Cien

Cien serafines sentados afinando en el cielo, mientras que aquí en la tierra, parado, con pluma en mano, veo cien pájaros volando, sin saber lo que siento.

Me siento a escribir en un banco quebrado del parque frente a la banca ladrona de la élite, estoy de espaldas a la avenida. ¿Fue huida o simple partida lo que me partió en dos?

Confundí el amor con las gentiles y constantes llamadas a mi puerta, y todo estaba en realidad tan vacío como el pulmón artificial de mi tío.

Todas las veces que ella tocó a mi puerta jamás se tocó el corazón, estaba viva muerta y más fría que el sepulcro de Evita (por más que el profanador lo niegue).

Que el corazón se mueva y lata, no es prueba suficiente de que el alma se agite, aunque la sien palpite, cien latidos por minuto, no es prueba de que la mujer sea ni crea.

El Creador igual y nos observa, quizás se obceca, pero de lo que estoy seguro es de que seca estaba la planta de tus pies y de tus sentimientos.

Muchos cientos por cien tu cabeza y yo sigo tan sentado como el jefe toro del Oeste perdido, robado, para ser más exactos, extinto como el vino blanco de mi botella.

Se extinguen la tinta y mis palabras, necesito una pala para enterrarlas, y debo ir al cielo para olvidar o bajar al infierno para pagar la cuenta no solicitada y buscar historias nuevas.

La histeria humana es tierra fecunda, el césar saluda y toma lo que le corresponde. Voy a ningún lado, el Rubicón salado se extingue como el toro sentado.

Nada sale ya por la entada, pues la salida natural quedó bloqueada por aberraciones contrarias que impiden el paso hacia cualquier lado.

Con tantos serafines, bancas, bancos y fantasmas de toros, con tanto deseo por sentir, todos nos secamos ansiando vivir, pero quedamos más muertos que sardinas en encierro.

Es imposible servir a dos amos, un risible intento en vano. Sigo sintiendo, sigo respirando, pero aunque me moviera no iría a ningún lado.

Palabras, palabras, palabras… necesito una pala para enterrarlas, y ver sí así me encuentro con el olvido prometido.

Lo que hace uno por recuperar la inspiración y tratar de olvidar tu canción. La tonada que suena con tatuada insistencia dentro de mi cabeza evocando momentos de falsedad tragada.

La dulce mentira que se tornó amarga y los cien serafines terminan de afinar sus instrumentos. Yo con la pluma en mano, viendo cien pájaros volando no logro escribir lo que quiero.

Una vez más sin llegar a ningún lugar.

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