Determinación

Originalmente publicado en Mobtomas:

Pudiera ser la dieta, los hábitos (malos como el demonio), pudiera ser la genética o simplemente cosa de suerte. Tras varios meses (que sumados daban como resultado bastantes años) el gordo por fin se decidió hacer caso de las advertencias y empezar a cambiar su estilo de vida. Primero con ejercicio.
Un martes, temprano, apenas saliendo el sol, el gordo se levantó de la cama y se puso la ropa deportiva comprada hacía unos lustros para un fin que apenas hoy veía su realización. Recordó que la ropa en el momento de la compra le quedaba holgada, hoy él apenas cabía en ella. Por una extraña asociación de ideas, vino también a  su memoria esa vieja prostituta que vio en su juventud a la cual apodó “salchicha venusina”, por el vestido entallado de brillante tela plateada de esa mujer, digno ejemplo galáctico del logo de Michelín, en esa lejana noche…

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El hermano de en medio

Un verano, en casa de los abuelos. Los primos fueron reunidos el fin de semana, como en años anteriores, en esa casa de campo de otras épocas, muy diferente y sobre todo amplia, en comparación con los pequeños apartamentos de la ciudad.

Antes de la comida los niños salieron a jugar al escondite, o “hide and seek ©” como se le conocerá en un futuro muy cercano gracias a los monopolios caníbales y la globalización.

Darío fue casi obligado a salir a jugar con sus primos y hermanos. Era el hermano “de en medio” de su familia, el que no había sido planeado, el que no fue una grata sorpresa, sino todo lo contrario. A sus siete años, Darío era una sombra gris en un día contaminado, carecía de la belleza y gracia de Lucrecia, su hermana mayor, quien estaba en el umbral de la adolescencia; y Darío tampoco tenía ni pizca de la luminosidad de Alejandro, el más pequeño, un inteligente niño rubio que con facilidad conquistaba cualquier corazón.

Los ocho niños se dividieron en parejas, el primo Adolfo, el mayor de todos, eligió a Lucrecia, pronto todas las parejas quedaron conformadas, salvo la de Jaime y Darío, pues el primero no quiso hacer pareja con el segundo y decidió ser quien buscaba a los escondidos. Darío tuvo que ocultarse solo.

Los niños se dispersaron mientras Jaime contaba, Lucrecia y Adolfo entraron a la casa y se metieron en un viejo armario con olor a naftalina, Alejandro y Lucía subieron a un gran sauce tan verde como melancólico, y los gemelos Tina y Tomás decidieron ocultarse tras una gran roca, similar al altar de Abraham, que estaba cerca del riachuelo. Darío corrió al granero abandonado, desde que había supermercados en la comarca, el granero sólo se utilizaba para guardar todo lo que no tenía ya lugar ni sentido en la casa. Darío esquivó viejos aparatos de funciones misteriosas, cubiertos por el polvo de los años, subió unas carcomidas escaleras y se instaló en la parte superior del olvidado edificio.

Jaime terminó de contar y se puso a buscar. Primero encontró a los primos más pequeños, pues Alejando y Lucía no lograron subir muy alto en el sauce. Después encontró a los gemelos, pero por mera casualidad, ya que la intención de Jaime era la de beber un poco del riachuelo.

Los abuelos llamaron a los niños a comer, la mesa estaba puesta y los alimentos calientes. Sólo así salieron Adolfo y Lucrecia de su escondite, en el cual descubrieron algo que los dominaría (no necesariamente a ellos dos juntos) en los años venideros y siempre les recordaría el olor de la naftalina.

La comida fue deliciosa, no tan natural como se hubiese imaginado en una casa enclavada en el campo, pero deliciosa.

Dos años después estalló la guerra. Hombres sin dios decidieron luchar en nombre del Señor contra aquellos que declaran no tener religión. Masacres de civiles, militares desbocados, el mundo se sorprendía ante tanta barbarie. Al final, en nombre de la libertad, pero realmente para proteger sus intereses y conquistar puntos estratégicos, las grandes potencias intervinieron y la larga guerra terminó en un forzado tratado de paz.

Esa ya es historia pasada. Lucrecia, tras cuatro matrimonios fallidos y cinco niños, está tristemente divorciada y desencantada del amor. Adolfo es un vendedor mediocre a punto de la jubilación, pero la economía es fea y tendrá que seguir trabajando mientras viva si es que quiere medio vivir su vejez. Alejandro es un magnate de la comunicación, quien hace creer que nunca tuvo familia. Los gemelos fallecieron en la guerra y Jaime de una enfermedad pulmonar, quizá ocasionada por los 25 cigarrillos diarios que se fumaba.

El presidente de la nación prometió en su campaña comunicar más al país con grandes supercarreteras, eficaces y monótonas como las mejores. Es una promesa que difícilmente cumplirá, la población tendrá que contentarse con una supercarretera a medias que se empezó a construir hace tres meses. La misma historia de siempre salvo por una nota…

En un gran basurero que atravesaría la planeada carretera, ubicado en un lugar en donde hace muchos años había un bello campo, los obreros constructores de la moderna vía empezaron a derribar lo que quedaba de un viejo edificio, que al parecer fue un granero, cuando de repente encontraron los restos de un niño, como de siete años. El pequeño, o la osamenta que quedaba de él, estaba en posición fetal. El presidente, ni tardo ni perezoso, aunque sí un poco tarado y creativo, decidió declarar que el niño había sido una víctima inocente de aquella vieja guerra que hace mucho tiempo separó al país.

Hoy existe un monumento al niño oculto en honor al cadáver descubierto, y la historia oficial es la de que fue escondido para que no lo encontraran los enemigos, y que sus padres debieron fallecer como mártires de la libertad.

Sí, hay cosas que se alejan mucho de la verdad.

Historias no registradas

Originalmente publicado en Mobtomas:

Pocos temas sobre los cuales hablar, y sin embargo seguimos hablando de ellos. Por otro lado la añeja pareja que llega a comer a un restaurante de segunda no dice ni una palabra entre sí.

Hay historias que dejaré ir por desgana. La déspota mesera que trata con la punta del zapato a los comensales (quienes no salen, sino que entran a comer) tendría como verdadera vocación el futbol, si el balón tuviera forma de trasero, pero tampoco despierta en mí el interés suficiente y por eso se quedará en la nada.

En el ignorado anonimato quedará también el vendedor de enciclopedias y cuentos ilustrados para niños a los que no les gusta leer.  Cientos de imágenes y pocas palabras, porque según se dice “una imagen siempre dice más que mil palabras”. El tipo vende sus productos diciendo que el fomento de la lectura es un gran obsequio que…

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Las tres desgracias

En el gimnasio público (el club de los herculitos enclavado en un gran parque), los fisiculturistas del tercer mundo hacen culto a sus propios cuerpos. Altares de pellejo en el cuerpo mismo de sus propios sacerdotes. Además del ansia de tener un cuerpo desarrollado, todos comparten otra cosa en común, salvo los abiertamente homosexuales, como si fuera condición de herculito, casi todos suelen “alborotarse” ante la vista de una mujer (y no deja de ser curioso que los que más se alborotan son los gais de clóset, supongo que de esa manera quieren mostrar al mundo que son muy machos). A veces al club llegan mujeres, supuestamente a ejercitarse, pero principalmente llevan la intención de desencadenar huracanes, lluvias de piropos, silbidos lobunos y poner a calentar unos huevos sin baño María. En resumen, las más de las veces que una fémina entra al club de los herculitos es con el fin de se alabadas y despertar pasiones subterráneas. Lo más seguro es que esa era también la intención de las tres desgracias…

Eran tres mujeres, jóvenes al parecer, semejantes a arañas salidas de debajo de una piedra, cada una con un rostro similar al de alguien que se hubiera topado en el peor momento con el campeón mundial de los pesos pesados. Rostros parecidos a los de las copias baratas de ídolos prehispánicos que venden afuera del museo de antropología e historia, “artesanías” que bien pudieran denominarse de zoomorfía y escoria.

Dejando de lado los rostros, que quizá una discreta máscara pudiese disimular, hablemos de los cuerpos de las tres desgracias, todos ellos el resultado de años de negligencia respecto a la salud, de consumo industrial de comida chatarra, de frituras tragadas abundantemente a deshoras y de un desdén absoluto por los gritos de alerta que suelen gritarles las básculas. Cuerpos que haven pensar en el barro de mala calidad despreciado por el alfarero divino y arrojado con hastío hacia un rincón del taller del Cielo. Tres seres como la mascota/logotipo de Michelin, pero con llantas ponchadas y quemadas, o la mascota de pillsbury mal horneada.

Una mañana, las tres desgracias se enfundaron, aunque sería mejor decir que se embutieron, en ajustadas ropas deportivas, que permitían apreciar mejor la falta de simetría en sus voluminosos, desbordantes y boludos cuerpos. Se arreglaron el cabello lo mejor que pudieron y fueron al club de los herculitos a ejercitarse y también de motivarse con los suspiros y halagos de los hombres que allí se reúnen cada mañana, tal como han visto que sucede con otras féminas en ese club.

A su llegada, las tres desgracias llamaron la atención: un silencio tétrico y sepulcral, frío como la buena venganza, similar al que ocasionan los auténticos hermanos siameses o la mujer barbuda del circo. Ni un solo silbido, ni un solo piropo. Hasta las burlas y mofas fueron perdonadas. Las tres desgracias pensaron que habían causado una honda impresión, y en realidad lo hicieron, pero de manera negativa.

Como si estuvieran leprosas, todos los herculitos se alejaron de cualquier lugar que las tres desgracias ocupaban, no importa a donde fueran éstas, los musculosos se retiraban a otras áreas distantes, incluso sucedió en los aparatos que siempre suelen estar ocupados con excesiva demanda hercúlea.

Las tres desgracias notaron con honda pena que no obtuvieron el resultado esperado. Su motivación cayó, y se fundió en el ardiente núcleo de la Tierra. Tras diez minutos de intentos de ejercicios las tres desgracias decidieron irse de allí, bastante amoscadas. Deprimidas se fueron a casa, a refugiarse en su rutina y costumbre: comer compulsivamente los alimentos de la peor calidad existente. Nunca más, como dijo el cuervo, intentaron ponerse en forma las tres desgracias.

las tres gracias
las tres gracias

Llorar

Originalmente publicado en Mobtomas:

Lágrimas.

El cocodrilo en el Nilo llora, pero no puede dejar de sonreír.

Es curioso que se pueda llorar de tristeza, de felicidad, de rabia, de impotencia, de emoción o por conmoción. Llorar hasta por picar una cebolla para el pico de gallo degollado.

Derramar ríos por los ojos, aguas que forman océanos por los que se escapa el amante para no volver (ni el estómago).

Llorar como ratón lo que no se defendió como león.

Llorar como hombre golpeado por la feminazi del fin del milenio.

Llora cierta “dama” por el hombre que la ama sólo cuando la golpea.

Lubricación de ojos oportuna mientras se desahoga el alma.

El hombre fuerte con los sentimiento bien dominados no llora, sino como Don Gato, sólo se quita basuritas de los ojos.

Al final, ante la desgracia total y absoluta, ya ni llorar es bueno.

walrus

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Volver a empezar

Vivir es experimentar, llenar el espacio en blanco, que hay entre la cuna y la tumba, con acciones mientras uno aún respira. Sin religión popular parece que no hay moral y cuando todo es una desolación, aparece de la nada un nuevo profeta con una brillante verdad.

Con el tiempo toda verdad parece contaminarse, enmohecerse e intoxicarse. Con el tiempo renacen los abusos y la religión se desacredita. Hasta que nadie cree en nada y por necesidad, se vuelve a creer, y a empezar otra vez.

Parecemos diferentes, vestimos distinto, antes hablábamos más y nos mirábamos frente a frente. Hoy somos ya demasiado modernos para eso, hoy tenemos Internet y mañana vaya a saber usted qué. Eso también volverá a empezar.

Vivir cansa, aunque los aferrados digan que no. Aunque algunos que han vivido ya demasiado quieran seguir viviendo. Es su idea, pero creo que más que anhelo verdadero es pura costumbre o miedo a lo que sigue. Vivir siempre mata, no lo olvides.

Yo quisiera que la muerte fuera el paso a la nada, o aunque sea la disolución del individuo en el todo, con la divinidad. No quisiera infierno ni cielo, ni seguir siendo yo conviviendo con los demás. Pero lo que menos quisiera es volver a empezar.

Tristeza

Originalmente publicado en Mobtomas:

¡Ah la tristeza!

Representada en la plástica cabeza de payaso a punto de llorar y con barbas de vagabundo, incrustada como brujería en la antena de radio de un colectivo en la rápida vía.

La tristeza es ese marginal que como sea se siente con ganas de encajar, y al que todos le hacen el feo, tal como al pato que un día sería cisne. Que se tizne. Resurgimiento o tragedia, la segunda siempre más probable que el primero. El blues del descastado sin cresta.

La tristeza es ese pobre ser, pobre de bolsillo y de alma, que no encuentra la calma en esta vida, ni en la otra.

Es aquella novia amarilla que entrena para venganza y regocijo propios, a futuras mujeres fatales que pretenderá convertir en imposibles amores para inocentes pintores de grandes esperanzas.

La tristeza es una película con un mal actor de voz chillona que hace que tus…

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