¿Por qué vamos perdiendo más amigos que los que ganamos?

¿Por qué vamos perdiendo más amigos que los que ganamos?

¿Porque el tiempo nos hace más cínicos, insensibles o sabios?

O…

Porque todo principio tiene fecha de caducidad.

Porque lo que bien inicia, como lo que mal comienza, tiene que acabar.

Porque los amigos verdaderos son los que primero se van al cielo.

Porque los juegos de manos no son exclusivos de villanos.

Porque cuando por fin entiendes la sonrisa de Mona Lisa, es ya demasiado tarde.

Porque cada vez que cuelga más nuestra piel, más gruesa se hace.

Porque no eres tan buena persona como te considerabas.

Porque aún los santos terminan abandonados.

Porque entendemos menos el presente conforme se extiende nuestro pasado.

Porque descubres que al final nada tuvo la menor importancia.

Porque en la Gloria de Dios ya no habrá manzanas.

Porque de este casino todos salimos debiendo y con números rojos.

Porque la vida es simple, pero nada sencilla.

Porque sí, y ¿por qué no? Así es la vida.

Porque así es la vida y a esto sabe el ocaso.

Roto y quebrado

Estuve roto y quebrado en un sueño doloroso de respiración automática,

Bajo el influjo de malas estrellas, líderes falsos y dioses hechos a mano.

Quizás fui la imaginación de un ser extraño, fabricante truculento de la realidad verdadera.

En mi supuesta rutina nos convencíamos de que era lo cierto, que era todo.

A veces nos inspirábamos y decíamos que era una etapa, una prueba para merecer algo mejor o para caer en un castigo perpetuo en el más allá.

Nos sumergimos en el ruido y la enajenación, por terror a enfrentarnos a nosotros mismos en medio del silencio o en el desierto donde no hay lugar para ocultarse.

Nos inventábamos muchas distracciones para no tener que vernos directamente en los espejos, salvo para tomarnos una efímera foto que valdría menos que un flato.

Desperté, creo, pero sigo roto y quebrado, viendo que mi sueño estuvo inspirado en la vigilia, o viceversa.

Sigo roto y quebrado como madero podrido flotando en la corriente que produce la tormenta.

Ignoro qué destino me espera, pero no veo opciones esperanzadoras: llegar a la playa abandonada o hundirme en el mar contaminado.E

El dios colérico que presume infinito amor tiene ahora demasiada paciencia o ya le gustó tejer y destejer, postergando el juicio sin muelas al final de la línea.

No veo dirección en esta noche sin luna ni estrellas, la salvación jamás estuvo a la vuelta del viento.

Al parecer estaré roto y quebrado hasta el último momento.

¿Difícil?

Evitémonos el ritual de la conquista, los tonos tiernos, el interés fingido y las actitudes comprensivas.

Dejemos de lado las máscaras y también la ilusión efímera.

Aceptemos que no hay mucho por aquí, sólo un acto fisiológico urgente que también sirve para burlar la soledad.

De esta manera no enfrentaremos sorpresas ni reclamos más adelante, no habrá malas palabras, ni gritos. No veremos volar tarros amenazantes, ni platos, ni cuchillos.

Así ninguno dirá “¿qué nos pasó?” o “tú no eras así, ¿por qué cambiaste?”.

No propongo que iniciemos esto como bestias, ni que así podamos garantizar lo que vendrá después.

Únicamente pido que no usemos ahora disfraces, ni perdamos el tiempo en farsas y malas actuaciones, de manera que no engendremos rencores ni desilusiones para el futuro.

¿Es eso algo tan difícil de lograr?

Algo está sucediendo

Algo sucede, pero sospecho que no se trata de nada nuevo, quizás lo estoy descubriendo porque los años han desgastado el velo que cubría mis ojos.

Algo está pasando, pero aunque lo siento peor que antes, creo que siempre ha sido igual. Sócrates, ¿o era Séneca, o Cicerón?, solía añorar los tiempos dorados.

Sí, todo es lo mismo siempre, sólo cambian los escenarios y la tecnología; y esto lo descubrimos hasta que comemos el fruto del árbol de la vida. Claro que la mayoría prefiere morir de hambre antes que cometer tal sacrilegio.

El control y el mando son cosas ilusorias para la mayoría, y también para quienes lo ostentan en esta vida. No se pueden llevar el poder, el dinero y las gomas de mascar al más allá. ¿Hay siquiera un más allá?

El orden y la majestad son simples sueños de un mariposa drogada, tirada por un hiperpasón en el corazón de una cloaca.

Algo sucede, pero creo que de menos está ocurriendo desde que el primer ser humano anduvo sobre sus extremidades posteriores, convirtiéndolas en inferiores, y él asumiéndose superior. Está en nuestra naturaleza, no lo podemos evitar.

¿Tendrá todo esto que ver con que la vida es un cambio constante, una transformación eterna? Así parece haber sucedido desde el principio, antes de la primera palabra. Y seguirá sucediendo hasta que las parcas rompan la última cuerda.

Nonato

Quizás lo feo comenzó cuando dejaste de creer en la magia, cuando descubriste que la Navidad es una fecha cualquiera cuya importancia es menor que la del día en que se vence un pago que se roba el descanso de tus noches.

Quizás lo crítico inició cuando las líneas perdieron su nitidez y te fuiste acostumbrando a ver todo atenuado, nublado, difuso y confuso. Cuando el mundo se convirtió en un cuadro impresionista, pero carente de colores brillantes, vivos y excitantes.

Quizás puedas manejarte bien y torear lo anterior con un capote empapado con la sangre del autoengaño; en uno de esos viejos rituales tan mal vistos hoy en día en que está de moda ver mal y apedrear a los demás. Quizás no debiera usar el verbo torear, que bien rima con apedrear.

Quizás lo peor vino cuando hasta Jano se las arregló para darte la espalda y ser el primero significó que se te cerrara la primera puerta; a partir de entonces no traspasaste ningún umbral y te acostumbraste a ver picaportes exteriores, borrosos y descoloridos todos, por supuesto.

Al mirar atrás todo se confunde y luce tan lejano como el destino para un niño que viaja en autobús. Para darte un consuelo, intentas recordar lo que leíste en el Gita, o la canción de moda cuando tuviste tu primera cita, pero el armario de tu memoria sólo te presenta cruces empolvadas. Buñuel hubiera sonreído ante esta escena.

Cómo quisieras tener al menos una gloria temprana, para ser al menos uno de esos vejetes aburridos que regurgitan su pasado como acidez estomacal, tortura de Satanás; pero eres más gris que las nauseas y jamás tuviste un logro digno de ser mencionado.

Aunque quizás lo tuyo comenzó en el preciso momento en que naciste. Sí, es cierto que todos comenzamos a morir cuando nacemos, pero me temo que en realidad tú naciste muerto.

Por un pelo

Nos salvamos del peligro y por eso agradecemos al cielo.

Lo peor llegó para desatar una tormenta y luego se calmó, dejando secuelas.

Vimos cerca el final, pero el asunto resultó ser simplemente una coma existencial.

Ahora viviremos un poco más.

Pero, ¿no será lo que sigue una cadena de miserias?

¿No serán peores los dolores que vienen que aquellos de los que escapamos?

Mientras hay vida hay esperanza, dicen.

Igual y sí, digo yo, igual y no.

Sólo el tiempo lo dirá, y mira que el tiempo no suele decir nada en realidad.

Isla

Pudieras estar dos kilómetros dentro de la frontera de la desesperación por culpa de la convivencia obligada.

La frecuencia del trato impuesto con las mismas personas termina deslavando tarde o temprano la careta de cortesía y amabilidad, por muy sinceras que estas sean, y en como bufón de caja se deja ver el monstruo de egoísmo que todos llevamos dentro.

Si en ese momento deseas estar lejos de todos y de todo, en un isla sin tener que hablar ni negociar con nadie, sin tener que usar la paciencia en aras de la convivencia, debo recordarte que estar en aislamiento y abandono no es nada sano.

El silencio te irá minando, no recibir ideas ni opiniones ajenas, por idiotas que estas sean, te provocará sed de escuchar a quien sea.

En el aislamiento total, si tuvieras una pelota le pintarás una cara y hablarías con ella, pero no te responderá. ¿Verdad Wilson? (y de fondo se escuchó solamente el coro de unos grillos).

Somos sociales, la naturaleza nos hizo así (¿o habrá sido Dios que en su absoluta soledad decidió crearnos para pasar el tiempo?), así que no tenemos de otra más que ejercitar la paciencia y esperar que los demás también la ejerciten con nosotros.

Así está escrito y así será, como decía el faraón hollywoodense.

Nueva normalidad

Nueva normalidad, dicen. ¿Con respecto a qué?, pregunto. ¿Qué es o ha sido normal en este mundo desde que el ser humano fue consciente de sí mismo y con brutalidad se impuso como superior, sin importar latitud, longitud o signo zodiacal?

Lo que es normal para un chino aprisionado en libertad en ese Beijing que conocíamos como Pekín, puede no serlo para un pastor de renos que duerme sobre clavos en el extremo más candente del averno o para un pérfido banquero pedófilo de Holanda.

¿Cómo era tu normalidad? ¿Poder mirar tu dispositivo electrónico en cualquier lugar? Entonces, ¿todos los seres que vivieron siglos antes que tú eran anormales?

Quizás pienses que era normal abrazar, y hasta besar, a la gente a manera de saludo cotidiano, haciéndolo incluso con seres que te son prácticamente desconocidos. Pregúntale a un paria descastado de Bombay si alguna vez fue normal abrazar y besar a cualquiera.

¿Qué crees haber perdido?, lo más probable es que se trate de algo muy efímero que nunca fue realmente tuyo. Quizás te han alejado, vedado, prohibido una ilusión que dabas por hecho, y ahora que ya no queda ni su sombra echas mucho de menos.

Ahora que si lo que tuviste y lamentas haber perdido era real, y tan importante para ti, ¿por qué no luchas por ello? ¿Por qué lloras sobre los escombros de tus recuerdos y obedeces ciegamente a quienes te imponen las prohibiciones? Líderes que te obligan a tener fe en ellos, en esas personas encumbradas que no serían capaces ni siquiera de sacar un conejo de la chistera.

Deja de llorar y rechaza con valor la nueva normalidad o llora como magdalena desmigajada lo que ahora ya no tienes (suponiendo que alguna vez lo tuviste). Nada es verdad, ni siquiera nosotros mismos.

Cambalache

Hay días en que me inspira una pereza infinita

Días en que no sé qué carajos hacer

Hay días en que el caos me sobrepasa

Y la panza se me revuelve con el amanecer

Hay días en que ni siquiera creo en mí

Días en que dudo hasta de Descartes

Hay días en que quisiera arrojar la toalla

si es que hubiera un ring con Don King.

Hay días que ojalá se fuera todo al carajo

si es que no estuviera todo ya en el infierno

Hay días en que me gustaría que existiese Dios

Para creer que todos pagásemos nuestro boleto al averno

“Cambalache, hijo”, me dijo un argentino

Chinga tu madre, respondí yo como buen mexicano

Me cago en el chile y en el futbol

Y acepto, nacionalismo aparte, que Cambalache siempre tuvo razón.

Hay mujeres fatales

Ella no era inteligente, quizás astuta y manipuladora, pero nada inteligente; y sin embargo tenía el don de hacer actuar como bestias viscerales a seres contenidos y por lo general racionales.

Ella decía que no mentía. Y realmente no lo hacía con palabras… bueno las más de las veces no con palabras, pero su mirada podía ser más falsa que el Honrado Juan y Pinocho clonados al cubo.

Una noche, ella estaba cenando chocolate con su hijo, adolescente engendrado años atrás con el esposo que un buen día despertó y se separó de ella. En eso, llamaron a la puerta. Un enamorado reciente estaba afuera con un ramo de flores, frescas y rozagantes. Con maña hábil, él puso el pie en la puerta cuando ella agradecía la visita y las flores, y se autoinvitó a pasar. Ella no pudo decirle nada, pues siempre “temía parecer grosera”. El galán de las flores saludó al hijo y se sentó al lado de él a la mesa. Total, su idea era fingir que podía ser como un papá para él.

La conversación transcurrió insustancial y banal, con lugares comunes, frases sobre el clima y simplezas típicas y muy manidas acerca de las series de moda. Ella estaba resignada y preguntándose hasta dónde llegaría aquello: ¿El galán de las flores se iría de la casa cuando el hijo se fuera a la cama? ¿Se quedaría? ¿Habría que besarlo de nuevo (la vez anterior él le había robado a ella un beso, que ella aceptó y correspondió “para que el pobre no se sienta rechazado”)? ¿Habría que permitirle llegar hasta la cama para que no se frustrara? En eso estaba ocupado el astuto cerebro de la poco inteligente cuando por la calle se escuchó música de mariachis.

Era una serenata de enamorado. Lo curioso es que se escuchaba justo afuera de la casa de ella. La astuta se levantó y se asomó a la ventana. Allí estaba otro pretendiente de esta Penélope desmadejada. Ella, “por educación”, abrió la puerta. El enamorado de la serenata entro rápido, cantando una bella canción de amor y mostrando un anillo dorado en un estuche aterciopelado con la mano derecha, se hincó ante ella y le dijo que la amaba, que era la mujer de su vida y le pidió que se casara con él.

Ella, apenada, no contestó nada. El arrodillado miró a la mesa y vio al hijo y al galán de las flores. El galán cantor se sintió defecado por la Fortuna y más estúpido que una hormiga con lobotomía. Pero fue la mella en su honor lo que más le dolió. A nadie le gusta hacer el ridículo, y mucho menos con un atento público. Los mariachis, el niño, el galán de las flores y… “¡esta maldita zorra!”.

El galán cantor era por lo regular un hombre centrado y educado, que deploraba las malas palabras y los escándalos. Pero eso no lo pensó en ese momento. Blasfemando como hijo de pirata y de diputada de arrabal, condenando como obispo convencido, insultando como lo haría un toro herido en el ruedo de la vergüenza… de “puta hija de puta barata y jodida” hasta cosas peores pintó y repinto a la astuta estupefacta.

El hijo de la no inteligente palideció, pero no dijo nada. Quizás ya estaba acostumbrado a escenas así protagonizadas por mamá, con otros distintos galanes en turno. El galán de las flores pensaba “otro gallo en el gallinero”, pero se sentía mejor al recordar que al menos él sólo había llevado flores y no mariachis y un anillo, que sólo buscaba un momento de arrebatos fisiológicos, aunque no negaba que estaba fascinado por el encanto dulce de esta mujer que nunca decía “no” a nada.

Y a la pobre que de “zorra, súperputa y subputa” no bajaban comenzó a llorar. Al galán cantor se le acabaron los insultos y el aire, y decidió largarse dignamente de allí y de su cuadro indigno (el resto de la noche le mandó a ella cientos de mensajitos que iban del insulto, al perdón, de “te deseo lo mejor” y al “cómo eres tan hijaeputa cabrona malnacida”). Pero por ahora sólo salió de escena.

A los dos minutos exactos de la partida del galán cantor, el de las flores se levantó de la mesa, agradeció la charla y el chocolate y se despidió. Sólo dijo “creo que no tengo nada que hacer aquí” y se perdió en la oscuridad de la noche.

La mujer decía no entender, pero si ella nunca les había dado pie a esto. Se sintió molesta, ultrajada y muy insultada. No se merecía eso. Lloró toda la noche y tanto que hasta le costó trabajo contestar todos los mensajes que le enviaba el galán cantor (¡no iba a cometer la grosería de no contestarle!), pues las lágrimas impedían leer y escribir claramente, para aclararle al pobre herido que ella jamás había hecho nada para que él pensara que podrían ser pareja. “No sé por qué te confundiste”, le decía una y otra vez, “jamás te dije otra cosa que más que te quería sólo como amigo”.

En realidad ella nunca actuaba solamente como amiga… En fin, ya lo dije, era astuta, pero poco inteligente.