El colibrí de jade

Ella ni siquiera llamó a la puerta sin duda alguna está acostumbrada a ignorar límites y convencionalismos, la abrió como si estuviera en sus dominios y se introdujo en mi oficina. La súbita entrada de esta bella desconocida no me tomó por sorpresa, pues fui advertido por el acompasado sonido de sus tacones a lo largo del pasillo, tras su salida del elevador.

Yo me encontraba matando sin piedad los minutos en mi oficina, leyendo una tira de Popeye y contemplando la acumulación de polvo sobre mi archivero. Esperaba el mediodía para salir desganado a ver al encargado de la perrera del condado, Joe Salchichas, un fulano de casi media tonelada con más perversiones en su cabeza que grasa en la panza.

De manera indiscutible, Joe Salchichas es más despreciable que la peor descripción que pudiera hacerse de él; por desgracia, es el primer ente al que tengo que recurrir cuando busco un perro perdido, siempre con la esperanza de que todavía no haya materializado sus desviaciones con el can.

Tenía que consultar a Joe para iniciar la búsqueda del cocker spaniel de una familia apellidada Pierce, de Glendale. Papá, mamá de esculturales piernas y dos niñas, quienes durante su paseo de fin de semana en Los Ángeles fueron, contra toda su voluntad, espectadores de un acto perfecto de escapismo, a la Harry Houdini, ejecutado por su perro.

Eran las 11:11 horas de un lunes sin complicaciones cuando la decidida dama de los tacones acompasados entró en mi oficina. “¿Ben Sherman?”, me preguntó con una voz grave y muy seductora, mientras yo me comenzaba a poner de pie detrás de mi escritorio. Ella cortó de súbito mi elevación, pues de inmediato tomó asiento en una de las dos sillas destinadas a mis clientes.

El vidrio opaco de la puerta en mi oficina aún muestra la leyenda: “Ben Sherman & Will Spears. Investigadores privados”. Ben era mi socio… era, pues tenía dos días de fallecido. Era, también, mi tercer socio asesinado en tan solo 18 meses. Una marca que no otorga ni media gota de orgullo.

El cadáver de Ben Sherman fue descubierto la madrugada del sábado en un sórdido callejón, entre pestilentes botes de basura. Una vagabunda que se acompaña de muchos gatos buscaba alimento para ella y sus felinos, y en vez de sardinas encontró el cadáver de Ben.

La vagabunda es una anciana que, sin importar el clima, lleva puesto un gorro de estambre negro en el que incrusta dos grandes agujas de tejer, con las que se defiende en caso de necesidad. Es una vieja generalmente pacífica, pero hay un dicho por sus andurriales: no te metas con la loca de los gatos, o terminarás ensartado.

Pero Ben Sherman no sufrió un ataque de ganchillo, sino que su pase al otro mundo fue cortesía de cinco balas calibre 38. Ben investigaba un caso de apuestas clandestinas en el Lucky 7, un popular garito ilegal regenteado por personajes pesados de Los Ángeles, entre ellos el flamante fiscal de distrito, cuyo porvenir se anuncia tan prolongado como el de un anciano de 111 años.

Ben fue contratado para ese caso por una rubia vulgar que quería recuperar unos dólares —en cantidad expresada con cinco dígitos que juraba le habían birlado en ese antro.

Pero la dama que tenía ahora frente a mí no era rubia, y mucho menos vulgar. Su fino porte me golpeó como derechazo del campeón mundial de pesos pesados. Esta mujer es la imagen que deberíamos evocar al toparnos con la palabra deslumbrante.

Tenía aproximadamente 27 años y 1.67 m de estatura. Vestía un traje blanco, fino, elegante y a la medida, muy apropiado para esa anatomía que es una bendición exagerada de Mamá Naturaleza. Calculé que su traje valdría al menos tres meses de mi trabajo a tiempo completo.

De su sombrero ladeado, a juego con el traje, salía su sedosa cabellera, larga y roja, que enmarcaba sus ojos verdes delirio y unos labios entreabiertos que tenían el tono escarlata de los besos de lava. Su maquillaje discreto acentuaba unas facciones que, honestamente, no requieren de artificios ni colorantes. Al ver su rostro terso supe que jamás podría borrarlo de mi mente.

“Ehhh, no, lo siento, Ben Sherman ya no es parte de este negocio, de hecho ni siquiera respira. Soy Will Spears, ¿qué puedo hacer por usted?”, le contesté, mientras recuperaba mi ritmo cardíaco y hacía esfuerzos por controlar un cosquilleo en mi bajo vientre.

“¡Oh!, Señor Spears, tiene que ayudarme”, me dijo con un desamparo de huérfana dickensiana, tan convincente como para darle el Oscar del año.

“Me encantaría ayudarla, señorita…”, le dije, esforzándome por lucir frío y estoico como un bacalao.

“¿Cuáles son sus honorarios señor Spears?”, me espetó de inmediato con una sonrisa tan seductora como gélidas eran sus pupilas, que apuntaba sin piedad a mis ojos.

“Depende del caso, pero básicamente suelen ser 27 dólares al día, más gastos extra que pudieran generarse, todos ellos comprobables y detallados. Prefiero mantener a mis clientes satisfechos en vez de intentar sacarme la lotería inmediata a sus costillas. Por favor dígame qué podría hacer por usted, señorita…”, le expliqué y me sorprendí utilizando por segunda vez la detestable fórmula de inquirir un nombre a través de puntos suspensivos.

“Se trata de un broche de jade”, dijo ella como si se estuviese refiriendo a una bagatela, “una antigüedad viejísima como los jarrones de las dinastías Ming, Mang, Mong o Fu que se mencionan en las películas, pero mucho más valiosa. El raro broche tiene forma de colibrí y me lo me robaron ayer. Su trabajo es demasiado sencillo señor Spears, pues sé quién me lo robó. Usted únicamente debe encontrar a esa persona y devolverme la joya. Pan comido”.

“El pan comido suele atorarse en la garganta, especialmente cuando lleva en su relleno cosas de valor”, le contesté, alertando mis sentidos. Evité mencionarle que si todo era tan sencillo, por qué no se lo encargaba a su mayordomo, jardinero o admirador predilecto.

“Troy Brady es la persona que robó mi colibrí de jade”, dijo ella, ignorando mi comentario panadero. “Troy era mi prometido hasta que descubrí que además de ser un tipo divertido, es también un mujeriego adicto al juego, cuya afición principal es perder dinero ajeno en garitos marginales. Actualmente, se la vive en un lugar llamado el Lucky 7, está allí desde que se pone el sol hasta el amanecer. Yo me había obsesionado… hmmm… encaprichado creo que sería el término más exacto, con ese hijo de puta… disculpe mi francés, señor Spears. Troy es un bastardo muy carismático, y tan convincente que podría fácilmente vender docenas de abrigos de visón en el Caribe. Gracias al cielo descubrí a tiempo que únicamente estaba detrás de mi dinero. Por cierto soy Laura Turner”.

“¿Turner, como en Robert Turner?”, le pregunté, mencionando el sagrado nombre del magnate de los periódicos, el Robert Turner propietario de la mayoría de diarios y estaciones de radio en el Oeste de los Estados Unidos, y de una buena tajada de California. Un nombre cuya mención hizo que mis alertas internas sonaran como las del Departamento de Bomberos de Los Ángeles si Nerón resucitado le diera una calentada a Hollywood.

“Sí, Robert Turner, es mi padre. ¿Ahora le queda claro qué es lo que realmente buscaba Troy de mí y por qué recurro a usted en vez de ir a la policía?”, dijo la vampiresa con clase, mientras con el pulgar de su mano derecha jugueteaba con las puntas de los demás dedos de esa delicada mano, algo que me hizo pensar en el movimiento de cola de un felino cuando acecha a su presa.

Me vi tentado a mandar de paseo a mi intuición y aceptar el caso sólo por estar cerca de esta mujer. Pero, aunque Laura Turner no había sido quien contrató a Ben Sherman, el hecho de que llegara a mi oficina otro caso relacionado con el Lucky 7 era una coincidencia con sabor demasiado artificial. La sensatez me recordó que combinar una alhaja valiosa, el mundo del juego en California, una mujer cuyo porte es capaz de parar el tránsito de cualquier avenida y un magnate despiadado, garantizaba un platillo más letal que ejecutar el baile cosaco con un vaso de nitroglicerina dentro del sombrero.

Por esta mujer, cualquiera de mis tres exsocios habría aceptado el caso sin pensárselo dos veces, pero los tres terminaron haciendo una fría escala en la morgue y yo estaba aquí, escuchando a Laura Turner y tratando de bajarme la temperatura.

“Lo siento señorita Turner, no puedo aceptar su caso, ya que…”, comencé a decir con solidez de jalea.

“Spears, escúcheme bien, no acepto negativas de ninguna clase”, me interrumpió convirtiendo sus pupilas en lanzallamas, “estoy dispuesta a pagarle 50…, 70…, ¡80 dólares al día!”.

Aquí estaba esta lindura, acostumbrada a comprar cualquier cosa que le viniera en gana. “No lo tome a mal, y mucho menos de manera personal señorita, pero yo me limito a aceptar cierto tipo de casos. Por ejemplo de mascotas perdidas, principalmente caninas, excluyendo animales exóticos y salvajes, y jamás, JAMÁS, reptiles. Con un poco de reticencia, también acepto casos de infidelidad conyugal, pero sólo de clientes dentro de un rango que va de los vendedores ambulantes hasta los contables grises de negocios aburridos, que debido a su autoestima subterránea mueren de celos por sus esposas. ¡Ah!, y suelo aceptar ocasionalmente trabajos de seguridad en hoteles donde por cada huésped hay al menos 967 cucarachas. Cosas así. En otras palabras me centro en casos que no impliquen un riesgo para mi vida”, le explicaba a la señorita Turner en lo que me puse de pie y me acerqué a la ventana, ubicada a espaldas de mi sillón, para mirar hacia la calle y liberarme un poco de la mirada hechicera de esta mujer.

Llegué a la ventana, elevé completamente la guillotina de la persiana y miré hacía la calle. Noté que afuera todo transcurría en aparente normalidad. De la tienda de licores, frente a mi oficina, salía uno de los borrachos habituales con su vicio en una bolsa de papel de estraza, los transeúntes de siempre caminaban por las aceras al ritmo acostumbrado y el tránsito de autos variopintos era el regular de ese horario. Un panorama cotidiano, excepto por dos elementos.

El primero: un lujoso auto que me recordó las grandes embarcaciones turísticas que se niegan a aprender la lección del Titanic. El vehículo se hallaba aparcado precisamente afuera del edificio de mi oficina, con un chófer al volante esperando con la santa paciencia de una ostra. “La carroza de la princesa Turner”, me dije.

El segundo elemento inusual estaba recargado en el poste de luz de la esquina de la tienda de licores. Era un gorila semihumano ¿o humano semigorila? como de dos metros de altura, y cuyo vocabulario seguramente se limitaba a 13 palabras. Una masa musculosa embutida en un traje azul marino con líneas verticales, que le hacía lucir como una salchicha de Joe expuesta al sol del desierto de Mojave. Muy probablemente se trataba del típico pugilista fracasado convertido en matón, a las órdenes de alguien con poder. La habitual forma de ganarse la vida para esta clase de perdedores. ¿Sería compinche de Troy Brady, un empleado del Lucky 7, un rufián a sueldo del fiscal o de Robert Turner?, ¿quizás un enamorado despechado de Laura? En el instante en que miré por la ventana sorprendí al King Kong de traje azul mirando hacia mi dirección. Cuando se dio cuenta de que lo pillé vigilando mi ventana, giró de inmediato su cabezota hueca hacia otro lado y se reajustó el sombrero para ocultar sus ojos de mi vista.

“Señor Spears… Will… algo me dice que eres la persona indicada para ayudarme, y mi intuición jamás me falla. Por favor, estoy dispuesta a pagarte 100 dólares al día, mas gastos. Incluso…”, me decía Laura Turner.

La pausa abrupta tras su incluso… me sacó de mis observaciones callejeras y me volví para mirarla. Una vez con mi atención en su rostro, ella retomó su discurso:

“…incluso estoy dispuesta a aceptar cualquier condición que me impongas. Lo que quieras, Will. Te necesito, en verdad te necesito”.

Su voz era ahora una súplica cadenciosa, revestida de ternura mezclada con desamparo. Sus pupilas olvidaron el frío y las llamas infernales, para ahora ser un tibio refugio de montaña en medio de la peor tormenta de nieve. Su canto de sirena comenzaba a convencerme para ser el caballero galante de esta damisela en apuros.

Mi corazón se aceleró de nuevo y sentí otra vez cosquillas en mi bajo vientre. Tragué saliva y pensé en sacar un cigarrillo para tranquilizarme, pero no lo hice, temiendo que mis nervios hicieran bailar al cigarrillo una conga eufórica entre mis dedos. Tragué saliva, rogué al Dios en el que nunca he creído que le diera temple mi voz y respondí:

“En verdad lo siento señorita Turner, créame, no puedo aceptar su caso. De haber usted venido tan solo tres días antes, mi socio Ben la hubiera ayudado con mucho gusto…”, mi inesperado aplomo al decir esto me hizo sospechar que quizás Dios existe.

“¡Maldita sea Spears! Eres un puñetero mediocre, timorato cobarde de mierda, miserable puta barata…”, me gritaba la señorita Turner, transformándose de refugio invernal en arpía que vomita torturas en francés (para utilizar su cargante eufemismo).

“Le ruego que se calme señorita, posiblemente tenga razón en eso de mediocre y puta barata, pero le aseguro que no soy un cobarde. Simplemente me dedico a aceptar asuntos que no exigen mi inmolación y, créame, aún tengo intenciones de seguir pagando mis impuestos al Tío Sam por un buen tiempo”.

“¡Jodido gallina malparido!”, me gritó. Tanta violencia verbal me curó de inmediato el nerviosismo, y con la seguridad recuperada le dije:

“Lo siento mucho. Son principios de supervivencia, señorita Turner, no me interesan los casos como el suyo. Pero puedo recomendarle un buen detective que no se negará a ayudarla, su oficina se ubica cerca de aquí, en Cahuenga…”.

“Puede meterse su detective por el…”, comenzó a espetarme la bella energúmena.

“…se apellida Marlowe…”, le dije interrumpiendo sus palabras de tendencias cóncavas y regresando a mi escritorio para buscar la tarjeta del tal Marlowe, que guardaba en el cajón para situaciones como esta, “… créame, señorita Turner, Ryan Marlowe, es un excelente tipo con una ética tan enorme como un Ménage à trois de ballenas azules…”

Mi frase en francés verdadero la tomó por sorpresa. Algo desconcertada, Laura Turner detuvo su tormenta.

“Por favor, señorita, no se haga una mala impresión, Ménage à trois y merci es lo único que conozco del idioma de Napoleón, lo aprendí por necesidad en El Paraiso de Madame Cora, un modesto putero jamás visitado por gente importante. Aquí tiene, Marlowe, ¡ah, parece que me equivoqué con el nombre de pila! Pero aquí tiene su tarjeta. Es un sujeto estupendo. Estoy seguro de que la ayudará”.

Laura me arrebató con violencia la tarjeta que le extendí a través del escritorio. Me asombré del magnífico termostato interno de esta dama cuando sus pupilas se tornaron gélidas otra vez y me miró intensamente a los ojos, para suministrarme el mudo insulto final, ese que se arroja cuando se agotaron las palabras hirientes.

Yo recibí la estocada chaplinesca del mismo modo que las habladas, sin inmutarme. Aguantar la peor imprecación siempre será mejor que permitir que uno sea la sede del próximo carnaval de balas en Los Ángeles.

Laura Turner se puso de pie y de inmediato se fue de mi oficina, sin expresar nada más. El contoneo de su cuerpo al alejarse volvió a provocarme un leve cosquilleo que aplaqué con la bravura del domador estrella de Barnum & Bailey.

Escuché sus pasos desapareciendo en el pasillo, eran las voces de una oportunidad perdida que me dejaba tan vacío como el interior de la ballena de Pinocho.

Me puse de pie, y me asomé a la ventana. La vi abordar el crucero con neumáticos, que el chófer encendió tan pronto la vio fuera del edificio y de inmediato se puso en marcha con dirección a Cahuenga.

Tras la desaparición del auto admirable, de la admirable señorita Turner, miré hacia el poste de la esquina de la licorería. El King Kong de traje azul también volteaba hacia donde se había ido el lujoso vehículo, y una vez que este se hubo perdido de vista giro su cabeza hacia mi ventana, bastante confundido, ignorando qué acción tomar. Yo sonriendo y mirando a sus ojos de bruto dubitativo, utilicé el índice de mi mano derecha para indicarle la dirección en la que había desaparecido la nave de Turner, y con la cabeza le hice un gesto que hasta él pudiera interpretar como anda, síguela.

El bruto hizo lo que le sugerí. Y espero no volver a verlo jamás.

Así se cierra mi insignificante participación en el caso del colibrí de jade.

De regreso a mi escritorio, enciendo un cigarrillo y antes de ponerme en camino para mi desagradable visita a Joe Salchichas y dar inicio al caso del cocker spaniel de Glendale, pienso que jamás podré borrar de mi mente el rostro de Laura Turner, ni su frase de miserable puta barata. La memoria suele estar de más en mi profesión.

Private Detective 62 Jack Okey

 

Doña Trini

Doña Trini era feliz, estaba llena de vida a pesar de encontrarse más cerca de los 89 que de los 69… cronológicamente hablando. Ella siempre presumía que era fogosa por ser signo Escorpión, y que no podía estar sin hombre, y que se llamaba Trinidad porque  tenía el ardor de tres mujeres y porque la vida sin amor no es vida.

Doña Trini estaba sana, aún salía a bailar, a divertirse, cantaba y también seguía practicando el salto mortal combinado con el águila extendida con su pareja. Su último galán, como todos los anteriores (exceptuando su difunto marido), no estaba casado con ella, y ella sabía que eran sus ahorros de toda la vida lo que más le interesaba a su hombre, pero a Doña Trini esto no le importaba, pues gracias a él ella era feliz y estaba llena de vida.

Pero los hijos de Doña Trini no veían bien que su venerable madre estuviera tan contenta y llena de vida con un vividor que además era más joven que ella (cinco años pueden no parecer mucho, pero al fin y al cabo él era más joven).

Doña Trini engendró a sus hijos dentro de su único sagrado matrimonio, ella siempre se preguntó cómo pudo haber parido seis vástagos con un hombre tan débil y frío como lo fue su esposo, pero de inmediato lo explicaba diciendo que ella había tenido fuego suficiente por los dos. El único marido de Doña Trini había muerto hacía ya mucho tiempo, dejando entonces una viuda joven, con una buena cantidad de dinero y grandes extensiones de terreno en un lugar que es hoy muy cotizado y comercial.

Los años pasaron y varios amantes desfilaron por el lecho de Doña Trini, a cada uno de ellos lo conoció en las reuniones de solteros, viudos y divorciados a las que ella solía ir con más frecuencia que a la iglesia. Allí también había conocido a su último hombre.

Los hijos criticaron mucho a su madre a lo largo de los años, cuidándose de hacerlo en presencia de su progenitora, pues la querían tanto que no deseaban enemistarse con ella.

Fue cuando ella sufrió un leve infarto, del que se recuperó rápidamente, que sus hijos empezaron a considerar que no era decoroso que una mujer que debía estar preparándose para su próximo encuentro con la cara de Dios se comportara como una joven alocada (en realidad todos ellos pensaban en la palabra “puta”, pero nadie se atrevía a expresarla, porque que eso los convertiría en algo que ya eran por conciencia y que no deseaban ser por etiqueta).

Así fue que los hijos terminaron obligando a Doña Trini a deshacerse de su amante, en aras del decoro y para evitar el “qué dirán”, ese “qué dirán” que a ella siempre le tuvo sin el menor cuidado, pero la anciana terminó cediendo ante las súplicas de sus retoños porque es difícil enfrentarse a media docena de hijos que hacen frente común.

Al mes de despedirse del sexo y la diversión, en total soledad y abandono, Doña Trini era ya otra persona: enfermiza, triste y silenciosa. Difícilmente salía de su recámara y más aún de sus cavilaciones. Todo esto permitió a sus hijos estar más tranquilos, pues su madre era ahora una anciana honorable.

La pobre vieja, que lucía ya de 115, aunque en tres meses apenas cumpliría 89, se sentía peor cada día, al grado de que pidió que le llevaran un sacerdote para que la confesara y la preparara para estar presentable ante el rostro del Señor. Doña Trini falleció el mismo día en que el cura la preparó para dar el paso al más allá.

En el funeral de Doña Trini, los seis hijos rompieron su frente común y comenzaron a destriparse entre sí, peleando rabiosamente por los bienes que quedaron del naufragio lujurioso de su madre. Algún beneficio sacará el sexteto de su pía acción, aunque los que se llevarán la mayor tajada de la rebatiña serán los abogados.

“Nadie sabe para quién trabaja”, solía decir el único esposo de Doña Trini siempre que llegaba a casa.

Aves madrugadoras

En las madrugadas que salí a caminar por mi casa me fijaba con encanto en la lenta llegada de la luz del sol. En estas observaciones tenía como sonido de fondo el canto de diversas aves madrugadoras, y en algunas zonas el de los gallos, saludando al nuevo día.

Pero de todo eso, lo que más me llamaba la atención, era un árbol alto y frondoso que hay en una glorieta, y que debe estar habitado por cientos de pajaritos, todos igual de ruidosos. No había en mi ruta de caminata de esas madrugadas, árbol con más ruido que ese. Y me agradaba, me gustaba ver que el día se abre a la vida de todos los seres, y que los pajarillos tienen su propio caos, ajeno al nuestro.

En mi memoria hay otro árbol grande y frondoso (incluso podría ser un palmera, no lo recuerdo) ubicado en la lujosa calle de Lincold Rr., en Miami, donde están todas las mejores tiendas, y que desemboca en la playa de Miami Beach. Tengo la sensación de que en ese árbol siempre hay ruido, o igual únicamente lo sufre al atardecer. Pero en este caso se trata de un ruido ensordecedor, pues lo producen muchos, muchísimos, pericos y aves de esa calaña.

Debe haber alguien que disfrute de ese griterío con de alto contenido rico en decibeles pero eso no es para mí. No sé si aún siguen los pericos allí, o incluso el árbol, pues on eso de que el hombre tiene declarada la guerra contra todo lo natural tampoco me asombraría que también desaparecieran pronto el frondoso árbol de la glorieta por culpa de eso que llamamos “avance”. Espero que no pase eso, pero mientras tanto ojalá pronto pueda salir de nuevo a caminar de madrugada para disfrutar la llegada del sol y esos cantos.

Del Principito

Me desagrada El Principito. Será un clásico que demasiada gente suele adorar y aplaudir, e incluso dice disfrutar; de toda esa gente ignoro cuánta lo habrá leído realmente, pero aunque no lo hayan hecho, lo celebran igual.

El Principito es ese libro que, se cuenta, el Che Guevara se leyó apasionadamente en una sentada (literal) en el w.c., sin importarle la urgencia de otras personas por usar el inodoro (conclusión: el guerrillero no pensaba totalmente en sus hermanos).

Por algún misterio, llega incluso a molestarme la idea de un niño que en el desierto pide que le pinten un cordero y que luego se pira a planetas para encontrarse con estrambóticos y febriles personajes. Pero no, no es por esto de los personajes raros que me desagrada ese libro, porque me encantan los de Alicia.

Creo que lo que me repele es la inocencia ficticia del Principito, ese pensamiento dizque infantil que me sabe más al de adulto que con nostalgia idealiza la infancia; las conclusiones profundas y desencantadoras que percibimos a través de los ojos de un supuesto niño. Quizás si lo hubiera leído de adulto me habría gustado, pero lo leí de pequeño y me pareció ridículo. Me desagrada el libro, nada más, lo digo con la libertad a disentir. De la misma manera respeto a los que no les gusta Alicia. Es cosa de cada quién.

Todos tenemos derecho a ser diferentes, y se dice que en gustos se rompen géneros, esquemas y hasta dentaduras, de nuevo: cosa de cada quién.

De hecho, El Principito me resulta tan repelente como El Quijote, libro con el que tampoco puedo, y que también es tan celebrado como poco leído. ¿Qué tiene de divertido un viejo del que todo mundo se burla?… bueno, mejor de esta obra no digo más, pues para muchos es como divina y con la religión no me meto, pues los extremistas son tan insufribles como peligrosos.

Espero que nunca llegue el día en que se persiga y ataque a gente porque no le gusta algo, porque piensa diferente o por su color de piel, pues si eso sucede, el mundo sería peor de lo que desencantó al Principito. Si eso sucediera, estaríamos fritos sin remedio.

Dos hermanas

Dos hermanas, reliquias del siglo pasado, que insisten en seguir respirando. Para ellas desde hace años la cuenta del tiempo se lleva por achaques y por los decesos de gente que conocieron.

Dos hermanas que hacen lo posible por aparentar vida usando un maquillaje abundante, el cual en vez de acentuar belleza les proporciona rictus grotescos.

Los niños les temen, porque dicen que algo no está bien con ellas.

Cuando llegan a casa, las dos hermanas guardan sus hermosas pelucas en sendas cajas, para después rascar en sus cabezas los pocos cabellos que les quedan.

Mañana, ellas estrenaran pelucas nuevas en el funeral de su casero, un viejo amigo que no las acompañará más en sus caminos.

Los herederos del casero rogaban al Cielo la muerte del viejo, pues desean vender la vetusta propiedad para que allí se construya otro centro comercial. En el funeral les pedirán a las dos hermanas, que han vivido en esa casa por 60 años, que se busquen otro agujero.

Las dos hermanas tendrán que hacer solas todo el proceso para mudarse a otra parte. No tienen a nadie que las ayude y nadie tiene piedad de ellas. ¡Vaya, ni siquiera hay un alma que les tenga respeto! Este mundo ya no es lugar para los viejos.

Monstruosidades

En mi egocentrismo monstruoso pensaba que me voy desvaneciendo con el paso del tiempo y el atropello de la vida; pero ahora sé que es un destino compartido con todos mis semejantes. La rutina no volverá a ser la misma de antes y aún no identificamos cómo serán las nuevas costumbres. La incertidumbre levantó la mano y nos abofeteó feamente: “no se olviden de mí”, nos dijo, “estoy presente incluso en el mar calmado”.

En nuestra soberbia monstruosa pensamos que podíamos componer todo lo que le rompimos al mundo, pero el mundo no nos necesita tanto como nosotros a él. Eso lo descubrimos quienes separamos los ojos de las pantallas luminosas y miramos a través de las ventanas de nuestras casas. Quizás estaremos la próxima semana en este barrio, quizás no, quizás ni siquiera alcancemos a cruzar esa fecha en nuestros calendarios.

En nuestra ignorancia monstruosa disfrazamos la indiferencia con una falsa compasión lejana hacia los pobres, los migrantes, los oprimidos. Pero luego descubrimos que esos otros son espejos de nosotros mismos, y que también somos víctimas de la indiferencia de los demás. La vida es como el juego de serpientes y escaleras, donde los dados no pueden ser comprados como se compra la justicia humana.

En mi despertar veo muchas cosas, cambios y renovaciones que pasarán inadvertidas para la mayoría. Aunque igual y también optaré por la enajenación para dejar de pensar, de escuchar y así no ver lo que hay en realidad. Quizás decida volver a dormir, pedir una dosis del opio de la estupidez que tanto abunda, y creer otra vez que me desvanezco solo, que puedo salvar el mundo comprando coca cola y que yo no soy como los otros. Quizás…

Thames

La recta final

Arrugas, calvicie, vista corta,

movimientos lentos, salud minada, respiración entrecortada,

indolencia, indiferencia, amargura,

fijaciones artificiales en la sensualidad juvenil,

fe ciega en los avances de la medicina,

insomnio, relatos repetitivos y mucho temor a Dios o a la muerte,

terror a la posible nada posterior a la vida,

corazón casado, pulmones que huelen mal,

pulso gelatinoso, falta de voluntad,

fuerza reducida casi a la nulidad…

Hasta que llega el último suspiro,

la recta final de la existencia larga puede ser una tortura.

 

Nada

Pilatos, lava tus manos en lo que Judas tensa bien su cuerda. Nadie conservará en su memoria que un tal Bill colaboró en la extinción de los búfalos.

En la noche quieta, llena de borrachos estrellados que no volverán a ver los astros, brindemos por nuestras efímeras felicidades, en esta vida que es nada, comparada con todo y con el más allá, y que es todo lo que tenemos acá.

Hamlet termina tu omelette, Speedy termina el queso que robaste, el presidente es siempre el que mejor miente, y mi única vocación fue la de quererte.

Por ahí puede estar la bala que me terminará, o quizás sea un cocktail de cianuro on the rocks, por ahí puede estar ya el ente que por robarme tres pesos me dejará tendido en un callejón, y yo ya no volveré a ver los astros.

Stalin era Koba antes de hacerse de acero, pero siempre fue la misma basura; y Nerón sólo quiso ser poeta, mientras que Mao prefirió el poder.

No se culpe a nadie de nada, porque nada somos y en nada nos convertiremos. Somos la nada, aunque respiremos, y seremos la nada, aunque creamos.

En la jarcería

El matrimonio de varias décadas contemplaba la marcha del tiempo, ambos bien acomodados detrás del mostrador de su jarcería. Antes en su tienda vendían artículos para limpieza hechos de fibra vegetal o de elementos naturales, hoy en su establecimiento lo que abunda son los objetos de plástico. Sin embargo el negocio sigue teniendo el aroma único de las jarcerías.

El matrimonio ha vendido, a lo largo de los lustros, cientos de escobas y escobetas, baldes, jergas y cubetas, trapos y estropajos, zacates y esponjas. También ha atestiguado el paso de distintos gobiernos, sin ver nunca ningún avance real en el país: los pobres se hacen más pobres y los ricos son cada vez más escasos, pero los que hay son cada vez más ricos.

El matrimonio dejaba fluir los días sin novedad, ya con muy poca capacidad de sorpresa. Nada parecía condimentar sus vidas, ni sacarlos de la adormecedora monotonía del sístole y diástole de cada día. Hasta que una mañana soleada…

Por el umbral de su jarcería, el matrimonio vio entrar a una dama dinámica y bien parecida, que les dijo “buen día”, y después aspiró para llenar sus sanos pulmones con el aroma del negocio; tras lo cual, sonrió como emitiendo una luz astral y se retiró del local.

El matrimonio nunca había presenciado un acto surrealista natural, se sorprendieron y se miraron mutuamente sin decir nada, sintiéndose bien gracias al grato calor en el corazón que les dejó la sonrisa de la dama misteriosa. El matrimonio concluyó que el asombro puede regresar cuando menos se le espera.

El monje negro

Estaba yo sentado, plantado, a la orilla del camino, anonadado sin esperar nada ni a nadie en especial, ensayando mis imitaciones de bufón popular, que por entonces estaban muy de moda en la descortés corte de cualquier cortado no inglés.

Yo me esforzaba por tratar de dominar los bobos chascarrillos fáciles que tantas carcajadas producían en los cazadores sin carcaj, en los príncipes de hueco cráneo de globo terráqueo y en las princesas de portada de revista del corazón, y de la moda agobiante y gobernante.

Entonces, por el camino, apareció un monje negro con un perro viejo, que tampoco era blanco, ni del tono de los chistes. Los relatos de costumbres acostumbran indicarnos que personajes como este monje obscuro son sabios y serios, que pagan sus peajes con dinero de bolsillos ajenos. En realidad ignoro si eso es verdad, y tampoco pude notar su supuesta sabiduría, pues al verme, el monje negro se detuvo frente a mí, mientras su perro trataba de lamer el cielo.

Mirándome sin miramientos, el monje me dijo: “En Pakistán murieron 22 personas en una boda, todo porque acostumbran hacer disparos al aire para celebrar. Uno de los invitados, con un obús mortero, no supo manejar bien el arma y en vez de tirar al cielo, tiró al novio, a los 14 niños del coro (que ahora entonan cánticos realmente celestiales) y a otros tantos invitados, hiriendo a no menos de 20 y no más de 21, incluyendo a la novia, quien quedó viuda el mismo día de su boda. ¿No crees que la gente es realmente estúpida?”.

Yo, sorprendido por la historia, me quedé boquiabierto porque supe que eso había sucedido temprano en un verano de la Tierra de nuevo calentamiento global crítico artificial. El monje llamó a su perro y se alejaron, empequeñeciéndose en el horizonte rinoceronte de dura piel de hiel.

Yo, como si nada y como dada, retomé mis intentos de ser tan gracioso como buen bufón popular y olvidé el asunto de la boda en Pakistán con la siguiente noticia de intrascendencia que pasó por el camino.

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