Viajar en colectivo en el D.F.

Lamento ser miope, como Mr. Magoo o como rinoceronte. Por eso, tratar de encontrar el colectivo, o el bus, correcto al atardecer puede ser una tarea difícil para mí.

No me gusta usar gafas, no es por vanidad sino por evitarme la incomodidad, tener sobre la nariz ese cuerpo extraño me resulta molesto, y lentes de contacto, ni pensarlo, de hecho no me los podría ni colocar (cierro los párpados al ver que algo se aproxima demasiado a la niña de mis ojos… no es metáfora).

En realidad, encontrar el colectivo correcto es una tarea difícil para mí a cualquier hora, no solo al atardecer: se aproxima, se aproxima, y el letrero de extrañas letras flourescentes no lo alcanzo a leer. ¿Qué dirá? Me entero hasta que el vehículo está a tres metros de mí. Si no es el que espero, lo dejo ir, tal como la novia con escrúpulos dejaría ir al novio en el altar cuando no se sient segura de su amor. Si es el colectivo correcto, pues le pido que se detenga y dependo de la generosidad del chofer para ver si se detiene con tan corta solicitud.

Si se detiene, abordo la cosa y pregunto al chafirete cuánto es la tarifa para mi destino. Seis pesos para donde voy.

No sabría decir si sólo soy miope de vista o también he perdido el olfato, quizás ya estoy acostumbrado, pero los colectivos de la ciudad de México ya no huelen tanto a orines como solían apestar en mi juventud. Igual y ya los limpian más… no, no, esos cambios conductuales de una especie no suceden en tan poco tiempo… quizás en mil años, es probable que éste en particular haya sido lavado por la mañana.

Estéreo a todo volumen, canciones repetitivas de mantra hueco y alta lascivia. Banda, tambores y metales, y los mismos lamentos románticos o las mismas motivaciones de alabanza a los narcos. Acelerones y frenazos constantes, ambos diseñados aparentemente para probar los reflejos de los pasajeros. “Aférrense al fierro si quieren conservar su vida”, debiera ser el lema de un chofer de colectivo en el DF. Si lo fuera, seguro lo dirían como burla y con doble sentido.

Si acaso hubiera un asiento disponible en el colectivo, no podría yo tomarlo. No es que sea yo muy alto, pero los asientos parecen estar diseñados para seres sin piernas o para los más pequeños enanos del extinto circo sin animales, que sólo exhibbe enanos. Además, no faltaría el tornillo mal puesto en el asiento capaz de rasgar cualquier prenda, o hacer carreras tipo derby de Kentucky en una media (incluso en una entera) de mujer. Pasaré por alto el riesgo del tétanos para no sonar hipocondriaco.

En el colectivo no se hace esperar el ‘show’ del payaso callejero, que aborda para recibir monedas a cambio de unos chistes malos, algo subidos de tono; tampoco tarda en abordar el exadicto con cara de penitenciario que llega a pedir limosna aclarando que lo hace ‘en buena onda’ porque ya no quiere robar más. Una táctica que seguro tomó de algún manual de viejos gangsters de Chicago.

El tráfico es eterno. En el transporte no puede faltar una imagen de la Guadalupana, o de San Judas Tadeo. Aunque de un tiempo para acá, la Santa Muerte ha ganado muchos adeptos. ¿Será que los choferes de colectivo le surten muchos clientes a la huesuda?

La gente va ensimismada, quisiera creer que está concentrada, pero es más probable que vayan pensando en nada. Mente en blanco, objetivo Yoga que aquí se alcanza aquí sin desearlo. Monotonía de mono tendido en jaula del zoológico. Es antinatural ser tantos en un espacio tan pequeño (y aquí no hablo del colectivo, sino de la ciudad).

Un niño se entretiene mirando pasar el asfalto de la calle a través de varios agujeros que hay en el piso del vehículo, un piso picado, carcomido por el tiempo. Más que nada parece colador. Aún no he sabido de decapitamientos múltiples en un colectivo, porque al ir a gran velocidad el piso se le cayó de repente… sólo espero que éste no sea el primero de esos casos.

Sube un señor que vende golosinas, el chofer le compra un cigarro, y se lo fuma a pesar de que está prohibido, y de que hay más de tres anuncios en el interior que prohíben fumar. Ya me imagino que si alguien le dice algo al chofer, respecto al humo del cigarro, el conductor invitaría al osado a bajarse del colectivo usando un vocabulario capaz de sonrojar  a verduleros y piratas por igual.

Alguien deja escapar subrepticiamente un gas de sus entrañas. El gas es un ninja silencioso cuya presencia es de ofensa sorpresiva, la pestilencia me hace pensar en buitres y demás carroñeros, huele como si el productor del pedo comiera muertos en descomposición. De tan fea manera descubro que no he perdido el olfato. Las ventanas cerradas, y el fijador que consume el culpable sería la envidia de cualquier perfumero. Nadie muestra culpabilidad en su rostro. Maldito pasajero.

Ya casi voy  a bajar, sólo un poco más y descenderé de este vehículo infernal. De repente un giro inesperado, del destino y de las cuatro ruedas, que están tan lisas como la mona. Desviación por arreglos de la calle. Me alejo cada vez más y más del lugar a donde yo iba. Adentrándome a infiernos desconocidos sin un Virgilio que me guíe y sin una Beatriz que me espere. Lugares que ni mis peores sueños (y en verdad llego a tenerlos muy malos) han concebido. El lado feo, nada turístico de la ciudad, donde la pobreza pega de golpe y donde la esperanza jamás hace acto de presencia.

Pasa una hora de incertidumbre y me pongo a pensar si en realidad no se habría despegado el piso hace rato y todos somos ahora conducidos al inframundo sin notar que hemos muerto. El colectivo retoma la ruta original, pero como a 35 calles de mi destino original.

Me acerco a la puerta de salida. Grito al chofer “bajan” y salto del vehículo en movimiento, rara vez lo detienen completamente para que la gente descienda.

Al final salgo vivo, y con una hora de retraso llego a donde tenía que llegar.

La Madonna Vieja

Rojo. Una madonna vieja en un auto nuevo. Yo en el otoño que se despide del puerto existencial sin fiesta ni jolgorio. Invierno a la vuelta de la esquina. Margaritas deshojadas y el piso no está cubierto de pétalos, más parecen cascarones rotos. El homelette (los huevos que rompió Hamlet en lo que decidía ser) cobró víctimas. Cruces que parecieron buenas en su momento terminaron siendo inservibles. El que no vive para servir no sirve para vivir (quizás es el lema profesional de los meseros, pero ni ellos le hacen caso). La madonna vieja lleva prisa. No me burlo, ella puede pensar de mí que soy un Juan Bautista con la cabeza puesta sin sentido y sin batuta. A estas alturas no sé si son la indiferencia y la indolencia las que hacen que no duelan tanto las caídas. Sólo se tienen dos mejillas y dejar que te las abofeteen después de las siete veces setenta y siete ya es demasiado. La vida no debe ser un cuadrilátero de box. La madonna vieja rebasa mi auto y yo despierto ante la desaparición de la luz roja que me impedía avanzar.

Esperanza de lunes (desempleo)

desempleo24082015

Cambian los rostros, pero la sensación que se percibe los lunes por la mañana en este parque es la misma: esperanza. Esperanza de que hoy será el día afortunado, de que hoy sea el día en que se empiece a cubrir lo que la necesidad exige.

Los lunes son los días en que hay más avisos de empleo en la sección de clasificados de los diarios. Por eso los lunes por la mañana vuelve a renacer la esperanza de muchos.

Unos cuantos tendrán buena suerte, otros, los más, terminarán preguntándose sobre su valor en este mundo. habrá quienes decidan utilizar la desesperación para quebrantar la ley, habrá también quien meditará el Sermón de la Montaña y se rendirá ciegamente a este consuelo. No dudo que haya por ahí quien al ver disminuir sus ilusiones,  descubrirá que el Sueño Americano (adoptado ilusamente por la mayor parte del mundo) está destinado sólo a unos cuantos, principalmente a los que nacieron con una cuchara de plata. Seguro habrá quienes se atormenten con el recuerdo de sus hijos hambrientos. Igual de este parque salga algún luchador social. De situaciones como esta surgen personas de la última clase mencionada, pues difícilmente verás una persona satisfecha ñichando por que se haga justicia.

Este es otro lunes de “esperanzas clasificadas”.

Al llegar el mediodía, algunos escaparán brevemente gracias a un sueño, así dejarán que pasen otrso siete días para ver si entonces descubren su Tierra Prometida.

Santa Clara de Asís no tien el poder suficiente para ayudarlos a todos, eso era de esperarse, pues al fin y al cabo es simplemente una santa.

Agosto 2000

A veces

Algunas veces me pregunto si será cierto que todo en la vida se acaba con la muerte.

Otras veces me cuestiono por qué la coca-cola es tan negra como el interior de muchas cabezas.

Algunas veces me prometo que el cigarro que estoy fumando será el último, y en realidad lo es hasta que enciendo el siguiente.

Hay veces en que ni siquiera me acuerdo de ti.

En ocasiones quiero saber por qué a todo tratamos de crearle leyes.

Y por qué nos empeñamos tanto en aprender tantas cosas que a la larga no nos servirán para nada.

Me pregunto por qué a alguien se le ocurrió inventar una pasta de dientes con sabor a tocino.

A veces también me sorprendo porque no estoy pensando en ti.

Hay momentos en que me veo buscando perdones tras escuchar las campanadas de un templo, como si mi alma fuera similar a la del perro de Pavlov.

En ocasiones no me importa el dinero, aunque siempre recuerdo que hay cierta tranquilidad que se compra con él.

Hay días en los que me hundo en el mundo de los espejos, y me descubro escribiendo con la mano izquierda.

Otros días me pongo a pensar qué hubiera sido de mí si hubiese decidido ser pintor.

Algunas veces me cuesta trabajo recordar tu rostro.

En ocasiones siento que no dejaré ningún legado.

Muchas veces me río de lo que otros piensan de mí.

A veces sólo quisiera sacar a pasear a mi perra y ver el ocaso en Mazatlan.

Entonces ya no me acuerdo de nada.

Brando (sueño 47 casi 48)

La idea detrás de todo esto era tener un testimonio de actores para las generaciones futuras y también para los actuales estudiantes de cine, claro está. Yo no solía asistir a este tipo de cosas, no solía asistir a ningún tipo de cosas en realidad, pero Depp me convenció, por él asistí en esta ocasión aunque a última hora él no pudo llegar por problemas legales con su perro en Australia. Allí estaban conmigo Kilmer, Jones y Jodorowsky. Pacino no asistió porque DeNiro había confirmado su asistencia, pero las tormentas de los últimos días ocasionaron que el vuelo de éste fuera cancelado.
El concepto de la charla era extraño, a celebrarse en el campus de la añeja universidad, en una sala cercana a los vestidores de los jugadores del famoso equipo de futbol americano colegial local, donde los atletas solían dar sus conferencias y se reunían para analizar sus entrenamientos y las jugadas, nosotros nos sentaríamos en círculo, como en una sesión de neuróticos o alcohólicos anónimos, y comentaríamos sobre nuestras experiencias en el cine, desde el punto de vista de la actuación. La sesión de directores sería al día siguiente, Jodorowsky acudiría a ambas.
Al mirar a Kilmer, yo no podía dejar de pensar en Jim Morrison, ¿siempre habría sido así o el parecido se estableció desde su primera película con Stone?
No podía dejar de pensar en ¿qué diablos estaba yo haciendo allí? ¿Cómo me había dejado convencer tan fácilmente por Depp? Era mi amigo, pero esto era también demasiado para mí.
A mi llegada a la univesidad, un nutrido grupo de jóvenes y nada jóvenes estaban a la entrada del campus, ansiosos por ver a las celebridades del celuloide. No faltaron los acostumbrados gritos de “haz un Don Corleone” o “¿Qué se siente se el papá de Superman?”. Fanáticos “serios” del cine y fanátivos del cine comercial estaban allí mezclados para ver a las celebridades como si se tratara de un zoo. Tampoco faltaban los que protestaban porque un evento así significaba que la universidad se convertía en títere de la industria del cine que envenenaba las mentes y antenía al pueblo bajo un hechizo, y también estaban por allí los estudiantes de cine que aplaudían como locos al vernos llegar.
La conversación con nosotros dentro de la sala sería grabada para la posteridad, sin público presente, y aunque todos llegamos a tiempo, bueno, con una hora de retraso al menos, el equipo de video fue más “diva” que todos nosotros juntos y no había llegado aún. ¿Lección indirecta de humildad? ¿Humillación planeada para castigar nuestra soberbia?
Esperábamos pues, cuando de repente irrumpió a la sala un grupo de agitadores, blandían pancartas en pro de la ecología y contra el racismo, habían burlado al equipo de seguridad, pero vaya si fue una burla olímpica, porque eran como 20 jóvenes con pancartas y estribillos estúpidos con rimas de parbulario. Liberen a las ballenas, no a los circos, libertad a las minorías, no al racismo, detengan la guerra… etc., etc., etc.
Con gran esfuerzo fueron desalojados, y la seguridad redoblada. El equipo de video llegó pocos minutos después y mientras se instalaba, decidí aprovechar para aliviar mi vejiga. No quería interrumpir el acto una vez comenzado y atrasar todo de nuevo. Me levanté y me dirigí a los baños.
Los baños se encontraban al final de los vestidores del equipo de futbol americano, ahora completamente vacíos, como una tienda de departamentos recién instalada y en espera de llenar sus estantes y anaqueles, porque no era temporada de juegos. Caminé a lo largo de los solitarios vestidores y llegué a los baños. Frios, blancos, inmaculados, como en un sueño del cielo. Hice lo que tenía que hacer y mientras atravesaba de regreso por los vestidores solitarios, una rubia se me plantó de repente con una pistola automática apuntando a mi pecho.
Me dijo que me detuviera y empezó a decirme un discurso atropellado en donde se mezclaba la ecología con un discurso en contra del racismo. Me acusó diciendo que por mi culpa el turismo empezó a acabar con los ecosistemas de las islas del Pacífico, de que yo promoví la guerra y de que yo era un maldito nazi. Hizo mención de una película en la que interpreté a un oficial nazi, que había pasado sin pena ni gloria pues en ella se intentaba mostrar que no todos los alemanes fueron unos malditos en la Segunda Guerra Mundial, ni todos los norteamericanos unos santos mártires. Quizá esta mujer era de las pocas personas que vieron esa película, y como suele suceder, lo había interpretado todo mal. Para ella, confundiendo ficción con realidad, yo era un nazi por haber personificado allí a un nazi.
Algo le dije, intentando hacerle entender que estaba confundida y que me estaban esperando para la charla. Le dije que el cine suele ser una ficción, a veces nos hace pensar y otras nos divierte, pero que no era un documental ni una ventana de la realidad, que tenía que usar su criterio. Pude casi escuchar los engranes atascados de su cerebro tratando de echarse a andar, pero la inacción de años no puede curarse en dos segundos.
Di un paso al frente, y su lucha mental se detuvo mientras jaló el gatillo de la automática. Para ser una luchadora por la paz tenía mejor puntería que el personaje de Montgomery Clift en Red River, y me dio en el pecho, directo al corazón.
Mientras caía yo pensé en la ironía: tanto negarme a ser una figura pública para terminar como mártir a manos de una fundamentalista “liberal”.

Me recuerdas a alguien

“Me recuerdas a alguien”, le dijo cuando se conocieron. De hecho, esa reminiscencia había sido el motivo de su primer acercamiento.
Quien la dijo basó en esa frase toda su relación. Quien la escuchó, guardó esas palabras en un rincón de la memoria secundaria.
Quien la dijo quiso hacer los cambios necesarios para acercar a su pareja al original de sus pasiones, a través de sugerencias en apariencia inocentes y casuales. “Deberías dejar de usar esos pantalones”, “Deberías cortarte el cabello así”, “Deberías hacer esto cuano hacemos el amor”.
Quien la escuchó hizo algunos cambios para complacer. “Las relaciones exitosas consisten en ceder y complacer siempre”, había escuchado en algún programa de TV de ‘expertos’ en la materia del amor (todos estos curiosamente abandonados y amargados).
Quien la dijo buscaba un idealización, fantasía, clonación, eco de aquella persona perdida que le había roto el corazón.
Quien la escuchó ofrecía su persona y realidad, constantemente rechazadas.
Cuando el rincón de la memoria sacó de su archivo la frase y la puso en la mira de quien la escuchó, sólo quedaron dos caminos: el alejamiento o la resignación.
Hay gente que prefiere seguir buscando y hay gente que no puede estar sola ni un solo momento.

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Se supone que debe ser bello (y no es tan grato)

Cuando tu nombre es magia, tu presencia parece serlo todo.

Tu ausencia, como es lógico, significa la nada.

Invocar tu nombre es alterar el ritmo del corazón,

Estar contigo es perder la lógica, olvidar los malos momentos.

Lo único malo es que pareciera que en dicho enamoramiento yo dejo de ser,

Como si únicamente existiera en función de tu persona.

De ahí que cada separación sea siempre un suplicio,

Mayor cuanto más grande es la distancia.

Es bonito quererte, pero no es grato sufrir tanto,

Lo que más quisiera es amarte en la independencia.

Ojalá no necesitara altas dosis de ti a cada rato.

Que tu nombre fuera algo grato siempre,

No sólo cuando estás conmigo.

Eso quisiera, pero cuando manda el corazón,

Difícilmente hay razón, aunque se incluya en su nombre.