Soñé mares y muertes

Soñé mares y muertes.

Mares iguales, muertes diferentes.

Mares de todos, muertes sólo propias.

La atracción por mujeres y hombres, yo indiferente.

Valiente por “hacer lo correcto”.

Cobarde para desviarme por completo.

La saciedad del placer me era degradante.

El contacto humano, una ofensa ingente.

Valiente por sobrevivir al cajón de mierda.

Cobarde por vivir lo suficiente.

Soñé mares y muertes

Mares similares, muertes diferentes.

Mares de todos, muertes sólo mías.

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Cansado y enfermo

Estoy cansado y enfermo de todo. De ti y de mí, de todos. De lo poco que hemos realmente avanzado, como personas y como humanidad.

Estoy cansado de las diferencias que nos arrojamos a los rostros y de perpetuar las nocivas similitudes que nos hunden en el fango como piedras de molino al cuello.

Cansado y enfermo de la justicia de las cortes y de su torcido derecho, de leyes y magistrados de altos precios, gracias a los cuales gobernantes ladrones gozan del pan que roban a niños y ancianos, gracias a los cuales asesinos de estudiantes y bebés siguen sus vidas como si nada, gracias a los cuales violadores y feminicidas siguen libres, pues después de todo sus víctimas “sólo eran mujeres”.

Estoy cansado y enfermo de la opresión, de la ignorancia alimentada para que no pienses nada, de las pocas oportunidades que realmente hay para todos, de las masas que siguen siendo engañadas y que se conforman con el circo ya sin pan.

Estoy cansado y enfermo de la farsa que hacen llamar democracia, en la que nos hacen votar por seres que no son opciones reales, que solo sirven para perpetuar los errores o para imponer tiranos que cometerán los mismos atropellos de sus antecesores, pero usando otros colores.

Estoy cansado de los medios y de las noticias, tanto falsas como verdaderas, que nos bombardean noche y día. Listas de muertes y asesinatos, enumeraciones de todo lo que está mal, son propuestas ni soluciones, simplemente para aterrarnos, para hacernos sentir impotentes y solos, muy solos. Aislados en un mar de odio.

Estoy cansado y enfermo de la indiferencia de los muchos, quienes sólo comienzan a actuar contra  la tiranía y el crimen cuando se convierten en víctimas directas, momento en que ya es demasiado tarde para un cambio digno y sin sangre.

Me producen náuseas los payasos enfundados en actitudes de tiranos, y los grupos de poder que los manejan detrás de gruesas cortinas, imponiendo guerras y economías esclavizantes, usando a la gente como vil carne de cañón.

Estoy cansado y enfermo de que el bien y la verdad sean alabados por todos, de dientes para afuera, mientras se trata de sepultarlos bajo una montaña de oro y mierda.

No hay nada nuevo bajo el sol respecto a los seres humanos, no lo habrá.

Observaciones

La gran mayoría de las personas crueles y depravadas son muy religiosas. Amén.

Casi todas las personas graciosas son iracundas. ¡Y con un cuerno vaya que sí! Carajo.

No todas las personas que odian a la humanidad profesan gran amor a los animales; pero la gente que más quiere a los animales suele odiar a la humanidad (me pregunto qué sienten con respecto a sí mismas).

Algunos misóginos son machistas y todos los machistas son misóginos.

No todos los ancianos son como bebés, pues tienen demasiados recuerdos (a menos que sufran de Alzheimer); pero todos los bebés son como ancianos con amnesia total.

Algunos intelectuales piensan un poco y pocos de los que piensan son intelectuales.

No todas las viudas están desesperadas y no todos los náufragos desean ser rescatados.

“Pasarse de listo” termina muchas veces siendo lo mismo que “hacerse pendejo”.

Por extraño que todo esto parezca, es pura verdad.

Voy por cigarros

“Voy por cigarros”, dijo y cerró la puerta tras de sí. Jamás volvió.

Lo buscaron en el lugar de la abuela que vuela, donde lo rancio y pasado sólo por ser viejo es considerado ‘clásico’. Un clásico idiota.

Lo buscaron en un puerto sin mar y en el tugurio del mal augurio; en el edificio sin tiempo y en la ciudad del estrés, cualquier ciudad que se precie de serlo desborda estrés, a la una, a las dos y a todas horas.

Lo buscaron en la montaña artificial de aventuras dosificadas, empaquetadas, y en los lentos rápidos de agua clorada.

Lo buscaron en los brazos vacíos de sus viejas amantes y en la mirada descarada de la Maleva de San Telmo. Lo dieron por muerto.

“Voy por cigarros”, dijo el mismo día que pensó que su vida no era realmente suya, la curiosidad murió cuando cambió sus tiendas de campaña por una casa de ladrillos construida por un práctico cerdo.

Perdió su vida y su curiosidad el día en que su aerostático globo se llenó de lustrosos niños lastrosos y lloraba en silencio, sin lágrimas; el día en que su egoísmo fue enterrado por las arenas de un autoconvencimiento con fines ilusorios y lucrativos. Había que ser excelente.

Perdió su vida el día en que confundió la felicidad con lo que se dice que debe ser. El final empezó cuando el sexo fue maquinal y automático, cuando la sal sabía a papel blanco y los besos ya no tenían electricidad, cuando le importó un carajo lo que salía de boca de su esposa, cuando la puerta no estaba allí para impedir la entrada sino para no dejarlo salir. El día en que ya no lo calentaba el sol, sino la hoguera de Juana de Arco.

Todo le dio asco y terror, hasta el momento en que sin haberlo planeado dijo: “Voy por cigarros”, y después de cerrar la puerta por fuera jamás volvió.

door

Inútil

Un arlequín veneciano bailando en miércoles de ceniza.
El ateo comulgando sin fe en la basílica perdida.
La lluvia que inunda el Sahara como una pausa a la sequía.
La tragedia que, de tan triste, dibuja en los rostros sonrisas.
El puente sin sentido que cruza a ningún lado.
El tesoro del avaro solitario y moribundo.
La función de un circo sin espectadores.
Vivir haciendo sólo caso a la ciencia.
Esperar en la estación por la que ya no pasan más trenes.
Golpear con fuerza a un cadáver en la zona que más duele.
El arcón de los secretos que a nadie importan realmente.
El hombre que decía verdades ajusticiado por la gente.
Una pintura olvidada en un sótano oscuro.
La prédica en el desierto, la lágrima de un cocodrilo.
El bello amanecer del último día, Egipto sin el Nilo.
Tan inútil me siento cuando leo ciertas cartas tuyas.
Que me gustaría escaparme al lado oscuro de la luna,
Y olvidarme de todo lo que sucede, dejar de soñar si es que se puede.
Todo eso no tanto por ti, sino porque es lo que yo mismo elegí.

Reconocimiento e inseguridad

El tiempo no perdona, eso lo sabemos todos, pero lo que pocos quieren saber o reconocer es que el tiempo también se ensaña y castiga severamente. Por eso es que vemos a gente de 35 años que aparenta 55 o seres de 37 que lucen de 69.

El otro día asistí a un concierto callejero. Casi no recuerdo la calidad musical de tal suceso (así de malo habrá sido, o igual no fue un género de mi agrado). De ese día sólo quedaron en mi memoria dos cosas, y quizás tres, pero la tercera es una experiencia que olvidaré selectivamente si no resulta como yo espero o la atesoraré privadamente si acontece lo que deseo.

Primero recuerdo el lento principio de una conversación de dos adolescentes, desconocidos entre sí, la iniciaron a tres metros de distancia una del otro. Ambos recubiertos de la poderosa soledad urbana. Ella fue la que dio el primer paso, preguntándole a él la hora. Sesenta minutos después sólo estaban separados por 50 centímetros de aire y ya habían intercambiado impresiones acerca de sus respectivos problemas.

En su segunda parte, el concierto fue interpretado por instrumentos de viento, que sonaban a flatulencias infernales. Yo estaba sentado en una de las sillas de la última fila (hasta atrás, siempre hasta atrás) con mi atención puesta más en los adolescentes que en la música. Cinco filas adelante descubrí a un individuo que volteaba en dirección a mí, como buscando ver más allá a otra persona. De entrada sólo me sorprendió su fealdad (por ser superior a la mía), pero nada más. Entonces yo saqué mi cuaderno y empecé a tratar de escribir algo que no tuviera que ver con la última ruptura de mi corazón.

Pero de nuevo me distrajo ese cuasimodo sin joroba que me miraba. De repente percibí algo familiar en el fulano. “A este tipo lo conozco”, me dije usando la palabra que por entonces tenía yo de moda para referirme a la gente que de alguna manera me molestaba. Podría tratarse del hermano de un amigo, del vendedor de alguna tienda en la que acostumbraba comprar cigarros, de alguien con quien me topaba a diario en mis rutas rutinarias, como me topo cada día con los árboles familiares y fachadas vecinas.

Trataba yo de recordar al tipo, pero sin éxito. Así dio inicio una lucha dentro de mí: el ego contra la curiosidad. Mi ego es tan grande que no me permite saludar a alguien (exceptuando a mis seres queridos) que no me salude primero (lo admito, esto no es más que un estúpido acto de inseguridad). ¿Quién carajos era este tipo?, él a la vez parecía reconocerme, pero procurando no dar señales de ello. Seguramente otro inseguro de mi calaña.

El anárquico archivo patas arriba que se guarda en mi mente desquiciada seguía tratando de encontrar la identidad del fulano, sin resultado. Paulatinamente empecé a sentir más incomodidad por causa de él. ¿Habrá sido alguien que en alguna ocasión ocupó mi lugar en el afecto de alguna mujer? No, quizás lo recordaría por eso. ¿Qué me molestaba tanto del tipo? Así mi búsqueda tuvo un elemento más preciso: el fulano me resultaba molesto.

Hmmm, él me molestaba tanto como una cadena gringa de supermercados. ¡Eso era! El tipo era alguien con quien yo había trabajado antes hacía tres años en una cadena gringa de supermercados. Cumplía con todas las características, sólo que nadie puede envejecer 18 años en tan sólo 36 meses. Bueno, quizás sí.

Me distraje un poco con el concierto, con los adolescentes y con el verdadero motivo que me tenía allí enraizado. Pero de nuevo el tipo me volteaba a ver. Estaba casi seguro que era el antiguo compañero del supermercado, aunque luciera como su propio padre.

Los adolescentes ya no me interesaban y mi timidez, tras diez años de haberme dejado en paz, regresaba a mí con nuevos bríos. No me atrevía acercarme a la bella morena menuda que me tenía atado a este lugar. ¡Qué cuerpo, qué sonrisa y qué mirada! De repente me armé de valor y me dirigí a la hermosa mujer, pero a pocos pasos de ella las mariposas de mi estómago revolotearon salvajemente y empecé a temblar. Cambié de rumbo y me dirigí hacia el tipo que me incomodaba.

Como a bocajarro, y con algo de coraje por no haber tenido el valor de dirigirme a la morenita, le disparé: “oye, ¿no trabajabas tu en un supermercado?” Él, un poco sobresaltado, me respondió: “no”, con una voz que reconocí inmediatamente. Sin duda era él, mi antiguo compañero de trabajo. Mi bien conocida mirada de desprecio se encendió automáticamente mientras pensaba “si negaron a Jesús, ¿qué le podía esperar a un tipo como yo?”, recordé que esta era la segunda vez que me habían negado en esa semana. ¿A la tercera cantaría un gallo, o de perdida un guajolote o un pavo irreal?

Tras la negativa del tipo sólo le respondí con un desairado “¡ah!”. Antes de alejarme alcancé a mirar una de sus manos, los dedos encogiéndose para formar un semi puño tal y como recuerdo que se encogían cada que le hablaba yo a la mujer que tanto le gustaba a él en el supermercado. Sin duda era el mismo tipo, pero ¿cómo puede alguien envejecer tanto en tan poco tiempo? Siempre me quedaré con la duda, a menos que me pase lo mismo a mí.

Quisiera terminar aquí pero hay un Cabo suelto (su Capitán le dio cátsup echada a perder en el desayuno y el estómago del cabo se aflojó sin piedad). Por puro orgullo fui y le hablé a la morenita guapa. No puedo decir qué pasó después, porque eso me lo guardo para mí. Pero cuando nos fuimos del concierto la morena y yo, los dos adolescentes seguían enfrascados en una charla que no parecía tener un final próximo.

Ciudad de México, Junio 2002

Bebiendo de 10 en 10

Brindando en la plaza partida, crees torear las circunstancias con mucho arte, cuando lo que pasa es que ellas te invaden, te cornean y te convierten en un ser ridículo.

No se suelen encontrar soluciones en las adicciones, sólo puertas tapiadas.

Tratas de salir de un agujero negro y lo único que logras es cavar más profundo, hacia el centro de la Tierra sin Verne.

Tu vida es un nudo absurdo, eres un ser indecente sin cabeza ni pies. Bebiendo de 10 en 10.

El alcohol, lubricante social, te hace creer que confraternizas con los demás, que con ellos te entiendes y diviertes, cuando en realidad nomás estás liberando de su jaula freudiana a lo peor de ti.

Dicen que después del sexto trago se diferencian los bebedores que aguantan de los que no, pero por lo general es entonces cuando salen a relucir las groseras frustraciones de aquellos que no soportan su realidad.

Hasta Hemingway se perdió. Todo en ese camino es vil ilusión.

No sé quién es peor: el pusilánime que vuelve al beso de la botella como el perro bíblico a su vómito, o el que se siente Jacob contra los ángeles y cree dominar los numerosos tragos.

No sé qué es peor, intoxicar tu hígado hasta la explosión cirrótica, o alojar una bala dentro de tu bóveda craneal.

Triste, pero así es tu vida, bebiendo de 10 en 10.

Al final no hay oscuridad que te oculte mientras respiras, en tu paso inseguro también se nota la procesión tambaleante que llevas por dentro.

Antes lo hacías con recato y discresión, ahora cualquier hora y lugar sirven para tu acto. Salud por esos elefantes rosas, que te acompañarán hasta que se detenga tu tren, bebiendo de 10 en 10.

Octubre 2011

  • tequila