Cuando eres viejo

Cuando eres viejo descubres y constatas muchas cosas, pero ya nada te asombra, pues esta capacidad la perdiste cuando comenzó a faltarle firmeza a todos tus miembros y a tu pellejo, no importa lo que hayas perdido primero.

Cuando eres viejo ya nada sabe a lo mismo, todo gusto se ha perdido, no sólo el de la boca. Con frecuencia repites una y otra y otra vez que antes todo era mejor y que con un dólar comprabas más cosas que ahora.

Te empeñas en permanecer, te aferras a la vida y a lo bello, a pesar de que eres feo, más que nunca antes. Te perfumas demasiado porque apestas a rancio, pues hay demasiadas cosas muertas dentro de ti.

No tienes nadie que te comprenda, por eso callas con frecuencia, y cuando hablas es para repetir lo mismo una y otra y otra vez. A nadie le interesa lo que dices, y a ti te vale un pepino lo que cualquiera quiera decirte.

No entiendes las modas, te parecen grotescas y extravagantes, deleznables y vomitivas; tampoco comprendes las actitudes y actuaciones de la gente en vigencia. Pero te niegas a aceptar que ya es la hora de abandonar la escena.

Cuando eres viejo te entran más por la boca medicamentos que alimentos, y lo que sale de ella suelen ser ecos (ya lo dije antes, una y otra y otra vez). Hasta los esfínteres abusan de ti y descubres que hay una enorme variedad de pañales para adultos.

Sabes que amar no es coger, y que querer es otra cosa que se fue cuando se te acabó el poder. Eres vasallo obligado de la impotencia. Hasta un alfeñique con menos de 20 haría contigo lo que le plugiera, con lujo de violencia si quisiera, mientras tú lloras enconchado, humillado y ofendido.

Te acercas a Dios por terror al más allá o te alejas de Él tras despertar y ver que es una mórbida invención para paliar nuestros miedos. Sabes que realmente todos los caminos conducen al mismo sitio y que todo comienza de la misma forma, para también terminar siempre igual.

Cuando eres viejo… lo seguirás siendo hasta que dejes de insistir en quedarte y te convenzas que ni a ti te importa seguir aquí

age

Todos somos el futuro de algún presente

Quizás terminemos así, añejos como la pareja de la mesa vecina. Esos dos vejestorios decadentes que intentan decantar el tedio juntos. Par de sobrevivientes de muchos inviernos que sólo pueden ofrecerse sus respectivos cúmulos de tiempo.

Son feos, como cartas quemadas, pero ya a ninguno le importa. Cuando se comunican, procuran reír, no porque se digan algo gracioso, sino porque cada uno cree que es la manera de que el otro siga allí, para fortalecer su aspiración a seguir juntos.

Se unieron no por amor, sino por resignación. Por suerte se encontraron, en una etapa existencial de rechazos, pero jamás se gustaron, ni se gustarán. Se unieron porque decidieron que era mejor estar solos acompañados que solos cada quien por su lado.

Me resulta curioso que su charla se asemeje mucho a la de jóvenes enamorados: puras intrascenencias y cosas que pretenden ser graciosas. Hablan y se ríen de lo que se dicen para permancer juntos y ver si así ahuyentan a la muerte que los ronda tan cerca.

Puede que tú y yo terminemos como esos viejos, pero no juntos, sino con parejas distintas. Nosotros nos unimos por amor y de repente nos dimos cuenta que éste se acabó, y pensamos que aún nos queda algo que ofrecer.

Si nuestras vidas duran lo suficiente, seremos como este par de vejetes, acompañados, tú y yo, para ese entonces por seres que ahora ni imaginamos, pero que si los pudiéramos vislumbrar soñaríamos pesadillas y lloraríamos prematuramente por nuestro fracaso rotundo.

Imagino que algo similar a lo que pienso lo piensan las parejas jóvenes que nos han visto convivir a ti y a mí. Quizas tú y yo seamos hoy la pareja de viejos para un pareja de jóvenes que nos miran con discresión.

Yo no le temo a la muerte

Yo no le temo a la muerte…

Pues la vida es un truco, una vil ilusión,

es la construcción artificial de un espejismo natural.

Únicamente somos sombras en un teatro que termina en tinieblas.

No somos ni siquiera polvo.

La vida es energía, nada más, el resto es imaginación.

No conocemos más que el presente, que a su vez es un engaño al igual que el tiempo.

Nos inventamos todo para darle un sentido al absurdo, para sentirnos algo.

Somos sombras que sueñan y desaparecen, nada más.

Nuestro para siempre es sinónimo de nunca.

Te digo, la vida carece de razón, de cualquier sentido.

El motivo y la razón se los creamos cada uno para sentirnos alguien.

Para creer que vamos a algún lado. Pero al final está la nada, que siempre ha estado.

La vida no es buena ni mala, ni maravillosa ni trágica.

Es un accidente.

Es el sonido de una varita que se rompe y que no tiene eco en la eternidad.

La nada es todo, y de vuelta otra vez.

Yo no le temo a la muerte, le temo a la vejez.

Desgarbo

Siempre trazabas en tus sueños un lujoso auto dorado como el sol, estacionado en una presidencia nacional o un palacio real con mil celosías. Esas imágenes se mezclaban en tu mente afiebrada con viejas escenas de Casablanca.

Tu romanticismo ideal, producto de novelas baratas y princesas Disney, y tu corazón latiendo al ritmo de mermelada y miel, eran la combinación perfecta para atraer moscas y bichos inmundos.

Eso era tu vida cuando no dormías: películas e ilusiones de neón, príncipes sin rostro, magnates de billeteras herniadas y rostros de padres potenciales; y todo terminaba siendo una cadena de falsas escaleras al Cielo, que jamás te acercaron a tus ideales.

Tus contoneos eran como grandes pantallas que proyectaban los interiores del templo de la esperanza, pero sólo en el gremio de los canallas se imaginaban ser el sacerdote ideal. Margarita que sólo pudo atraer cerdos.

Confundida entre las adúlteras sin amor con abrigos de curiosidad, aceptaste promesas ligeras y perdiste todas tus apuestas. Tuviste suerte de nacer aquí, esto te salvó de ser diana de piedras arrojadas por manos morenas.

No puedo decir si lo que hiciste estuvo bien o mal, eso puede que lo descubramos ambos si existe otra vida.

Hoy tu belleza se deslava, desperidicada. No hay de dónde agarrarse, ni cómo sostenerse. Si hasta Greta Garbo se desgarbó por la vejez, ¿qué podemos esperar nosotros, mortales simplones?

El ruedo está vacío y ya no quedan toros, sólo malos bailarines de flamenco que te emulan. Tu imán ya no atrae ni a la lujuria más desesperada. No hay auto de sol ni palacios, unícamente soledad desnuda.

La vela se apaga y la pluma se queda sin palabras. Hora de que nuestro camino se bifurque sin que sepamos si nos volveremos a encontrar, sólo el tiempo lo dirá; y mira que el tiempo no existe en realidad.

Junio 2002

garbo

Matando el tiempo en California

California. La primera vez que estuve aquí el clima fue nublado y frío, me hizo recordar que cuando estuve en Londres el clima fue soleado y clauroso, entonces sospeché que algo estaba cambiando realmente en el clima, que los estereotipos son menos sólidos que los monolitos o que tengo mal tino para conocer los atractivos turísticos como Dios manda en el 17° Mandamiento de la tabla perdida.

Hoy estoy de nuevo en California, creo que cerca de San Francisco, y hace un frío digno de un verano en la Antártida. Siempre he sido muy sensible e incompatible al frío, ahora creo que tras mi temporada en Miami lo soy más. Son las ocho de la mañana y estoy en la recepción del hotel esperando a que pasen por mí. Es una repetición momentánea de mi rutina matutina de ayer.

En la puerta principal del hotel hay un hombre, con un porte elegante, como de 90 años, aunque bien podrían ser nomás 50, pero demasiado bien vividos, uno nunca sabe, que está aquí para darle a uno los buenos días.

En el escritorio de la recepción hay tres empleados jóvenes, el señor de avanzda edad a veces entra y se pasea por el escritorio, atento de que aparezca algún huésped, para abrirle la puerta, darle los buenos días, preguntar cómo se encuentra esta mañana y ofrecerle un vaso de café.

Por un lado me alegra que a la gente de edad avanzada se le den oportunidades de trabajo, aunque creo que este señor bien puede ser capaz de más actividades laborales. No sé, por un lado creo que son trabajos ‘por lástima’ o por ‘pena’ y no es que a las personas que realizan estos trabajos les deba dar pena, la pena me da a mí, porque seguro esta gente tiene mucha más experiencia y capacidad para hacer muchas más cosas que dar buenos días a las aves de paso que aparecen por aquí.

Creo que me voy a enfermar, siento mis vías respiratorias en el borde de ‘ya me va a dar tos’, pues ni modo, ni tos. Espero poder escapar de la enfermedad. Quisiera quedarme un tiempo más por estos lugares, lares para presumir lo sofisticado que no soy en realidad, pero ya extraño el buen clima de mi base temporal en la Florida.

Sigo leyendo las “Opiniones de un payaso”, de un autor cuyo nombre no recuerdo, sólo sé que ganó el Nobel de literatura en 1972. Me quedan como 20 páginas, casi lo leí entero en el vuelo que me trajo a California. Es un libro que no me ha gustdo mucho, ni despertado mi emoción, pero por otro lado de alguna manera ha mantenido mi interés. Creo que lo recordaré como el libro donde encontré bien retratado un sentimiento que he tenido yo desde que tengo uso de memoria, y aún cuando me desmemorizo: el horror de los objetos que dejan atras las personas que se van (que se van en el amplio sentido de la frase).

Son los objetos los que nos hacen más patente una ausencia. La ropa de la abuela que se murió, la habitación del hermano que se ha ido de casa, los cosméticos olvidados de la chica que te dijo que ya no y se fue sin decir siquiera adiós. Sí, lo curioso es que los objetos dejados atrás siempre te recordarán algo; pero imagina que por una vez la persona que se va se llevara todo, sin dejar nad atrás. Entonces no tendrías objetos que te recuerden las cosas, sino un vacío que te gritará la ausencia. Entonces al final, da exactamente lo mismo. Si la gente que se va te deja cosas personales, te acordarás doblemente de la ausencia por los objetos que te dejó; pero si se lleva todo y deja huecos, entonces esos malditos espacios vacíos te servirán de recordatorio no-deseado. Uno siempre pierde en esos asuntos.

12 de marzo de 2008

California

El viejo Bill

El viejo Bill se niega a aceptar que el tiempo gana todas las apuestas.

Siente que no tiene más de veinte, cuando ya pasa de los setenta.

El viejo Bill está en forma, apenas tiene barriga, pero su pellejo cuelga como puentes en aventuras de Sandokan.

El viejo Bill presume que sus poderes amatorios están intactos, aunque jamás aceptará que se ayuda de una pastilla tan azul como los Blues del sur.

Dice que sigue rompiendo corazones, pero en realidad no rompe ni un plato; y nada conseguiría si evitara que le sangraran la billetera.

El viejo Bill jamás creerá que quienes tienen sexo con él lo hacen por dinero o por piedad. Y no hay piedad en este mundo de piedra.

El viejo Bill fue poderoso, pero ahora es menos que un rey que abdicó.

Aún lo invitan a ciertos eventos que en los que participan jóvenes que tienen un tercio de la edad del viejo Bill; y éste las desnuda con la mirada sin perder la esperanza de que compartan su cama.

El viejo Bill no miente. Acepta que es un viejo joven con necesidades amatorias de adolescente.

Nunca abusó de su estatus, ni engañó a nadie.

El viejo Bill es un verde, que vive en su propia realidad.

No lo puedo condenar, yo hice lo mismo que él con chicas veinteañeras, pero en ese entonces yo sólo tenía cuarenta.

Ahora soy muy indolente y en absoluto me interesan los milagros azules.

Espero estar en paz, bajo tierra, mucho antes de cumplir la edad que tiene hoy el viejo Bill.

Lo que hay en medio

Entre el embriagador enamoramiento y la pesadez del tedio no hay mucho, aunque parezca haber toda una era entre ambos.

Entre la ilusión patriótica y el desencanto por el Estado hay menos cantos que los de 39 gallos.

Entre las verdades que te digo y las mentiras que me recriminarás sólo existe el desgaste de un buen acto de magia.

Entre el esplendor de la juventud y la opacidad de la vejez únicamente hay mentiras aplaudidas.

Pocas cosas se conservan, sólidas o inmutables desde su nacimiento hasta su fin, y entre ellas seguro que no se cuenta nada relacionado con la humanidad.

Entre el pasado y el futuro está ese vacío de fantasía perpetua que llamamos presente.

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