Lucha desigual

Alguna vez mi papá intentó explicarme el papel de los fulanos en la fiesta brava que salen a dar un pinchazo doloroso y poco honroso con un objeto punzo cortante infamante en la cerviz del infeliz toro de lidia, para que este baje la cabeza y sumerja así un tanto el peligro que representa para el torero.

Igual no me lo dijo así mi papá, no suena a él. Igual todo esto lo imagino, pues tiendo a imaginar conversaciones ahora que hace mucho que mi padre sólo vive en el recuerdo.

Esa injusticia para mí me parecía un desventaja fatal para el toro contra el hombre, una lucha tan desigual como el torturado amarrado que amenazaba a su verdugo en un calabozo del palacio de la Inquisición, y creo que hasta peor. Nunca estuve a favor de la celebración de sangre y arena… quizás la admiraría un poco si todos los matadores fueran como Manolete, pero no, creo que ni así.

Hoy recordé todo esto porque andando por la calle dos hombres de avanzada edad y retrasado entendimiento me llamaron la atención. No iban juntos, a uno lo vi por la mañana y otro ya cuando el sol venía de bajada; pero ambos andaban con la cerviz curveada hacia el centro de la Tierra, iban como toros mirando hacia abajo, como buscando escupitajos en la acera.

Debe ser muy incómodo tener el cuello permanentemente en esa posición. Supongo que les debe ser muy difícil tragar y respirar, aunque ya estén acostumbrados a mirar siempre el suelo. ¡Qué feo tener que echar el tronco hacia atrás para poder darle un vistazo al cielo!

Estos dos hombres me recordaron a los toros picados: como llevando todas las de perder en esta corrida sin ley ante ese matador estelar que se llama vida.

¡Y olé!

goya

Las lamentaciones de Herodes (de leyenda)

Herodes de leyenda desayunando en un moderno café restaurante, tan real como los impuestos, el sábado por la mañana. Se lamenta este rey cruel, ahora sin corona, de que ya no exista la realeza verdadera; echa de menos el tiránico poder que las historias le achacan. Le entristece que ya no haya esclavos, ni siquiera sirvientes a los que se pueda azotar, que ya no haya verdugos que ejecuten órdenes sin chistar, ni súbditos que sepan su lugar, ahora todo es una ficticia igualdad. Siguen habiendo muchas diferencias, pero todos presumen los mismos derechos, repudiando todo lo que suene a obligaciones. Esta realidad de hoy es más ilusoria que la mayor fantasía.

Herodes hace acopio de toda su paciencia y se resigna a seguir escuchando al ruidoso niño de la mesa contigua a la suya. El nene llora, berrea a todo pulmón, le dice vieja puta a su madre y a su padre le dice cabrón. Los progenitores sólo le dicen calla, pequeño, una y otra vez, con suavidad de almohada. Nada puede calmar a este crío que no sabe lo que quiere, e ignora lo que no quiere.

La madre se siente avergonzada, pero no encuentra qué más hacer para calmar a su  engendro; el padre, filosóficamente, toma las cosas como son: los niños tienen mucha energía y hay que ser pacientes con ellos.

Ebria de poder, la criatura grita y manotea como ánima satánica en piscina de agua bendita. Todo parece alimentar su rabieta. Los demás comensales están incomodados desde el inicio del drama, pero nadie dice ni pío… es asunto de sus padres, piensan, y hacen lo posible por actuar como si nada.

La mesera que atiende a la familia del berrinche levanta las cejas y mira al niño con una tierna sonrisa, mientras imagina decirle: ¡Ya cállate, hijo de puta! Pero no dice nada, y sigue sonriendo profesionalmente.

No se vislumbra un fin cercano para este escándalo.

Herodes da un sorbo a su café y maldice los tiempos modernos. La hipocresía, la doble moral, la falta de Dios y la falta de respeto a los demás. Ahora no sólo se condena el asesinato de un niño, sino también un par de nalgadas en situaciones extremas. Malditos tiempos hipócritas que transformaron el Derecho Divino en Derecho del Dinero; las diferencias por mérito y valor fueron transformadas en una aparente igualdad de mediocridad. El mundo es definitivamente más estúpido que antes.

Harto, el viejo rey pide su cuenta para salir del recinto como un Teseo sin laberinto.

Desde la calle se escuchan los berridos de ese niño cuyo futuro debieran ser los escenarios de la Ópera mundial.

“Si aún tuviera mi viejo poder”, piensa Herodes al alejarse, “a esta hora Dios tendría en su corte un nuevo querubín que lo deleitara con su canto”.

Y Herodes se va a otro lugar en el que pueda continuar su desayuno en paz.

Herodes

Escribir en un centro comercial

Me siento ante una mesa del área de comida rápida del moderno centro comercial, abro mi cuaderno y me pongo a escribir.

Sobre la mesa no tengo comida, ni estoy consumiendo nada en absoluto, solo escribo.

En el área, la mayoría de las mesas están vacías, así que no estoy ocupando el lugar que otra persona pudiera necesitar.

Sin embargo, hay un elemento de seguridad del centro comercial que me vigila constantemente, y me mira con una expresión como si fuera yo su progenitor natural que abandonó a su mamá, como si yo tuviera tres cabezas y además seis dedos en vez de dos orejas.

El vigilante me mira como si fuese yo un sospechoso común o un delincuente potencial.

¿Es tan extraño sentarse a escribir en un moderno centro comercial?

Estrella de Año Nuevo

Una luz en la vida
que guía y ayuda a explorar, por igual
que de alguna manera me acompaña todos los días
en mi alba y mi noche, en cualquier tiempo
estrella de Año Nuevo

Siempre presente
en mi corazón y en mi mente
si hubiera un mar de por medio, habría también un puente
gran maravilla que no imaginé descubrir mientras espero
estrella de Año Nuevo

Belleza del cielo
gran estrella roja del universo
que brindas calor a mis ideas y al centro del cuerpo
no podría listar todos los motivos por los que te quiero
estrella de Año Nuevo

Lemmings

Las únicas aspiraciones que tenemos hoy son las que hacemos con la nariz.

Después de habernos comido el rebaño prohibido del sol, nuestra suerte estuvo echada, cual vaca de Heidi (la niña de las montañas de silicón), y la Rueda de la Fortuna nos aplastó como la aplanadora del coyote, y ya no se mueve ni para atrás ni para delante.

Podemos poner nuestra mejor sonrisa y posar con ella en un lindo atardecer, y luego colgarla en nuestra red antisocial, pero en el fondo no convenceremos a nadie. Todos sabemos que todo es mentira. Además, con carisma y simpatía no podemos deshacer lo que hicimos.

La rabia y la desesperación tampoco nos servirán de nada.

Lo único que parece efectivo, sin serlo en realidad, es el abrochar nuestros cinturones y dejarnos caer libremente, como lemmings de Disney, sin traje de baño y sin esperanzas, dejarnos ser arrojados al precipicio por el utilero del destino.

Hace mucho tiempo que el punto de retorno quedó muy atrás, jamás lo notamos porque nos empecinamos en segur adelante con nuestra indiferencia y destrucción. Lo feo es que en nuestra locura arrastramos a todos los inocentes, que no eran tantos, pero sí los había. En fin…

Ya sólo nos queda pedir perdón y rezar.

lemming

Las 3

Todo fue gradual como una buena novela, como un aprecio bien cimentado, como el cambio de los colores del cielo al amanecer o al ocaso. El asunto inició en el momento preciso en que se abrió la puerta de mi habitación a las 3 de una madrugada, ahora algo lejana, que resultó ser la primera de muchas.

Las tres de la madrugada, esa hora fresca o fría en la que mucha gente tiende a morir y a veces gusta aparecer después de muerta, para desaparecer cuando canta el gallo.

Yo vivo solo. Desde hace décadas nadie tiene llaves, ni acceso, al interior de mi vivienda, por lo que nada ni nadie pudo abrir esa puerta, es decir, ni el viento, ni una persona cercana, ni un animal. Vivo literalmente solo. La puerta simplemente se abrió. Yo desperté de inmediato, pues mi sueño siempre ha sido frágil como un cristal.

Me levanté a revisar la cerradura de la puerta, esta funcionaba sin ningún problema; revisé las ventanas y comprobé que no había nada ni nadie que pudiera haber abierto esa puerta. La cerré de nuevo, cuidadosamente, asegurándome de que quedara bien cerrada. Regresé a la cama y reanudé mi sueño, verificando que nunca es posible retomar un sueño en el punto que se interrumpió.

La siguiente noche, a la misma hora maldita, de muerte y ánimas, me desperté al percibir un aroma extraño. Era un  perfume floral, suave y dulce, que no me pareció familiar en absoluto, y no rememoré a ninguna persona que oliera así. Desperté un poco alarmado porque ese aroma  significaba que había alguien más en mi habitación. Me levanté para encender la luz. Y no había nada extraño, ninguna presencia visible, nada fuera de lugar. La puerta estaba bien cerrada. El perfume fue desapareciendo conforme yo fui despertando más. Regresé a la cama y comprobé de nuevo que es imposible retomar un sueño en el punto que lo dejamos al despertar.

Cosas similares me sucedieron desde entonces, noche tras noche a lo largo de muchas lunas y cielos nublados, siempre en mi habitación, siempre a la misma hora, siempre un acontecimiento diferente que me despertaba y que hacía que yo me levantara. En esas muchas noches jamás vi nada, jamás un cartero en bicicleta a los pies de mi cama, tampoco aves raras, aunque sí escuché en una ocasión un grito que sonaba a graznido; en otra ocasión fui despertado por un fuerte aleteo sobre mi cama.

Esta mañana, encontré en un cajón una libreta vieja que por años me sirvió de directorio y agenda. En ella están anotados nombres, direcciones y números telefónicos de todas las personas conocidas mías con las que tuve algún tipo de relación cotidiana. De súbito descubrí que esa libreta es realmente un Libro de los Muertos, pues toda la gente allí anotada ha fallecido. Comprendí que yo he vivido demasiado. A la noche me fui a la cama con esa idea, que me acompañó toda la jornada.

Caí en un sueño profundo sin trabajo alguno, hasta que me despertó la sensación de un frío intenso, como el aliento de una caverna tan oscura como el interior de un cañón. Miré el reloj, eran las 3 de la madrugada (si hubiera sido otra hora me hubiese sorprendido, pero ya me lo esperaba). Y como si fuera cualquier cosa, supe que esta sería mi última despertada.

Me levanté, encendí la luz, tomé mi bolígrafo y libreta de escritos, y escribí todo esto. Las 3 de la madrugada es la hora en que muere mucha gente, ahora lo sé de primera mano.