El viejo Bill

El viejo Bill se niega a aceptar que el tiempo gana todas las apuestas.

Siente que no tiene más de veinte, cuando ya pasa de los setenta.

El viejo Bill está en forma, apenas tiene barriga, pero su pellejo cuelga como puentes en aventuras de Sandokan.

El viejo Bill presume que sus poderes amatorios están intactos, aunque jamás aceptará que se ayuda de una pastilla tan azul como los Blues del sur.

Dice que sigue rompiendo corazones, pero en realidad no rompe ni un plato; y nada conseguiría si evitara que le sangraran la billetera.

El viejo Bill jamás creerá que quienes tienen sexo con él lo hacen por dinero o por piedad. Y no hay piedad en este mundo de piedra.

El viejo Bill fue poderoso, pero ahora es menos que un rey que abdicó.

Aún lo invitan a ciertos eventos que en los que participan jóvenes que tienen un tercio de la edad del viejo Bill; y éste las desnuda con la mirada sin perder la esperanza de que compartan su cama.

El viejo Bill no miente. Acepta que es un viejo joven con necesidades amatorias de adolescente.

Nunca abusó de su estatus, ni engañó a nadie.

El viejo Bill es un verde, que vive en su propia realidad.

No lo puedo condenar, yo hice lo mismo que él con chicas veinteañeras, pero en ese entonces yo sólo tenía cuarenta.

Ahora soy muy indolente y en absoluto me interesan los milagros azules.

Espero estar en paz, bajo tierra, mucho antes de cumplir la edad que tiene hoy el viejo Bill.

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Besos de verano, lágrimas de invierno

El salón de la parroquia católica, donde de lunes a viernes a partir de las 9 de la noche los alcohólicos usan su anonimato para tratar de curarse ese mal progresivo y mortal que hace reír tanto a Baco y a los sobrios; y donde los sábados por la mañana se imparte el catecismo hueco a niños que comulgarán automáticamente tras su Primera Comunión.

Un salón mediano, con pisos de plástico y lámparas alargadas de neón, una de las cuales parpadea con tics de marinero retirado. Hoy no hay niños, ni borrachos en intento de recuperación, sino una celebración de ancianos en su tarde libre del asilo.

Tarde de karaoke, presentada por una mujer de 52 que se siente un chica, una rosa lozana y fragrante en medio de tanto olor y apariencias añejas. La “chica” interpreta grandes éxitos de hace 60 o 70 años, que traen recuerdos a las honorables personas de blancas cabezas.

Algunos de ellos sienten que las canciones de Bill Haley siguen siendo tan vigentes como las de Elvis. Y en realidad lo son, simplemente dejaron de estar de moda hace muchos otoños. Otros recuerdan viejos romances en pistas de baile, donde había muchas connotaciones sexuales que nadie les creería haber vivido hoy en día. Un anciano tiene pensamientos que ni el Viagra puede hacer realidad, el “Blues de la erección” sería la canción si pudiéramos rimar lo que el señor piensa. Algunos se paran a bailar, es curioso que la ancianidad sea alcanzada más por las mujeres que por los hombres, quién sabe, quizá con el avance del feminismo también en ese rubro habrá igualdad pronto. Así que muchas bailan solas, como solían hacerlo las Madres de la Plaza de Mayo, sólo que estas lo hacen a ritmo de Chuck Berry.

Sin levantarse de una silla, una mujer de saco rojo, que está más cercana a los 85 que a los 79, mira a sus compañeras un momento y siente que se abre una nueva grieta en su corazón. No le gusta esta caricatura de vida, esta amarga memoria de lo que fue, no entiende por qué son felices ni por qué no rompen a llorar. Ella aguanta sus lágrimas trabajosamente, mira con envidia a la “chica” cincuentona que canta, pero no con tanta, pues sabe que no es tan joven y que ya cruzó el umbral de la decadencia. La venerable del saco rojo añora la vida, los tiempos de independencia, cuando los errores no costaban tan caro, los tiempos previos al momento de haber sido botada en la casa de desechos humanos, donde la única cosa que se puede llamar esperanza es la muerte, y a veces esta tarda demasiado en llegar.

La mujer del saco rojo tiene gran fuerza de voluntad, no llora, además la mejor prueba de su voluntad es que ha llegado a acumular todos estos años, sin embargo hoy se pregunta “para qué”, con más intensidad que en otras ocasiones. Al menos en el asilo todo es gris y triste, continuo y uniforme, esta dizque celebración y recuerdo de glorias pasadas no le está ayudando en nada, y es como una bofetada en la cara que le hace presente lo que ya se pudrió en el pasado.

La mujer del saco rojo continúa callada, hundiéndose en una depresión que creía haber dejado atrás usando una impuesta automatización. La animadora desangelada de cinco décadas canta una de Elvis, y las demás viejecitas parecen dulces y alegres porque creen que recordar es vivir.

Summer kisses, Winter tears…

La vanagloria y el sexo

Tres tipos honorables, muy amigos, cenando. Tres ilustres personajes, reconocidos como hombres intachables en la sociedad. Temerosos de Dios y asistentes constantes a ceremonias solemnes, erigidos como ejemplos a seguir por la juventud. Solían reunirse ocasionalmente para hablar de glorias pasadas y presumir hazañas fantasiosas, ese tipo de cosas que suelen importar desde que importa lo que la mayoría cree que es la virilidad. Se turnaban en sus casas las sedes de tales reuniones, en las que comían alimentos que les permitieran ser prodigiosamente poderosos en los actos íntimos, aunque realmente su ímpetu no era ya ni la sombra de lo que había sido. Siempre era un mismo ritual y esta noche no se diferenciaba en nada a las de antes. Comenzaban hablando de las últimas conquistas que realizaban, según ellos engañando a sus esposas; aunque en realidad éstas, conscientes de todo, los toleraban, condescendientes mientras ella fueran las señoras de sus respectivas casas. Esta noche el anfitrión empezó a presumir su colección de postales pornográficas de hacía treinta años. “Miren la composición de ésta”, decía mientras masticaba los ostiones frescos, hablando de la iluminación y cosas técnicas de la imagen, como si se tratara de una verdadera obra artística y no de bienes desechables para el consumo masivo. “Pues yo me fijo más en ese par de redondeces”, dijo otro, queriendo ser sutil, refinado y guarro a la vez, usando eufemismos para proferir cualquier idea vulgar que se le ocurría. El tercero callaba, sonreía y masticaba los testículos de buey que se servía en un taco. “A esta yegua yo la montaba hasta agotarla”, dijo el anfitrión pasando a la foto de una mujer de rodillas y las manos en el suelo, con cara de sorpresa y un peinado de una moda que en su momento fue lo último y ahora era lo único que la hacía verse antigua. Los otros dos rieron de la ‘ocurrencia’. “Caballeros, ¿gustan más ostiones?”, dijo el anfitrión, “debemos de prevenir el uso del viagra con una buena alimentación”. “Vengas más ostiones y nada de drogas, ni lo mande Dios”, dijo el más pícaro de los tres. Todos rieron de nuevo, nadie se atrevía a confesar que si no fuera por las maravillas químicas que se tomaban en secreto, hacía tiempo que serían la vergüenza de sí mismos, ellos que tanto valor le daban al sexo. Terminaron las postales y el tercer comensal vio oportuno comenzar la sorpresa que tenía preparada. “Tus postales están buenísimas, y me recuerdan buenos tiempos, sin querer siquiera sugerir que estamos viejos”, los tres se mofaron de la edad, pues seis décadas de vida no son mucho tiempo cuando eso es lo que llevas vivido, “pero creo que es necesario que nos actualicemos, pues no somos cosas del pasado”, continuó y provocó las risas de los otros dos, “por eso he traído estos videos que compré el pasado fin de semana, el vendedor me dijo que fueron tomados recientemente, de manera furtiva, en un motel de paso en esta ciudad”. Los otros dos aplaudieron la idea, había que ir con los tiempos y la cámara escondida era la moda de entonces. El anfitrión preparó la sala de televisión, y eructando la abundante cena se sentó al lado de sus compañeros para apreciar la función. En el monitor apareció una habitación, nada elegante, con decoración kitsch color rojo, supuestamente para encender la pasión, una gran cama con un techo sostenido por columnas recubiertas de peluche y una pecera gigante con pececillos multicolores en la cabecera. La fecha de la grabación aparecía en una de las esquinas de la pantalla y databa de sólo dos semanas atrás de esa noche. “Bien me dijeron que era recién salida del horno”, dijo el que llevó el video. En la habitación estaba una pareja en pleno escarceo, un chico moreno musculoso y una sinuosa joven rubia. Los tres hombres envidiaron por dentro el cuerpo y la energía del muchacho y se sorprendieron de la agilidad, destreza y experiencia de la rubia. Uno de los hombres se extasiaba por las contorsiones de la chica, dignas del mejor circo; otro sentía su mirada clavada en el trasero de la joven y el anfitrión confesó su envidia en voz alta: “¡pero qué habilidad tiene esa…!” Hasta ese momento la chica siempre había estado de espaldas a la cámara, pero de repente se puso en ‘posición de yegua dispuesta a ser agotada’ y fue cuando mostró claramente el rostro a una cámara cuya existencia ella jamás imagino siquiera, ignorando completamente que su imagen estaba siendo grabada. Fue cuando el rostro apareció claramente en la pantalla que el anfitrión interrumpió su febril comentario y de repente esparció en la fina alfombra de su sala de televisión todos los ostiones que había comido. Inmediatamente después dio súbitamente por terminada la velada. Los amigos se fueron presurosos sin saber el porqué. El anfitrión jamás volvió a asistir a esas reuniones, y mucho menos a organizar una. Dos días después de esa fatídica noche, la hija menor del anfitrión, una bella y bien formada joven rubia fue desheredada y descastada de la casa paterna, y su rubio esposo jamás supo el por qué.