Palabras por encargo

No me salen ya las palabras por encargo. Aunque me las pidas tú, que siempre fuiste un recuerdo presente, y que hoy eres una realidad que regresó sin perder nada de su esplendor, ganando, en cambio, más fuerza y belleza con el tiempo.

No podría escribirte como lo hacía antaño. Esa cuerda se acabó en algún momento, y tampoco quiero abrir la represa de nuevo. Volverte a ver es como si no hubieran pasado los años, hasta olvidé si alguna vez estuve en un naufragio.

No temo volver a extraviarme, aunque mi brújula nunca ha servido ni he podido interpretar nunca mapa alguno, aprendí a dejar migajitas por mi camino, bien decía mi papá que “hombre prevenido…”.

No escucho cantos de sirenas, porque perdí el don de lenguas, aunque la lengua sea lo único que me sirve ahora. Creo que ya soy resistente a tu encantos, aunque prefiero no ponerme a prueba, por voluntan omitiré la permanencia involuntaria.

No creo en la reencarnación, optaré por dudar que nos conocimos en otra vida y que nos juntaremos de nuevo en el futuro. La paz que tú quieres aquí, la deseo yo en la eternidad también. Dejemos pues las cosas ser, sin presionarlas.

No puedo hacer lo que antes hacía, ya peino canas y debo aparentar que aprendí mis lecciones, que no creo en todo lo que dicen las novelas, los filósofos y las canciones. ¿Ya ves ahora por qué no me salen las palabras por encargo?

 

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El hambre y el orgullo

Llego a la esquina. Luz intermitente ámbar. Freno porque ahora la luz es fija y es roja. Alto total y mirada periférica, alerta. La inseguridad epidémica de esta ciudad me obliga a tener siempre cuidado, aún dentro del auto.

Miro por la ventanilla de mi izquierda. Como títere arrumbado en un rincón descuidado, sobre el camellón sentado, bajo la sombra de un mísero árbol, está un esqueleto vivo revestido de pellejos, y sobre estos una playera arrugada color pistache derretido lejos del frío, sus pantalones son azules y roídos, y en la cabeza lleva una desgastada gorra de algodón.

El individuo escuálido tiene a su lado una caja con chicles, chocolates y cajetillas de cigarrillos, todas abiertas para venderlos sueltos. Pero hace tres días que el pobre hombre no vende nada, hace dos días que no se lleva un bocado a la boca. Su cara de calavera al estilo Keith Richards lo hace un sobreviviente, pero no te engañes, es un yonqui de la mala nutrición, y está en el nivel más urgente de la desesperación.

La mirada del humilde varón está perdida, y cavila, piensa en si debe llegar al extremo, o no. Aún tiene orgullo, aún conserva el decoro. “El hambre es canija”, suele decirse hasta la saciedad. Sólo los pobres, marginales totales, comprenden toda la verdad de esta frase.

Su mirada perdida se cruza con la mía, y parece que eso lo decide. “Al diablo con el orgullo”, piensa, “el orgullo no me da de comer”.

Con esfuerzo el flaco debilitado se pone de pie. Y con las pocas energías que le quedan, realiza una pirueta circense de la peor clase. Chueca, incompleta, vacilante, mal ejecutada… descorazonadora.

El hombre se incorpora como puede. La luz de repente es verde y los autos arrancamos, despertamos del mal sueño que tenemos enfrente, a ojos abiertos.

El esqueleto en movimiento, a mitad de la calle, se quita la gorra para pedir la limosna, pero nadie se detiene, todos aceleramos. Los autos esquivan cuidadosamente al mendigo para seguir adelante. Él se queda parado en medio de la avenida, como una señal de mal agüero, como el leproso sin campana, como la profecía maldita, ignorada por todos.

Allí se queda él, con la gorra en mano, suplicante y tan vacía como su estómago, pensando: “ni esto fue suficiente”.

Como indio tallado en madera

Para una princesa que conversa con un vagabundo disfrazado de cardenal

Había una vez un abuelo… gafas de gruesos cristales y grueso armazón, cabello blanco como el espanto y camisa de franela a cuadros, a pesar del calor. Estaba sentado vigilando a sus nietos mietras estos nadaban en la alberca.

Papá y mamá estaban trabajando en sendas oficinas, esforzándose para salir adelante en un mundo que parecía ir hacia atrás. El abuelo, jubilado y con tiempo de sobra, se encargaba de los niños después del colegio, y esto incluía llevarlos a sus lecciones de natación.

Allí estaban los niños nadando y el abuelo sentado a un costado de la alberca, con su dispositivo celular en la mano y audífonos en los oídos para oír el video que miraba: chismes de estrellas deportivas que se preparaban para hacer el ridículo en el Mundial de Futbol.

Pero de repente el abuelo de blanco cabello dejo de ver la pantalla de su dispositivo e ignoró el audio del video de chismes, y su mirada se perdió a lo lejos, más allá del horizonte, hacia un lugar lejano, muy lejano, hasta ese punto exacto de la nada, que no se puede identificar.

¿Qué estaría pensando el abuelo?

Quizá pensaba en las inmitentes elecciones políticas en las que no había ningún candidato viable, positivo, vamos, ni siquiera uno que no luciera pésimo para gobernar.

Quizá pensaba en sus frecuentes insomnios, las noches en vela eran cada vez más frecuentes cuanto más acumulaba edad.

Igual pensaba en la bella princesa que tenía interesante charlas interminables con el cardenal vagabundo que se había cansado un poco de viajar. Princesa y cardenal que perdían trocitos de sus almas para enriquecerlas más.

Posiblemente se preguntaba acerca del mundo y qué le depararía el futuro; o del pasado y de que éste nunca más volverá. ¡Pobre abuelo, siempre ignorando el presente!

El abuelo, así de quieto y con esa mirada tan perdida, parecía un figura tallada en madera, como los indios que exhiben puros en una cigarrería tradicional.

Quizá la mente del abuelo, tal como la del indio de madera, no pensaba en nada en absoluto y era un abismo negro, un vacío total.

La clase terminó, la princesa se despidió del cardenal vagabundo y el abuelo se llevó a sus nietos a casa.

Hoy es hoy y parace que habrá otro mañana.

Indian

Ciertos demonios

Ciertos demonios no te dejan dormir

Ciertos demonios atormentan tu espera

Los peores demonios aniquilan tus esperanzas.

Ciertos demonios no te quieren dejar vivir

Las noticias están hechas para confundirte

Para que creas que todo está mal,

sin importar qué hagas o dejes de hacer

Es algo planeado desde muy arriba

para que los de abajo no hagan nada

para que tengan miedo y sientan impotencia

Hay demonios disidentes y ambiciosos

que se cansan de la élite y de los poderosos

estos demonios te venden ideas y te hacen promesas

te piden ayuda para derrocar tiranías

y poner su nueva tiranía en los tronos de arriba

¡Yepa yepa, ándale, ándale!

La rebelión de los esclavos, la revolución francesa

la rusa y la mexicana, la cubana y la que quieras

todas acabaron en lo mismo

Ciertos demonios te arrojan al juego

otros te prometen perlas

pero te entregan solo mierda y más desesperanza

barnizada de ilusión e igualdad

Así será hasta el final

A menos que, con algo de suerte,

te conviertas en cierto demonio

Ganas de vivir

Sobre el arcoiris no hubo ni habrá nada que realmente valga la pena, para esto debimos habernos quedado en Kansas, Toto. Al final del túnel hay luz, pero esta sólo nos permite ver más de lo que ya conocíamos.

No es que todo esté mal, tampoco está nada bien. Lestat con ganas de seguir viviendo no comprende cómo hay gente que se cansa, como en Kansas. Debe ser un mal congénito ese de los optimistas, algo tan fuerte que les distorsiona la vista y les hace creer que lo mejor está a la vuelta de la esquina.

El Eclesiastés es sabiduría, la vida es existir día a día; pero llega un momento en que aunque haya muchas cosas por descubrir, ya no tienes energías, no te apetece siquiera verlas o y careces de curiosidad. Entonces ya todo te da igual.

Entérate que no hay ancianos sanos. La vejez en sí misma es una enfermedad, es la decadencia que impone un final a los que quieren más, a esos que se aferran a lo único que conocen, y que tienen más miedo a lo desconocido que amor a seguir respirando.

Y no está mal morir, malo es seguir viviendo cuando la mayor parte de tus dos pies están al borde de la fosa, cuando tu organismo responde como si estuviera debajo del agua y las cosas no saben ya igual, cuando saben, pero te mantienes rodeando tus brazos al cuello de quenes aún tienen entereza natural.

Qué necedad.

No hay nada nuevo bajo el sol (Ec. 1:9)

“Supongo que todo debe ser así”, pensó mientras anudaba los cordones de sus finos zapatos y recordaba que los avances tendían a complicar la vida, en vez de mejorarla. “Este calzado es muy impráctico si lo comparamos con las sandalias”, se dijo, “aunque, en realidad no es que los avances compliquen la vida, sino que cada avance exige un precio alto”.

Se miró al espejo. Su vista era perfecta, pero sus ojos mostraban cansancio. Mucho tiempo con ese cansancio en las pupilas, agotamiento que se incrementaba en épocas de crisis, ambiciones y locuras; desde aquellas de las más sencillas tribus, pasando por las de algunos faraones, generales, emperadores, cartagineses y romanos, pestes, españoles e ingleses, Richelieu, Hitler y su genocidio, hambrunas, nacionalismos absurdos, mercados voraces, hasta los conflictos de Estadounidenses, musulmanes e israelíes.

Pensándolo mejor, no es que el cansancio sólo se agudizara en las crisis. A veces, como de la nada, su humor se ponía mal durante una simple conversación con una persona, que no tenía que ser un dignatario o diplomático, filósofo, artista, empresario o líder de de algo importante, sino realmente con cualquiera que le dijera una frase que intentara ser original. Todo lo había oído ya.

Estaba particularmente harto de la estupidez humana, que cree que todo tiempo pasado fue mejor y que imagina que en el futuro todo estará bien. Respecto al pasado, era como si el tiempo fuera deslavando los recuerdos, llevándose las malas experiencias, o al menos sus detalles, hacia la laguna del olvido, y pusiera las cosas positivas en un altar de la memoria personal y colectiva.

Y respecto al futuro… bueno, nada ha indicado jamás que las cosas fueran a mejorar. Nunca ha habido pruebas para sustentar el optimismo. Por eso se inventan religiones y fantasías que prometen recompensas futuras, mientras los no creyentes basan el bienestar del mañana en la razón y la tecnología; como si con estos avanzara también la esencia humana. Esta candidez e ilusión baratas le molestaban. “¿En verdad son tan idiotas que no ven claramente que fueron, son y seguirán igual?”, se decía moviendo la cabeza cada que oía a alguien glorificando el pasado o poniendo fe en el futuro.

Subió a su moderno vehículo blindado que lo conduciría al centro financiero. Pensaba “¿hasta cuándo?”. Sabía que la tecnología era el camino hacia el fin. Cada avance tecnológico nacía de la destrucción o estaba encaminado a ella. “Cada acto de creación destruye algo, siempre”, le había dicho a Leonardo. Hoy el límite estaba cada vez más cerca, pero ese cada vez podría durar siglos, él lo sabía bien. ¿Y luego?

Temeridades, guerras, enfermedades, suicidios… lo había intentado todo sin éxito, ahora vivía resignado y cansado. El origen de su mal era remoto, quizá tanto como… eso no lo sabía, pero no estaba aquí por una maldición de Moisés, ni por negarle el agua a Jesús o porque se rió de Buda. Él estaba aquí desde mucho antes que ellos.

¿Qué le pasará cuando el mundo sea destruido por la gente o por la naturaleza? ¿Flotará por siempre en el espacio? ¿Llegará a otros mundos habitados o inhabitados? No, esto último no era posible, no recordaba otros mundos anteriores a este. Quizá su destino estaba ligado al planeta y moriría por fin, con él.

Mientras tanto, a matar el tiempo como fuera.

Entró en el edificio. Los guardias, aunque lo reconocían, le pidieron su identificación y tuvo que pasar por el detector de pupilas, de sus cansadas pupilas.

“Buen día Mr. König, adelante”, le dijo el guardia que le franqueó la gran puerta al centro de máxima seguridad, mientras en el dispositivo de su mano aparecía una pantalla verde que decía: Ahasverus König, President and CEO*.

*CEO: Director General

 

 

Soñé mares y muertes

Soñé mares y muertes.

Mares iguales, muertes diferentes.

Mares de todos, muertes sólo propias.

La atracción por mujeres y hombres, yo indiferente.

Valiente por “hacer lo correcto”.

Cobarde para desviarme por completo.

La saciedad del placer me era degradante.

El contacto humano, una ofensa ingente.

Valiente por sobrevivir al cajón de mierda.

Cobarde por vivir lo suficiente.

Soñé mares y muertes

Mares similares, muertes diferentes.

Mares de todos, muertes sólo mías.