No resucitó al tercer día

Era su tercer día y él se sentía igual de perdido que el primero.
Las mismas ideas dando vueltas una y otra vez, en un carrusel nada festivo dentro de su cabeza. De manera ya morbosa, repasaba los ecos de su existencia. Desde la fobia a los niveles básicos en la escuela al arduo trabajo que le costó, sin contar el gasto en dinero, sacar adelante los niveles superiores. Según él, su título profesional no lo obtuvo, lo parió.
Ya titulado, licenciado para enfrentar la vida profesionalmente, vinieron las primeras experiencias laborales, la subcontratación descarada, robos en descampado protegidos por leyes desbalanceadas para favorecer la voracidad y la explotación. Él sabía que hay muchos empleados perezosos, pero también que mucha gente murió en la historia para conseguir un mínimo de derechos y libertades para los trabajadores que sí laboran, derechos que con los años han terminado pisoteados, ignorados y olvidados. Aquí y en China.
Recuerda que, luego de años ‘de experiencia’, por fin le llegó la oportunidad ideal, un trabajo bien pagado, en una compañía sólida a nivel mundial. Sin embargo, no fue mucho el tiempo de felicidad.
La macroeconomía y los inversores obligaron a la gran compañía a emitir informes con números negros para quedar bien la bolsa de valores, sin que en estas condiciones intervinieran ni más inversión ni la mejora de la calidad. Sólo los números importan, y la manera más rápida de oscurecer los números de las cuentas para esos informes es despidiendo a mucha gente. Él se libró del primer despido masivo, pero tres meses después, en la segunda guillotina, su cabeza laboral rodó por el suelo del desempleo.
Vinieron años de labor independiente, sin contratos ni prestaciones, aceptando pagos bajos, tal como los aceptan las costureras de Bangladesh, para medio sobrevivir. Nada de seguridad social, nada de hacer antigüedad y ni pensar en un retiro o pensión. La macroeconomía de nuevo, sacrificando el bienestar de la gente por el de la élite.
El tiempo siguió corriendo, y él llegó a la edad del descarte, del desecho de lo añejo. Demasiado viejo para laborar.  Cinco décadas y media te convierten en nada para el mercado del trabajo.
Pero las grandes cadenas de supermercados tienen corazón, creen en las ventajas de la edad y con un noble magnanimidad aceptan a los viejos descartados como empacadores; sin sueldo ni contrato, claro, esperando que subsistan con las magras propinas de los clientes. Eso o cuidar coches en el estacionamiento, una castigadora labor bajo el sol y la lluvia, el frío y el calor, también carente de sueldo, por supuesto. Acciones que las cadenas del comercio detallistas anuncian como una “gran oportunidad” para los ancianos.
Él lleva tres días empacando compras de gente que aún recibe un salario. Tres días ganando muy bajas propinas, porque muchos clientes ni siquiera las “gracias” le dan.
Todo el estudio, todo el esfuerzo y la experiencia, ¿para esto?
Tres días y siente que no se acostumbra, que a esto no se acostumbrará nunca. Pero hay que comer, el estómago no entiende de dignidad y a veces ni de justicia.

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Brando (sueño 47 casi 48)

La idea detrás de todo esto era tener un testimonio de actores para las generaciones futuras y también para los actuales estudiantes de cine, claro está. Yo no solía asistir a este tipo de cosas, no solía asistir a ningún tipo de cosas en realidad, pero Depp me convenció, por él asistí en esta ocasión aunque a última hora él no pudo llegar por problemas legales con su perro en Australia. Allí estaban conmigo Kilmer, Jones y Jodorowsky. Pacino no asistió porque DeNiro había confirmado su asistencia, pero las tormentas de los últimos días ocasionaron que el vuelo de éste fuera cancelado.
El concepto de la charla era extraño, a celebrarse en el campus de la añeja universidad, en una sala cercana a los vestidores de los jugadores del famoso equipo de futbol americano colegial local, donde los atletas solían dar sus conferencias y se reunían para analizar sus entrenamientos y las jugadas, nosotros nos sentaríamos en círculo, como en una sesión de neuróticos o alcohólicos anónimos, y comentaríamos sobre nuestras experiencias en el cine, desde el punto de vista de la actuación. La sesión de directores sería al día siguiente, Jodorowsky acudiría a ambas.
Al mirar a Kilmer, yo no podía dejar de pensar en Jim Morrison, ¿siempre habría sido así o el parecido se estableció desde su primera película con Stone?
No podía dejar de pensar en ¿qué diablos estaba yo haciendo allí? ¿Cómo me había dejado convencer tan fácilmente por Depp? Era mi amigo, pero esto era también demasiado para mí.
A mi llegada a la univesidad, un nutrido grupo de jóvenes y nada jóvenes estaban a la entrada del campus, ansiosos por ver a las celebridades del celuloide. No faltaron los acostumbrados gritos de “haz un Don Corleone” o “¿Qué se siente se el papá de Superman?”. Fanáticos “serios” del cine y fanátivos del cine comercial estaban allí mezclados para ver a las celebridades como si se tratara de un zoo. Tampoco faltaban los que protestaban porque un evento así significaba que la universidad se convertía en títere de la industria del cine que envenenaba las mentes y antenía al pueblo bajo un hechizo, y también estaban por allí los estudiantes de cine que aplaudían como locos al vernos llegar.
La conversación con nosotros dentro de la sala sería grabada para la posteridad, sin público presente, y aunque todos llegamos a tiempo, bueno, con una hora de retraso al menos, el equipo de video fue más “diva” que todos nosotros juntos y no había llegado aún. ¿Lección indirecta de humildad? ¿Humillación planeada para castigar nuestra soberbia?
Esperábamos pues, cuando de repente irrumpió a la sala un grupo de agitadores, blandían pancartas en pro de la ecología y contra el racismo, habían burlado al equipo de seguridad, pero vaya si fue una burla olímpica, porque eran como 20 jóvenes con pancartas y estribillos estúpidos con rimas de parbulario. Liberen a las ballenas, no a los circos, libertad a las minorías, no al racismo, detengan la guerra… etc., etc., etc.
Con gran esfuerzo fueron desalojados, y la seguridad redoblada. El equipo de video llegó pocos minutos después y mientras se instalaba, decidí aprovechar para aliviar mi vejiga. No quería interrumpir el acto una vez comenzado y atrasar todo de nuevo. Me levanté y me dirigí a los baños.
Los baños se encontraban al final de los vestidores del equipo de futbol americano, ahora completamente vacíos, como una tienda de departamentos recién instalada y en espera de llenar sus estantes y anaqueles, porque no era temporada de juegos. Caminé a lo largo de los solitarios vestidores y llegué a los baños. Frios, blancos, inmaculados, como en un sueño del cielo. Hice lo que tenía que hacer y mientras atravesaba de regreso por los vestidores solitarios, una rubia se me plantó de repente con una pistola automática apuntando a mi pecho.
Me dijo que me detuviera y empezó a decirme un discurso atropellado en donde se mezclaba la ecología con un discurso en contra del racismo. Me acusó diciendo que por mi culpa el turismo empezó a acabar con los ecosistemas de las islas del Pacífico, de que yo promoví la guerra y de que yo era un maldito nazi. Hizo mención de una película en la que interpreté a un oficial nazi, que había pasado sin pena ni gloria pues en ella se intentaba mostrar que no todos los alemanes fueron unos malditos en la Segunda Guerra Mundial, ni todos los norteamericanos unos santos mártires. Quizá esta mujer era de las pocas personas que vieron esa película, y como suele suceder, lo había interpretado todo mal. Para ella, confundiendo ficción con realidad, yo era un nazi por haber personificado allí a un nazi.
Algo le dije, intentando hacerle entender que estaba confundida y que me estaban esperando para la charla. Le dije que el cine suele ser una ficción, a veces nos hace pensar y otras nos divierte, pero que no era un documental ni una ventana de la realidad, que tenía que usar su criterio. Pude casi escuchar los engranes atascados de su cerebro tratando de echarse a andar, pero la inacción de años no puede curarse en dos segundos.
Di un paso al frente, y su lucha mental se detuvo mientras jaló el gatillo de la automática. Para ser una luchadora por la paz tenía mejor puntería que el personaje de Montgomery Clift en Red River, y me dio en el pecho, directo al corazón.
Mientras caía yo pensé en la ironía: tanto negarme a ser una figura pública para terminar como mártir a manos de una fundamentalista “liberal”.