El blues de la ambulancia

UUUuuuuuuuUUUUUuuuuUUUUUUUuuuuUUUUUU…. La sirena de la ambulancia a mucha velocidad.
No importa que te tapes los oídos con cera, aún sin cera o mentirosa, ella jamás te seducirá.
Llora más fuerte cuando la ambulancia se integra, completa, de repente al embotellamiento de hora pico. Pico de ave de mal agüero.
El enfermo que viaja dentro, alcanza a escuchar como entre sueños la sirena, nada serena, y respira cada vez menos.
Paramédicos preocupados.
Más rápido que la ambulancia avanza una tortuga con las patas amputadas.
¡Puta madre!, dice quien conduce el vehículo de emergencias.
Los conductores de los otros autos se estresan cada vez más, al notar que la ambulancia no tiene por donde pasar.
UUUuuuuuuuUUUUUuuuuUUUUUUUuuuuUUUUUU… La sirena a todo pulmón canta su jodida canción.
Los conductores se preocupan porque no encuentran hacia dónde moverse para ceder paso, no hay espacios vacíos para dónde arrimarse.
Las ventas de autos este año se han incrementado, las facilidades para hacerse de uno son más fáciles que la ninfómana sin moral que sufre de mucha comezón, o que el adicto al sexo que no pone reparos mientras se descompone. Hay necesidades de todo tipo en este mundo.
Todo mundo tiene un auto, pero cada vez hay menos lugares para moverlo, e incluso para estacionarlo. Deberían inventar unos que quepan en el hoyo trasero, culo entre los amigos, de quienes permiten la sobreproducción vehicular.
¡Puta madre!, parece que es lo único que sabe decir quien conduce la ambulancia. UUUuuuuuuuUUUUUuuuuUUUUUUUuuuuUUUUUU… La sirena canta y grita su enervante canción.
Como milagro del Cielo, -enviado de repente al mundo de los neumáticos de hule, del CO2 de escapes, del combustible quemado que hará que los polos sean cada vez más calientes y las parejas cada vez más indiferentes, de los rosados pulmones que al respirar en esta ciudad se hacen negros como el carbón o como el cabrón que se armó de valor y comenzó la rebelión Zulu…-, como enviado del Cielo aparece frente a la ambulancia un hueco por el cual pasar.
Breve resquicio, entre tanta bestial máquina, por donde la ambulancia se hace camino al andar. Y pasó, pero también lo hizo el impaciente paciente.
La ambulancia pudo avanzar, pasó entre los demás autos. El paciente mientras tanto, dando su último suspiro, pasó, pero a mejor vida. UUUuuuuuuuUUUUUuuuuUUUUUUUuuuuUUUUUU…

traffic

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El balido del hombre doblado

El hombre doblado veía pasar el asfalto por el agujero que tenía el piso picado del vehículo en el que viajaba. Sólo una lámina oxidada a punto de romperse lo separaba a él, y a los demás pasajeros, de un suelo que se veía desfilar a 70 kilómetros por hora. Si se rompiera el piso de lámina ¿todos quedarían descabezados? El dolor era intenso, ni siquiera pensar en la guillotina pública aminoraba esa desesperante agonía. La pasajera con nariz de pelota de grana miró al hombre doblado, ella no imaginó que él estuviera así por un dolor físico, sino económico. La situación del país había ido de mal a peor, y no se veían en el horizonte signos esperanzadores. Ella supuso que él era un pobre fulano explotado o desempleado. En lo primero no se equivocaba la mujer de la roja nariz, sin embargo esa no era la razón que doblaba al hombre.

Una especie de apretón sentido en sus entrañas provocó que el hombre doblado se inclinara un poco más hacia adelante, su cara estaba ya más debajo de las rodillas flexionadas. Pensó que probablemente lo que tenía fuera cáncer. Recordó que el nombre de ese mal se relaciona con los cangrejos, porque según dicen el dolor que sienten los enfermos de cáncer es como si un cangrejo de atléticas fuerzas apretara con sus tenazas el interior de sus cuerpos. Así podría describirse lo que él sufría en ese instante.

El hombre doblado había tenido como fieles compañeros a esos malestares en su estómago desde hacía como dos años: pero antes eran esporádicas diarreas y pequeñas incomodidades en el estómago, que el hombre atribuyó a su mala alimentación y a sus excesos alcohólicos. Pero las incomodidades no sólo se habían hecho más frecuentes con el tiempo, sino que evolucionaron en dolores, cada vez más intensos. Mucho más intensos. Por eso ahora iba doblado dentro de ese vehículo de transporte público conducido por un cerdo que pesaba más de 100 kilogramos y que tenía cero neuronas en la cabeza. Los pasajeros temían que el vehículo mal conducido se impactara contra un puente, otro autobús, una barda o, en fin, contra cualquier cosa contra la que se pudiera impactar. Al cerdo nada le importaba, al hombre doblado tampoco. El dolor era muy intenso, no pensaba ya en la cita de trabajo a la que tenía que asistir, no pensaba en sus deudas múltiples, en sus zapatos desgastados que ocasionalmente miraba junto al agujero en el piso, sólo deseaba ser guillotinado y que cesara por completo el dolor.

El hombre doblado no iba al médico, así lo había decidido desde que empezaron sus malestares. Temía que si acudía a consulta, el galeno le daría una mala noticia, conjurando una enfermedad que el hombre doblado no hubiese tenido antes de la visita, pero que tendría desde entonces, y ya su vida sería una existencia de constante hospitalización y pronósticos reservados. Era mejor vivir sano, en la ignorancia, con ciertas incomodidades, pensaba, que empezar a sufrir enfermedades por culpa de un doctor.

El hombre doblado no había pedido ayuda a nadie, no confiaba en la humanidad, en la que no encontraba ninguna cualidad humana, aparte de la mezquindad y el odio al prójimo. Sus dolores eran su secreto. Pero esta vez eran demasiado lacerantes.

El hombre doblado perdió el conocimiento. Los demás pasajeros se alertaron, nadie quiso hacer nada e intentaron actuar como si realmente nada pasara. El cerdo, de quien menos se esperaba un rasgo de decencia, detuvo el vehículo al ver caer al hombre doblado en el piso cacarizo y buscó a la policía. El hombre doblado fue cateado en su inconsciencia por la autoridad, dizque en busca de su identificación, la cual no encontraron, pero eso sí, los policías se quedaron con el poco dinero que llevaba el hombre doblado, y al final lo condujeron a un hospital público, para abandonarlo allí, junto con la responsabilidad que sobre él asumieron.

El hombre doblado recobró el conocimiento en una habitación compartida con otros enfermos terminales. Paredes manchadas de humedad, sábanas que olían a sebo y camas cuya pintura se desprendía como lepra de metal. Un médico con uniforme tan blanco como el carbón le dijo sin reserva el diagnóstico: cáncer en el estómago en fase terminal. ¿Acaso no había ya vomitado sangre? ¿Qué no había sufrido dolores agudos insoportables? El médico se asombraba de que el hombre doblado no se hubiese atendido antes. El hombre doblado sólo pensó que ahora sí estaba condenado y no había ninguna esperanza. Su destino lo había alcanzado, sin importar sus esfuerzos por escapar. El hombre doblado se desdobló por última vez, abandonó el hospital y murió a pocas calles de allí. Murió doblado, y también murió como si nunca hubiera nacido.

Microbús lleno

Microbús lleno. Pie en el acelerador. Pesado como la gravedad y el cansancio. Conductor del microbús pensando -por imposible que parezca que un personaje así pueda realizar dicha función cerebral- en las tres películas porno piratas que guarda debajo del diario amarillista de ese día. Nadie se puede imaginar que debajo del periódico, cumbre del mal gusto y que lleva como titular “Entambados como tamales en botes de leche industriales” van ocultas tres borrosas películas: “A la prima se le arrima”, “Club anito” y “Monsters Inc.”, en realidad la última no es porno, pero el conductor tiene siete hijos, con mala alimentación y peor educación, que tienen derecho a divertirse. El colectivo viaja a gran velocidad, la competencia con otras máquinas de transporte público es marca Ben-Hur, descaballada y sin Charlton Heston. De repente, frenado sorpresivo y violento que incomoda y reacomoda momentáneamente a cada uno de los pasajeros embutidos dentro del vehículo. “Cóbrese uno a las Torres”, dice el calvo burócrata que acaba de abordar el micro, mientras paga su pasaje al conductor y mira por el pasillo sin espacio vacío (“ahora entiendo por qué se le llama ‘micro'”, se dice mientras carajea interiormente). “Pásele pa’ atrás joven”, le responde el conductor, pidiendo un imposible, una violación a las leyes más elementales de la física. El calvo tuerce la boca en una mueca de muñeca moderna. Es calvo y sin ilusiones; sin ilusiones y amargado. En su juventud, no tan lejana, había sido un soñador, pero la realidad se encargó de ‘despertarlo’, por eso ahora sólo era un burócrata avinagrado que por puro rencor se encarga de asesinar el aspecto soñador de cualquiera que se le plante enfrente. Microbús más lleno. Pie en el acelerador de nuevo. Jalón que empuja a los pasajeros hacia atrás. Burócrata amargado tratando de encontrar allí dentro una posición que le sea menos incómoda que la actual, pues va siendo empujado por los glúteos grasientos y aguados de una gorda; en su brillante calva siente la alitosa respiración de un gandul y su costado es picado por el codo de un vejete al que aparentemente nadie le ha dicho que ya se inventó el desodorante. A mitad del pasillo, un albañil bigotón y chaparro, con un poco de cal en el pelo, lleva sus instrumentos de trabajo, incluido un serrucho largo envuelto en papel noticioso. El trabajador de la construcción, a pesar de ser prosaico y vulgar la mayor parte de su tiempo, susurra cortésmente a un caballero bien trajeado que por favor toque el timbre para anticipar la parada. El albañil ya casi tiene que bajar. El mentado caballero viaja abstraído. Su auto descompuesto lo obligó a tomar hoy este transporte colectivo en el que no suele viajar. El mentado caballero va pensando en una linda princesa a la que ama, pero a la que no sabe demostrarle sus sentimientos. El albañil vuelve a murmurar con mucha pena que por favor le toque el timbre. El mentado caballero sigue sin escuchar. Microbús lleno. Pie en el acelerador. Burócrata amargado sudando por tanto calor humano. Calva chorreante. Albañil susurrante. Caballero sin caballerosidad. Las dos puertas del microbús están igual de lejos para el albañil, que se ubica justo a la mitad del micro. Si se fuera a la del frente, seguro el conductor le diría que la bajada es por atrás, por el puro hecho de molestarlo. Así que para salir por la puerta posterior tiene que recorrer un buen trecho y antes que nada pedir al caballero sin caballerosidad que toque el timbre y que lo deje pasar. Vuelve a susurrar su petición, nervioso y con un marcado complejo de inferioridad. El traje del caballero realmente le impone respeto. Pero no es escuchado de nuevo, y el albañil decide picar con su dedo índice derecho el brazo del caballero. Éste por fin vuelve en sí y mira desdeñosamente al albañil que le dice: “¿no le toca?”  El caballero sin caballerosidad, molesto por haber sido despertado de su ensueño y cobrando conciencia del feo lugar en donde ahora está, toca el timbre mientras otro pasajero, testigo de todo el mini drama, piensa: “¡enano mala onda, mira que pedir que le toquen el timbre, sin albur, sin decir por favor!” Microbús atestado. Pie en el freno. Parada violenta. Burócrata amargado recriminando mentalmente al conductor pornomorboso por lo brusco del frenado. Caballero sin caballerosidad pensando de nuevo en su princesa inalcanzable, y el ensueño vuelve a reventar como burbuja picada, de vuelta a la cruda realidad. Albañil susurrante escabulléndose como puede para llegar hasta la puerta de atrás, golpeando sin querer con su serrucho a la gente que atesta y apesta el colectivo. El que se lleva el peor golpe es el pasajero testigo quien piensa: “maldito mugroso ¡muérete!” El albañil susurrante alcanza la puerta y salta, pero antes de salir completamente… Microbús lleno. Pie en el acelerador de nuevo. Conductor con urgentes imágenes pornomorbosas en la mente. La carne es débil. Burócrata amargado tratando de no perder el equilibrio. Caballero sin caballerosidad perdido de nuevo en ya-sabemos-dónde. Albañil susurrante cayendo estrepitosamente en la banqueta, pues el microbús aceleró antes de que terminara su descenso. Pasajero testigo asustado y experimentando culpa por el deseo maldito que formuló (“Dios a veces cumple lo que le pedimos”, le dijeron alguna vez y en este momento le aterra que eso sea cierto). “Párate asesino”, le grita el burócrata al conductor, por un momento el soñador que llevaba dentro revivió ante la injusticia que le está ocurriéndole al albañil susurrante que se retuerce de dolor en el suelo de la calle. De repente, salido aparentemente de la nada, un policía de esquina le ordena al conductor del microbús que se detenga y “baje del vehículo”. ‘Vehículo’ es una palabra que los agentes del orden en la ciudad gustan de usar, pues los hace sentir sofisticados. Microbús detenido por la ley. El burócrata vuelve a matar con amargura a su soñador brevemente revivido mientras se burla del conductor. Cinco metros atrás del microbús el albañil sigue revolcándose de dolor. El conductor desciende con un billete de $100 enrollado discretamente en una de sus manos y empieza a discutir con el policía sin dejar de preguntar “¿cuál tirado?, ¿cuál tirado?” El caballero sin caballerosidad vuelve a despertar ante la inquietud de los demás pasajeros y pregunta qué pasó. El pasajero testigo siente que se le retuerce el alma como caracol salado por la culpa que le produjo su malsano deseo. Microbús lleno detenido sin conductor. Caballero sin caballerosidad enterado del suceso y de regreso a sus ensoñaciones, tratando de evocar el dulce aroma de su princesa. Albañil susurrante incorporándose a lo lejos, recoge sus herramientas regadas, le mienta la madre al conductor y se aleja de allí cojeando en zigzag. Pasajero testigo sintiendo que se le quita un gran peso de encima vuelve a divertirse criticando mentalmente a los demás. El policía, ya sin ‘cuerpo del delito’ se conforma con $100 y como araña vuelve a su puesto para estar pendiente de las moscas que caerán en su trampa de corrupción. El conductor pornomorboso regresa a su microbús. El burócrata amargado se dice que así son las cosas en este país y se queja de que apenas sea martes. El albañil se reincorpora y se aleja cojeando; más tarde tendrá que ser atendido por la fractura de sus dos costillas. Microbús lleno. Pie en el acelerador. Conductor pornourgente maldice el tiempo perdido y acelerando se pierde con todos sus pasajeros en el tráfico de la ciudad.

El camión camarón

Intentando encontrar por fin una manera de mostrar situaciones sin escribir ninguna palabra (lo que podría mejor describirse como buscar el dominio de la cámara fotográfica); me vi de repente viajando en un autobús metropolitano de la ciudad de México con rumbo a Cuajimalpa.
Era un sábado muy alejado de aquel en que un partido político repartía propaganda para reunir en el zócalo capitalino al mayor número posible de personas con el fin de pedir la paz en Chiapas (a pesar de la lejanía de aquél sábado, el motivo de la protesta aún estaba vigente en el presente).
Salí del Metro Auditorio, y descubrí que algunas personas abarrotarían por la noche el nacional recinto para ver una exclusiva presentación de Julio Iglesias (a mí me sorprendió que esa reliquia española de mi infancia y juventud aún diera presentaciones en vivo, pues yo suponía que el veterano cantante ya había heredado sus dones y la adulación del público a alguno de sus vástagos). En ese momento mi mente comenzó a recordarme la canción de “Crazy”, pero interpretada por Patsy Cline (¿vino a mi mente porque alguna vez el viejo Iglesias le hizo un cóver o porque hizo alguna vez un dueto con Willie Nelson?).
En la explanada del auditorio, mi prominente nariz pudo ser testigo de uno que otro perfume barato que invade sitios públicos y que, seguramente, es también aplicado en partes privadas. Pregunté la hora a un anónimo individuo que mostraba en su muñeca izquierda el homenaje a su constante preocupación por el tiempo. De esta manera noté que yo había llegado puntualmente a la cita con la persona que, desinteresadamente, se había ofrecido a darme mis primeras lecciones de fotografía, pero a la vez noté que la puntualidad no era recíproca. Pasó el tiempo y me convencí que el desinterés de mi espontánea maestra de fotografía era de una magnitud mayor a la que había yo imaginado. Tras 45 minutos de infructuosa espera, mi Freudiana interpretación de ensueños en vigilia me convenció de que mi paciencia no sería recompensada con ningún conocimiento fotográfico. Teniendo gran parte del sábado por delante, decidí aventurarme a terrenos poco frecuentados por mí en los últimos tres años.
Crucé el paseo de la Reforma, no como cualquier bestia bípeda apresurada, sino que utilicé el andador subterráneo hecho específicamente para evitar que las vidas humanas corran riesgos gratuitos. Una vez del otro lado, me senté a esperar el autobús (ex-Ruta 100) que me condujera a Santa Fe o a Cuajimalpa (el primero que hiciera acto de presencia sería igual de propicio para mí).
El destino, tras hacerme esperar otros 45 minutos (que yo pasé divertido escuchando una y otra vez “Crazy” en mi mente), me envió el autobús a Cuajimalpa. Tras pagar mi tarifa de $1.50, mi vista y mi olfato me recordaron algo que yo había sepultado en los rincones de mi memoria. La vista me dijo que esos autobuses eran justamente el medio de transporte de las personas más humildes y mi olfato comprobó lo falso que es la aseveración de aquellos mexicanos afortunados que han viajado a París para regresar a México y decir que el metro de París “apesta a madres” agregando que “el transporte público en México no huele mal”. Para que esa gente recobre sinceramente el orgullo mexicano, les invito a que de vez en cuando se bajen de sus autos último modelo y viajen una sola vez en uno de estos autobuses populares y comprueben que como México no hay dos (igual y la India).
Viajando en este autobús pensé que si fuera yo un filósofo, escribiría acerca de la relación entre humildad y la higiene (por experiencia parece que ambas características no suelen cohabitar en la misma persona); pero como no soy filósofo, me dediqué a sacar una instantánea verbal sobre el viaje en ese autobús.
Tan lleno como vagón del tren al infierno, el autobús llevaba todos los asientos ocupados, el pasillo atiborrado y los escalones de la salida invadidos por diversos pares de traseros. Contorsionándome y disculpándome, me hice camino hasta llegar cerca de la salida. A mi izquierda viajaba un hombre tan moreno como la mayoría de los demás pasajeros, que en uno de sus popeyescos brazos (esta definición se debe a que los puntiagudos codos de este caballero eran similares a los de Popeye o a los prominentes polos de un bolillo) llevaba un serrucho envuelto en papel periódico de tinta café. De las axilas de este hombre, emanaban los síntomas inequívocos de que él había realizado recientemente una intensa labor física. Frente a mí, iba un grupo de cinco niños que se divertían viendo a través de la ventana los multicolores automóviles que transportaban a desesperados conductores por paseo de la Reforma. Ignoro lo que comentaban los niños debido a que estos se comunicaban en un idioma indígena que, y aquí acepto ignorancia por segunda ocasión en el mismo párrafo, yo desconozco. Una mujer embarazada, probablemente la madre de los cinco niños (y con seguridad madre de otros cinco que estarían en otros puntos de la ciudad), viajaba cortando hilos de colores con un pedazo de botella que portaba en su boca. Los hilos le servirían para hacer más hamacas como las que llevaba dentro de una gran bolsa. A mi derecha estaban tres hip-hoperos aztecas. Estos adolescentes de rasgos tan mexicanos que Jesús Helguera jamás se hubiese atrevido a pintar, vestían a la moda del ghetto negro gringo (grandes playeras de equipos deportivos norteamericanos, gorras piratas de NIKE o de los mismos equipos, holgados pantalones y zapatos tenis). Los tres adolescentes realizaban todos los pasos incorrectos para ligarse a las tres jóvenes que viajaban al final del autobús (su método iba del jocoso insulto hasta la obscena lujuria explícita).
En ese punto descubrí que mi olfato protestaba no sólo por los olores que despedían las axilas del hombre del serrucho, sino por la mezcla de fuertes olores que luchaban por la supremacía olfativa del interior de ese autobús. Sé que sonaré demasiado delicado, pero debo señalar que comencé a sufrir una jaqueca. Mi malestar fue acrecentado por unos insistentes empujones que me propinaba en la espalda una mujer de edad incalculable (esto lo digo porque, debido a que las mujeres de la clase humilde –léase ‘extremadamente indigente’– tienen que trabajar de manera extenuante desde muy jóvenes para mal ganar su sustento diario, al cumplir los 25 o 30 años parecen de 55 o 60). Esta mujer quería, a toda costa, ocupar el pequeño espacio vacío que había frente a mí, y parecía ignorar que por medio de la palabra o quizás por medio de las señales, yo pude haberme hecho a un lado para dejarla pasar.
Es posible que esta mujer estuviese empeñada en violar a toda costa esa ley que dice que dos cuerpos no pueden ocupar simultáneamente el mismo lugar en el espacio y por eso se empeñaba en aplicar todas sus energías contra mí. Evitando cualquier discusión física, dejé pasar a la mujer quien con rencorosos ojos me dirigió su furia (sí, puede que ella no haya comprendido que esa ley natural se aplica, por lo menos aquí en la Tierra); mientras yo oprimí el botón de la puerta para bajar del autobús en la próxima parada.
Por lo menos sí llegué hasta Cuajimalpa. Lo que siguió después no te lo contaré, pues igual y eres alguien que se escandaliza con facilidad, o, si no eres así, pues te burlarías de mí. Sólo quise obsequiarte una instantánea dentro de un autobús.

El arte del Pokemón

16 de septiembre, el día en que a casi todos los mexicanos les sale lo ‘mexicano’ y celebran su inexistente independencia. Ese día en que realmente creen tener una identidad bebiendo refrescos gringos, vistiendo ropa tradicional mexicana fabricada en China y chocando alcoholizados sus autos importados de Japón o Alemania. Era la hora del 16 de septiembre en que sólo estaban despiertos los fanáticos del ejercicio, los padres de niños pequeños o los insomnes. La inspiración es una mujer llena de caprichos (bien podría ser un hombre, pero su nombre es femenino como el de la dificultad y el de la codependencia) y uno nunca sabe a quién le otorgará sus favores; el gran artista bien puede estar 10 años rogando porque regrese mientras el aprendiz de escritor puede encontrarla sin siquiera buscarla. Sí, su nombre es tan femenino como el de la humanidad. Realmente todo empezó la noche previa, la del 15 de septiembre, Johnathan Pérez, un mecánico de quinta que habitaba en un barrio de décima, donde cada hombre tiene de menos una cicatriz nacida de un encuentro violento y cada mujer tiene una virginidad perdida desde temprana edad, donde la mitad de los perros tienen un mecate podrido anudado alrededor del cuello y la otra mitad busca un escaño político afiliándose al partido en el poder; en ese barrio vivía Johnathan, alias el Pokemón. Él era un hombre cuyas únicas ambiciones eran beber, coger y alburear (no necesariamente en ese orden) y esa noche de 15 de septiembre, tras 17 caballitos, nada cabalísticos, de un tequila tan malo que podría ser un buen diluyente de pintura, y tras tres bolsas de fritangas enchiladas, tuvo una revelación: Necesitaba crear una obra de arte que lo trascendiera. El hombre de manos con perpetuas manchas de grasa y aceite se preguntó de dónde habría salido esa necesidad artística, lo hizo, claro está, con su anquilosado cerebro de aturdidas y siempre etilizadas neuronas. Pero no importaba el cómo, el caso es que tuvo la apremiante necesidad de dejar una huella en la vida a través del arte, de ser trascendido por una obra suya. Ahora el punto era definir qué obra realizar. El Pokemón pasó esa noche en vela, tal como la pasan los febriles enamorados solitarios o los miserables hundidos en deudas impagables. Pensaba que si fuera pintor, pintaría algo que asombraría al mundo, algo mejor que la monalisa; pensaba que si fuera músico haría una canción más famosa que el “chan chan cha chán” de Beethoven; ya de perdida, pensó que si fuera poeta haría un poema más bonito que el de la rosa que se cultiva en mayo o en febrero para un amigo sin cero o que si fuera actor haría una película famosa con muchas mujeres buenas, y no precisamente monjas devotas o sin botas. Johnathan se devanaba los pocos sesos que tenía tratando de buscar una manera de trascender en el arte. Para el mediodía del 16, el ojeroso Pokemón tenía la desesperación reflejada en el rostro. De repente su vejiga le reclamó una impostergable necesidad y al sacar el sarroso bacín que tenía bajo su pulguienta cama, descubrió la solución al problema que le había robado el sueño por toda una noche. Se vistió de inmediato, se puso sus zapatos tenis y, agarrando sus viejos botines de trabajo, salió presuroso de eso que solía llamar casa. En su carrera, Johnathan anudaba las cuerdas de los botines, convirtiéndolos en una especie de boleas gauchas. El Pokemón corrió hasta la avenida más importante de su barrio (que tiene el deshonor de llevar el nombre de un reciente expresidente de dudosa reputación) y una vez allí levantó la cara al cielo, vio con fijeza de halcón los cables de la luz en los cuales estaban posados, como notas en un pentagrama de fondo azul, varios pajarillos. Tal como David ondeó frente a Goliat, el Pokemón empezó a hacer girar sus botines por arriba de su cabeza, y cuando éstos alcanzaron una velocidad suficiente los dejó volar con dirección a los cables. Las aves huyeron despavoridas al ver que un par de hediondos botines volaba como mortífero proyectil hacia ellas. Los zapatos, tan lejanos ya del suelo, se enredaron en los cables de alta tensión y terminaron pendiendo allí, a gran altura, justo a la mitad de la distancia entre los dos postes, rectos e insensibles. Desde entonces, el Pokemón no perdió jamás la oportunidad de mostrar orgulloso su obra urbana a todo aquel que estuviese dispuesto a acompañarlo hasta la larga avenida de infame nombre. Al final la obra realmente sobrepasó al artista, pues el Pokemón murió hace un año en una pelea ‘entre amigos’, discusión que empezó por un partido de futbol y acabó con un puñal bien enterrado en la barriga cervecera del creativo mecánico, pero los zapatos siguen allí colgados. Ars longa, vita brevis.

Adivinanza

Escape, gula, desesperación, esperanza, joyería falsa, comida de segunda, promociones, mucho humo de cigarro, manteles individuales de papel, un murmullo elevado similar al de un mercado, olores de finas fragancias de buena marca entremezclados en el aire, meseras cansadas, personas que vienen a este sitio para hablar de negocios, otras lo usan como confesionario, sin faltar aquella cuya vida es una dulce mentira porque su verdad es amarga, obesas tratando de olvidar la culpa que tendrán una vez que acaben la gran rebanada de pastel que ordenaron como postre, enamorados que sienten que el mundo es color de rosa, jóvenes que se creen poderosos e inmortales, algunos inmorales, aspirante a escritor que no se cansa de manchar la pureza de las hojas de papel, aros de diversos líquidos en las superficies de las mesas, vaivén de las jarras de café, campanadas ocasionales de caja registradora, choques metálicos de cubiertos en los platos, una sonora carcajada de Santa Claus en pleno verano, satisfacción de estar a salvo de una lluvia torrencial, ojos que miran relojes, niños aburridos, tintinear de llaves, futbol en la televisión, de fondo una música que hace años era considerada contestataria, en unos años se oirá aquí de fondo la música que hoy sólo escuchan los jóvenes rebeldes, fumadores pasivos en el área de no fumar, el tiempo corre aquí implacablemente tal y como lo hace en cualquier otro lugar, míseras propinas, sonrisas mecánicas, cortesías obligadas, responsabilidad laboral, billetes y sumas, sumisión pagada, resignación superficial, una caricia furtiva y subida de tono, vejigas aliviadas en un apartado detrás de una puerta rotulada, azúcar disolviéndose en un líquido oscuro, discursos e ideales, indiferencia, rutina, brillantes pasados opacándose con el presente, prisas, asesinos de los minutos, ¡ah!, y también sueño.