No te entiendo

No te entiendo.

No comprendo tu cerrazón, ni tu firme convicción respecto a la verdad absoluta de las matemáticas, ni tu creencia en la perfección de las estadísticas.

No entiendo la falsa idea que tienes de poder manipular a la gente, ni tu absoluta inmersión en el trabajo.

No entiendo por qué tus momentos de soledad son una constante evasión con juegos, series y películas en tu dispositivo móvil.

No entiendo tu fe en esa multitud de falsos profetas sin dios.

No entiendo tu artificial amor a la música, enajenándote con melodías de la noche a la mañana.

No entiendo tu aversión al silencio ocasional, y tampoco tu necesidad de envolverte en ruido.

No comulgo con tu soberbia histórica, y mucho menos con tu creencia de que la humanidad es ahora mejor que nunca.

No comprendo tu adoración a la tecnología, tu autismo mecánico ni tu automatización existencial.

No entiendo cómo puedes confundir y mezclar tanto el tener con el ser.

No entiendo que te autoproclames creativa, cuando a toda creación la quieres encerrar en cálculos, gráficas, cuentas y “revenue” (que por cierto puedes llamar “ganancias” o “ingresos” sin hacer el ridículo).

No entiendo tus supuestas aventuras cuando éstas no son más que vacaciones en serie, empaquetadas para comodidad del cliente y pagadas con una tarjeta de crédito.

No entiendo tu concepto de libertad cuando éste sólo lo ejerces para elegir marcas de consumo masivo.

Lo que antes era ciencia ficción es ahora realidad, y no has notado que eres una esclava.

Ahora entiendo la náusea vomitiva que producen los tibios, los borregos aleccionados, los mediocres que se autoproclaman exitosos.

Ahora sé que todo es vanidad.

Ahora renuncio a tu realidad.

La realidad depende de cada quien

Los músicos callejeros, familia escuálida que vino del campo a la ciudad huyendo del hambre en busca de una oportunidad, miraron con cierta admiración y envidia el auto último modelo que dio vuelta en la esquina.

El auto, conducido por un anciano acompañado de su esposa, aceleró, pues el matrimonio emocionado iba retrasado a su importante cita con la hija y la nieta de ambos. La hija, tan admirada por la pareja, recientemente divorciada, y la nieta, adolescente insoportable que se convertía en autista en presencia de sus abuelos, por fin habían aceptado comer con ellos.

Cuando los viejos entraron en el restaurante con un poco de retraso respecto a la hora acordada, se percataron de que la hija y la nieta aún no habían llegado, así que pasaron a una mesa y se dispusieron a revisar sus redes sociales para sobrellevar la espera.

Tiempo después, hartos los dos de contemplar tanta estupidez en sus dispositivos, decidieron leer la carta del restaurante, aunque cada quien sabía de antemano lo que iba a ordenar: el platillo favorito de su hija. Tras leer dos veces la carta de la alfa a la omega y de la seca a la meca, la anciana preguntó a su marido: “¿y si le llamo?”. El viejo asintió con parsimonia de tortuga vieja, esperando basado en la experiencia lo peor: la cancelación de la cita.

La vieja llamó, luego le dijo a su esposo: “se les hizo tarde, pero ya casi llegan”. Satisfechos los dos, volvieron de nuevo a revisar sus redes sociales. Los comensales del restaurante ya se habían renovado un par y media de veces, cuando por fin se apersonaron la hija y la nieta, esta con sus inseparables audífonos oyendo música a todo lo que daba el volumen de su aparato.

La hija saludó a sus padres, como Mussolini saludaba a sus tropas, y después ordenó que se cambiaran de mesa porque esa que habían elegido los viejos no le agradaba. Todos se cambiaron a una mesa al fondo del restaurante. Una vez que tomaron asiento en sus nuevos lugares, la hija dijo a sus padres que ella y la nieta ya habían comido, y que tendrían que irse pronto porque tenían otro compromiso.

En breves palabras todos se dijeron que estaban bien, y cuando llegaron los platillos que los felices ancianos habían ordenado, la hija y la nieta se despidieron y se fueron. Los viejos comieron solos, pero muy contentos de haber visto a las dos añoradas ausentes.

Esa misma noche el viejo murió de un infarto fulminante, nada relacionado con lo que había comido en el restaurante. La viuda tuvo que vender el auto último modelo para pagar los gastos del hospital que nada pudo hacer por el anciano, y para el hacerse cargo apropiadamente de los restos del viejo. Ella no tardará mucho en acompañarlo en el más allá.

La hija en el funeral no se cansó de repetir a quien la oyera, abrazando a su madre, que ella siempre había estado muy unida a su padre, y que de hecho había convivido mucho con él hasta el último día de su vida (“literalmente”, remarcaba ufana). La anciana asentía, mientras la nieta permancía en el fondo de la funeraria, oyendo su música e importándole todo un carajo, así será hasta que deba conseguir trabajo.

Mussolini Saludando

 

Con tinta sangre (América Latina)

Un hombre,

lo que queda de él.

Encontrado no muy lejos de las vías del tren.

Asesinado,

no cabía la menor duda ante tan grande evidencia:

un roca había destrozado su cráneo, por la ruta de la nuca.

Los despojos de un hombre,

cuerpo sin alma,

ninguna identificación,

pero como a nadie le importan los vagabundos,

como nadie los cuenta en los censos , insensibles,

el cadáver fue donado al anfiteatro de una facultad de Medicina.

Ninguna investigación policiaca fue requerida.

 

Una mujer,

lo que queda de ella.

Apenas una mujer,

pues no estaba demasiado lejos de su niñez.

Sus restos junto al río.

Ultrajada, destrozada, en todos los sentidos.

Víctima de esos abusos que a muchos deleitan en películas y series,

abusos que excitan el morbo, la moralidad insana, medalla de la doble moral,

pues son abusos que todos dicen condenar.

Las masas se “indignan”.

A estas jóvenes víctimas solo las lloran sus familias,

para el resto de la gente son cifras, estadísticas de gráficos coloridos.

Algo de que hablar durante la comida.

A nadie parecen importarle este tipos de casos realmente,

al menos hasta que la víctima es una de sus parientes.

Se habló de la chica una tarde en las noticias,

destacada como el “feminicidio del día”.

Al final, fue otra olvidada de la justicia.

 

Un político,

lo que quedó de él,

fue despegado con palas del piso y con espátulas de las paredes de su lujosa oficina.

Había llegado muy alto,

de la misma manera que todos los que se elevan en este medio:

nadando sin asco en la inmundicia y sepultando a sus enemigos en mierda.

Por eso tuvo el éxito que todos condenan, sin dejar de desearlo para sí mismos,

por eso tuvo demasiado dinero, que tres generaciones no podrán gastar en su totalidad.

Pero se pasó de listo,

se olvidó de sus “amigos”.

La justicia culpó al “crimen organizado” de su asesinato, y no se equivocaba.

Quienes lo mataron siguen ocupando puestos en el Congreso y el Parlamento,

y dos más en la Suprema Corte.

Los asesinos “perdonaron” a los familiares del muerto,

no por magnanimidad, sino gracias a turbias negociaciones y magistrales chantajes.

El político fue enterrado con honores,

convertido en mártir y adalid de la democracia.

Muchas calles llevan ahora su nombre.

La justicia nunca ha sido realmente ciega.

Mayo 2017

Vida en sociedad

Alrededor de un año, con aparentes gestos inteligentes de razón profunda, cuando no hay en esa cabeza ni lógica elemental, sin embargo es la época en que la mente absorbe todo con avidez de monje medieval en hambruna canterburesca.

Alrededor de los 5 años, es el imperio del sentido común, la razón pura, lógica que poco a poco se irá quebrando con la convivencia, las costumbres y la educación. La malicia ya está allí, hay pureza e inocencia, ¡Bendito sea Dios!, pero la mala leche del Diablo ya se nota en una crueldad extraña, a veces no tan incipiente, con los seres que se perciben más débiles y eso incluye a veces a los mismos padres.

La adolescencia es creer en ideales, convencerse que sólo falta voluntad para cambiarlo todo, para desfacer entuertos, o bien cuando empieza la indolencia que carcome como cáncer. Todo esto para decirle al mundo “hey, yo soy yo, no soy una extensión de nadie ni de nada”. La educación se afina más y la sociedad impone sus reglas, al fin es sólo una fase.

Luego empezar a cumplir con el guión correspondiente, seguir al pie de la letra el juego de castas occidentales, empezar a creer que la sociedad es más importante que uno (quizá no conscientemente), terminar la carrera, casarse, trabajar, y buscar el lugar seguro para el futuro. El engrane entra en su sitio, no siempre el adecuado, pero de algo hay que comer. Época de las vanas esperanzas que se irán rompiendo poco a poco al paso del tiempo.

Tanto golpe contra los muros de la realidad hacen que se impongan el temor o el cinismo, de tantos golpes o se forma un caparazón o se tiene miedo a todo. Sin embargo, en medio de tanta estupidez adquirida y vivido, digerida y asumida, se pretende que el mundo crea que los años nos hacen más sabios. ¡Patrañas viles!

Enfermedades y pérdidas, frío hasta en el más cálido verano, y si se tiene suerte, de repente la revelación, todo debió ser como al año y cuando mucho a los 5. Sencillo, decir no a la mierda impuesta, al control que jode, a la explotación que devora, pero ya es tarde, muy tarde. Todo es claro, entonces el corazón deja de latir.

El acto y la finalidad

flores, cielos azules, estrellas, soles y lunas, cartas sentimentales de altos vuelos, sentimientos, dulzura, poemas sublimes, tonos sutiles que hechizan, melodías que embriagan, encantadoras palabras, promesas doradas, todos son caminos que llevan a la misma ciudad conocida como Entrepierna, que llega a ser regida por el señor pigmeo de Extremadura, que por cierto termina siendo un vil vasallo de Extremablanda al terminar su gestión, sin importar en lo absoluto la píldora milagrosa de genio vigoroso que es peligroso al corazón, literalmente hablando, con dolor del caído de la litera. esa misma región de Entrepierna que puede ser también gobernada por la gruta de los tesoros de alibabá, con humedad de monzón y calor de un bello infierno. el caso es que esa situación, sin importar su inicio ideal, con disfraz de desinterés consumado, aunque consumido por el deseo, termina siempre igual. extraños en la noche o viejos conocidos. el resultado es el mismo, el desfogue animal, tan natural y visceral, que se sacia hasta alcanzar la momentánea sequía del cuerpo. la calma chicha después de la tempestad. ese ejercicio que representa el respiro necesario de nuestra masa y peso. es mucho para mí, pseudo-vital, pero creeme que no creo que sea tan gran cosa. por eso dije que de verdad te quería, y te quise, porque después de la petite mort /muerte pequeña/ me da por hablar, por seguir necesitando una cómplice en la vida, porque para mí siempre hay algo que importa más que el delicioso intercambio de caricias, susurros, jadeos y fluidos. ya te lo dije, no es que no me importe todo eso, no es que yo sólo me limite a hablar. simplemente los temblores y los éxtasis duran muy poquito, por maravillosos que sean, y siempre me interesa al final más lo demás. no reniego de esa locura ni de esas alturas del cuerpo, y no soy un romántico ni un idealista, me siento, sin embargo, más realista que los que se tragan que la cuita del coito, la cópula es LA cúpula, que el acto de corto circuito es el circo máximo, la máxima finalidad, la mayor felicidad. por eso quedo a los ojos del mundo como el tipo desfasado que se niega a navegar en esa corriente tan común, actitud que, me consta, suele conllevar la soledad.

bud

 

Tan ajeno

Con la cultura en el culo (donde muchos creen que debe estar), las sombras flotan sin huella y sin sentido. Todo prefabricado. En serie, no bromeo, a distintas medidas, pero los mismos patrones y los otros, en su mayoría esclavos, que se creen muy libres. La rebeldía domada, empaquetada, emparentada y apadrinada. La crítica sólo sirve para hablar de intrascendentes cosas que escupe la televisión, sobre todo de futbol. Amarrados al tiempo, la moda y la productividad. Sedientos de necesidades creadas. Las mismas opiniones de sus líderes, sólo se cuestionan qué regalar en navidad y en san Valentín. Miran al extraño como si éste fuera de otro mundo, ese extraño que siguiéndoles la corriente les dice: “mi reino no es de este mundo”, qué inmundo. Hoy probablemente lo clavarían en una antena que sirviera para transmitir series y más futbol. Y ahora sí somos uno, haciéndonos creer que somos únicos. Todo en cajitas que resultan infelices, decoradas con el arte del merchandising en aras de la huequez, comunicaciones al alcance de la mano, para ya no decir nada diciéndolo todo. Porque no participas dicen que te sientes patológicamente superior. El pato Donald en el mundo de las matemáticas tenía más razón. Sé que el Reino no es de este mundo, pero entonces no tengo ni idea de dónde puede estar. No veo señales ni rutas que me lleven a él. Me siento también extraño en el lugar donde nací y no soy profeta ni en el extranjero.