Muerte

Hasta el más valiente le tiene miedo a la muerte; y quien diga lo contrario miente, con o sin sus dientes.

Es porque morir significa entrar a lo más desconocido, quizá a la nada. Es ir al lugar del que solo tenemos propaganda hecha en casa que en el fondo sospechamos mentirosa.

No importa lo que digan las religiones, nadie que “se haya ido” ha regresado para contar la experiencia, que nos cuente lo que hay “del otro lado” (es más, aún se espera el regreso del mesías cristiano ¿no?).

Supongo que en el momento previo al de estirar la pata de colgar los tenis, de entregar el equipo debe perderse la fe por completo, igual se recupera pronto antes de los estertores previos al frío definitivo, pero de menos seguro debe haber un momento de terror, de duda absoluta. ¿Y qué tal que recuperar la fe no represente ningún alivio?

El mártir vocacional y el suicida con convicción, por más que tengan su esperanza puesta en el más allá o quieran liberarse de la decepción absoluta en el más acá, seguro tiemblan en el instante cuando la muerte se les acerca.

El Día de Muertos no es una burla, es la risa nerviosa de un pueblo (celebración que comenzó por recordar a los que “se nos adelantaron” y terminó siendo un intento de homenaje a lo macabro para presumir que se es muy valiente ante la muerte), un pueblo que quiere creer que muerto seguirá viviendo.

De los que santifican a la muerte, mejor ni hablo. Pocas cosas me resultan tan absurdas como la pagana adoración al vacío que se le implora protección.

Igual pienso mucho en que un día moriré, pero por más que me haga la idea de que eso nos pasa a todos, de que es mejor morirse que seguirse muriendo, no dudo que temblaré como gelatina cobarde en el instante previo al último suspiro.

Así es la vida, puede que así sea el paso hacia la muerte.

La cuadrilla encadenada

Días que marchan, uno tras otro, con la monótona armonía de una canción gris.

Horarios esclavizantes que como cadenas invisibles sujetan los pies de las masas que se presumen libres.

Creamos ilusiones basadas en mensajes falsos, ilusiones que se encogen ante la primera lluvia de realidad, que crecen y se encogen como si bebieran de los frascos de Alicia.

Mis oraciones no son escuchadas, imagino que se debe a que son más peticiones que alabanzas… y así nadie escucha nada.

Mis esperanzas se van cubriendo poco a poco del pelo de la indiferencia, hasta formarse un pelambre como de oso polar.

Y marcho con todos, viendo pantallas en todas las horas del día. Sonriendo sin sentirme alegre, y sospechando que todo pudiera ser mejor.

Cuando la experiencia te hace asociar la palabra tedio a la frase de “cada día se siente como un domingo”, es que ya te carcomió el absurdo existencial.

Y sin embargo aún respiramos.

chain gang

Compulsión

Ella era enorme como buda sonriente, pero sin sonrisa, y ese día vestía de dorado, lo que la convertía en un involuntario homenaje al sol.

Parecía una ballena sin canto, varada en el comedor de la oficina, sola y aislada como la muñeca fea.

Sus carnes y adiposidades desbordantes hacían de su esqueleto un misterio muy oculto.

Su cabello, semejante a la fibra seca del maíz, caía sin gracia alguna por debajo de sus hombros.

Cruzaba sus piernas, que lucían como dos grandes embutidos echados a perder,

formando la curveada X de un tesoro ausente.

Su rostro era como un masa en espera del rodillo del panadero para adquirir la forma que el abuso de maquillaje no podía aportarle.

El color de sus ojos evocaba la frescura de un prado, pero se veían cansados, muy cansados.

Comía veloz, pero con deleite, su postre: medio litro de yogur natural bajo en calorías, mezclado con medio tarro de mermelada normal, para darle algo de sabor.

La comida es el placer que acalla sus penas. Así evade su realidad, y en la evasión está el origen mal. Termina siendo una especie de enigma al estilo de el huevo y la gallina. Ella no lo puede evitar.

Ella no puede engañarse, no todo el tiempo. Por eso come, para exorcizar los malos pensamientos.

Esta noche, ella volverá a sentirse mal frente a su espejo y San Michelin Bibendum la asolará en sus pesadillas, aunque también la importunará en algunas vigilias.

Como de costumbre, esta noche volverá a prometerse, mientras cubre el espejo de su habitación con una sábana, que al día siguiente, cuando el sol naciente evoque la bandera de Japón, se pondrá a dieta y saldrá a hacer ejercicio muy temprano, que comerá mejor y se activará más, que hará caso a las advertencias de su médico y a los consejos de sus pocos amigos.

Pero ese día siempre será semilla de futuro hasta el final de los tiempos, y nunca florecerá en presente. Su decisión es tomada con convicción, pero carece de voluntad. Ella seguirá reposando lo más que puede, comiendo lo más que le entre y prometiéndose lo mismo cada noche al cubrir ese espejo que su sirvienta* descubrirá todas las mañanas con malévolo empeño.

* empleada doméstica

Smiling Buda

 

Morir dos veces

Hay muertes dobles, pero no son como helados, ni como casas, mucho menos como los que hacen las escenas peligrosas de las estrellas de cine.

Sucede que hay gente que muere una vez y sigue respirando, que sigue ocupando un lugar en el espacio, aunque ya nadie siquiera las menciona.

Artistas que ya no crean más, cantantes que gargajean sus canciones, padres arrumbados en basureros humanos, enfermos que nadie visita… Seres que siguen estrictamente vivos, pero aquellos que los conocieron ya los consideran muertos, si es que acaso llegan a pensarlos.

Y entonces sorpresivamente, como ladrón en la noche, llega el momento en que los corazones de los seres olvidados dejan de palpitar. La segunda muerte es por la que invariablemente se exige un acta de defunción y, a veces, algunas veces, los deudos empiezan a recordar a esos seres que ya desde tiempo atrás estaban finados en sus vidas. A veces los homenajean y recuerdan sus logros, otras se lamentan de lo difícil que será ahora la vida sin ellos. Después de eso viene el olvido definitivo.

Pero morir dos veces no es tan grave. La mayoría de la gente que ha nacido nunca ha realmente vivido, pues la gran mayoría nace muerta, y sin embargo se mueve y respira, y tuvo una sola muerte: la de su nacimiento.

Un don de los años

En aguas calmas descansa ahora mi admiración,
Contraria a mi furor de juventud, cuyo tornado devastador se despertaba ante la belleza.
Lo que antes era pasión que consume, se ha vuelto en mí respeto que enriquece.
Los años recorridos me permiten contemplar tu luz, y hacen que el primer calor lo sienta en el corazón.
No es que ahora sea más sabio, es falso que la sabiduría venga con la edad.
Simplemente no me contagio ya con pasiones ciegas que nos impelen a arrojarnos en abismos de incertidumbres.
No me gusta arriesgar lo valioso, precisamente porque ahora sé que hay muy pocos tesoros en este mundo.
No creas que por esto mi admiración es fría, simplemente es ahora más fuerte.
De esta manera compruebo que los años acumulados no sólo traen vejez, enfermedad y muerte.

A la larga

Alguien dijo que algún día moriremos, que seremos como el viento que pasa sin dejar forma ni recuerdo.

Alguien más dijo que si un día moriremos, al menos el resto de los días estamos vivos. Torpe individuo, que se autoengaña y quiere engatusarnos con sus patrañas, que habla como si fuéramos a seguir respirando después de muertos.

La vida completa de Matusalén, o la del viejo más longevo que tu mente evoque, no fue más que un suspiro en esa invención nuestra que llamamos tiempo.

Yo digo que desde el primero de nuestros días estamos muriendo y que la vida consiste en tratar de morir bien.

Alguien dijo que porque uno piensa, existe. Otro dijo que lo que sabe gracias a su pensamiento es la constatación de su absoluta ignorancia. Yo digo que la vida es la realidad irreal, la mutación perpetua, una manifestación de la energía y nada más.

Alguien critica la cultura de la muerte, mientras invierte sus fortunas en fábricas de armamento. Y a pesar de sus falsas críticas, sus riquezas crecen como la mata de las habichuelas mágicas sobre la tumba de Juanito (que fue a pelear una guerra con Mambrú después de cambiar sus siete vacas flacas por sendas balas para su fusil).

Alguien conduce un camión de carga y acelera a fondo para cumplir con el imposible límite que le impuso su patrón. De repente ese conductor presionado y drogado pierde el control de su vehículo de doble caja y va a dar a toda velocidad contra una escuela primaria en el horario de los honores a la bandera. Casi todos los niños murieron, algunos quedaron sin miembros, de la banda de guerra ninguno se salvó y la bandera quedó teñida en su totalidad por la sangre de los pequeños que no pidieron ser ni héroes ni mártires. El final no fue feliz, ojalá al menos todos estén ya con su Creador. Lo cual dudo, porque aún existo.

Palabras vanas, salidas de un vacío y arrojadas a un hoyo negro. Palabras que aunque están escritas y alguien haya tenido la cortesía de leerlas, serán olvidadas, como tu amor inolvidable, como la dignidad patriótica, como la justicia inalcanzable, como la libertad enmarcada, como las tragedias griegas, como la Gran Muralla, como el Gran Sueño Americano, como la Gracia del Señor. Palabras que a la larga tendrán el mismo destino que tú y que yo. Nada varía a la larga.

time

Vanidad de vaninades y pura vacuidad

Las ansias de anciano son como canas en el caño, salvo en caso de que el viejo tenga poder y dinero suficientes como para comprar la admiración artificial; lo cual termina siendo de todos modos una patética farsa que muchos aplaudirán disimulando sus nauseas.

La sed de vivir puede llevarte a aprender a sonreír cada vez que quieres romper en llanto; pero aunque domines ese arte no cambiarás el mundo, ya que en realidad nomás somos actores y la vida es un teatro.

¿Y todo para qué, todo para qué? Gargajito de filosofía densa en una canción popular.

Nadie nos garantizó nada cuando nacimos, y los listillos podrán prometerte lo que quieran sobre la postmortandad: glorias o infiernos, alitas o cuernos, pero la verdad nadie sabe a dónde vamos. La fe no es garantía de nada, salvo de ciertas ilusiones personales o colectivas.

Si lo piensas, al final Nerón terminó valiendo lo mismo que la madre Teresa que Calcula, Gandhi o el Arcángel Salomé, quienes, como tú o como yo, fueron sólo muescas en la rueda dentada del azar, balas vomitadas por el revólver del pistolero principal en un Western de Pekinpah o piedras en los escenarios de Pedro y Pablo Yabba-Dabba-Doo.

Pero eso sí, en la Meca jamás venderán Coca-Cola como en Texas, a menos que la fuerza bruta del dinero malhabido se imponga a otro tipo de sin razón; pero eso tampoco importa, pues serán los chinos los siguientes con el control, si es que les alcanza el tiempo.

El día en que no tengamos necesidad de políticos, policías y militares seremos realmente libres y felices. Pero eso únicamente sucederá cuando el carnicero gordo que se fríe dentro del caldero de cerdos carnívoros deje de beber. ¿Y Saben cuándo dejará de beber?: ¡NUNCA!

Y al final nada importa, pues tanto los Rockefella, Gates, Rothschild y demás que conforman la larga lista del Fortune de cada día, serán gusanos o cenizas a pesar de sus riquezas, con un destino igualito al de los hombres sin centavos que duermen en el vado, y al de todos aquellos que nos encontramos en cualquier punto entre esos dos extremos.

¿Captas el absurdo?

Vanidad