El hartazgo de la Luna

Acabo de ver a alguien que me recordó a ti… y también iba sin mí.

Al verla me pregunté si seremos fabricados en serie y si en algún lugar hay alguien parecido a mí, sin ti.

Imagino que debe haberlo, quizá para mantener un equilibrio que no percibimos, quizá para balancear los polos de energía de alguna batería interestelar.

Me asusta un poco pensar que los personajes y las historias se repiten, que existe una infinita separación para la gente que se presiente y corresponde, pero que jamás se encontrará.

Que son muchos los extraviados que terminan siendo la carne que alimenta a esos piratas sin corazón que navegan en la bahía de la razón.

Suponque que así como los personajes somos fabricados en serie, las situaciones son creadas sin mucha variedad.

Todo está limitado, como para provocarle hartazgo a la Luna, que todo lo mira desde arriba y que es más discreta que el sol.

Imagino también que la Luna está peor que los personajes incompletos y extraviados, ya que ella, además de ver siempre lo mismo, no se puede ir y su vida se prolonga mucho más que la de cada uno de nosotros.

Es un asunto triste el de la Luna, un hartazgo que no envidio, pero que tampoco me hace sentir mejor.

moon

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Estoy cansado de la simetría

Estoy cansado de la simetría, por eso cuelgo el cuadro de una araña de 7 patas en la taza del baño. Todo hace daño, hasta lo que cura. Es de locos lo que vivimos.

El jardín japonés ha creado maleza, sigue ahora el camino natural. Nuestra razón nos quita a la larga el poco sentido. Es lo común, somo brutos inferiormente superiores a las bestias.

Lo barato sale caro y lo caro seguramente tiene un monopolio detrás. Libertad no es elegir entre Pepsi y Coca, sino todo aquello que cuando lo tienes no sabes cómo usarlo.

El Papa se ve empalado en mala política y el político sólo se preocupa por su cuenta bancaria personal. Las masas no piensan, y nunca lo harán.

Dios está en algún lado, si es que existe, claro, y no contesta llamadas desde que dicen que escribió 10 cosas en unas tablas. Akenatón lo supo, quizás por eso murió de tristeza.

No eres tú, tampoco soy yo, igual somos nada, polvo que camina y habla, que tarde o temprano será polvo de nuevo (después de unas revolcadas en el arenero).

Es la vida, y yo ya fui títere, pobre, pirata, poeta, peón y rey; sin siquiera tener los ojos azules. Vanidad de vanidades y pura vanidad.

Paranoia natural

Ten cuidado de la gente con egos muy inflados, pues su inseguridad es proporcional al aparente volumen de su personalidad.

Ten cuidado de vaqueros y estrellas de rock que usan siempre gafas oscuras, no son de fiar.

No hagas caso de los vendedores callejeros que juran por su madre, ni a los taxista con autos sin licencia.

Ten cuidado del sacerdote o monje con sobrepeso que gusta estar siempre rodeado de niños diciendo que así mantiene su inocencia.

Desconfía de los políticos todo el tiempo, aunque la publicidad diga que son buenas personas.

Cuando yo te diga: te quiero, fíjate bien en mis acciones, aunque de todos modos nunca expreso esas palabras a la ligera.

No creas en los alimentos bajos en calorías, ni en las familias que presumen de estar siempre en armonía.

Duda de los líderes, cuestiona siempre la autoridad.

Si te digo que la ropa sucia se lava en casa, significa que no me gusta discutir en público, a veces soy muy pudoroso, pero tengo tan poco poder y no quiero perder lo poco que tengo, aunque para muchos sea nada.

No confíes en el profesor ni en el policía que te dicen: “confía en mí”.

El mundo está lleno de fariseos y de falsas monedas, ¿cómo carajos no iba a ser uno tan paranoico? “Hechos Mr. Pip, hechos, y si se fija en ellos reducirá el margen de error drásticamente”. Ahhh cuánta razón tiene Mr. Jaggers.

Un bufón sin gracia

Un bufón sin gracia. Bufón que no hace reír a nadie más que al dios, quizás porque aquél es obra de un humor de tinta, otro puno final al sinsentido de la vida.

Un bufón cuyas principales preocupaciones son el clima y el éxito, el dinero y los aplausos; para quien el último recurso es el “pégame, pero no me ignores”. Con desesperación ese bufón necesita que alguien acredite su existencia.

Si el bufón fuera como los lobos, que sólo se preocupan por la barriga llena y por su siguiente presa, otro gallo le cantaría; a menos, claro está, que el gallo fuera la cena de la manada lupina.

La luna observa, pero calla. Tú también guardarías silencio si, como ella, hubieses visto las mismas funciones —una y otra vez— en este teatro al aire libre. Las últimas palabras que la luna dejó salir del cerco de sus dientes fueron: “no hay nada nuevo bajo el sol”. Desde entonces únicamente silencio sepulcral de la luna.

El bufón, sin fuerzas y con el agotamiento semanal de lumpen enlatado, ruega cada noche al cielo para que lo releven de su cargo y lo alivien de su carga. Pero aquél que debiera autorizar ese consuelo, expidiendo copias por triplicado, tiene la clemencia de un usurero.

El bufón es demasiados siglos más joven que la luna (diríase con más propiedad que es cientos de milenios más joven que el satélite, pero las matemáticas no son mi fuerte, pues les tengo fobia desde que supe que sólo sirven para engañar y hacernos creer que hay lógica y sentido una vez que hemos nacido, y que estos motivos perduran aún después de que nos echan a la tumba), y a pesar de la diferencia de edades ha decidido tomar la misma determinación: callar discretamente como lo hacía Scheherezada al terminar un cuento.

El bufón ya no dirá nada, seguirá el ejemplo de quietud absoluta que nos da la luna. Ella ha visto muchas veces a demasiados personajes tomar esta misma determinación. La misma historia para la luna quien, como el dios, ya ni siquiera se inmuta.

bufon

Evocaciones

Con su clarinete evocaba mares, cielos, nubes… Era una maestra para convertir notas musicales en paisajes. Podía evocar con facilidad bosques y desiertos, montañas y valles, lagos e islas. Lo que más le aplaudieron fue cuando describió con música las figuras naturales del Cantar de los cantares. Ella tuvo éxito y honores, premios y otros reconocimientos, pero nunca logró plasmar sentimientos con su instrumento. Y eso era lo que ella  más quería: poner lo que dictan los corazones en melodías. No se puede todo en la vida.

clarinete

Como Moisés

“No me pasa nada”, me dijo ella por tercera vez, y no cantó ningún gallo. En su tercera repetición de esa frase carente de veracidad ella tampoco se preocupó por disimular el enfado que irradiaban sus ojos. Tres veces la misma frase en menos de cinco minutos. Tres veces la contradicción entre palabra y hechos.

Era claro que le pasaba algo, y que ella esperaba que yo lo supiera o lo intuyera. Y yo no tenía ni idea, de verdad, sino por qué le pregunté tres veces “¿Qué te pasa?”. Me sentía como Santo Tomás taladrando con un dedo. Las mujeres son muy inteligentes, más que los hombres creo yo, y nos tratan como inferiores en las situaciones sentimentales, lo extraño es que a veces creen que tenemos su don de la clarividencia y aunque suelan tratarnos como idiotas en la relación, en ciertos momentos asumen que somos tan brillantes como ellas para adivinarlo todo.

No me estoy haciendo el inocente ni fingiendo demencia, en verdad no sabía qué le pasaba. Habíamos hecho las paces aquella mañana, por quinta vez en una semana. Esto de jugar a la pipa de la paz y firmar tratados versallescos nada justos era cada vez más frecuente en los últimos tiempos. Yo, mientras adaptaba mi comportamiento y mi personalidad para pisar con cuidado ese suelo de cascarones en se había convertido nuestra relación, me preguntaba qué estaba pasando.

Al principio, como en cualquier relación, todo marchaba en aguas calmas con viento en popa. Entiendo que nada puede ser como al inicio para siempre; cuando lo que molesta no tiene importancia y todo causa gracia. Pero cuando se alcanza la confianza plena, o algo que se le parece, es que empiezan los problemas.

En un rincón lejano de mi mente me cuestionaba si no debimos ser sólo amigos; algo así como Moisés, viendo de lejos la Tierra Prometida, pero sin llegar hasta ella, hasta ese Israel que es un infierno desatado desde siempre. Quizá debimos ser sólo amigos, igual nomás amantes, sin cruzar el umbral “de la pareja” y evitar asentarnos en el territorio de los compromisos y responsabilidades del amor verdadero, donde ya no hay tantas sonrisas ni ilusiones.

Cuando lo que era gracioso termina convertido en semillas de exasperación, cuando abundan los “deberías saberlo”, “en verdad estoy bien” y “no tengo nada”, es que la nave de la relación comienza a hacer agua y se mantiene a flote por un supuesto interés común, por el tiempo ya invertido, por miedo a la soledad, por mera costumbre o por que hay hijos rehenes.

No le pregunté “¿Qué tienes?” por cuarta vez, simplemente me puse de pie y salí de la habitación. Salí “a comprar cigarrillos” sin mirar atrás, para no convertirme en sal. Y lo curioso es que yo nunca he fumado.

moisés

Yo no le temo a la muerte

Yo no le temo a la muerte…

Pues la vida es un truco, una vil ilusión,

es la construcción artificial de un espejismo natural.

Únicamente somos sombras en un teatro que termina en tinieblas.

No somos ni siquiera polvo.

La vida es energía, nada más, el resto es imaginación.

No conocemos más que el presente, que a su vez es un engaño al igual que el tiempo.

Nos inventamos todo para darle un sentido al absurdo, para sentirnos algo.

Somos sombras que sueñan y desaparecen, nada más.

Nuestro para siempre es sinónimo de nunca.

Te digo, la vida carece de razón, de cualquier sentido.

El motivo y la razón se los creamos cada uno para sentirnos alguien.

Para creer que vamos a algún lado. Pero al final está la nada, que siempre ha estado.

La vida no es buena ni mala, ni maravillosa ni trágica.

Es un accidente.

Es el sonido de una varita que se rompe y que no tiene eco en la eternidad.

La nada es todo, y de vuelta otra vez.

Yo no le temo a la muerte, le temo a la vejez.