Un don de los años

En aguas calmas descansa ahora mi admiración,
Contraria a mi furor de juventud, cuyo tornado devastador se despertaba ante la belleza.
Lo que antes era pasión que consume, se ha vuelto en mí respeto que enriquece.
Los años recorridos me permiten contemplar tu luz, y hacen que el primer calor lo sienta en el corazón.
No es que ahora sea más sabio, es falso que la sabiduría venga con la edad.
Simplemente no me contagio ya con pasiones ciegas que nos impelen a arrojarnos en abismos de incertidumbres.
No me gusta arriesgar lo valioso, precisamente porque ahora sé que hay muy pocos tesoros en este mundo.
No creas que por esto mi admiración es fría, simplemente es ahora más fuerte.
De esta manera compruebo que los años acumulados no sólo traen vejez, enfermedad y muerte.

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A la larga

Alguien dijo que algún día moriremos, que seremos como el viento que pasa sin dejar forma ni recuerdo.

Alguien más dijo que si un día moriremos, al menos el resto de los días estamos vivos. Torpe individuo, que se autoengaña y quiere engatusarnos con sus patrañas, que habla como si fuéramos a seguir respirando después de muertos.

La vida completa de Matusalén, o la del viejo más longevo que tu mente evoque, no fue más que un suspiro en esa invención nuestra que llamamos tiempo.

Yo digo que desde el primero de nuestros días estamos muriendo y que la vida consiste en tratar de morir bien.

Alguien dijo que porque uno piensa, existe. Otro dijo que lo que sabe gracias a su pensamiento es la constatación de su absoluta ignorancia. Yo digo que la vida es la realidad irreal, la mutación perpetua, una manifestación de la energía y nada más.

Alguien critica la cultura de la muerte, mientras invierte sus fortunas en fábricas de armamento. Y a pesar de sus falsas críticas, sus riquezas crecen como la mata de las habichuelas mágicas sobre la tumba de Juanito (que fue a pelear una guerra con Mambrú después de cambiar sus siete vacas flacas por sendas balas para su fusil).

Alguien conduce un camión de carga y acelera a fondo para cumplir con el imposible límite que le impuso su patrón. De repente ese conductor presionado y drogado pierde el control de su vehículo de doble caja y va a dar a toda velocidad contra una escuela primaria en el horario de los honores a la bandera. Casi todos los niños murieron, algunos quedaron sin miembros, de la banda de guerra ninguno se salvó y la bandera quedó teñida en su totalidad por la sangre de los pequeños que no pidieron ser ni héroes ni mártires. El final no fue feliz, ojalá al menos todos estén ya con su Creador. Lo cual dudo, porque aún existo.

Palabras vanas, salidas de un vacío y arrojadas a un hoyo negro. Palabras que aunque están escritas y alguien haya tenido la cortesía de leerlas, serán olvidadas, como tu amor inolvidable, como la dignidad patriótica, como la justicia inalcanzable, como la libertad enmarcada, como las tragedias griegas, como la Gran Muralla, como el Gran Sueño Americano, como la Gracia del Señor. Palabras que a la larga tendrán el mismo destino que tú y que yo. Nada varía a la larga.

time

Vanidad de vaninades y pura vacuidad

Las ansias de anciano son como canas en el caño, salvo en caso de que el viejo tenga poder y dinero suficientes como para comprar la admiración artificial; lo cual termina siendo de todos modos una patética farsa que muchos aplaudirán disimulando sus nauseas.

La sed de vivir puede llevarte a aprender a sonreír cada vez que quieres romper en llanto; pero aunque domines ese arte no cambiarás el mundo, ya que en realidad nomás somos actores y la vida es un teatro.

¿Y todo para qué, todo para qué? Gargajito de filosofía densa en una canción popular.

Nadie nos garantizó nada cuando nacimos, y los listillos podrán prometerte lo que quieran sobre la postmortandad: glorias o infiernos, alitas o cuernos, pero la verdad nadie sabe a dónde vamos. La fe no es garantía de nada, salvo de ciertas ilusiones personales o colectivas.

Si lo piensas, al final Nerón terminó valiendo lo mismo que la madre Teresa que Calcula, Gandhi o el Arcángel Salomé, quienes, como tú o como yo, fueron sólo muescas en la rueda dentada del azar, balas vomitadas por el revólver del pistolero principal en un Western de Pekinpah o piedras en los escenarios de Pedro y Pablo Yabba-Dabba-Doo.

Pero eso sí, en la Meca jamás venderán Coca-Cola como en Texas, a menos que la fuerza bruta del dinero malhabido se imponga a otro tipo de sin razón; pero eso tampoco importa, pues serán los chinos los siguientes con el control, si es que les alcanza el tiempo.

El día en que no tengamos necesidad de políticos, policías y militares seremos realmente libres y felices. Pero eso únicamente sucederá cuando el carnicero gordo que se fríe dentro del caldero de cerdos carnívoros deje de beber. ¿Y Saben cuándo dejará de beber?: ¡NUNCA!

Y al final nada importa, pues tanto los Rockefella, Gates, Rothschild y demás que conforman la larga lista del Fortune de cada día, serán gusanos o cenizas a pesar de sus riquezas, con un destino igualito al de los hombres sin centavos que duermen en el vado, y al de todos aquellos que nos encontramos en cualquier punto entre esos dos extremos.

¿Captas el absurdo?

Vanidad

Vida #52

Mula o camello, las malas intenciones juegan con tu pelo, alguien de rodillas desgastadas realiza el trabajo sucio, mientras los listillos viven en el paraíso liviano de su ignoracia. Comes o te comen, la cadena alimenticia de los desperdicios eslabonados.

Nerones de baja estofa salen a comprar réplicas doradas de estatuas grecorromanas para adornar las fuentes de sus jardines que expelen aguas a ritmo de música popular de la región sur del norte. Ellos también están perdidos, aunque tengan el trono y el cetro, que arrancaron con violencia a sus antecesores. Ellos no saben más que tú o que yo, y se enuentran tan extraviados como cualquiera.

No creo en la naturaleza superior de la humanidad, no me interesan las luchas de sexos ni de géneros, de razas o rezos, de especies o especias; me vale un pito también lo que se inventa por la mañana para ser descartado en la noche.

No creo en el dios antropomorfo de barba larga que así como ama a sus hijos con la mayor ternura, los odia y castiga con cólera rabiosa. Ese era Zeus, supongo, y tampoco creo en él.

Locura y enfermedad, ambición e ignorancia. El que más presume saber siempre es el más idiota. Sé que hay caminos rectos y corazones puros, los he visto; pero también sé que cada vez son menos los que se libran de torcerse y ensuciarse. Muy pocos son los que mantienen el equilibrio en esa cuerda a 100 metros de altura, por donde sólo las águilas se atreven.

También sé que de todos modos todos caeremos. Fosa u horno, cenizas o gusanos, flamas o bestias marinas, algo de eso nos espera cuando desaparece nuestro cuerpo y liberamos nuestra anónima energía. Todos tenemos contados los días, y en el último nada de lo que hayamos hecho o dejado de hacer contará. Lo que hacemos sólo sirve de algo mientras vivimos, nomás para darle una especie de sentido a nuestra existencia, en sí misma absurda.

Tras el último suspiro, sólo frío y tinieblas, pera después ser parte del infinito hueco llamado nada.

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Barro antes de polvo

Me convertí en barro antes de ser polvo, en fango sucio, extendido, pegajoso y a la vez resbaladizo. Muchos adjetivos para tan poca forma.

Me convertí en barro y manché tu vestido de lino blanco, tan puro e inmaculado.

Aspiraba, ajeno a mi nariz, a grandes alturas y vuelos sin regreso. Libertad de lugar, de querer y de no molestar. Al final sólo conseguí cadenas y ensueños enlatados, una realidad donde las ilusiones te arrastran hasta convertirte en lodo.

Sólo quise comprender y ser comprendido, ser como los demás. ¿Sino por qué crees que bebí alcohol?, ¿por el sabor?

Entre Jeckyl y Hyde no hay a cuál irle. Intenté ser ambos, traté de ser parte, encajar, obedecer, creer… pero sólo terminé siendo barro antes que polvo.

La broma dejó de hacerme gracia, mira que creer en todo después de no haber creído en nada debiera ser chistoso.

Fui lo más transparente posible ante las exigencias de honestidad en una sociedad de narigudos que hacen parecer chato a Pinocho. ¿Qué obtuve? Me perdí igual que los demás, manos vacías, alma hueca, corazón estrujado y acabado. Y mi grillo perdido. Todo es vano, vanidad de vanidades y nada más allá del infinito.

Pero aún no termino, sin embargo no hay manera de volver a empezar. Por eso digo que me convertí en barro antes de ser polvo.

Masas ya rebeladas

Entes ruidosos que se mueven y respiran, subhormigas que aspiran a sueños que no son realmente suyos, y creen que piensan con esas mentes caóticas que consideran superiores a las de otras especies.

Esa inteligencia supuesta es un desperdicio, siempre tragada por un abismo profundo y negro, como la muerte. Dicha gente tiene menos capacidad de juicio que los gusanos de tierra o que las amibas que ignoran todo acerca de la amistad.

Esos entes requieren de leyes para refrenar un poco su instinto autodestructivo, pero al final sus reglas resultan tan estériles como una semilla de mostaza arrojada a las olas del mar (si no me crees pregúntale a Simón Bolívar, si lo ves).

Entes que necesitan estar siempre acompañados, cerca de alguien, porque tienen temor visceral a su “soledad”, y optarán por la “soledad acompañada”, jamás aceptada, para no enfentarse a su propio interior, tan vacío como su inteligencia, profundo como abismo de ranchera.

Construyen su propio cadalso, adornando la estructura con coloridos logotipos, y creen prolongar el momento de su ejecución, que en realidad comenzó desde que ellos empezaron a andar en la Tierra. A su fin autoimpuesto suelen llamarlo Civilización.

Entes que creen avanzar más lejos de lo que realmente han llegado, aunque en realidad nunca van a ningún lado. Y su soledad, siempre su soledad, los incita a inventar dioses para amarlos y odiarlos a la vez, para responsabilizarlos de todas sus estupideces.

Entes que se desprecian entre sí (para prueba sirve este escrito), a la vez que ponen en alto el nombre del amor. Entes que por amor matan y mueren, y por amor se atormentan sin sentido alguno. Entes que incluso cuando contruyen algo, lo hacen tras haber destruido otra cosa. Siempre pasa.

Estos entes que se mueven y respiran, con ruido y presunción, que creen que piensan y avanzan, pero en realidad sólo cavan su propia fosa. Así está escrito, y así seguirá siendo.

masa

Por favor no visites mi tumba

Por favor no visites mi tumba (si es que llega a haber alguna),

pues allí no habrá nada que visitar.

Polvo de gusanos, ecos que dejaron de escucharse,

no habrá nada que ver, nada que compense tu recorrido.

Si cuando viví me hiciste compañía, te lo agradezco;

eso fue bueno y más que suficiente.

Eso fue lo realmente importante.

Las tumbas no son más que fríos recuerdos,

melancolías por lo que se fue y que termina olvidado.

Creo que si existiese una sepultura para mí,

yo estaré entonces en ningún lado o estaré integrado sin nombre en el todo,

excpeto en mi tumba, en la que no habrá ya nada,

quizás polvo y cenizas de gusanos, en pocas palabras nada, únicamente la nada.

¿Para qué, pues, ir allí?