Una noche en San Francisco

(Hechos reales)

En medio de la noche fría de San Francisco, pero vamos por partes… empezamos en Union Square, ahí terminó el tour, que nos había llevado al Golden Gate, y empezó lo que siguió.

Primera escala un bar muy antiguo y demasiado escondido llamado Gold Dust. Una escultura de un minero, con melancólica cara te recibe al entrar. El sitio es muy viejo, parece de finales del siglo XIX. Decorado rojo y clásico, huele a muchos años, a haber sido inundado por ríos de cerveza y nicotina cada noche desde hace más de un siglo, aunque ahora ya no se pueda fumar en el interior algo queda de la impregnación tabacalera allí dentro. Pido una Anchor de barril, para empezar, viendo el ancla de la etiqueta pienso que igual lo que estoy haciendo ahora es cortar amarras, levar anclas y conocer más personas. En la mesa estamos dos mexicanos, un inglés, un italiano-irlandés (que habla muy bien el español) y yo. La plática gira en torno a la cerveza y a lo clásico del lugar, luego hablamos acerca del estadio de Wembley y su nada popular reconstrucción. Se comenta que los aficionados ingleses están empezando a ver más futbol femenil, porque el masculino de ligas profesionales ha sido comprado por magnates extranjeros que contratan a demasiados jugadores de otros países. El nacionalismo parece estar pesando más que el machismo. La globalidad no siempre es bien recibida. La mesera sin vocación no intenta disimular siquiera su rostro de hastío, sin embargo es rápida y nos da un buen servicio. Súbitamente, como salida de quien-sabe-dónde, llega una chica de la India, conocida de todos. Y seguimos conversando. Música, literatura, filosofía y mil y una tonterías. Periodismo, escritura, el español. Al ver que los temas son los que generalmente propongo, me callo. Pero la conversación sigue libre, en la dirección que suele tomar el viento.

Después de un buen rato, salimos del Gold Dust para ir al segundo sitio, pero haremos escala en la casa del italiano-irlandés, ya que pasará por su esposa. La zona de Mission. Restaurantes mexicanos por doquier, hasta torterías y taquerías. La casa es un departamento, antiguo, muy antiguo, hay cosas modernas, pero el lugar es viejo. Nada feo. Salimos, ahora somos el dueño de la casa, su esposa, el inglés y los dos mexicanos. Vamos a un restaurante cercano, llegamos caminando.

En el trayecto vemos dos viejos cines, antiguos, que llevan ya décadas cerrados. Imagino que allí viven ahora vagabundos (nada jóvenes, aunque quién sabe) que comen sus tortas mexicanas y sus tacos. Llegamos al restaurante en el que quedamos de vernos con los demás. Más cerveza, retomamos la plática. La chica de la India reaparece vestida de otra manera, y también llega un suizo, seguido de un argentino que me recuerda a Fito Páez, pero con el cabello corto.

Parpadeo y de repente está llena la mesa, de gente y de comida. Ahora, además de los asistentes ya mencionados, hay tres chicas de Singapur, un alemán, un neozelandés, una brasileña y una china (éstas dos últimas viven en Canadá, y ambas muy amigas mías de tiempo atrás), y la conversación sigue la corriente de la cerveza. Llega una italiana y más tarde otra chica de la India que también habla muy bien el español. Es la torre de Babel convertida en mesa, pero por fortuna tenemos la insincera lingua franca que es el inglés. Llega una venezolana que escribe poemas eróticos y su esposo, que luce demasiado tranquilo. Leo los poemas, o creo que los había ya leído en el primer lugar, hablando de lugares… nunca supe cómo se llama el segundo restaurante, pero allí cenamos y de repente la mesa desapareció y la gente empezó a bailar.

Una de las chicas de Singapur me pregunta si ya estoy borracho, y le digo que no. Me empieza a contar de su situación emocional en su tierra natal. Enamorada de un compañero de trabajo. Bueno, hay que dejar pasar el tiempo, le digo, para saber si es amor o sólo un capricho, ocho o nueve meses, dicen, en lo que uno recobra la razón. Pero creo que no es bueno enamorarse de un compañero de trabajo. Si las cosas con la pareja salen bien, el trabajo puede salir mal. Si las cosas de pareja salen mal, el trabajo también sale perjudicado. Mala apuesta, que casi apesta. Le digo que jamás debe confiar en un hombre que le dice que confíe en ella, me pregunta por qué, le digo que el mero hecho de que uno diga que deben confiar en uno es porque hay algo de desconfianza por ahí, le digo que confíe en mí cuando le digo eso. Se queda un poco perpleja y yo me voy por otra cerveza.

Los demás bailan y bailan como derviches epilépticos o como gente que disfruta de la música, hay de todo. Me gustan los sonidos y medio llevo el ritmo, pero no me apetece bailar. Siento nostalgia por una persona. Sombras que me asombran y me asolan. ¿Hasta cuándo? Bailan y bailan, hasta que nos indican con indirectas muy directas que van ya a cerrar el lugar. Más de las doce, supongo, pues no tengo reloj.

Salimos y nos dividimos en taxis para ir a un bar. Ya no está un mexicano, pues se fue con la venezolana y su esposo. Salen dos taxis y los que quedamos esperamos al tercero, de repente aparece una limusina gris-plata. Abren la puerta y veo que la gente que quedó conmigo empieza a abordar el vehículo, yo voy con ellos. Viajamos ahora el suizo, un neozelandés, el inglés mi amiga chino-canadiense, un desconocido (salido como de la nada, allí aparecido) y yo. El desconocido empieza a conversar y resulta que es mexicano, y que va a donde todos vamos. El fulano agregado, que nadie conoce se dedica a lanzar algunas miradas medio cargadas de lujuria a la chica, quien de repente se da cuenta que va sola entre puros hombres y se pone nerviosa, pero bueno, es mi amiga y hace como que va conmigo.

Adentro del auto limusina todo es a media luz, hay dos antorchas artificiales en cada lado, un juego que con un foco anaranjado, tela muy ligera y aire simula el movimiento del fuego. Erotismo kitsch. Romance de motel. El perfecto afrodisíaco del mal gusto. Ahora va cerrada la ventana que divide al conductor de los pasajeros. En la ventana se proyectan estrellas y galaxias y se oye, a nivel muy alto, una canción hippie de San Francisco (creo que se llama Flowers in your hair, lo que sería High Asbury dentro de una limo). El conductor maneja a gran velocidad y los pasajeros vamos como contenido en batidora, ahora sé lo que sienten los huevos revueltos (no hay entrelíneas). El chofer abre la ventana interior que nos separa de él, y ahora tiene puesta una peluca que yo definiría como una combinación Afro-punk y cabellera de Tina Turner. Sin voltear a mirarnos, imagino que para no perder de vista el camino y así evitar estamparnos contra otro auto o contra un muro (una cosa es revolvernos y otra muy distinta: matarnos), levanta con una mano una caja de plástico de la que sale una luz láser roja, como la que sirve de señalador en una conferencia (o de blanco para un franco tirador que habla con engaños y no es francés), y empieza a hacer bailar la luz en el interior del auto. El chofer jamás reduce la velocidad, hasta que nos detenemos, y tras pagarle 40 USD por un trayecto que cuesta menos que la mitad, bajamos al siguiente bar.

Allí están esperándonos algunos conocidos estadounidenses. Bailar y bailar, mientras el alcohol sigue fluyendo. Varias parejas gay se demuestran su afecto abrazándose y besándose, bailando frenéticamente. Encontramos de nuevo a las chicas de Singapur y a otros más que ya no recuerdo. Nos quedamos ahí hasta que nos dicen que ya van a cerrar el lugar y de nuevo nos vamos todos a otro bar. Ya no hay limusina.

Llegamos a un sitio donde hay tipos bailando con el torso desnudo. Y más gays. Algunos nos empezamos a cansar y yo decido salir a la terraza, a una mesa en el exterior, para descansar y fumar. Llegan algunas personas conmigo y les contamos la historia de la limusina. A mi derecha hay una figura como de metro y medio de un ciervo, especie de Bambi, me molesta porque tiene los ojos rojos y parece estar mirándome a mí. Me levanto para tratar de cambiarla de posición, pero es de metal y parece estar asegurada al piso, no logro moverla ni un milímetro.

Llega mi amigo neozelandés y se monta en el ciervo. Rodeo de estatuas de Bambi. Regreso a la mesa a platicar con las chicas de Singapur, con el alemán y mi amiga chino-canadiense. Hablamos de todo y de nada, tal como suelen ser las mejores conversaciones que existen (y sin embargo a ésta le falta un pequeño toque de magia). Recuerdo Mi problema: esta noche no tengo habitación de hotel y la casa del amigo con quien me iba a quedar está muy lejos (sin contar con que seguramente ese amigo ya está muy dormido).

El ánimo va decayendo, la energía no puede durar por siempre. Son las cuatro de la mañana, más de un monje debe estar ya despertando para sus primeras oraciones, o barriendo el templo. Pero aquí no hay monjes y no nos toca ni barrer ni orar. Todos nos vamos de allí. Yo, como suele suceder, y recordando a Blanche Dubois, tiendo a depender de la gentileza de los amigos (aunque ella estúpidamente dependía de la de los extraños, pobre Blanche, era mucho más idiota que yo), y soy invitado a compartir habitación de hotel. Al menos no duermo en la calle esta noche. Me quedo cerca de Union Square. A la mañana siguiente despierto temprano, demasiado temprano, con una resaca que me reseca el ánimo y sin decir hasta la vista salgo a la calle con rumbo desconocido. Todos duermen. Ya habrá tiempo para dormir después.

17 de marzo de 2008

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Tarde otoñal

El mismo negro, en su mismo sitio. Con su mismo aliento etílico. Esperando en la esquina de siempre, en el parque, a sus alcohólicos amigos. Aún en domingo. Mientras tanto, no lejos de allí, unas niñas juegan a ser mujeres y se divierten con el viejo que juega a ser joven. El típico complejo del destiempo. En el cielo tres gaviotas extraviadas planeando sin plan se preguntan qué tanto piensa el negro, quien con desesperación da pasos constantes y sonantes de aquí para allá en su misma esquina. El sol comienza a ocultarse, el frío no afecta a todos estos personajes. Bueno para una tarde otoñal en el parque, pero nada recomendable para siempre.

Octubre de 1996, Ealing, Londres

Una noche en San Francisco

En medio de la noche fría de San Francisco, pero vamos por partes… empezamos en Union Square, ahí terminó el tour, que nos llevó al Golden Gate, y comenzó lo que siguió.

Primera escala un bar muy antiguo y demasiado escondido llamado Gold Dust. Una escultura de un minero, con melancólica cara te recibe al entrar. El sitio es muy viejo, parece de finales del siglo XIX. Decorado rojo y clásico, huele a muchos años, a haber sido inundado por ríos de cerveza y nicotina cada noche desde hace más de un siglo, aunque ahora ya no se pueda fumar en el interior.No importa, de todos modos el tabaco de decenios quedó impregnado en el aire.

Pido una Anchor de barril, para empezar, viendo el ancla de la etiqueta pienso que igual lo que estoy haciendo ahora es cortar amarras, levar anclas y conocer más personas. En la mesa estamos dos mexicanos, un inglés, un italiano-irlandés (que habla muy bien el español) y yo. La plática gira en torno a la cerveza y a lo clásico del lugar, luego hablamos acerca del estadio de Wembley y su nada popular reconstrucción. Se comenta que los aficionados ingleses están empezando a ver más futbol femenil, porque el masculino de ligas profesionales ha sido comprado por magnates extranjeros que contratan a demasiados jugadores de otros países. El nacionalismo parece estar pesando más que el machismo. La globalidad no siempre es bien recibida.

La mesera sin vocación no intenta disimular siquiera su rostro de hastío, sin embargo es rápida y nos da un buen servicio. Súbitamente, como salida de quien-sabe-dónde, llega una chica de la India, conocida de todos. Y seguimos conversando. Música, literatura, filosofía y mil y una tonterías. Periodismo, escritura, el español. Al ver que los temas son los que generalmente propongo, me callo. Pero la conversación sigue libre, en la dirección que suele tomar el viento.

Después de un buen rato, salimos de ahí para ir al segundo sitio, pero haremos escala en la casa del italiano-irlandés, ya que pasará por su esposa. La zona de Mission. Restaurantes mexicanos por doquier, hasta torterías y taquerías. La casa es un departamento, antiguo, muy antiguo, hay cosas modernas, pero el lugar es viejo. Nada feo. Salimos, ahora somos el dueño de la casa, su esposa, el inglés y los dos mexicanos.

Vamos a un restaurante cercano, llegamos caminando. En el trayecto vemos dos viejos cines, antiguos, que llevan ya décadas cerrados. Imagino que allí viven ahora vagabundos (nada jóvenes, aunque quién sabe) que comen sus tortas mexicanas y sus tacos. Llegamos al restaurante en el que quedamos de vernos con los demás. Más cerveza, retomamos la plática. La chica de la India reaparece vestida de otra manera, y también llega un suizo, seguido de un argentino que me recuerda a Fito Páez, pero con el cabello corto.

Parpadeo y de repente está llena la mesa, de gente y de comida. Ahora hay tres chicas de Singapur, un alemán, un neozelandés, una brasileña y una china que viven en Canadá (ambas muy amigas mías de tiempo atrás), y la conversación sigue la corriente de la cerveza.

Llega una italiana y más tarde otra chica de la India que también habla muy bien el español. Es la torre de Babel convertida en mesa, pero por fortuna tenemos la insincera lingua franca que es el inglés. Llega una venezolana que escribe poemas eróticos y su esposo, que luce demasiado tranquilo.

Leo los poemas, o creo que los había ya leído en el primer lugar, hablando de lugares… nunca supe cómo se llama el segundo restaurante, pero allí cenamos y de repente la mesa desapareció y la gente empezó a bailar. Una de las chicas de Singapur me pregunta si ya estoy borracho, y le digo que no. Me empieza a contar de su situación emocional en su tierra natal. Enamorada de un compañero de trabajo. Bueno, hay que dejar pasar el tiempo, le digo, para saber si es amor o sólo un capricho, ocho o nueve meses, dicen, en lo que uno recobra la razón. Pero creo que no es bueno enamorarse de un compañero de trabajo. Si las cosas con la pareja salen bien el trabajo puede salir mal. Si las cosas de pareja salen mal, el trabajo también sale perjudicado. Mala apuesta, que casi apesta. Le digo que jamás debe confiar en un hombre que le dice que confíe en ella, me pregunta por qué, le digo que el mero hecho de que uno diga que deben confiar en uno es porque hay algo de desconfianza por ahí, le digo que confíe en mí cuando le digo eso. Se queda un poco perpleja y yo me voy por otra cerveza.

Los demás bailan y bailan como derviches epilépticos o como gente que disfruta de la música, hay de todo. Me gustan los sonidos y medio llevo el ritmo, pero no me apetece bailar. Nostalgia por una persona. Sombras que me asombran y me asolan. ¿Hasta cuándo?

Bailan y bailan, hasta que nos indican con indirectas muy directas que van ya a cerrar el lugar. Más de las doce, supongo, pues no tengo reloj. Salimos y nos dividimos en taxis para ir a un bar. Ya no está un mexicano, pues se fue con la venezolana y su esposo.

Salen dos taxis llenos con los primero compañeros y los que quedamos esperamos al tercero, de repente aparece una gran limusina gris-plata. Abren la puerta y veo que la gente que quedó conmigo empieza a abordar el vehículo, como si la huvieran ellos contratado, yo voy con ellos. Viajamos ahora el suizo, un neozelandés, el inglés mi amiga chino-canadiense, un desconocido y yo.

El desconocido, que quién sabe de dónde rayos salió, empieza a conversar y resulta que es mexicano, y que va a donde todos vamos. Lanzando algunas miradas medio cargadas de lujuria a la chica canadiense, quien de repente se da cuenta que va sola con puros hombres y se pone nerviosa, pero bueno, es mi amiga y hace como que va conmigo.

Adentro del auto todo es a media luz, hay dos antorchas medievales artificiales, un juego que con un foco anaranjado, tela muy ligera y aire simula el movimiento del fuego. Erotismo kitsch. Romance de motel. El perfecto afrodisíaco del mal gusto. Ahora va cerrada la ventana que divide al conductor de los pasajeros. En ella se proyectan estrellas y galaxias y se oye, a nivel muy alto, una canción hippie de San Francisco (creo que se llama Flowers in your hair).

El conductor maneja a gran velocidad y los pasajeros vamos como contenido en batidora, ahora sé lo que sienten los huevos revueltos (no hay entrelíneas). El chofer abre la ventana interior que nos separa de él, y veo que tiene puesta una peluca que yo definiría como una combinación Afro-punk y cabellera de Tina Turner. Sin voltear a mirarnos, imagino que para no perder de vista el camino y así evitar estamparnos contra otro auto o contra un muro (una cosa es revolvernos y otra muy distinta: matarnos), levanta con una mano una caja de plástico de la que sale una luz láser roja, como la que sirve de señalador en una conferencia (o de blanco para un franco tirador que habla con engaños y no es francés), y empieza a hacer bailar la luz en el interior del auto.

El conductor jamás reduce la velocidad, hasta que nos detenemos, y tras pagarle 40 USD por un trayecto que cuesta menos de la mitad, bajamos al siguiente bar. Allí están esperándonos algunos conocidos estadounidenses.

Bailar y bailar, mientras el alcohol sigue fluyendo. Varias parejas gay se demuestran su afecto abrazándose y besándose, bailando frenéticamente. Encontramos de nuevo a las chicas de Singapur y a otros más que ya no recuerdo. Nos quedamos ahí hasta que nos dicen que ya van a cerrar el lugar y de nuevo nos vamos todos a otro bar. Ya no hay limusina.

Llegamos a un sitio donde hay tipos bailando con el torso desnudo. Y más gays. Algunos nos empezamos a cansar y yo decido salir a la terraza, a una mesa en el exterior, para descansar y fumar. Llegan algunas personas conmigo y les contamos la historia de la limusina. A mi derecha hay una figura, como de metro y medio, de un ciervo, como de Bambi, me molesta porque tiene los ojos rojos y parece estar mirándome a mí. Me levanto para tratar de cambiarla de posición, pero es de metal y parece estar asegurada al piso, no logro moverla ni un milímetro. Llega mi amigo neozelandés y se monta en el ciervo. Rodeo de estatuas de Bambi.

Regreso a la mesa a platicar con las chicas de Singapur, con el alemán y mi amiga chino-canadiense. Hablamos de todo y de la nada, tal como suelen ser las mejores conversaciones que existen (y sin embargo a ésta le falta un pequeño toque de magia). Recuerdo Mi problema: esta noche no tengo habitación de hotel y la casa del amigo con quien me iba a quedar está muy lejos (sin contar con que seguramente ese amigo ya está muy dormido).

El ánimo va decayendo, la energía no puede durar por siempre. Son las cuatro de la mañana, más de un monje debe estar ya despertando para sus primeras oraciones, o barriendo el templo. Pero aquí no hay monjes y no nos toca ni barrer ni orar. Todos nos vamos de allí.

Yo, como suele suceder, y recordando a Blanche Dubois, tiendo a depender de la gentileza de los amigos (aunque ella estúpidamente dependía de la de los extraños, pobre Blanche, era mucho más idiota que yo). Al menos no duermo en la calle esta noche. Me quedo cerca de Union Square, en un cuarto de hotel con una persona generosa.

A la mañana siguiente despierto temprano, demasiado temprano, con una resaca que me reseca el ánimo y salgo a la calle con rumbo desconocido. Todos duermen. Ya habrá tiempo para dormir después.

17 de marzo de 2008

Cambiar el mundo (idealismo)

Asiática. Para los mexicanos pudiera ser coreana, japonesa o china, da lo mismo a los neomexicas, para ellos ojos rasgados son ojos rasgados. Así como para un asiático un mexicano pudiera ser boliviano, peruano o argentino, da lo mismo, para ellos “ojos de vaca, son ojos de vaca”. Mundos diferentes. Ella, estudiante asiática de visita en tierra azteca, por intercambio escolar, acogida por una temporada en el seno de una familia mexicana. Vino con ganas de conocer este mundo tan lejano y miserable, tan legendario y ajeno (según su educación japonesa, pues ésta era su real nacionalidad). Ella vino a aprender español, y en el fondo aprovechar para conocer este tercer mundo del subdesarrollo vapuleado, imposibilitado de ser algo más, debido gran parte a los propios nacionales (no importa lo que digan los políticos mexicanos, la patria del nopal y del chile está verdaderamente subjodida).

La familia le enseñó a su visitante a comer tortilla, y tacos como lo manda Dios (no burritos tiesos que los gringos han dado por llamar tacos). Pero la nipona adolescente quiso conocer más, la miseria de primera mano, con ese juvenil aire redentor quiere conocer “toda la verdad” y cambiar el mundo.

La familia, acomodada y habitante de la zona judía y pudiente de Polanco, en el D.F., supo de inmediato adónde llevar a su hospedada, sin tener ellos que arriesgarse ni mancharse las manos, ni los pies: se la llevaron a un crucero con semáforo en clavado entre tiendas dignas de Rodeo Drive y Lincoln Road, en el mismo Polanco defeño, donde seguro hay siempre alguien pidiendo limosna.

La nipona estudiante preparó con esmero su dádiva. Escribió una carta llena de buenos deseos, una diatriba de comprensión, solidaridad y promesas por luchar por justicia en este mundo desequilibrado, metió la misiva en un sobre y también incluyó allí un billete de 100 pesos (una fortuna para cualquier limosnero mexicano).

Así llegó con la familia al crucero vial. Luz roja, un Mercedes Benz, un Audi y un Volkswagen se detienen, y de detrás de un árbol, salió a mendigar una anciana de unos 40 años (sí, la pobreza envejece, entre los humildes y marginales la tercera edad aparente empieza a los 30).

La japonesa se despega de la familia, quienes se quedan como conmovidos testigos a distancia de la joven en el camellón (no quieren interferir, ni que se les achaque a ellos la buena acción, tampoco quieren convivir con un estrato tan pestilente y bajo). “Te doy a usted este regalo, para ti es una carta, está también con una sorpresa viene, gracias, es tuyo”, dice sonriente la joven japonesa mientras entrega el sobre cerrado a la vieja.

Lo de la “sorpresa” lo dijo para que se entendiera que no sólo era una estúpida carta sentimental, sino que había algo más, de verdadero valor, en el sobre.

La vieja presiente, adivina, que cuando le dijeron “sorpresa” significaba que había dinero allí dentro (es pobre, pero no tarada), y agradece con 15 “Dios la bendiga”, a cada uno de los cuales la japonesa responde “gracias”, conmovida, sintiendo que se ha ganado el cielo, cualquier paraíso en el que ella crea, sonríe y casi llora de emoción.

La familia conmovida llama a la japonesa, fin de la función, fin de la buena acción. Vamos a comer tacos al Califa, y hacen mutis por la calle de la izquierda.

A la anciana ya no le da tiempo tras esta escena de pedir su limosna entre los autos, el breve drama emotivo duró casi 25 segundos, de todos modos casi nadie le da nunca ni un centavo.

La vieja, una vez que nota que se pierden en la distancia la benefactora de lejanas tierras y la familia que la acompañaba, abre el sobre, saca el billete de 100 pesos, se persigna con él, y tira el resto del “regalo” a la calle. Total, la vieja ni siquiera sabe leer.

Esperando el último tren

El llanero solitario tenía a su indio y posiblemente un gran parásito en las tripas. El indio se llamaba Toro, o Tonto, o igual era las dos cosas. Dicen que el quijote tenía a su Sancho Panza. No importa que ambos lacayos supieran que sus jefes estaban locos, lo importante era hacerse compañía para conversar.

El llanero solitario y Toro/Tonto
El llanero solitario y Toro/Tonto

Yo he ido a algunas partes pero me tengo que guardar las conversaciones o escribirlas, como lo hago ahora, porque no tengo escudero, excusa, disculpa, ni perro que me ladre. París fue un buen lugar, y aunque algunos momentos tuve la compañía de un buen alemán que me sirvió de guía y otros la de una mujer más buena que el alemán en sentidos que nada tienen que ver con la moral, estuve realmente solo, como lo he estado siempre que viajo.
Lo que pudiera preocupar es que quizá ya me acostumbré a la compañía mía que sólo yo me proporciono, y por eso ya ni siquiera puedo tener amistades esporádicas. Esto es preocupante por un pequeño detalle: estoy comenzando a aburrirme de mí.
Todo iba bien mientras me sentía una persona interesante. Las lecturas me distraían gratamente y las películas eran valiosas fugas momentáneas. Ahora ya no hay autores que me sorprendan como antes (y no creo haber leído tanto como pudiera pensarse) y las películas me parecen variaciones del mismo guión. Por otro lado, parece que al fin me conocí y con eso perdí mi capacidad de sorpresa.
¡Está bien! Si tuviera un Tonto, Toro o un Sancho Panza, una Julieta o una Otela, las cosas podrían ser peor, estaríamos dos a disgusto en vez de sólo uno. ¿Para qué buscar ya un socio o una compañera?, ¿para conseguir un chivo expiatorio que lave mis frustraciones?, ¿para tener a quien poder recriminar por teléfono?, ¿para competir con alguien y descubrir quién tiene el grito más elevado del vecindario?, ¿alguien para medir fuerzas y voluntades y saber qué tanto podemos aguantar antes de de caer en la violencia verbal y luego en la física? Hmmm cada quien habla de cómo le fue en la feria.
Hay que tener cuidado porque el egoísmo prolongado puede ocasionar la pérdida de la capacidad de amar. Otro problema es que cada vez me produce más pereza conocer a alguien (para lo que sea). Ya no se me ocurre qué decir después del primer “hola”. Y la verdad eso me tiene sin cuidado.
¿Me convertí en lo que temía? Pavor me daba ser un materialista aislado del mundo, centrado en sus posesiones más que en sus posiciones. No, realmente no soy el Jeckyl de ese Hyde (igual soy el Hyde del Jeckyl). No soy tan materialista, sólo un comodino indolente que se queja en su pasividad, pero que no quiere ya dar ningún paso. Me la paso pasando en el juego de la vida.
Aún podría despertar de nuevo, reinventarme otra vez, aunque no estoy convencido de ello, pero ya también me cansé de estar dormido. No hay sangre ni vino que puedan redimirme de este tedio, no hay cielo ni infierno que me motiven o asusten. Es el vacío con todo, o la nada llena, da igual. ¿Dónde estamos ahora? ¿Qué sigue? Ya ni la curiosidad me alienta.
Mi voz suena cansada. Hay cada vez menos qué decir. Me creí hasta mis mentiras y ahora ya no puedo creer. No puedo dejar de pensar en Dios, pero ¿hasta cuándo se mantendrán apilados los guijarros de mi fe? Esto me recuerda a la estación de trenes de Torreón, donde esperé horas y horas, en un vano aparente, pero con la diferencia que entonces conocía la hora aproximada en la que llegaría el último tren.
Bien, tengo el boleto en la mano, por lo menos eso creo, veamos qué tan lejos llega mi paciencia. El cielo comienza a nublarse, iré a protegerme antes de que empiece la tormenta. ¿Cuánto tardará en llegar el tren? Si ves en los clasificados un anuncio que solicite Toros, Tontos o Sanchos, no lo respondas, lo más seguro es que se trate de un potencial ladrón de tu tiempo.
El último tren
El último tren

Una de café

Música ambiental de fondo: melodías que hace diez años eran totalmente innovadoras o revolucionarias en ciertos aspectos y que ahora se utilizan para matar el sepulcral silencio en oficinas y restaurantes. Todo con el fin de evitar que la gente se enfrente a ese terrorífico monstruo llamado ‘uno mismo’.

Cuatro femeninas sonrisas que se interrumpen por otro sorbo a sendas tazas de café. Afortunadamente todos esos labios están recubiertos por los intensos colores de ese lápiz REVLON que permanece en donde se supone que debe quedarse, sin andar dejando por doquier rastros de la boca coquetamente maquillada.

Los ocho zapatos de tacón alto rozan el suelo alfombrado. Un suelo que originalmente fue parte de un bosque y que gracias a la ‘civilización’ es ahora un restaurante de segunda que permanece abierto las 24 horas del día.

Esto ocurre en esa mesa ocupada por cuatro ‘entrañables’ amigas.

La Orgullosa Viajera saca de su bolso imitación GUCCI otro gordo paquete de fotografías. La amiga del Eterno Cigarro maldice en lo más íntimo de su pensamiento al inventor de la cámara fotográfica mientras mira las imágenes que su amiga le va pasando con rapidez. La del Eterno Cigarro finge interés con una calidad histriónica convincente (de esas que sólo se logran con la práctica constante). La más Joven del Cuarteto (que no fuma, no viaja, ni es tan idiota) observa las fotos sonriendo tratando así de encubrir su envidia. Además, su molestia general se agrava paulatinamente al ritmo en que sus medias y sostén se dedican a sacar mudas protestas a su cuerpo.

La más Joven del Cuarteto pregunta a Orgullosa Viajera señalando una fotografía con la bien barnizada uña de su índice derecho: “¿Y aquí, qué tal se la pasaron?”

La del Eterno Cigarro piensa con una voz mental casi tan cavernosa como su voz real: “¿Y a quién diablos le importa cómo fregados se la pasaron?”.

La Idiotita (quien tampoco fuma ni viaja, ni es joven, pero sí muy idiota) es siempre la última en ver las fotos. Ella en verdad está feliz del viaje de Orgullosa Viajera y gusta de admirar cómo se pasó su amiga las vacaciones en París. Pero, por alguna razón, a nadie de las allí presentes parece importarle la opinión de Idiotita. Por eso Idiotita sólo sonríe y se concentra en decir de vez en cuando alguna frase como: “Qué bonito” o “Hay qué divino” (sí, también creyó oportuna la ocurrencia de expresar esa frase que le oyó la semana pasada a su hija: “¡Qué bonito es casi todo!”).

La Orgullosa Viajera se siente satisfecha. Ahora es el momento en que cosecha los verdaderos objetivos de su viaje (tal y como lo hace cada año), es el momento de saborear los productos de aquella actividad que le otorga sentido a su vida. Para Orgullosa Viajera no hay nada como la presunción legítima, con pruebas fehacientes de su veracidad, de hechos que la mayoría de sus conocidas (o conocidos) no pueden realizar.

Orgullosa Viajera sólo recuerda del Louvre que contenía muchas pinturas preciosísimas, de Notre Dame que era una iglesia vieja, hermosísima y grandota, del Seine que era un río romántico con muchos puentes bonitos, de Champs Elysées que era una avenida grandísima con grandes tiendas y exclusivísimos escaparates; en realidad cuando estuvo en todos esos lugares, Orgullosa Viajera estaba más concentrada en lo que iba a contarle a sus amigas que en vivir el momento. “Gracias al cielo que existen las fotos”, solía pensar Orgullosa Viajera, “de lo contrario jamás sabría en dónde he estado”.

La del Eterno Cigarro conoce muy bien los fines de Orgullosa Viajera y piensa: “A esta reverenda imbécil no le importa tragar solamente frijoles a lo largo de un año con tal de viajar para luego venir a presumirnos en dónde ha estado”. A pesar de todo, Orgullosa Viajera no cambiaría por nada del mundo estos momentos de presunción ante sus amigas.

La del Cigarro Eterno desearía estar en cualquier otro lado que no fuera este restaurante de segunda; pero para su desgracia no tiene ni la fuerza ni la voluntad necesarias para realizar sus deseos. Por eso enciende un cigarro nuevo con lo poco que le queda al viejo y sigue mirando fotos que no le interesan. La más Joven del Cuarteto se esmera en elogios y en sonrisas, en tanto su interior arde como pecaminoso carbón del anafre de Satanás y su cuerpo se irrita por causas puramente físicas.

La Idiotita es quien pone el punto final a la reunión; pues tiene que ir a ver el capítulo de hoy de la telenovela de las siete. No esperarás que Idiotita intercambie la realidad de la TV por una reunión tan insulsa como ésta que, a diferencia de su telenovela, se repetirá aproximadamente en 365 días. ¿O sí?

Por eso, a partir de este preciso instante inicia el rito del adiós: cuenta, pago, besos de costumbre, abrazos de compromiso y despedida (curiosamente de fondo se escucha la antigua canción “The wayward wind” de Patsy Cline). Las cuatro amigas creen que se volverán a ver, fingiendo emoción y felicidad, al regreso del próximo periplo de la Orgullosa Viajera; pero eso no será, pues el próximo divorcio de Orgullosa Viajera –que iniciará en el momento en que descubra que su esposo tiene dos jóvenes amantes, por separado– le robará todo deseo y posibilidades económicas de traspasar las fronteras de su tercermundista país. Pero eso sí, ‘lo viajado nadie se lo podrá quitar’.

Guadalajara

Ciudad de contradicciones en donde nació mi madre. Igual y eso explica algunas cosas. Ciudad religiosa en cuyas calles hay también demasiados puestos esotéricos y de brujería. Ciudad que en el fondo guarda cierto delicioso sabor a pueblo (aunque hay fuereños idiotas y soberbios que se burlan de eso). Ciudad de lindos templos y de malos conductores, no es raro toparse con autos recién chocados. Ciudad especial para mí porque de aquí son personas entrañables. Ciudad que se me gusta más que Miami, sin contar que aquí la cerveza es mucho más barata. Es posible que sepas desde hace rato que hablo de Guadalajara. Mucha comida, muchos tacos. Comí tortas ahogadas, que no me fascinaron. Me disculparán también porque no me gustó el tejuino con nieve de limón, pero me agradó mucho el gusto que aquí se le tiene a la canción. Ciudad que a pesar de su tradición va cediendo a la presión ilógica de la modernidad (si no me crees, cuando vayas pregunta por la casa gemela que destruyó la universidad). Ciudad linda que dista de ser perfecta, a la que probablemente regrese. Ciudad en la que siento como si mucha gente fuera mi pariente.

Maleva de San Telmo

Por algún motivo tuve miedo de peguntarle, incluso tuve temor de acercarme. El pánico venció a mi curiosidad, que suele consumirme como el fuego. Ni siquiera puedo inventarle una historia a la Maleva de San Telmo. Con esas negras medias de red en sus blancas piernas. Esa falda tan corta como la mayoría de las ideas. Ese escote generoso y digno de cualquier primavera. Lo grotesco es el aura que envuelve a Maleva. Un maquillaje excesivo, de puta que asusta niños. En una de sus manos la vieja cabeza de una muñeca desgreñada. Más de siete décadas sobre esos hombros de tanguera olvidada. Los años no pasan… se quedan en Maleva. Un bandoneón triste suena en la Defensa. Y yo por temor no me atrevo a verla de cerca. Sacrifico una buena historia, pues ella me intimida. Lo que ahora lees es todo lo que decir puedo de Maleva. En estas letras miras la única foto que pude tomarle. Me hizo sentir muy mal en este mundo enfermo. Una tristeza diferente a la inspirada por las madres de plaza de mayo. Esta es la melancolía que me inspiró la vieja Maleva de San Telmo.

El mesero romano y la pareja segura

El restaurante pastoso con cantante folk italiano incluido, el mesero bien plantado con charlatanes ademanes de charlot (no puede impedir hacerse el gracioso, va incluido en su naturaleza, propina aparte) coquetea con la primaveral norteamericana bien acompañada por su añoso esposo, éste último un digno personaje de chiste, facciones caricaturescas y espectacular altura, sin embargo se nota que es un tipo exitoso. El esposo, no entiende nada de las gracias del mesero, de hecho ignoro si tiene sentido del humor pues su cerebro sólo capta lo que se dice en el idioma de los negocios y de las presentaciones empresariales, institucional hasta en su esporádica sonrisa. Ella, en cambio, capta los mensajes mundanos, los dobles sentidos y las connotaciones sexuales… el macho latino y joven tiene su atención. Pero la esposa no suelta su tabla de salvación, no importa qué tan bravo sea el mar de las tentaciones, no hay gustoso naufragio real a la vista. Suceso exponencialmente potencial, pero impotente en la práctica. Deseos tragados con tal de tener un futuro y la universidad para sus hijos. Gracias al cielo por alejarme un rato del mundo aséptico y recordarme por qué trabajo. Me levanto de la mesa, doy propina al charlot charlatán y mesero, y dejo atrás a esa pareja digna representante de lo que no quiero.

Roma, Sept 17, 2008

déjenme descansar

El judío errante se benefició con las millas acumuladas en la línea aérea. El invento de la luz hizo que la relación entre la oscuridad y la mentira se convirtiera en otra mentira más. Los poemas más románticamente febriles y bellos de un poeta tienen como finalidad principal ganar los favores carnales de quien los inspira. La TV no tiene la culpa, las masas siempre han sido idiotas desde antes de que la historia naciera. Si he vivido muchas vidas las he olvidado todas, incluso la presente. Por más que trato dejar de escribir no logro evitar el deseo de formar frases. Los cuartos de hotel se me figuran templos de la melancolía cuando estoy solo. En la salida de un viaje nos llama la aventura, en el regreso nos llama la obligación o la rutina. La civilización de mis días está en decadencia desde antes de que yo naciera y no terminará de caer sino tres generaciones después de mí. La edad te impide distinguir a los nuevos genios. La culpa suele ser la hija de la unión entre lo establecido y nuestros más fuertes deseos. La mala suerte se inventó para disimilar nuestra ineptitud, aunque algunos tienen la buena suerte de no tener que mencionarla. Yo sólo quiero dormir bien esta noche.