Masas ya rebeladas

Entes ruidosos que se mueven y respiran, subhormigas que aspiran a sueños que no son realmente suyos, y creen que piensan con esas mentes caóticas que consideran superiores a las de otras especies.

Esa inteligencia supuesta es un desperdicio, siempre tragada por un abismo profundo y negro, como la muerte. Dicha gente tiene menos capacidad de juicio que los gusanos de tierra o que las amibas que ignoran todo acerca de la amistad.

Esos entes requieren de leyes para refrenar un poco su instinto autodestructivo, pero al final sus reglas resultan tan estériles como una semilla de mostaza arrojada a las olas del mar (si no me crees pregúntale a Simón Bolívar, si lo ves).

Entes que necesitan estar siempre acompañados, cerca de alguien, porque tienen temor visceral a su “soledad”, y optarán por la “soledad acompañada”, jamás aceptada, para no enfentarse a su propio interior, tan vacío como su inteligencia, profundo como abismo de ranchera.

Construyen su propio cadalso, adornando la estructura con coloridos logotipos, y creen prolongar el momento de su ejecución, que en realidad comenzó desde que ellos empezaron a andar en la Tierra. A su fin autoimpuesto suelen llamarlo Civilización.

Entes que creen avanzar más lejos de lo que realmente han llegado, aunque en realidad nunca van a ningún lado. Y su soledad, siempre su soledad, los incita a inventar dioses para amarlos y odiarlos a la vez, para responsabilizarlos de todas sus estupideces.

Entes que se desprecian entre sí (para prueba sirve este escrito), a la vez que ponen en alto el nombre del amor. Entes que por amor matan y mueren, y por amor se atormentan sin sentido alguno. Entes que incluso cuando contruyen algo, lo hacen tras haber destruido otra cosa. Siempre pasa.

Estos entes que se mueven y respiran, con ruido y presunción, que creen que piensan y avanzan, pero en realidad sólo cavan su propia fosa. Así está escrito, y así seguirá siendo.

masa

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Por favor no visites mi tumba

Por favor no visites mi tumba (si es que llega a haber alguna),

pues allí no habrá nada que visitar.

Polvo de gusanos, ecos que dejaron de escucharse,

no habrá nada que ver, nada que compense tu recorrido.

Si cuando viví me hiciste compañía, te lo agradezco;

eso fue bueno y más que suficiente.

Eso fue lo realmente importante.

Las tumbas no son más que fríos recuerdos,

melancolías por lo que se fue y que termina olvidado.

Creo que si existiese una sepultura para mí,

yo estaré entonces en ningún lado o estaré integrado sin nombre en el todo,

excpeto en mi tumba, en la que no habrá ya nada,

quizás polvo y cenizas de gusanos, en pocas palabras nada, únicamente la nada.

¿Para qué, pues, ir allí?

Culpas

Y de repente sentimos que la vida fue una ilusión, una mentira en la que intentamos alcanzar lo que estuvo siempre a kilómetros de nuestras uñas.

Utopías, virtudes, paraísos, felicidades, perfecciones morales y todas las supuestas realidades que jamás pudimos palpar.

Al final nos percibimos como sacos llenos de frustraciones. Sacos estafados.

Entonces…

Culpamos a la ciencia que, a pesar de su buena fe, no hizo sentir imparables.

Culpamos a los creadores de religiones y a los padres fundadores por hacernos creer poderosos y especiales.

Culpamos a los filósofos que nos inflaron el pensamiento con el aire caliente de las preguntas sin respuesta.

Culpamos a los escritores que construyeron tantas historias ajenas a la realidad.

Culpamos a Hollywood, la fábrica de sueños con doble moral y Edén de las perversiones, por hacernos sentir sublimes.

Culpamos a los políticos que nos vendieron el cuento de un mundo mejor.

Cuando en realidad deberíamos culparnos a nosotros mismos por tragarnos tanto engaño sin cuestionarnos, por adorar falsos ídolos hechos del mismo polvo de nuestros cuerpos, por sentirnos únicos y especiales, a la vez que insignificantes, y por haber preferido dejarnos llevar.

Asumamos pues la responsabilidad por haber buscado siempre algo o alguien que nos definiera el camino.

Inédito

Ávido lector, desde su cruda infancia sin cocimiento, pero con algo de conocimiento. Agradeciendo siempre a Gutenberg el invento.

Devorador de libros, acortando el tiempo de muchas noches (y días) gracias a Cortázar, sacrificó demasiados viernes sociales por Verne, leyó más de una vez las hecatombes dramáticas de Shakespeare. Leer llegó a ser para él una obsesión.

Hasta el momento en que de tanto tragar letras tuvo que vomitarlas. No se volvió loco como el Quijote, simplemente se convirtió en escribidor.

Desde entonces escribió muchas líneas, primero en servilletas y anónimos manteles individuales y desechables, que siempre guardó; después en hojas sueltas sin diarrea que conservó en carpetas; luego todo lo anotó en libretas y cuadernos que se fueron paulatinamente llenando 10, 30, 50… Siguió atiborrando más, pero perdió la cuenta. Conservándolo todo con la idea de que algún día lo publicaría.

Así las hojas se entintaron con frases, poemas y cuentos, jamás una novela. Todo tenía que ser de un tirón, de un solo golpe; quizá la novela sólo la hubiera logrado como Kerouac o Balzac, sentado días y noches enteras sin levantarse de la silla hasta no haber acabdo. Pero aún así eso era demasiado tiempo, no le resultaba tractivo por no ser fresco ni divertido.

La brevedad, siempre la brevedad. Consecuente y coherente, fue breve hasta en su propia existencia, o su propia muerte. Murió antes de cumplir los 40.

Solo, como la verdad, siempre solo, como rey de Francia. Su cadáver fue descubierto dos semanas después de su fallecimiento. Lo encontraron hasta que el hedor empezó a molestar al perro faldero de su anciana vecina, una mujer que no tenía memoria, ni olfato, ni vida.

Los buitres familiares acudieron rápido, para darse el palmo de narices que se merecían: no había herencia. Nada para nadie, todo se lo había gastado él mientras tuvo un respiro.

Y los más de 50 cuadernos y libretas sin cuenta, llenos de escritos, no sirvieron para buscar ningún tiempo perdido. Tampoco fueron vendidos, ni siquiera leídos. Alimentaron un fuego, no tan variado como el del 10 de mayo del ’33, pero caliente como el infierno de Dante mudo.

Así que todas las palabras, todas las líneas, ideas, epigramas y relatos que él escribió quedaron inéditos y fueron totalmente desconocidos para este mundo; se los llevo el viento, se elevaron con el humo.

El tipo nació y murió antes de Internet. Si le hubiese tocado esta época, hubiera escrito sus obras usando una computadora o un dispositivo electrónico, y estarían revueltas sus ideas con las de miles y millones de escribidores, que tienen igual o peor talento que el de él. Estarían sus notas perdidas en bits, MHz y en espacios virtuales viajando en 3G, 4G, 5G,.. o la sigla en turno. Obras mezcladas en enferma promiscuidad con las frases pseudo brilantes de la gente, con esos pensamientos breves, inmediatos y pestilentes como haikus de mierda, con esas dizque inspiraciones anotadas con ortografía jodida y con muchísimas otras tonterías.

Entonces, al final y de todos modos, sus letras y pensamientos tampoco hubieran sido leídos ni estando en el mundo digital, allí también hubieran quedado vírgenes e inéditos, porque el viento, el humo, la arena, la madera, el papel, los bits, el ciberespacio, las redes y las rocas son lo mismo: elementos que tarde o temprano alimentan al olvido.

Además, nada de lo que él escribió hubiera sido leído, porque en realidad hay cosas que a nadie importan jamás.

La ciencia médica avanza

La ciencia médica avanza a pasos de vértigo vomitivo, regalándonos un “tiempo extra” que nos alegra cual perros que lamen ranas alucinógenas.

Ahora tenemos más expectativas de vida, longevidad estirada como liga de la injusticia. Hoy en día la venta de pañales para adultos incontinentes es un gran negocio en todos los continentes, excepto en el norte de África. Ya no es extraño vivir más de 70 años, con lentitud y jodidos, pero muy contentos de “estar vivos”. Los viejos esperan ilusionados un nuevo cumpleaños, aunque se aburran, pues ya no les importan las constantes novedades —a las que cada vez encuentran más difícil seguirles el ritmo—, ni tienen con quién platicar de las cosas añejas que les interesan o que recuerdan.

Se nos pide aplaudir a quienes aceptan la quimioterapia (llamada “quimio” con sádico cariño) para combatir la horrorosa palabra que empieza con “C” y termina en “áncer”. Se nos dice que a esos enfermos les llamemos “guerreros”, aunque en el fondo sabemos que la suya es una batalla perdida desde el momento en que les declaran la enfermedad y que pase lo que pase nada volverá a la normalidad. Si esos guerreros logran exprimirle más años al destino, de todos modos, como tú o como yo, también morirán. Ojalá sean felices haciendo su voluntad.

Alabamos y dedicamos una luminosa, pero falsa, admiración a los enfermos de “C”, y tan ocupados estamos en aplaudirles que ni nos enteramos de lo costosas y dolorosas que son sus terapias, ni sabemos de los onerosos accesorios que deben adquirir  para llevar una vida “normal”. Si no me crees, mira cuánto cuesta un bra de prótesis para “guerreras” con “C” de mama y te convencerás.

Presumimos honrar a los ancianos, pero terminamos confinándolos en esos basureros humanos, sin reciclaje, que denominamos “casas de retiro” (antes les decíamos “asilos”, pero hoy están de moda los eufemismos). Allí se les visita, al principio, una vez al año, después cada año bisiesto y luego nomás en su sepelio, si es que nos enteramos de que fallecieron.

Prolongamos hasta lo insufrible las agonías ineludibles que el tiempo patrocina en nuestros cuerpos y nos convertimos en esclavos de los laboratorios médicos para que sus pastillas y demás chingaderas nos permitan ver un nuevo amanecer. Todo lo aceptamos como parte de la alegría de seguir en esta “vida”. Ojalá sean felices haciendo su voluntad.

Respirar no es exactamente vivir.

La ciencia médica avanza a pasos de vértigo vomitivo, y nosotros, aunque nos engañemos, tarde o tempranos nos quedamos en el vado del camino.

El hartazgo de la Luna

Acabo de ver a alguien que me recordó a ti… y también iba sin mí.

Al verla me pregunté si seremos fabricados en serie y si en algún lugar hay alguien parecido a mí, sin ti.

Imagino que debe haberlo, quizá para mantener un equilibrio que no percibimos, quizá para balancear los polos de energía de alguna batería interestelar.

Me asusta un poco pensar que los personajes y las historias se repiten, que existe una infinita separación para la gente que se presiente y corresponde, pero que jamás se encontrará.

Que son muchos los extraviados que terminan siendo la carne que alimenta a esos piratas sin corazón que navegan en la bahía de la razón.

Suponque que así como los personajes somos fabricados en serie, las situaciones son creadas sin mucha variedad.

Todo está limitado, como para provocarle hartazgo a la Luna, que todo lo mira desde arriba y que es más discreta que el sol.

Imagino también que la Luna está peor que los personajes incompletos y extraviados, ya que ella, además de ver siempre lo mismo, no se puede ir y su vida se prolonga mucho más que la de cada uno de nosotros.

Es un asunto triste el de la Luna, un hartazgo que no envidio, pero que tampoco me hace sentir mejor.

moon

Estoy cansado de la simetría

Estoy cansado de la simetría, por eso cuelgo el cuadro de una araña de 7 patas en la taza del baño. Todo hace daño, hasta lo que cura. Es de locos lo que vivimos.

El jardín japonés ha creado maleza, sigue ahora el camino natural. Nuestra razón nos quita a la larga el poco sentido. Es lo común, somo brutos inferiormente superiores a las bestias.

Lo barato sale caro y lo caro seguramente tiene un monopolio detrás. Libertad no es elegir entre Pepsi y Coca, sino todo aquello que cuando lo tienes no sabes cómo usarlo.

El Papa se ve empalado en mala política y el político sólo se preocupa por su cuenta bancaria personal. Las masas no piensan, y nunca lo harán.

Dios está en algún lado, si es que existe, claro, y no contesta llamadas desde que dicen que escribió 10 cosas en unas tablas. Akenatón lo supo, quizás por eso murió de tristeza.

No eres tú, tampoco soy yo, igual somos nada, polvo que camina y habla, que tarde o temprano será polvo de nuevo (después de unas revolcadas en el arenero).

Es la vida, y yo ya fui títere, pobre, pirata, poeta, peón y rey; sin siquiera tener los ojos azules. Vanidad de vanidades y pura vanidad.