La vida tiene sus propios planes

Puedes encontrar la pareja ideal y tener juntos un hogar, gozando de un techo y de la generosidad del sol. Puedes saber cómo ganarte la vida en este mundo donde reinan a sus anchas los pesares, pero no olvides que la vida tiene sus propios planes.

Puedes caminar sobre el lodo sin manchar tu traje blanco, puedes convencerte de que tus mentiras hagan creer a todos estar de tu lado. Puedes aprender a convertir todos tus sueños en realidades, pero a pesar de todo la vida tiene sus propios planes.

Puedes encontrar el equilibrio entre el sentimiento y la razón, y dominar todos los tonos de tu canción. Igual llegas muy lejos, pero al destino seguirá sin importarle, porque la vida tiene sus propios planes.

Creías que solo necesitabas la palanca apropiada, el dinero suficiente y un aceptable intelecto, tener un buen dispositivo digital salido ayer y seguir la moda, sin importar a dónde te lleve. Puedes pensar que triunfaste sobre todos los horrores y atrocidades, pero la vida siempre tendrá sus propios planes.

fin de la línea

Ya no quiero uno más.

Hasta aquí quisiera, pero mi voluntad no es buena

no es suficiente para decir que aquí me apeo.

Ya no quiero más.

Ni puedo percibir el sabor de los cerezos

No vislumbro la esperanza más allá de la mierda.

No me importan los bellos amaneceres,

ni siquiera los veo.

No me importan tantas maravillas

tan lejos de mí.

He visto suficiente, ha sido demasiado

Hasta aquí quisiera dejar de apostar.

No soy joven, ni tengo futuro

Y aunque lo tuviera, ya he visto demasiado.

No me jodas dejándome ciega.

Tienes la sartén por el mango, si es que imperas.

Déjame salir, déjame estar en ningún lado.

Si sigues vivo, o estás agonizando, no me importa

ese es tu problema.

Solo pido que me dejes salir, ya no quiero respirar.

Ten piedad de mí, pues jamás me consultaste.

No aspiro a 1oo años, no aspiro a atestiguar más

si es que existes, por favor déjame en paz.

El martirio más absurdo

Es un hecho
Nada saldrá tal como lo planeas
Nada está garantizado
Así es esto, supéralo
Nada es para siempre
No todo es tan malo
Ni todo tan bueno
Nada es perfecto
Nada es 100% correcto
Nada
Puedes bailar el vals de la autocompasión cada día de tu vida
Puedes quejarte de los tragos amargos de la noche a la mañana
Y de la mañana a la noche remojar en ácido de tu boca todas tus heridas
Nada de eso mejorará tu existencia
Nada de eso cambiará un ápice tu miseria
Supéralo
Desclávate de tu cruz autoimpuesta
No pido que seas optimista
Ni que te conviertas en ignorante, títere de la corriente
Simplemente deja ya de transformar en imposible lo que por naturaleza es difícil
Deja de mirar con tus gafas oscuras el mundo
Nadie se muere por amor
Nadie deja de respirar por una decepción
Ni siquiera tienes que ser fuerte para seguir viviendo
Cualquiera puede hacer eso
No hay que hacerle al idiota, como tampoco hay que querer pasarse de listo
Deja de quitarle más sentido a la sinrazón
Deja de buscarle los tres pies al gato y las tetas a una culebra
Deja de culpar a tus padres, a tus maestros o al Señor
Asume tu papel y responsabilidad
Simplemente vive sin oponerte al todo
Aprende a negociar incluso contigo
No te quiebres, no te rompas
Sólo deja de inmolarte al dios de tu injusticia
Simplemente supéralo

tormento

Cuando no estoy contigo

El tiempo pasa, el amor se enfría, el recuerdo se borra y baja lo que subía (menos los precios y los impuestos).
El sol renace, la esperanza perdura, la amargura desgasta y lo que digo es verdad (al menos cuando no trato de impresionarte).
La promesas se rompen, el gobernante se vende, el joven querrá un cambio (y cuando lo logra se convierte en tirano).
La belleza se marchita, el que piensa se tortura, el que viaja descubre la pequeñez del mundo y la mezquindad te hace despreciable (lo sabe el que sabe).
Vivir mata, morir puede que sea llegar a la nada, ¿entonces para qué desvelarse en función de un más allá desconocido?
Vaya palabrería que se me ocurre cuando no estoy contigo.

Voy por cigarros

“Voy por cigarros”, dijo el canijo y cerró la puerta por fuera. Jamás volvió.

Lo buscaron en el lugar de la abuela que vuela, donde lo rancio y pasado sólo por ser viejo es llamado ‘clásico’. Un clásico idiota, que además huele rancio.

Lo buscaron en un puerto sin mar y en el tugurio del mal augurio; en el edificio sin tiempo y en la ciudad del estrés, cualquier ciudad que se precie de serlo desborda estrés, a la una, a las dos y a todas horas.

Lo buscaron en la montaña artificial de aventuras dosificadas, empaquetadas, y en los lentos rápidos de agua clorada. En la onanas tirolesas de 20 metros y en los hediondos subterráneos metropolitanos.

Lo buscaron en los brazos vacíos de sus viejas amantes y en la mirada descarada de la Maleva de San Telmo. Al final, cansados, lo dieron por muerto.

“Voy por cigarros”, dijo el mismo día que pensó que su vida no era realmente suya, que la curiosidad murió cuando cambió sus tiendas de campaña por una casa de ladrillos construida por un práctico cerdo. La perdió el día en que su aerostático globo se llenó de lustrosos niños lastrosos y comenzó a llorar en silencio, sin lágrimas; el día en que su egoísmo fue enterrado por las arenas de un autoconvencimiento con ilusorios fines de lucro. Había que ser excelente. Perdió su vida el día en que confundió la felicidad con lo que te dicen que debe hacerte feliz. El final empezó cuando el sexo fue mecánico, cuando la sal sabía a papel blanco y los besos ya no tenían electricidad, cuando le importó un carajo lo que salía de boca de su esposa, cuando la puerta no estaba allí para impedir la entrada sino para no dejarlo salir. El día en que ya no lo calentaba el sol, sino la hoguera de Juana de Arco. Todo le dio asco y terror… hasta el momento que sin haberlo planeado dijo: “Voy por cigarros”, y después de cerrar la puerta por fuera jamás volvió.

Sigue tu camino

“Sigue tu camino”, le dijo al mal ladrón el Inocente Cordero que limpiaba las almas mejor que la divina lavandería de la eternidad, “y no peques más, aunque sé que mañana votarás en mi contra para que me ajusticien injustamente”.

“Sigue tu camino”, le dijeron al vaquero forastero que en un descuido había perdido todo su ganado, “pues en este pueblo no nos gustan los extraños, y mucho menos aquellos que no tienen dinero para gastar”.

“Sigue tu camino”, les dijeron a los inmigrantes indigentes que venían de un país en caos climático y político, “que en esta gran nación estamos muy desarrollados y no queremos obstáculos en nuestro camino hacia el sol”.

“Sigue tu camino”, me dijo una chica con quien quise detenerme, quizá más de lo debido, quizás para el resto de mi existencia, “que en este mundo viaja más ligera quien viaja sola y de todas formas no me gusta la compañía”.

“Sigue tu camino”, le dice la muerte todos los días a la vida, quien se toma todo o muy serio o muy a la risa, “que ya te diré hasta dónde llegarás”.

Y así es que estamos todos caminando, rodando por el mundo que gira sin detenerse, hasta que a cada uno de nosostros se le acabe la cuerda, pues lo único constante es el cambio.

Muerte

Hasta el más valiente le tiene miedo a la muerte; y quien diga lo contrario miente, con o sin sus dientes.
Es porque morir significa entrar a lo más desconocido, quizá a la nada. Es ir al lugar del que solo tenemos propaganda hecha en casa que en el fondo sospechamos siempre mentirosa.
No importa lo que digan las religiones, nadie que “se haya ido” ha regresado para contar la experiencia, lo que hay “del otro lado” (es más, aún se espera el regreso del mesías cristiano ¿no?)
Supongo que en el momento previo al de estirar la pata, de colgar los tenis, debe perderse la fe por completo, igual se recupera pronto antes de los estertores previos al frío definitivo, pero de menos seguro debe haber un momento de terror. ¿Y que tal que recuperar la fe no sea ningún alivio?
El mártir vocacional y el suicida con convicción, por más que tengan su esperanza puesta en el más allá o quieran liberarse de la decepción absoluta en el más acá, seguro tiemblan un instante cuando la muerte se les acerca.
El Día de Muertos no es una burla, es la risa nerviosa de un pueblo (celebración que comenzó por recordar a los que “se nos adelantaron” y terminó siendo un intento de homenaje a lo macabro para presumir que se es muy valiente ante la muerte), de un pueblo que quiere creer que muerto seguirá viviendo.
De los que santifican a la muerte, mejor ni hablo. Pocas cosas me resultan tan absurdas como la pagana adoración al vacío que se le implora protección.
Igual pienso mucho en que un día moriré, pero por más que me haga la idea de que eso nos pasa a todos, de que es mejor morirse que seguirse muriendo, no dudo que temblaré como gelatina cobarde en el instante previo al último suspiro.
Así es la vida, así debe ser el paso hacia la muerte.

Es horrible sentir celos y no ser nada

“Es horrible sentir celos y no ser nada”, dijo triste el fantoche cuando le expedían de nuevo la visa para la ‘zona de la amistad’, esa del ‘te quiero como hermano’, cuando siempre había estado claro para todos que sus ambiciones iban en otra dirección, hacia otro país más ‘comprometido’ y ‘carnal’. Al menos eso creía el triste fantoche de romería.

Pero él decidió seguir allí. Total, igual con el tiempo ella aprendería a amarlo, él la convencería con su constancia, presencia y apoyo. La gota que agujera la roca, la fe que mueve montañas, la Roma que no se construyó en un día. Su amor Roma era verdadero, al menos eso creía.

Ella se enamoraba y desenamoraba de cualquier otro. Rosario sucesivo e interminable de amantes dementes, fríos glaciares. Tipos eventuales, cuyo interés radicaba en pasar sólo un buen rato. Ella al final se sentía abandonada, pero tenía el hombro del fantoche, siempre presente, para llorar. Tenía a esa gran compañía para sobrellevar el desprecio y, aunque no confesado, curarse el herido ego.

El fantoche no entendía, seguía con su visa, siempre rechazado para lo que él quería. ¿Cómo despreciaba ella el ‘amor verdadero’? Era un absurdo, pero él allí seguía. Paciente como el inglés herido. En el fondo humillado y ofendido. Pero “el amor todo lo puede”, se decía.

El fantoche sentía celos y se sentía nada. No era amante, amor, ni amigo, el fantoche estaba en el limbo sentimental. Para ella era sólo una muleta que se usa cuando se comienza a cojear, mientras cogía y recogía parejas eventuales y pasajeras que le hacían mal. Seductores, don juan y don nadie. Un patrón siempre igual. Sin fin.

El fantoche esperaba con paciencia, mordiéndose las uñas, desesperado, sintiendo celos hasta del portero que le abría a ella las puertas del edificio, y más aún del Romeo que le abría las piernas tras el primer guiño.

Hay muchos fantoches así. Algunos más pacientes que otros. No faltan aquellos que hacen de este ‘sentir celos siendo nada’ una forma de vida, miserable, pero al cabo ese es el sinsentido que les da motivos para seguir vivos.

Esos fantoches hacen de las quejas el aire que respiran. Mártires voluntarios que aspiran el Cielo del ridículo.

Esperan y se muerden las uñas.

Pasa el tiempo. Algún fantoche despierta, recoge su estrujado corazón del fango y su dignidad del excusado. Los lleva a la tintorería y sigue caminando, con un aprendizaje bien tatuado, que a veces tiende a olvidar. La naturaleza manda, el instinto rige y el llamado de la selva siempre está tocando a la puerta.

“Es horrible sentir celos y no ser nada”, son las últimas palabras en el lecho de muerte de los buenos fantoches, que ni al final de sus días tienen suerte como en los tiempos del cólera.

Sin embargo, el peor caso de todos, es el de aquellos que logran tener una relación de pareja con su amada. Despiertan de la peor manera, dándose cuenta que ella no es lo que esperaban. ïdolo caído, ilusión rota. Y todo estalla, el fracaso Titánico se hunde así, de repente, con un choque estrepitoso. Glu, glu, glu. Y luego rencor del más odioso. Para culminar con celos de nuevo, esos celos rencorosos, cancerosos.

De todo esto sólo destaca una verdad: “es horrible sentir celos y no ser nada”.

“La mujer y el pelele”, de Ángel Zárraga, 1909

Corazón roto

El corazón se rompe. Es real, no es una metáfora. Llega a estrujarse como el papel de la carta no deseada y luego se hace pedazos como el valioso jarrón de una dinastía legendaria.

Cuando el corazón se quiebra produce indiferencia, dolor, melancolía. Uno anda como alma ajena, en pena, por el mero hecho de seguir andando. Entonces se camina automáticamente, los ojos miran sin ver, se deja de comer, se duerme mucho, pero sin paz.

Suspiros, esperanza remota rodeada de la neblina de desilusión. De verdad, el corazón duele, y duele mucho.

Takotsubo, dijeron los doctores japoneses, para ponerle nombre a ese estado que ha permanecido con el ser humano desde que éste apareció en el teatro del mundo.

Corazón roto, le llamó el primer enamorado cuando no se concretó su amor temprano, o quizá cuando su último afecto fue arruinado o robado por el tiempo.

Los poetas pueden dar un poco de consuelo a quien sufre de este mal. A veces el dolor compartido, comprendido, es menos dañino. A veces.

Sin embargo, un corazón roto deja un hueco que se lleva muy adentro, y que tiene el contorno de la persona amada. Ese hueco jamás se vuelve a llenar del todo.

No hay solución, se aprende a vivir con ello aunque de algún modo seguirá lastimando o nos consume hasta llevarnos a nuestra tumba, tarde o temprano, pero eso es la vida, siempre se muere de algo. No hay más.

 

Espera

Algo se escuchó detrás de la puerta. Sobresalto. Haber creído, por un relampagueante microsegundo suspirado, que pudiera ser la persona que con ansias esperaba. Nada. Ni un sonido más. La presencia imaginada, o real, súbitamente desaparecida. Quizá su espera era muy extraña, pues la mayoría de las personas se desvelan o miran con impaciencia la luz que se filtra por debajo de las puertas deseando que por allí se note la llegada de alguien. Pero esta persona que aquí espera la tiene más difícil, pues no sabe qué esperar, aunque sabe a quién. La vida suele ser una cadena de costumbres, y pocas cosas son tan difíciles de romper como los lazos de un hábito bien arraigado. Nos da miedo largarnos de un mal empleo, pues aparte de no querer enfrentar un desempleo en la angustiante situación económica, un mal trabajo suele ser una mala costumbre. Muchos temen cortar de tajo las cadenas que los atan a un cruel amante, sólo porque, a pesar del feo escenario, con ese amante tienen la seguridad de la rutina. Tener alguien al lado. Prefieren la soledad acompañada que la soledad a secas, ignorando que la primera es más árida que la segunda. Si es difícil romper con las costumbres negativas, lo es muchísimo más hacerlo con las positivas. Quien espera, en este caso, vivió muchos años intensos y felices con alguien que le brindaba ese sentimiento de que era su alma gemela. Sólo que un día, que comenzó como cualquier otro, la unión corporal se rompió para siempre. Morir en un accidente automovilístico no tiene advertencias, ni preparaciones; nadie se enfrenta a esa situación con la mentalidad adecuada; también suele carecer de despedidas. Pero… ¿acaso las almas gemelas no están unidas ‘para siempre’?, ‘para siempre’ a pesar de que les falte un elemento de tan corta vida como lo es el cuerpo. Efímero como un flash en la negrura de la eternidad. Por ello su espera es difícil, ¿cómo se espera cuando se tiene la certeza de la unión, pero se está en distintas dimensiones? Espera un alma, espera a su alma gemela. Quiere seguir creyendo, pero tras la decepción de un engañoso ruido no puede evitar pensar que quizá todo sea una ilusión.