Lo que hay en medio

Entre el embriagador enamoramiento y la pesadez del tedio no hay mucho, aunque parezca haber toda una era entre ambos.

Entre la ilusión patriótica y el desencanto por el Estado hay menos cantos que los de 39 gallos.

Entre las verdades que te digo y las mentiras que me recriminarás sólo existe el desgaste de un buen acto de magia.

Entre el esplendor de la juventud y la opacidad de la vejez únicamente hay mentiras aplaudidas.

Pocas cosas se conservan, sólidas o inmutables desde su nacimiento hasta su fin, y entre ellas seguro que no se cuenta nada relacionado con la humanidad.

Entre el pasado y el futuro está ese vacío de fantasía perpetua que llamamos presente.

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Como indio tallado en madera

Para una princesa que conversa con un vagabundo disfrazado de cardenal

Había una vez un abuelo… gafas de gruesos cristales y grueso armazón, cabello blanco como el espanto y camisa de franela a cuadros, a pesar del calor. Estaba sentado vigilando a sus nietos mietras estos nadaban en la alberca.

Papá y mamá estaban trabajando en sendas oficinas, esforzándose para salir adelante en un mundo que parecía ir hacia atrás. El abuelo, jubilado y con tiempo de sobra, se encargaba de los niños después del colegio, y esto incluía llevarlos a sus lecciones de natación.

Allí estaban los niños nadando y el abuelo sentado a un costado de la alberca, con su dispositivo celular en la mano y audífonos en los oídos para oír el video que miraba: chismes de estrellas deportivas que se preparaban para hacer el ridículo en el Mundial de Futbol.

Pero de repente el abuelo de blanco cabello dejo de ver la pantalla de su dispositivo e ignoró el audio del video de chismes, y su mirada se perdió a lo lejos, más allá del horizonte, hacia un lugar lejano, muy lejano, hasta ese punto exacto de la nada, que no se puede identificar.

¿Qué estaría pensando el abuelo?

Quizá pensaba en las inmitentes elecciones políticas en las que no había ningún candidato viable, positivo, vamos, ni siquiera uno que no luciera pésimo para gobernar.

Quizá pensaba en sus frecuentes insomnios, las noches en vela eran cada vez más frecuentes cuanto más acumulaba edad.

Igual pensaba en la bella princesa que tenía interesante charlas interminables con el cardenal vagabundo que se había cansado un poco de viajar. Princesa y cardenal que perdían trocitos de sus almas para enriquecerlas más.

Posiblemente se preguntaba acerca del mundo y qué le depararía el futuro; o del pasado y de que éste nunca más volverá. ¡Pobre abuelo, siempre ignorando el presente!

El abuelo, así de quieto y con esa mirada tan perdida, parecía un figura tallada en madera, como los indios que exhiben puros en una cigarrería tradicional.

Quizá la mente del abuelo, tal como la del indio de madera, no pensaba en nada en absoluto y era un abismo negro, un vacío total.

La clase terminó, la princesa se despidió del cardenal vagabundo y el abuelo se llevó a sus nietos a casa.

Hoy es hoy y parace que habrá otro mañana.

Indian

Ganas de vivir

Sobre el arcoiris no hubo ni habrá nada que realmente valga la pena, para esto debimos habernos quedado en Kansas, Toto. Al final del túnel hay luz, pero esta sólo nos permite ver más de lo que ya conocíamos.

No es que todo esté mal, tampoco está nada bien. Lestat con ganas de seguir viviendo no comprende cómo hay gente que se cansa, como en Kansas. Debe ser un mal congénito ese de los optimistas, algo tan fuerte que les distorsiona la vista y les hace creer que lo mejor está a la vuelta de la esquina.

El Eclesiastés es sabiduría, la vida es existir día a día; pero llega un momento en que aunque haya muchas cosas por descubrir, ya no tienes energías, no te apetece siquiera verlas o y careces de curiosidad. Entonces ya todo te da igual.

Entérate que no hay ancianos sanos. La vejez en sí misma es una enfermedad, es la decadencia que impone un final a los que quieren más, a esos que se aferran a lo único que conocen, y que tienen más miedo a lo desconocido que amor a seguir respirando.

Y no está mal morir, malo es seguir viviendo cuando la mayor parte de tus dos pies están al borde de la fosa, cuando tu organismo responde como si estuviera debajo del agua y las cosas no saben ya igual, cuando saben, pero te mantienes rodeando tus brazos al cuello de quenes aún tienen entereza natural.

Qué necedad.

El artista que vive más de la cuenta

Triste

el tiempo nos va deslavando, descarando, descarapelando, y nos hace víctimas de la decadencia

el artísta se repite, se desespera por recuperar sus glorias añejas, recurre a la fórmula ante la imposibilidad de reinventarse

los seguidores comienzan a malbaratar y regalar las obras de aquel que ayer admiraban

esos tesoros que realmente no valían mucho más que un sentimiento, ahora valen menos que un grano de arroz quemado

los aplausos se apagan, los clubes de fans van cerrando poco a poco, a las presentaciones del artista sólo acuden algunos vejetes calvos que también buscan en el pasado algo que valga más que su jodido presente

así se va poniendo todo gris

así hasta el día de la muerte del artista, antes tan admirado, cuando llega su deceso verdadero (no el primero, ese que experimentó mientras seguía respirando y fue olvidado) es que empezarán los homenajes

el último adiós que le hacen muchos como para expiar las culpas de la desmemoria

un minuto de silencio, el primer instante que es una muestra de lo callado que será el resto del porvenir

Todo pasa, todo se olvida

La mujer de la gran maleta negra

Era una mujer pequeña que vestía mallones (leggings) de estampados florales, zapatos deportivos y una sudadera verde. Si la veías desde su parte posterior pasaba por una mujer de 30 años bien conservada, pero al mirar su rostro, excesivamente maquillado, le podías calcular una edad de entre 97 y 175 años.

Usaba una peluca anaranjada, sus labios eran de un rojo encendido y sus párpados estaban pintados de un verde intenso. Ignoro el color de sus ojos, pues el verde intenso rodeaba sólamente dos ranuras enmarcadas por profundas arrugas.

Supongo que estaba en muy buena condición física, pues iba subiendo a pie la larga calle, cuya inclinación es de aproximadamente 45°, y llevaba arrastrando una gran maleta negra con una franja roja,  sin ruedas, que le llegaba un poco arriba de la cintura.

Se detuvo un momento para tomarse un respiro. La mañana era soleada y calurosa, imagno que sus sesos se cocían bajo esa tupida peluca color zanahoria. La mujer se tocó el pecho, miró calle arriba, hasta el final, hacia la aún lejana iglesia de la cruz de neón violeta, que a esas horas estaba apagada, y se dispuso a continuar la subida.

Dudo que haya sido la mujer del vestido rojo que se cortaba los brazos y que vi en esta misma calle, en este mismo punto, cuando yo era niño. Igual era la Gagool de “Las minas del rey Salomón”, quien al final no murió y ahora pena por el muno arrastrando su maleta como Sísifo en versión femenina.

No lo sé, pero tampoco la soñé.

Anciano porno costumbrista

A la hora acostumbrada, el tembloroso anciano llega al café de siempre. Luce su moco de pavo, es decir su impresionante tarjeta caduca de identificación que cuelga de su arrugado cuello, inutilidad de cartón que recuerda sus días de gran poder cuando laboraba en la Secretaría de Gobernación que se encarga de censurar, como sea, lo que no está bien visto por los gobernantes del país. El viejo lleva mucho tiempo retirado y su pensión es jugosa, pues les hizo muchos favores a muchos políticos importantes a lo largo de sus muchos años en la Secretaría.

El anciano ingresa al área de fumar, donde nadie lo fuma, y busca en su entorno alguna chica linda que desnudar con su mirada, para después tomar asiento cerca de ella. Las meseras llaman al vejete “señor” con aparente respeto, aunque a sus espaldas todas le llaman raboverde, se quejan de invitaciones a intimaciones asquerosas y de tocamientos no solicitados, pero lo respetan quizá por su edad, quizá por las conexiones que pudiera aún tener o igual por las jugosas propinas que les deja.

El anciano siempre llega al café con un periódico deportivo en la mano y siempre ordena, en un tono de serpiente que invita al pecado, un café “muuuy caliente”. Oculto dentro de su diario de mediocridades futbolísticas, el viejo suele llevar escondida una revista de porno duro.

Entonces mientras bebe su café, el viejo pone rígidas sus ideas simulando que lee su diario deportivo, pero en realidad atento a lo que está impreso en el cuché de porno intenso que oculta dentro del diario. Si por casualidad otro comensal, o comensala, sorprende al anciano realizando su picardía editorial, él sonríe beatíficamente, cierra la porno edición y se pone a leer los resultados del Campeonato FIFA-de-lo-que-sea que se esté jugando ese día.

Pero si la comensala es la joven bonita cerca de la cual decidió tomar asiento, el vejete abre más su revista porno de manera que la chica pueda verla mejor, y después se pasa la punta de la descolorida lengua por sus agrietados labios mientras las niñas perversas de sus ojos brillan con cansada lujuria hacia la mirada sorprendida de la chica.

Esta es su máxima satisfacción, el orgasmo seco de una vejez no aceptada.

Una vez alcanzado el erotismo entre sus telarañas mentales, el septuagenario termina su café, paga la cuenta y se va del restorán, para mañana volver a empezar el ritual.

Noviembre 2011

Así fue, es y será

Decía el que sabe que conocemos primero el cielo que nuestro corazón, y más aún ahora que tenemos tantos distractores y herramientas evasivas que nos alejan de nosotros mismos, y por ende de la Verdad. Somos cada día más vacíos y desconocidos. Así fue, es y será, naturaleza humana.

Nos conmovemos profunda y efímeramente ante desastres donde mueren cientos de personas, ajenas a nuestra realidad cercana, porque en el fondo pensamos que eso podría ocurrirnos a nosotros. Pero si nuestro vecino o pariente se returce de dolor, tendemos a jactarnos o a mostrar indiferencia. Amamos a la humanidad, pero no a la gente que conocemos.

A los animales los maltratamos o los tratamos como seres humanos; rara vez respetamos sus dignidades originales. No me es extraño, yo mismo lo he hecho. Así fue, es y será; pura naturaleza humana.

Somos muchas sonrisas cuando necesitamos algo o cuando somos vendedores. En cambio somos amargura, molestia y caras de aspereza cuando alguien nos pide lo que sea, sin ofrecer nada más valioso a cambio.

Hacemos culto a la belleza y juventud, como si fueran perfectos y perpetuos, huímos de la fealdad y la vejez, aún cuando nos pueden contar buenas historias si cerramos los ojos y de que, si sobrevivimos lo suficiente, serán mañana nuestras características.

Tenemos terror a la muerte, aunque es la compañía más constante a nuestro lado, qué absurdo.

Somos ilógicos, irraconales e idiotas, a pesar de que insistimos en presumir lo contrario. Así fue, es y será; pura naturaleza humana.

Envejecer, enfermar y morir, es el futuro de cada uno; sin excepción. Por eso más nos vale rescatar y aprovechar los tesoros de cada día, aunque sean pocos. El mañana siempre podrá ser peor.