El artista que vive más de la cuenta

Triste

el tiempo nos va deslavando, descarando, descarapelando, y nos hace víctimas de la decadencia

el artísta se repite, se desespera por recuperar sus glorias añejas, recurre a la fórmula ante la imposibilidad de reinventarse

los seguidores comienzan a malbaratar y regalar las obras de aquel que ayer admiraban

esos tesoros que realmente no valían mucho más que un sentimiento, ahora valen menos que un grano de arroz quemado

los aplausos se apagan, los clubes de fans van cerrando poco a poco, a las presentaciones del artista sólo acuden algunos vejetes calvos que también buscan en el pasado algo que valga más que su jodido presente

así se va poniendo todo gris

así hasta el día de la muerte del artista, antes tan admirado, cuando llega su deceso verdadero (no el primero, ese que experimentó mientras seguía respirando y fue olvidado) es que empezarán los homenajes

el último adiós que le hacen muchos como para expiar las culpas de la desmemoria

un minuto de silencio, el primer instante que es una muestra de lo callado que será el resto del porvenir

Todo pasa, todo se olvida

Anuncios

La mujer de la gran maleta negra

Era una mujer pequeña que vestía mallones (leggings) de estampados florales, zapatos deportivos y una sudadera verde. Si la veías desde su parte posterior pasaba por una mujer de 30 años bien conservada, pero al mirar su rostro, excesivamente maquillado, le podías calcular una edad de entre 97 y 175 años.

Usaba una peluca anaranjada, sus labios eran de un rojo encendido y sus párpados estaban pintados de un verde intenso. Ignoro el color de sus ojos, pues el verde intenso rodeaba sólamente dos ranuras enmarcadas por profundas arrugas.

Supongo que estaba en muy buena condición física, pues iba subiendo a pie la larga calle, cuya inclinación es de aproximadamente 45°, y llevaba arrastrando una gran maleta negra con una franja roja,  sin ruedas, que le llegaba un poco arriba de la cintura.

Se detuvo un momento para tomarse un respiro. La mañana era soleada y calurosa, imagno que sus sesos se cocían bajo esa tupida peluca color zanahoria. La mujer se tocó el pecho, miró calle arriba, hasta el final, hacia la aún lejana iglesia de la cruz de neón violeta, que a esas horas estaba apagada, y se dispuso a continuar la subida.

Dudo que haya sido la mujer del vestido rojo que se cortaba los brazos y que vi en esta misma calle, en este mismo punto, cuando yo era niño. Igual era la Gagool de “Las minas del rey Salomón”, quien al final no murió y ahora pena por el muno arrastrando su maleta como Sísifo en versión femenina.

No lo sé, pero tampoco la soñé.

Anciano porno costumbrista

A la hora acostumbrada, el tembloroso anciano llega al café de siempre. Luce su moco de pavo, es decir su impresionante tarjeta caduca de identificación que cuelga de su arrugado cuello, inutilidad de cartón que recuerda sus días de gran poder cuando laboraba en la Secretaría de Gobernación que se encarga de censurar, como sea, lo que no está bien visto por los gobernantes del país. El viejo lleva mucho tiempo retirado y su pensión es jugosa, pues les hizo muchos favores a muchos políticos importantes a lo largo de sus muchos años en la Secretaría.

El anciano ingresa al área de fumar, donde nadie lo fuma, y busca en su entorno alguna chica linda que desnudar con su mirada, para después tomar asiento cerca de ella. Las meseras llaman al vejete “señor” con aparente respeto, aunque a sus espaldas todas le llaman raboverde, se quejan de invitaciones a intimaciones asquerosas y de tocamientos no solicitados, pero lo respetan quizá por su edad, quizá por las conexiones que pudiera aún tener o igual por las jugosas propinas que les deja.

El anciano siempre llega al café con un periódico deportivo en la mano y siempre ordena, en un tono de serpiente que invita al pecado, un café “muuuy caliente”. Oculto dentro de su diario de mediocridades futbolísticas, el viejo suele llevar escondida una revista de porno duro.

Entonces mientras bebe su café, el viejo pone rígidas sus ideas simulando que lee su diario deportivo, pero en realidad atento a lo que está impreso en el cuché de porno intenso que oculta dentro del diario. Si por casualidad otro comensal, o comensala, sorprende al anciano realizando su picardía editorial, él sonríe beatíficamente, cierra la porno edición y se pone a leer los resultados del Campeonato FIFA-de-lo-que-sea que se esté jugando ese día.

Pero si la comensala es la joven bonita cerca de la cual decidió tomar asiento, el vejete abre más su revista porno de manera que la chica pueda verla mejor, y después se pasa la punta de la descolorida lengua por sus agrietados labios mientras las niñas perversas de sus ojos brillan con cansada lujuria hacia la mirada sorprendida de la chica.

Esta es su máxima satisfacción, el orgasmo seco de una vejez no aceptada.

Una vez alcanzado el erotismo entre sus telarañas mentales, el septuagenario termina su café, paga la cuenta y se va del restorán, para mañana volver a empezar el ritual.

Noviembre 2011

Así fue, es y será

Decía el que sabe que conocemos primero el cielo que nuestro corazón, y más aún ahora que tenemos tantos distractores y herramientas evasivas que nos alejan de nosotros mismos, y por ende de la Verdad. Somos cada día más vacíos y desconocidos. Así fue, es y será, naturaleza humana.

Nos conmovemos profunda y efímeramente ante desastres donde mueren cientos de personas, ajenas a nuestra realidad cercana, porque en el fondo pensamos que eso podría ocurrirnos a nosotros. Pero si nuestro vecino o pariente se returce de dolor, tendemos a jactarnos o a mostrar indiferencia. Amamos a la humanidad, pero no a la gente que conocemos.

A los animales los maltratamos o los tratamos como seres humanos; rara vez respetamos sus dignidades originales. No me es extraño, yo mismo lo he hecho. Así fue, es y será; pura naturaleza humana.

Somos muchas sonrisas cuando necesitamos algo o cuando somos vendedores. En cambio somos amargura, molestia y caras de aspereza cuando alguien nos pide lo que sea, sin ofrecer nada más valioso a cambio.

Hacemos culto a la belleza y juventud, como si fueran perfectos y perpetuos, huímos de la fealdad y la vejez, aún cuando nos pueden contar buenas historias si cerramos los ojos y de que, si sobrevivimos lo suficiente, serán mañana nuestras características.

Tenemos terror a la muerte, aunque es la compañía más constante a nuestro lado, qué absurdo.

Somos ilógicos, irraconales e idiotas, a pesar de que insistimos en presumir lo contrario. Así fue, es y será; pura naturaleza humana.

Envejecer, enfermar y morir, es el futuro de cada uno; sin excepción. Por eso más nos vale rescatar y aprovechar los tesoros de cada día, aunque sean pocos. El mañana siempre podrá ser peor.

La mujer que se movía como ardilla

Sus movimientos solían ser rápidos y nerviosos, como los de una ardilla. Pero no subía a los árboles ni hacía equilibrios entre las ramas.

Así la recuerdo.

Viviendo de la pensión de su esposo muerto ya hacía años, sin quejarse de que las cosas necesarias fueran cada vez más caras cada año, ni de que la pensión sólo tuviera incrementos cada trienio (si es que los dioses falaces de la política y el mal gobierno se dignaban a pensar en los pensionados).

Ella nunca había tenido un empleo aparte del de ama de casa.

Tras la muerte de su esposo siguió haciendo lo que siempre había hecho: cuidar del hogar, ahora sin hijos, todos ya casados y alejados.

Se levantaba temprano diariamente a limpiar la acera y la cochera, aunque ya estuvieran, las más de las veces, limpias.

Después, se ponía a limpiar el interior de la casa aunque, las más de las veces, ya estuviera limpia porque ella se había aplicado a conciencia el día anterior.

Así pasó los años. En la rutina de la limpieza a la limpieza.

Era saludable. Siempre ocupada en su casa, que se ensuciaba un poco cada vez que la visitaba alguno de sus hijos, lo cual no era nada frecuente. Quizá Navidad, quizá el Día de las Madres. No siempre y nunca todos a la vez.

Un día, mientras con sus movimientos de ardilla recogía la ropa tendida al sol, perdió el equilibrio. Un súbito infarto interrumpió su actividad. Ya nunca pudo volver a ponerse de pie. La comunicante vecina lo vio todo, por “fortuna”, y llamó a los hijos de la ardilla caída.

Los hijos llegaron, aunque no todos. Tuvieron que echar a suertes quiénes eran los “elegidos” a acudir y ver qué pasaba con mamá, luego deliberaron y la hospitalizaron. Le pagaron a alguien para que estuviera con ella en el hospital, resultó una enfermera que al menos era cortés.

Cuando la enferma salió del hospital con la condena de la inmovilidad perpetua, los hijos deliberaron de nuevo, y decidieron unánimemente recluir a su madre incapacitada en un basurero de gente vieja. Dijeron que era lo mejor, así su madre no estaría sola, sería muy bien atendida y todas sus conciencias estarían tranquilas.

Estar con compañía no necesariamente significa no estar solo.

La mujer que antes se movía como una ardilla ya apenas y parpadeaba. El mayor movimiento que realizaba cada día, aunque no por sí  misma, era cuando las encargadas del asilo le cambiaban el pañal, cuando, las más de las veces, los receptáculos de los desechos ya no aguantaban más suciedad.

La mujer que solía moverse como ardilla miraba con gran quietud el techo y las paredes de su habitación mal iluminada.

Dos de sus hijos fueron a verla un Día de las Madres, otro le habló un par de Navidades. Y después silencio. Eso sí, los hijos responsables pagaban puntualmente a la honorable institución basurero de gente.

Pasaron unos cuantos años de quieta miseria para la mujer que solía moverse como ardilla, hasta que su organismo decidió encontrar la paz.

Los avances de la medicina permiten que vivamos más años que nuestros antepasados… Se dice que eso es bueno.

 

Mala inversión

Sacando un largo cigarrillo blanco de la cajetilla, que tras ser fumado dejará más negra la mancha de sus pulmones, para enfocar su atención en una fijación oral y evadir así el pensamiento de que no se puede hacer mucho ni poco para ocultar su avanzada calvicie, que está a punto de declarar la conquista total de su cabeza, el guapo de ayer suspira desesperado.

“¿Qué quieres que haga?”, le pregunta a la joven secretaria curvilínea que furtivamente se ha citado con él en un café alejado de los rumbos cotidianos de los dos. No deja de ser una osada movida mientras la esposa madura del caballero avejentado está comprando ropa nueva de marca, lo mejor que puede conseguir con el dinero que le sobra, a únicamente dos calles de distancia.

En su juventud él era tan apuesto y viril como aparentaban serlo los galanes del Hollywood de la década de 1940, ahora a él le queda algo de apostura, pero sinceramente sin su dinero nadie le apostaría mucho.

Los años le han demostrado que hay hombres a los que les sucede lo que a las mujeres bellas que confían demasiado en su físico: tratan de regresar desesperadamente el tiempo, el resto se resigna en la total indiferencia. Él está en la frontera entre ambas actitudes.

Las bolsas bajo sus ojos, parecidas a las papadas de los pelícanos, podrían ser arregladas con una pequeña operación, al igual que el poco amistoso tejido adiposo que lo rodea cariñosa y gelatinosamente a la altura de lo que antes fue una cintura.

La secretaria, que podría ser la hija de su esposa, y de él también, le dispara de nuevo la exigente pregunta de los últimos meses: “¿cuándo te vas a divorciar?”

Maldito el momento en que él apasionadamente le dijo a esta idiota que la amaba y que por ella estaba dispuesto a dejar a la decadente arpía con la que llevaba casado 30 años. Él ahora sólo quiere paz. Está cansado. Su vieja lo deja tranquilo mientras él le proporcione el dinero suficiente. En cambio esta mujer, ardiente pero siempre exigente, en todo sentido, le cuelga al cuello la pesada piedra del enamoramiento unilateral, el yugo con el que se paga la efímera pasión casi invernal, y él ni siquiera se quería sentir joven, sólo se dejó llevar por voluptuosidades que aún están lejos de ser derrotadas por la ley de la gravedad.

El tabaco quemado ya no le sabe ¿será que los fabrican con menor calidad que antes o que está perdiendo el gusto y el olfato? Divaga sobre tabacos y papilas mientras la joven exige y demanda, manotea y vocifera.

Él mira el rostro de un joven bien parecido que pasa por ahí y le desea mentalmente suerte y una mejor administración de su físico. Piensa que hace mucho que no lee un libro y se pregunta si realmente existirán las ballenas blancas. Recuerda que debe pagar cuentas y más cuentas, la universidad de su hija y las vacaciones de sus gemelos.

La secretearía se pone más seria, calla y espera una respuesta. Ante el silencio él despierta de su divagación con ojos abiertos y la mira. “¿Y bien?” Le pregunta ella.

Él, como única respuesta, se pone de pie, sabe que es un ultimátum, sabe que es la encrucijada y que el paso que dé es hacia un punto sin retorno, si es que realmente la chica es tan fuerte como presume.

Da una chupada a su cigarrillo y lo tira, con una mueca de desdén que mezcla una sonrisa de Monalisa sarcástica y el cansancio por una historia muy escuchada, la mira una vez más con todo y sus bolsas oculares y dando media vuelta en silencio se aleja de allí tosiendo secamente sin voltear una sola vez.

El próximo lunes la secretaria voluptuosa ya no tendrá el trabajo que le proporcionaba un salario (su jefe ha cortado todo tipo de relación, de la sentimental a la laboral), pero sí tendrá mucho trabajo para esforzarse en aceptar que muchas veces el amor no es una inversión que rinde frutos.

Besos de verano, lágrimas de invierno

El salón de la parroquia católica, donde de lunes a viernes a partir de las 9 de la noche los alcohólicos usan su anonimato para tratar de curarse ese mal progresivo y mortal que hace reír tanto a Baco y a los sobrios; y donde los sábados por la mañana se imparte el catecismo hueco a niños que comulgarán automáticamente tras su Primera Comunión.

Un salón mediano, con pisos de plástico y lámparas alargadas de neón, una de las cuales parpadea con tics de marinero retirado. Hoy no hay niños, ni borrachos en intento de recuperación, sino una celebración de ancianos en su tarde libre del asilo.

Tarde de karaoke, presentada por una mujer de 52 que se siente un chica, una rosa lozana y fragrante en medio de tanto olor y apariencias añejas. La “chica” interpreta grandes éxitos de hace 60 o 70 años, que traen recuerdos a las honorables personas de blancas cabezas.

Algunos de ellos sienten que las canciones de Bill Haley siguen siendo tan vigentes como las de Elvis. Y en realidad lo son, simplemente dejaron de estar de moda hace muchos otoños. Otros recuerdan viejos romances en pistas de baile, donde había muchas connotaciones sexuales que nadie les creería haber vivido hoy en día. Un anciano tiene pensamientos que ni el Viagra puede hacer realidad, el “Blues de la erección” sería la canción si pudiéramos rimar lo que el señor piensa. Algunos se paran a bailar, es curioso que la ancianidad sea alcanzada más por las mujeres que por los hombres, quién sabe, quizá con el avance del feminismo también en ese rubro habrá igualdad pronto. Así que muchas bailan solas, como solían hacerlo las Madres de la Plaza de Mayo, sólo que estas lo hacen a ritmo de Chuck Berry.

Sin levantarse de una silla, una mujer de saco rojo, que está más cercana a los 85 que a los 79, mira a sus compañeras un momento y siente que se abre una nueva grieta en su corazón. No le gusta esta caricatura de vida, esta amarga memoria de lo que fue, no entiende por qué son felices ni por qué no rompen a llorar. Ella aguanta sus lágrimas trabajosamente, mira con envidia a la “chica” cincuentona que canta, pero no con tanta, pues sabe que no es tan joven y que ya cruzó el umbral de la decadencia. La venerable del saco rojo añora la vida, los tiempos de independencia, cuando los errores no costaban tan caro, los tiempos previos al momento de haber sido botada en la casa de desechos humanos, donde la única cosa que se puede llamar esperanza es la muerte, y a veces esta tarda demasiado en llegar.

La mujer del saco rojo tiene gran fuerza de voluntad, no llora, además la mejor prueba de su voluntad es que ha llegado a acumular todos estos años, sin embargo hoy se pregunta “para qué”, con más intensidad que en otras ocasiones. Al menos en el asilo todo es gris y triste, continuo y uniforme, esta dizque celebración y recuerdo de glorias pasadas no le está ayudando en nada, y es como una bofetada en la cara que le hace presente lo que ya se pudrió en el pasado.

La mujer del saco rojo continúa callada, hundiéndose en una depresión que creía haber dejado atrás usando una impuesta automatización. La animadora desangelada de cinco décadas canta una de Elvis, y las demás viejecitas parecen dulces y alegres porque creen que recordar es vivir.

Summer kisses, Winter tears…