No me gustan los funerales

No me gustan los funerales.

Imagino que la mayoría de la gente comparte esta aversión, aunque seguro habrá a quienes les encante asistir a sepelios y esas cosas. Hay gustos para todos en esta Tierra de Nadie.

Sólo he asistido a un funeral en mi vida, y hubiese querido no haberlo hecho, pero a veces hasta los más contracorrientosos tenemos que apechugar y cumplir con las obligaciones estúpidas y establecidas.

No sólo no me gustan los funerales, me molestan, porque no tienen razón de ser, las más de las veces.

Mucha gente reunida para recordar a alguien que habían olvidado en vida hace ya mucho tiempo. Absurdo en verdad.

Discursos y lágrimas, palabras que tratan de construir imágenes para recuerdos lejanos, o elegías y honores para quien no era tan apreciado. ¿Por qué le abandonaron?

Y el personaje central, el difunto, ya ni se entera de lo que allí pasa. Ya está en otro lado, en otra dimensión o quizá en ningún lado. Sea donde sea que esté, me temo que ya no está allí, y qué bueno, debe ser molesto ser testigo de tantas cosas inexactas y falsas, para bien o para mal.

No, no me gustan los funerales.

funeral

Cuestionamientos

“¿Es posible ser un vaquero sin vacas?”, se preguntó el ganadero cuando de su rancho se llevaron los animales para sembrar soya patentada. “¿Acaso puede existir un banquero sin banco?”, se decía el cajero cuando las transacciones comenzaron a realizarse por computadora. “¿Tiene razón de ser un escritor cuando ya nadie lee?”, expresaba el autor con nostalgia mientras observaba una nueva quema de libros. “¿Vale la pena estudiar cuando parece no haber futuro?”, lloraba la linda joven que tiraba sus apuntes a manera de rendición al ver la fila de desempleados en la feria del empleo. “¿Existe realmente un altruista que no quiera ser alumbrado por reflectores?”, cuestionaba antes las multitudes en el exclusivo auditorio el célebre filántropo. “¿Hay acaso médicos cuyo objetivo sea realmente la salud de la humanidad?”, pensó con rapidez un doctor en lo que elegía le palo de golf para su siguiente tiro. “¿Habrá realmente riqueza cuando los pobres conformen la totalidad?”, se dijo el empresario cuyo principal pasatiempo era contar su dinero y buscar países cuya mano de obra fuera cada vez más barata. “¿Hay razón para pensar en un mundo regido sólo por absurdos?”, escribió el filósofo antes de irse a dormir con el fin de escapar de la realidad. “¿Es suficiente orar para que exista un Dios?”, dudaba el sacerdote mientras impartía mecánicamente la comunión. “¿Existen derechos humanos aún para aquellos que se comportan como bestias?”, clamaba un hombre victimado por la brutalidad al servicio del poder. “¿Es acaso quejarse el primer paso para el cambio real?”, me pregunto yo. “Y después de esto… ¿Qué?”, se preguntaba un viejo que sentía cercano el fin.

duda

Despertares

En el territorio de los tibios vomitados por Dios, donde impera la hediondez de las alas quemadas de ángeles caídos, me descubrí cansado y sin ánimos de ir contra la farsa.

Había intentado quitarme el velo que todo distorsiona, ese que pinta cosas distintas ante tus ojos. El cristal opaco marca registrada, hecho en china por niñas explotadas.

Intenté salir del fango en el que me hundía a cada paso, traté de olvidar los errores que cometí por tratar de ser alguien distinto, pero igual a lo demás.

Todo fue un mal sueño.

Al despertar descubría la misma situación: nada es tan malo como para no ser sobrellevado, y nada es tan bueno como para luchar por ello. Yo soy otro más.

Me cansé de las palabras decisivas que no producían cambio alguno. Me perdí en las promesas que se pierden en el río de los segundos. Noté mis manos y descubrí que construían blasfemias de oro, mire a la multitud y me vi más solo.

Esperé la redención sentado, agotado, La esperé y ella jamás vino hacia mí. Busqué respuestas en mis semejantes y encontré más dudas e inquietudes.

Traté de llamar al que muchos me dijeron que tenía todas las soluciones, pero él fingió estar ocupado, un triste mago de Oz, al que algunos llaman dios.

Dirigí la vista a mi interior, dominando el miedo que me daba ese abismo, pero sólo encontré tinieblas.

Todo carecía de sentido no había dónde apoyarse.

Vagué por las calles ignorando las miserias ajenas, caminé sin compadecerme de nadie. Absoluta indiferenia ante el mal ajeno, queriendo olvidar que a la larga termina siendo muy propio.

Atestigüe debilidades aun en aquellos que presumían de solidez. Sólo sentía que era uno más.

Pero volví a despertar hacia el primer sueño. No podía resignarme, decidí desempolvar mis antiguos ideales. Ya no espero que todo cambie, ni siquiera quiero revolucionar algo; pero no puedo esperar sentado, con los brazos cruzados, diciendo que soy sólo otro más.

No te daré mi resolución, pues de nada te serviría, únicamente quise compartirte mi confusión, para que sepas que lo que sientes no te es exclusivo; para que sepas que ambos lo sentimos y que podemos compartirlo.

Así fue y así será por los siglos de los siglos.

masa

Sin importancia

Ávido lector, desde su tierna y cruda infancia sin cocimiento, pero con algo de conocimiento. Agradeciendo siempre a Gutenberg el invento.

Devorador de libros, cortó muchas noches y días el tiempo a través de Cortázar. Sacrificó demasiados viernes sociales por Verne. Leyó más de una vez las hecatombes dramáticas de Shakespeare. Leer llegó a ser para él una obsesión.

Hasta que llegó el momento que de tanto tragar letras tuvo que vomitarlas. No se volvió loco como el Quijote, simplemente se convirtió en escribidor.

Desde entonces escribió muchas líneas, primero en servilletas y manteles desechables, que siempre guardó, después en hojas sueltas que conservó en carpetas, para después seguir anotando en libretas y cuadernos, de los cuales se fueron llenando 10, 30, 50… Siguió atiborrando más, pero perdió la cuenta. Siempre pensando en que un día lo publicaría. Todo lo guardó.

Así las hojas se entintaron con frases, poemas y cuentos, jamás una novela. Todo tenía que ser de un tirón, de un solo golpe; quizá la novela sólo la hubiera logrado como Kerouak o Balzac, sentado días y noches enteras sin levantarse de la silla hasta acabar. Pero aún así eso era demasiado tiempo, no sería fresco ni divertido, así que se mantuvo en el lado breve de la escritura.

La brevedad, siempre la brevedad. Consecuente coherente, fue breve hasta en su propia existencia, o su propia muerte. Murió antes de los 40.

Solo, como la verdad, siempre solo, como rey de Francia. Su cadáver fue descubierto dos semanas después de su fallecimiento. Lo encontraron hasta que el hedor empezó a molestar al perro faldero de su anciana vecina, una mujer que no tenía memoria, ni olfato, ni vida.

Los buitres familiares acudieron rápido, para darse el palmo de narices que se merecían: no había herencia. Nada para nadie, todo se lo había gastado él mientras tuvo un respiro.

Y los más de 50 cuadernos y libretas sin cuenta, llenos de escritos, no sirvieron para buscar ningún tiempo perdido. No, tampoco fueron vendidos. Alimentaron un fuego, no tan variado como el del 10 de mayo del ’33, pero caliente como el infierno de Dante mudo.

Así que todas las palabras, todas las líneas, ideas, epigramas y relatos que él escribió quedaron inéditos y fueron totalmente desconocidos en este mundo; se los llevo el viento, se elevaron con el humo.

El tipo nació y murió antes de Internet. Si le hubiese tocado esta época, hubiera escrito sus obras en una computadora, y estarían revueltas sus ideas con las de miles y millones de escribidores, con igual o peor talento que el de él. Estarían sus notas perdidas en bits, MHz y espacios virtuales, el blogs, sitios web y redes sociales. Mezcladas en enferma promiscuidad con esas frases pseudo brilantes de la gente, con esos pensamientos breves y pestilente como haikus de mierda, con esas dizque inspiraciones anotadas con ortografía jodida y con muchísimas otras tonterías.

Al final sus letras y pensamientos, aunque hubieran logrado estar en el mundo digital, tampoco hubiera sido leídos, también se hubieran quedado vírgenes e inéditos como lo estuvieron en papel, porque en realidad hay cosas que a nadie importan.

dc

Poca cosa

Un tabique en la Gran Muralla China, otra pisada en la Meca durante la magna peregrinación, la hoja que cae del frondoso árbol en otoño o la decisión sin sentido en el tren expreso. Un pelo en la piel del gato arrabalero, el ánima bendita manchada llegano al purgatorio, un burócrata sin empleo en plena era del libre mercado, efímera ola en el océano. Soy sólo un mal instante en tu vida, del que no quedará ningún registro; soy sólo un grano de arena, en el vasto desierto de tu olvido.

space

si tuviera un revólver

si tuviera un revólver

sería certero y definitivo

no jugaría a la Lupe Velez

con pastillas y con un día festivo

si tuviera un revólver

lo usaría con la persona indicada

no una tercera, se entiende

sino con la primera en la conjugación

si tuviera un revólver

no llegaría a mí la siguente temporada

no ligaría a nadie, ni virtualmente ni en la realidad

y ahora diría mi última palabra

si tuviera un revólver

me bastaría una bala

y al final resultaría que

a pesar de lo que dije

jamás dije nada

rev

 

No creas

No creas en el hombre tierno y dulce, que no mata moscas. Es un dragón vestido de abeja sin aguijón, que tiene miedo de perderte y que cobrará a precio de lujo sus humildades.
No creas en cadáver que conduce tu auto, no es un chofer, es Adán a los pies de la cruz, más perdido que Hansel y Gretel en el bosque sin pan; sólo te conducirá al lugar al que no quieres ir ahora.
No creas en la princesa de virginal apariencia, a mayor dulzura y aparente inocencia, mayores suelen ser sus dotes histrionicas; ojalá la escucharas hablar con Jaegger encima.
No creas en el amigo que alaba, que sabe prometer y convencer, que parece tan bueno que te hace creer, en la amistad y en que el mundo es un arcoiris con todo y depósito de oro al final.
No creas en el líder que con dulce música te encanta y te lleva con tu familia y amigos a un lugar apartado para que dejes de molestar.
No creas en las sociedades humanitaias cuyo fin es estar debajo de un reflector y pedirte dinero, para dizque hacer el bien.
No creas en los que juran, prometen y tampoco en los que no envejecen.
No creas en tus sueños y mucho menos en los ajenos.
No creas en lo que tienes, porque así, de repente, todo puede desaparecer.
No creas en la profecías de periódico a colores, ni en las canciones que se usan para anunciar condones.
No creas en las religiones, no creas en la política, ni creas en los entrenadores.
No creas en los seguros, ni en las garantías existenciales.
No creas que ya cumpliste cuando llegaste a la cima, porque ahora enfrentarás lo más dífícil.
No creas que le interesas a alguien cuando nadie te importa.
No creas en los colores de tu pantalla, en las frases apantalladoras, ni en los peces atrapados en las redes.
No creas que el Mundo se acaba nomás por la capicúa de los números o porque tres imbéciles lo dicen.
No creas entonces en nada de lo que recién dije. No creas, simplemente déjate ir.