muslos.

Tu abdomen se desborda gelatinosamente por arriba de la línea de tu ficticia cintura.

Se nota que esta semana agregaste bastante sufrimiento a tu báscula.

Te vi repartiendo cupones de descuento, con tu rostro exhausto por las horas extra no remuneradas.

Tu cabello aclarado artificialmente, mal teñido, te hace lucir como si tuvieras 10 años más de los que indica tu acta de nacimiento.

Eres joven, no eres feliz, pero tienes trabajo.

Un trabajo de bajo sueldo, sin derechos ni protección. Sometido únicamente a la regla tácita y tóxica del “lo tomas o lo dejas”.

Si te enfermas no recibes nada, si te esfuerzas puede que ya no tengas que repartir cupones ni limpiar los baños.

Los derechos laborales por los que tanta gente dio su vida en el pasado, son una especie de leyenda lejana. No es justo, no está nada bien, pero tienes trabajo.

Al menos tienes empleo, y de categoría, porque es en una trasnacional que sale en las películas.

¡Bendita suerte!

 

Anuncios

Voladores de Papantla en la Ciudad de México

Mira hacia arriba, hacia ese espacio que es el ambiente natural de las aves, donde debería estar Superman supervisando (si él existiera claro). Mira hacia allá arriba, pues esta mañana verás a cinco criaturas bípedas, sin alas, desaladas y muy reales.

Allá en lo más alto de un poste, están cinco hombres vestidos a la moda Mexican Curious, dispuestos a realizar un antiguo ritual, solo que ahora en vez de hacerlo por una añeja religión, en la que ya nadie cree, lo hacen por la más moderna creencia en la que casi todos ponemos nuestra fe: el dinero.

Allí, cerquita de Dios (si Él existiera claro), donde las copas de los árboles te harían recordar al brócoli, los cinco voladores de Papantla miran hacia abajo, a todos los espectantes individuos que los contemplan boquiabiertos, la mayoría de los cuales son turistas extranjeros que han ido llegando poco a poco por curiosidad.

Hoy, el fondo del escenario no es azul, sino un cielo gris cargado de nubes que cantan su pigmea victoria ante el sol, anunciando una próxima tormenta, que quizás no será perfecta.

Como buenos artistas, los voladores hacen esperar a su público, esperando a su vez que lleguen más personas para ver su actuación. Pero no abusan, pues saben que no es bueno excederse con la paciencia del irrespetuoso, y deciden comenzar su descenso giratorio.

Los tiempos han cambiado, ahora los voladores están más afianzados que sus antepasados, quienes solo dependian de su equilibrio. El que tocará el tambor y la flauta en la punta del poste, como un eje para los que girarán, se sujeta firmemente, aunque no deja de ser arriesgado lo que ellos hacen.

Se comienza a escuchar el sonido de los instrumentos desde el cielo, y cuatro personajes, bien atados a cuerdas, se arrojan al vacío y comienzan a dar vueltas, girando y girando por el aire, bajando un poco más con cada giro alrededor del poste; convirtiéndose en una comprobación real de las fuerzas centrífuga y de gravedad.

Los turistas se sienten transportados brevemente a tiempos previos al momento en que Colón se lo pensó mejor y decidió utilizar un huevo de gallina, en vez de sus propios testículos, para ejemplificar a Isabel la Católica la redondez del mundo y convencerla de que le patrocinara su proyecto. Tiempo después, Colón usaría otro huevo para demostrar otra cosa.

Pero hoy, los voladores siguen descendiendo mientras sus cuerdas se van liberando del poste. Los niños y ciertas mujeres del público temen, incluso algunos desean que algo salga mal y que uno de los voladores se proyecte disparado hacia afuera del círculo que dibujan en el aire. Pero el acto ocurre sin incidentes.

Cuando los cuatro llegan a tierra firme, y el de la flauta y el tambor comienza a descender por los peldaños discretos del poste, la gente les aplaude asombrada, los habitantes de la Ciudad de México que se detuvieron por curiosidad a mirar el espectáculo, abandonan el lugar rápidamente antes de que los voladores comiencen a pasar el sombrero.

El dinero que recolectan los artistas, como casi siempre, es en su mayoría proporcionado por los turistas extranjeros.

Echando un vistazo al cielo, los voladores determinan que aún hay tiempo para repetir una vez más el acto, así que comienzan pronto a preparar de nuevo las cuerdas en el poste, antes de que la lluvia suspenda sus actividades.

Pero de todas formas, ellos estarán aquí mañana por la mañana para volver a girar y girar, para asombrar a propios, ajenos, conocidos y extraños, aunque solo los fuereños sean los que les dan dinero.

Afuera del Museo Nacional de Antropología e Historia de la Ciudad de México

24/sept/2017

Voladores de Papantla_Superman

Ardido en el Motel 6

Los constantes golpes de la cabecera contra la débil pared que nos divide, a veces adquieren un ritmo que rápidamente se extravía de nuevo en un caos sonoro… sin ton ni son.

La dama, a quien imagino mesera del tipo de las que le dicen “cariño” o “amor” a cualquier cliente de un café de mala muerte (excepto a los verdaderamente repulsivos, esos con pústulas más que variolosas en la cara), emite jadeos y gritos agudos, más ruidosos que el carnaval de Río y tan falsos como la congoja profesional de los agentes de servicios funerarios.

Al hombre que supongo que ella monta, lo imagino trailero, un tonel de 2 metros de altura, de brazos bronceados y tronco blanco inmaculado, tan albino como sus dos nalgas aplastadas que responsable e irremediablemente flanquean de seguro unas hemorroides hercúleas; un tipo con grandes bigotes estilo brocha gorda y voz de Barry White, que se limita a decir “oh sí nena, oh sí, oooh sí”.

El orgasmo lleva ya demasiado tiempo y dudo que la pareja sea experta en meditación y secretos orientales para hacer que este clímax se prolongue tanto… Una mesera y un conductor de remolque… Bueno, ¿quién sabe? Igual son dos magos sabios de Cachemira explorando la decadencia mundo. Nahh…

Lo que más me duele no es estar solo en este jodido motel de mala muerte, sin una chica con quien fingir que estamos en el Séptimo Cielo, o de perdida llegando juntos al Tercero. Tampoco lo peor es que la habitación apesta a humo de cigarrillo impregnado en cada partícula de aire, ni que me sospecho que las manchas de las sábanas de mi cama son residuos de secreciones desperdigadas durante diversos encuentros casuales o furtivos del lumpen blanco gringo. ¿O acaso serán ofrendas dejadas aquí por los adoradores de Onán? Quizás, quizás, quizás…

Pero no, en realidad lo que más me duele es tener que hacer una presentación profesional mañana a primera hora con ejecutivos de alto rango y que el cabronazo jefe de finanzas de mi oficina no me hubiera conseguido una pinche habitación en un lugar algo más digno que éste, ya no digo en el Sheraton, donde siempre se hospeda ese hijo de la gran reputa cada que viene por trabajo a California, sino en algún lugar donde los autos que hay en el estacionamiento no sean sólo remolques de carga o coches destartalados con al menos 10 años de antigüedad. Ese desgraciado jefe de finanzas siempre hospedado en el Sheraton y yo intentando dormir en el Motel 6 – super low budget, al lado de una carretera. ¡Esto es lo que arde carajo!

¿Para esto evolucionamos?

La habilidad del dedo pulgar (que permite el uso de herramientas) y el desarrollo de la razón (punto de partida para la inventiva y la moral), diferenciaron al ser humano del resto de los animales e hicieron del Hijo de Dios una bestia con complejo de superioridad. Pese a esto, o por esto, el Homo sapiens, el hombre y la mujer, incluyendo sin limitarse a ello: a todas las personas sin distinción de preferencias sexuales, religiones practicadas, estaturas, tonalidades epidérmicas, preferencias alimenticias, curvaturas dorsales, pronunciaciones oratorias, capacidades intelectuales, posturas políticas, imposturas sociales, etc. etc. [especificación recomendada por la Barra de abogados y demás malhechores del gremio legista], el hombre y la mujer, inconscientemente en dirección contraria a lo que buscan presumir, insisten en demostrar una calidad inferior a la de las demás especies coetáneas, ejerciendo un supuesto dominio sobre ellas y teniendo la estúpida creencia de controlar la naturaleza. Pero el que ríe al último ríe mejor…

ape

Fue también con la ayuda de sus pulgares, y con muy poca razón, que un Licenciado en Ciencias de la Comunicación con Maestría en Marketing empresarial, enfundado en un traje amarillo tonalidad orines fermentados, se desempeñaba como payaso especializado en hacer figuras con globos en un café restaurante, todos los fines de semana por las mañanas. Así cumplía con su contrato laboral eventual [aprobado por el gremio de abogados arriba mencionado] que le exigía trabajar 4 horas cada día del fin de semana (y si sus superiores lo considerasen necesario, sin previo aviso, prolongar la jornada hasta por 12 horas, aunque sin derecho a una remuneración que sobrepasara la cantidad a pagar por las 4 horas originalmente acordadas).

Todos los sábados y dies Dominicus, mientras el payaso desempeñaba su desgraciado y mal pagado puesto tenía que soportar risas, berridos, exigencias, inapetencias, lamentos, sustos, eructos, insultos, pedos ninja (esos cuya presencia no se percibe hasta que ya es demasiado tarde), coqueteos, toqueteos, desprecios y burlas por parte de niños,  progenitores y familias en general, clientes habituales del café cuyo logotipo es de color amarillo, tonalidad orines fermentados.

orina

En ese escabroso ambiente laboral, el payaso se esforzaba por crear perros salchicha con globos anaranjados, caracoles con globos marrones o espadas de Luke Skywalker®/Lucas Trotacielos® y Darth Vader® con globos azules. En honor a la verdad, los supuestos perros, caracoles y espadas se asemejaban más que nada a los penes torcidos que ejemplifican malformaciones anatómicas de miembros en las ilustraciones de los libros de la insigne Facultad de Medicina de la Universidad de París.

globo

El suplicio sin redención del payaso amarillo se repetía cada fin de semana, como los cálculos minerales de un Sísifo sin capacidad de sorpresa. A pesar del hartazgo y la repelencia que sentía por esa labor, allí estaba siempre el payaso sin vocación globofléxica, puntualmente en la sucursal del café franquicia a la que muchas personas de clase media y media baja acuden para desayunar, almorzar y tomar su café con bisquets o enchiladas suizas (que al parecer son más bien de origen coahuilenses), pero sobre todo para compartir sus doctas opiniones sobre el partido de futbol del día anterior, decir lo que pasará en los encuentros futboleros a celebrarse ese mismo día y el día siguiente, comentar y pronosticar la mayor cantidad posible de los 2199 partidos que se apretujan en los calendarios de ligas, campeonatos y copas (sin contar los encuentros amistosos) llevados a cabo los 365 días del año.

La gente considera que para demostrar que vive plenamente debe apasionarse por algo, y la pasión más simplona —que no requiere que al apasionado (o apasionada, me exige la Barra) le funcione ni media neurona aturdida— es la que ofrece FIFA™ (Federación Internacional de Fútbol Asociación). Por eso, para sentirse parte de un grupo, para presumir su pasión a niveles exagerados, todos los parroquianos del café interrumpen sus profundas conversaciones expertas cada que se aprecia un amago de gol en cada uno de los diversos monitores del local que simultáneamente sintonizan el partido que se juega en directo o una repetición de alguno de los encuentros celebrados la noche anterior.

Al payaso no le disgustaba el futbol, pero odiaba su trabajo, aún a sabiendas que sudando copiosamente se ganaba la vida, o quizá lo odiaba precisamente por eso. Su tormento terminó súbitamente un sábado ajetreado, a las 9 de la noche, habitual hora de su salida sabatina. Entonces fue informado por el gerente que se daba por terminada la relación del payaso globoflexista (o escultor de penes subliminales deformados) con la franquicia cafetera, ya que esta tenía pensado, a partir del siguiente domingo, entretener a los niños con videojuegos, para que los infantes realizaran actividades como en casa.

orina

Tras recibir la simbólica patada en el culo, el payaso recogió su paga escuálida, sin tener siquiera la intención de agradecer un carajo, y caminando hacia la salida lentamente con sus largos zapatos que chillaban a cada paso (chuick, chuick, chuick…), salió del establecimiento, se sentó en la acera, pensó en Juárez, en Dios y en María Candelaria (quien no había hecho nada malo), y lloró, lloró, lloró hasta que se le corrió el maquillaje, recordando entre sus sollozos que la vida no es justa y carece de sentido.

Darwin: ¿para qué te tomaste la maldita molestia?

No creo (anticredo)

Me siento de otra generación, de una época lejana, perdida y olvidada; quizá de otro mundo, uno con menos inmundicias y menos prisa. Aunque igual soy un exiliado, expelido non grato, de este último lugar. Ahora sólo pido el olvido, divino.

No entiendo la conexión umbilical con el cable ni con los aparatos descableados, no le veo el sentido a informar y publicar cada intrascendental momento de mi insulsa existencia, creer que les hago un favor a los demás cuando les doy a conocer cada insignificante acontecimiento de mis días, como una pitera celebridad, mostrando hasta lo que me trago, revistiéndolo como de importancia. En realidad, a nadie le importa un carajo.

No me va el ir perdiendo la memoria, entregando lo poco que sé a un aparato enredado con miles de aparatos más. No me convencen las declaraciones de amor exclusivamente en pixeles ni en alta definición, la realidad virtual entre personas, ni los aberrantes avances para tocarnos a la distancia, me parece tan bajo, tan poco humano.

No creo en el sexo virtual, ni en leer libros usando una pantalla, ni en tener la oficina conmigo 25/7 (y además ver en este grillete una bendición). No creo en que alguien tenga acceso en tiempo real a mi ritmo cardiaco, ni en que “para proteger mi seguridad” haya cámaras grabando cada uno de mis pasos. No me interesa ser un personaje orwelliano. No creo en el estrés como el pan nuestro de cada día, ni en que estar sin Internet sea como estar muerto.

Hay cosas buenas en el presente, como las ha habido siempre. Pero ahora somos tan dependientes de nuestras propias creaciones. Adoramos al monstruo de Frankenstein que algún día, no muy lejano, nos hará arrodillarnos, humillándonos por los tornillos que hoy nos faltan.

A nadie sorprenda que una mañana desaparezca. Y que de mi sombra nadie pueda dar razón.

No resucitó al tercer día

Era su tercer día y él se sentía igual de perdido que el primero.
Las mismas ideas dando vueltas una y otra vez, en un carrusel nada festivo dentro de su cabeza. De manera ya morbosa, repasaba los ecos de su existencia. Desde la fobia a los niveles básicos en la escuela al arduo trabajo que le costó, sin contar el gasto en dinero, sacar adelante los niveles superiores. Según él, su título profesional no lo obtuvo, lo parió.
Ya titulado, licenciado para enfrentar la vida profesionalmente, vinieron las primeras experiencias laborales, la subcontratación descarada, robos en descampado protegidos por leyes desbalanceadas para favorecer la voracidad y la explotación. Él sabía que hay muchos empleados perezosos, pero también que mucha gente murió en la historia para conseguir un mínimo de derechos y libertades para los trabajadores que sí laboran, derechos que con los años han terminado pisoteados, ignorados y olvidados. Aquí y en China.
Recuerda que, luego de años ‘de experiencia’, por fin le llegó la oportunidad ideal, un trabajo bien pagado, en una compañía sólida a nivel mundial. Sin embargo, no fue mucho el tiempo de felicidad.
La macroeconomía y los inversores obligaron a la gran compañía a emitir informes con números negros para quedar bien la bolsa de valores, sin que en estas condiciones intervinieran ni más inversión ni la mejora de la calidad. Sólo los números importan, y la manera más rápida de oscurecer los números de las cuentas para esos informes es despidiendo a mucha gente. Él se libró del primer despido masivo, pero tres meses después, en la segunda guillotina, su cabeza laboral rodó por el suelo del desempleo.
Vinieron años de labor independiente, sin contratos ni prestaciones, aceptando pagos bajos, tal como los aceptan las costureras de Bangladesh, para medio sobrevivir. Nada de seguridad social, nada de hacer antigüedad y ni pensar en un retiro o pensión. La macroeconomía de nuevo, sacrificando el bienestar de la gente por el de la élite.
El tiempo siguió corriendo, y él llegó a la edad del descarte, del desecho de lo añejo. Demasiado viejo para laborar.  Cinco décadas y media te convierten en nada para el mercado del trabajo.
Pero las grandes cadenas de supermercados tienen corazón, creen en las ventajas de la edad y con un noble magnanimidad aceptan a los viejos descartados como empacadores; sin sueldo ni contrato, claro, esperando que subsistan con las magras propinas de los clientes. Eso o cuidar coches en el estacionamiento, una castigadora labor bajo el sol y la lluvia, el frío y el calor, también carente de sueldo, por supuesto. Acciones que las cadenas del comercio detallistas anuncian como una “gran oportunidad” para los ancianos.
Él lleva tres días empacando compras de gente que aún recibe un salario. Tres días ganando muy bajas propinas, porque muchos clientes ni siquiera las “gracias” le dan.
Todo el estudio, todo el esfuerzo y la experiencia, ¿para esto?
Tres días y siente que no se acostumbra, que a esto no se acostumbrará nunca. Pero hay que comer, el estómago no entiende de dignidad y a veces ni de justicia.

old

Paga por sexo

Paga por sexo, y además lo deduce de sus impuestos.
Paga por sexo, sin dejar de pensar que cree en el amor.
Discretamente deja los billetes en una mesita, y al despertar no hay nadie más en la habitación.
Paga por sexo, para satisfacer instintos básicos y mantener viva la vieja institucion.

Paga con sexo su manutención y supervivencia.
Paga con sexo cada oportunidad que obtiene para salir de la cocina.
Así le enseñó su mamá, según lo que ésta aprendió de la abuela, una mujer no es libre, ni por el lado de adentro de la puerta.
Paga con sexo y se resigna al recitar el sermón de la montaña.

Paga por sexo, porque tanto poder no le permite conseguirlo de otra manera.
Paga por sexo, porque a sus alturas el aire está enrarecido y cree más en las mentiras que en las escasas verdades.
Los cuerpos ajenos son simplemente otro territorio para que ejerza la dominación o, a veces, son el último resquicio para hallar alivio.
Paga por sexo, dando casas o actas de matrimonio en vez de billetes.

Paga con sexo su alpinismo en la jerarquía, pues pareciera que no hay otra manera de llegar alto en el mundo laboral.
Paga con sexo, prometiéndose que llegará el día en que no tendrá que hacerlo más que por amor.
Ignora que, cuando ya no tenga que pagar por escalar, cobrará a los demás de la misma manera, así se preservan el yin y el yang.
Paga con sexo y, sin notarlo, cuando lo hace va emitiendo letras de cambio en la misma divisa corporal.

Paga por sexo para sentirse importante y a la vez preservar al menos dos tipos de cadenas.
Paga por sexo porque hoy todo tiene un precio.
Lo hace como una manera de salir de su jaula hogareña, “nadie saldrá lastimado de este modo”, es lo que decide creer.
Paga por sexo porque sabe que no es lo mismo, nunca es lo mismo, hacer el amor que joder.

money