El hambre y el orgullo

Llego a la esquina. Luz intermitente ámbar. Freno porque ahora la luz es fija y es roja. Alto total y mirada periférica, alerta. La inseguridad epidémica de esta ciudad me obliga a tener siempre cuidado, aún dentro del auto.

Miro por la ventanilla de mi izquierda. Como títere arrumbado en un rincón descuidado, sobre el camellón sentado, bajo la sombra de un mísero árbol, está un esqueleto vivo revestido de pellejos, y sobre estos una playera arrugada color pistache derretido lejos del frío, sus pantalones son azules y roídos, y en la cabeza lleva una desgastada gorra de algodón.

El individuo escuálido tiene a su lado una caja con chicles, chocolates y cajetillas de cigarrillos, todas abiertas para venderlos sueltos. Pero hace tres días que el pobre hombre no vende nada, hace dos días que no se lleva un bocado a la boca. Su cara de calavera al estilo Keith Richards lo hace un sobreviviente, pero no te engañes, es un yonqui de la mala nutrición, y está en el nivel más urgente de la desesperación.

La mirada del humilde varón está perdida, y cavila, piensa en si debe llegar al extremo, o no. Aún tiene orgullo, aún conserva el decoro. “El hambre es canija”, suele decirse hasta la saciedad. Sólo los pobres, marginales totales, comprenden toda la verdad de esta frase.

Su mirada perdida se cruza con la mía, y parece que eso lo decide. “Al diablo con el orgullo”, piensa, “el orgullo no me da de comer”.

Con esfuerzo el flaco debilitado se pone de pie. Y con las pocas energías que le quedan, realiza una pirueta circense de la peor clase. Chueca, incompleta, vacilante, mal ejecutada… descorazonadora.

El hombre se incorpora como puede. La luz de repente es verde y los autos arrancamos, despertamos del mal sueño que tenemos enfrente, a ojos abiertos.

El esqueleto en movimiento, a mitad de la calle, se quita la gorra para pedir la limosna, pero nadie se detiene, todos aceleramos. Los autos esquivan cuidadosamente al mendigo para seguir adelante. Él se queda parado en medio de la avenida, como una señal de mal agüero, como el leproso sin campana, como la profecía maldita, ignorada por todos.

Allí se queda él, con la gorra en mano, suplicante y tan vacía como su estómago, pensando: “ni esto fue suficiente”.

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Como indio tallado en madera

Para una princesa que conversa con un vagabundo disfrazado de cardenal

Había una vez un abuelo… gafas de gruesos cristales y grueso armazón, cabello blanco como el espanto y camisa de franela a cuadros, a pesar del calor. Estaba sentado vigilando a sus nietos mietras estos nadaban en la alberca.

Papá y mamá estaban trabajando en sendas oficinas, esforzándose para salir adelante en un mundo que parecía ir hacia atrás. El abuelo, jubilado y con tiempo de sobra, se encargaba de los niños después del colegio, y esto incluía llevarlos a sus lecciones de natación.

Allí estaban los niños nadando y el abuelo sentado a un costado de la alberca, con su dispositivo celular en la mano y audífonos en los oídos para oír el video que miraba: chismes de estrellas deportivas que se preparaban para hacer el ridículo en el Mundial de Futbol.

Pero de repente el abuelo de blanco cabello dejo de ver la pantalla de su dispositivo e ignoró el audio del video de chismes, y su mirada se perdió a lo lejos, más allá del horizonte, hacia un lugar lejano, muy lejano, hasta ese punto exacto de la nada, que no se puede identificar.

¿Qué estaría pensando el abuelo?

Quizá pensaba en las inmitentes elecciones políticas en las que no había ningún candidato viable, positivo, vamos, ni siquiera uno que no luciera pésimo para gobernar.

Quizá pensaba en sus frecuentes insomnios, las noches en vela eran cada vez más frecuentes cuanto más acumulaba edad.

Igual pensaba en la bella princesa que tenía interesante charlas interminables con el cardenal vagabundo que se había cansado un poco de viajar. Princesa y cardenal que perdían trocitos de sus almas para enriquecerlas más.

Posiblemente se preguntaba acerca del mundo y qué le depararía el futuro; o del pasado y de que éste nunca más volverá. ¡Pobre abuelo, siempre ignorando el presente!

El abuelo, así de quieto y con esa mirada tan perdida, parecía un figura tallada en madera, como los indios que exhiben puros en una cigarrería tradicional.

Quizá la mente del abuelo, tal como la del indio de madera, no pensaba en nada en absoluto y era un abismo negro, un vacío total.

La clase terminó, la princesa se despidió del cardenal vagabundo y el abuelo se llevó a sus nietos a casa.

Hoy es hoy y parace que habrá otro mañana.

Indian

Ciertos demonios

Ciertos demonios no te dejan dormir

Ciertos demonios atormentan tu espera

Los peores demonios aniquilan tus esperanzas.

Ciertos demonios no te quieren dejar vivir

Las noticias están hechas para confundirte

Para que creas que todo está mal,

sin importar qué hagas o dejes de hacer

Es algo planeado desde muy arriba

para que los de abajo no hagan nada

para que tengan miedo y sientan impotencia

Hay demonios disidentes y ambiciosos

que se cansan de la élite y de los poderosos

estos demonios te venden ideas y te hacen promesas

te piden ayuda para derrocar tiranías

y poner su nueva tiranía en los tronos de arriba

¡Yepa yepa, ándale, ándale!

La rebelión de los esclavos, la revolución francesa

la rusa y la mexicana, la cubana y la que quieras

todas acabaron en lo mismo

Ciertos demonios te arrojan al juego

otros te prometen perlas

pero te entregan solo mierda y más desesperanza

barnizada de ilusión e igualdad

Así será hasta el final

A menos que, con algo de suerte,

te conviertas en cierto demonio

Ganas de vivir

Sobre el arcoiris no hubo ni habrá nada que realmente valga la pena, para esto debimos habernos quedado en Kansas, Toto. Al final del túnel hay luz, pero esta sólo nos permite ver más de lo que ya conocíamos.

No es que todo esté mal, tampoco está nada bien. Lestat con ganas de seguir viviendo no comprende cómo hay gente que se cansa, como en Kansas. Debe ser un mal congénito ese de los optimistas, algo tan fuerte que les distorsiona la vista y les hace creer que lo mejor está a la vuelta de la esquina.

El Eclesiastés es sabiduría, la vida es existir día a día; pero llega un momento en que aunque haya muchas cosas por descubrir, ya no tienes energías, no te apetece siquiera verlas o y careces de curiosidad. Entonces ya todo te da igual.

Entérate que no hay ancianos sanos. La vejez en sí misma es una enfermedad, es la decadencia que impone un final a los que quieren más, a esos que se aferran a lo único que conocen, y que tienen más miedo a lo desconocido que amor a seguir respirando.

Y no está mal morir, malo es seguir viviendo cuando la mayor parte de tus dos pies están al borde de la fosa, cuando tu organismo responde como si estuviera debajo del agua y las cosas no saben ya igual, cuando saben, pero te mantienes rodeando tus brazos al cuello de quenes aún tienen entereza natural.

Qué necedad.

Voy por cigarros

“Voy por cigarros”, dijo y cerró la puerta tras de sí. Jamás volvió.

Lo buscaron en el lugar de la abuela que vuela, donde lo rancio y pasado sólo por ser viejo es considerado ‘clásico’. Un clásico idiota.

Lo buscaron en un puerto sin mar y en el tugurio del mal augurio; en el edificio sin tiempo y en la ciudad del estrés, cualquier ciudad que se precie de serlo desborda estrés, a la una, a las dos y a todas horas.

Lo buscaron en la montaña artificial de aventuras dosificadas, empaquetadas, y en los lentos rápidos de agua clorada.

Lo buscaron en los brazos vacíos de sus viejas amantes y en la mirada descarada de la Maleva de San Telmo. Lo dieron por muerto.

“Voy por cigarros”, dijo el mismo día que pensó que su vida no era realmente suya, la curiosidad murió cuando cambió sus tiendas de campaña por una casa de ladrillos construida por un práctico cerdo.

Perdió su vida y su curiosidad el día en que su aerostático globo se llenó de lustrosos niños lastrosos y lloraba en silencio, sin lágrimas; el día en que su egoísmo fue enterrado por las arenas de un autoconvencimiento con fines ilusorios y lucrativos. Había que ser excelente.

Perdió su vida el día en que confundió la felicidad con lo que se dice que debe ser. El final empezó cuando el sexo fue maquinal y automático, cuando la sal sabía a papel blanco y los besos ya no tenían electricidad, cuando le importó un carajo lo que salía de boca de su esposa, cuando la puerta no estaba allí para impedir la entrada sino para no dejarlo salir. El día en que ya no lo calentaba el sol, sino la hoguera de Juana de Arco.

Todo le dio asco y terror, hasta el momento en que sin haberlo planeado dijo: “Voy por cigarros”, y después de cerrar la puerta por fuera jamás volvió.

door

Reconocimiento e inseguridad

El tiempo no perdona, eso lo sabemos todos, pero lo que pocos quieren saber o reconocer es que el tiempo también se ensaña y castiga severamente. Por eso es que vemos a gente de 35 años que aparenta 55 o seres de 37 que lucen de 69.

El otro día asistí a un concierto callejero. Casi no recuerdo la calidad musical de tal suceso (así de malo habrá sido, o igual no fue un género de mi agrado). De ese día sólo quedaron en mi memoria dos cosas, y quizás tres, pero la tercera es una experiencia que olvidaré selectivamente si no resulta como yo espero o la atesoraré privadamente si acontece lo que deseo.

Primero recuerdo el lento principio de una conversación de dos adolescentes, desconocidos entre sí, la iniciaron a tres metros de distancia una del otro. Ambos recubiertos de la poderosa soledad urbana. Ella fue la que dio el primer paso, preguntándole a él la hora. Sesenta minutos después sólo estaban separados por 50 centímetros de aire y ya habían intercambiado impresiones acerca de sus respectivos problemas.

En su segunda parte, el concierto fue interpretado por instrumentos de viento, que sonaban a flatulencias infernales. Yo estaba sentado en una de las sillas de la última fila (hasta atrás, siempre hasta atrás) con mi atención puesta más en los adolescentes que en la música. Cinco filas adelante descubrí a un individuo que volteaba en dirección a mí, como buscando ver más allá a otra persona. De entrada sólo me sorprendió su fealdad (por ser superior a la mía), pero nada más. Entonces yo saqué mi cuaderno y empecé a tratar de escribir algo que no tuviera que ver con la última ruptura de mi corazón.

Pero de nuevo me distrajo ese cuasimodo sin joroba que me miraba. De repente percibí algo familiar en el fulano. “A este tipo lo conozco”, me dije usando la palabra que por entonces tenía yo de moda para referirme a la gente que de alguna manera me molestaba. Podría tratarse del hermano de un amigo, del vendedor de alguna tienda en la que acostumbraba comprar cigarros, de alguien con quien me topaba a diario en mis rutas rutinarias, como me topo cada día con los árboles familiares y fachadas vecinas.

Trataba yo de recordar al tipo, pero sin éxito. Así dio inicio una lucha dentro de mí: el ego contra la curiosidad. Mi ego es tan grande que no me permite saludar a alguien (exceptuando a mis seres queridos) que no me salude primero (lo admito, esto no es más que un estúpido acto de inseguridad). ¿Quién carajos era este tipo?, él a la vez parecía reconocerme, pero procurando no dar señales de ello. Seguramente otro inseguro de mi calaña.

El anárquico archivo patas arriba que se guarda en mi mente desquiciada seguía tratando de encontrar la identidad del fulano, sin resultado. Paulatinamente empecé a sentir más incomodidad por causa de él. ¿Habrá sido alguien que en alguna ocasión ocupó mi lugar en el afecto de alguna mujer? No, quizás lo recordaría por eso. ¿Qué me molestaba tanto del tipo? Así mi búsqueda tuvo un elemento más preciso: el fulano me resultaba molesto.

Hmmm, él me molestaba tanto como una cadena gringa de supermercados. ¡Eso era! El tipo era alguien con quien yo había trabajado antes hacía tres años en una cadena gringa de supermercados. Cumplía con todas las características, sólo que nadie puede envejecer 18 años en tan sólo 36 meses. Bueno, quizás sí.

Me distraje un poco con el concierto, con los adolescentes y con el verdadero motivo que me tenía allí enraizado. Pero de nuevo el tipo me volteaba a ver. Estaba casi seguro que era el antiguo compañero del supermercado, aunque luciera como su propio padre.

Los adolescentes ya no me interesaban y mi timidez, tras diez años de haberme dejado en paz, regresaba a mí con nuevos bríos. No me atrevía acercarme a la bella morena menuda que me tenía atado a este lugar. ¡Qué cuerpo, qué sonrisa y qué mirada! De repente me armé de valor y me dirigí a la hermosa mujer, pero a pocos pasos de ella las mariposas de mi estómago revolotearon salvajemente y empecé a temblar. Cambié de rumbo y me dirigí hacia el tipo que me incomodaba.

Como a bocajarro, y con algo de coraje por no haber tenido el valor de dirigirme a la morenita, le disparé: “oye, ¿no trabajabas tu en un supermercado?” Él, un poco sobresaltado, me respondió: “no”, con una voz que reconocí inmediatamente. Sin duda era él, mi antiguo compañero de trabajo. Mi bien conocida mirada de desprecio se encendió automáticamente mientras pensaba “si negaron a Jesús, ¿qué le podía esperar a un tipo como yo?”, recordé que esta era la segunda vez que me habían negado en esa semana. ¿A la tercera cantaría un gallo, o de perdida un guajolote o un pavo irreal?

Tras la negativa del tipo sólo le respondí con un desairado “¡ah!”. Antes de alejarme alcancé a mirar una de sus manos, los dedos encogiéndose para formar un semi puño tal y como recuerdo que se encogían cada que le hablaba yo a la mujer que tanto le gustaba a él en el supermercado. Sin duda era el mismo tipo, pero ¿cómo puede alguien envejecer tanto en tan poco tiempo? Siempre me quedaré con la duda, a menos que me pase lo mismo a mí.

Quisiera terminar aquí pero hay un Cabo suelto (su Capitán le dio cátsup echada a perder en el desayuno y el estómago del cabo se aflojó sin piedad). Por puro orgullo fui y le hablé a la morenita guapa. No puedo decir qué pasó después, porque eso me lo guardo para mí. Pero cuando nos fuimos del concierto la morena y yo, los dos adolescentes seguían enfrascados en una charla que no parecía tener un final próximo.

Ciudad de México, Junio 2002

Bebiendo de 10 en 10

Brindando en la plaza partida, crees torear las circunstancias con mucho arte, cuando lo que pasa es que ellas te invaden, te cornean y te convierten en un ser ridículo.

No se suelen encontrar soluciones en las adicciones, sólo puertas tapiadas.

Tratas de salir de un agujero negro y lo único que logras es cavar más profundo, hacia el centro de la Tierra sin Verne.

Tu vida es un nudo absurdo, eres un ser indecente sin cabeza ni pies. Bebiendo de 10 en 10.

El alcohol, lubricante social, te hace creer que confraternizas con los demás, que con ellos te entiendes y diviertes, cuando en realidad nomás estás liberando de su jaula freudiana a lo peor de ti.

Dicen que después del sexto trago se diferencian los bebedores que aguantan de los que no, pero por lo general es entonces cuando salen a relucir las groseras frustraciones de aquellos que no soportan su realidad.

Hasta Hemingway se perdió. Todo en ese camino es vil ilusión.

No sé quién es peor: el pusilánime que vuelve al beso de la botella como el perro bíblico a su vómito, o el que se siente Jacob contra los ángeles y cree dominar los numerosos tragos.

No sé qué es peor, intoxicar tu hígado hasta la explosión cirrótica, o alojar una bala dentro de tu bóveda craneal.

Triste, pero así es tu vida, bebiendo de 10 en 10.

Al final no hay oscuridad que te oculte mientras respiras, en tu paso inseguro también se nota la procesión tambaleante que llevas por dentro.

Antes lo hacías con recato y discresión, ahora cualquier hora y lugar sirven para tu acto. Salud por esos elefantes rosas, que te acompañarán hasta que se detenga tu tren, bebiendo de 10 en 10.

Octubre 2011

  • tequila