Palabras

20 mil lenguas de mentiras sobre el agua. La vuelta a la realidad en 80 mareos. Todo está bien, mas todo me importa menos. El quejoso de las manchas. La montaña trágica. Días de espinas sin rosas. Lo que el diente se tragó. El viejo mar. Sangre en la arena. Los cuatro jijos apocados. 20 poemas de ramas y una canción desgañitada. Alicia en un país sin sorpresas. Y mejor ni menciono nada de la Biblia. Palabras, palabras, palabras. Un reino para mi caballo. Y sigo contando los días, perdiendo la cuenta a diario.

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Extravío

Perdido en los pasillos de la inexperiencia, bajo noches de tardía inocencia, ahora soy quien extraña tu suave piel, y también el que no sabe qué hacer.
La boca no pudo expresar lo que el corazón ansiaba, y cuando supo decirlo el alma estaba ya helada. En los ríos corrían la leche y la miel, ahora todo verbo se conjuga en pasado. Besos sin destino, tirados en el vado.
Entre el orgullo y la ignorancia, ardo en deseos de tenerte, pues por más que lo intento no puedo olvidarte.
La constelación de estrellas guía al sabio, pero confunde al necio demente. Nadie como tú en los ayeres, difícilmente alguien como tú en el mañana. Espero no haberlo perdido todo, en aquella noche tan extraña.

Cuando las cosas se acaban

Es difícil cortar el cordón umbilical de una rutina que sabe a muchos años.
Es difícil aceptar la realidad y enfrentar el vacío que hay detrás del ‘todo acabó’.
Al final, tenemos que sacar de algún lugar la dignidad y acordarnos de cómo se dice un ‘adiós’.
¿Para qué deambular entre las ruinas tapizadas de recuerdos?
No viene al caso empezar a preguntarse en qué momento se salió el carruaje de la autopista.
No tiene sentido tratar de entrar en la mente de quien te acompañó sin estar realmente contigo.
No hay razón en buscar lógica a las situaciones absurdas del ayer, necedad de necedades y pura necedad.
Querer encontrar los restos de algo en el vacío, pintar montañas en donde sólo hay llanura, perseguir el viento y asir las sombras, con todo eso acabarás en la amargura.
Nada en este Mundo es seguro ni eterno, nada es estable entre seres como tú y como yo.
Entonces, ¿cómo esperábamos vivir juntos eternamente y sin que de nuestros labios saliera un adiós?

¿A quién le importa?

Ávido lector, desde su cruda infancia sin cocimiento, pero con algo de conocimiento. Agradeciendo siempre a Gutenberg el invento.

Devorador de libros, cortó muchas noches y días el tiempo a través de Cortázar. Sacrificó demasiados viernes sociales por Verne. Leyó más de una vez las hecatombes dramáticas de Shakespeare. Leer llegó a ser para él una obsesión.

Hasta que llegó el momento que de tanto tragar letras tuvo que vomitarlas. No se volvió loco como el Quijote, simplemente se convirtió en escribidor.

Desde entonces escribió muchas líneas, primero en servilletas y manteles desechables, que siempre guardó, después en hojas sueltas que conservó en carpetas, para después seguir anotando en libretas y cuadernos, de los cuales se fueron llenando 10, 30, 50… Siguió atiborrando más, pero perdió la cuenta. Siempre pensando en que un día lo publicaría. Todo lo guardó.

Así las hojas se entintaron con frases, poemas y cuentos, jamás una novela. Todo tenía que ser de un tirón, de un solo golpe; quizá la novela sólo la hubiera logrado como Kerouac o Balzac, sentado días y noches enteras sin levantarse de la silla hasta acabar. Pero aún así eso era demasiado tiempo, no era fresco ni divertido.

La brevedad, siempre la brevedad. Consecuente coherente, fue breve hasta en su propia existencia, o su propia muerte. Murió antes de los 40.

Solo, como la verdad, siempre solo, como rey de Francia. Su cadáver fue descubierto dos semanas después de su fallecimiento. Lo encontraron hasta que el hedor empezó a molestar al perro faldero de su anciana vecina, una mujer que no tenía memoria, ni olfato, ni vida.

Los buitres familiares acudieron rápido, para darse el palmo de narices que se merecían: no había herencia. Nada para nadie, todo se lo había gastado él mientras tuvo un respiro.

Y los más de 50 cuadernos y libretas sin cuenta, llenos de escritos, no sirvieron para buscar ningún tiempo perdido. No, tampoco fueron vendidos. Alimentaron un fuego, no tan variado como el del 10 de mayo del ’33, pero caliente como el infierno de Dante mudo.

Así que todas las palabras, todas las líneas, ideas, epigramas y relatos que él escribió quedaron inéditos y fueron totalmente desconocidos en este mundo; se los llevo el viento, se elevaron con el humo.

El tipo nació y murió antes de Internet. Si le hubiese tocado esta época, hubiera escrito sus obras en una computadora, y estarían revueltas sus ideas con las de miles y millones de escribidores, que tienen igual o peor talento que el de él. Estarían sus notas perdidas en bits, MHz y espacios virtuales. Mezcladas en enferma promiscuidad con esas frases pseudo brilantes de la gente, con esos pensamientos breves, inmediatos y pestilentes como haikus de mierda, con esas dizque inspiraciones anotadas con ortografía jodida y con muchísimas otras tonterías.

Al final sus letras y pensamientos tampoco hubieran sido leídos ni estando en el mundo digital, allí también hubieran quedado vírgenes e inéditos, porque el viento, el humo, la arena, la madera, el papel, los bits y las rocas son lo mismo: elementos que tarde o temprano se traga el olvido. Además, nada de lo que él escribió hubiera sido leído, porque en realidad hay cosas que a nadie importan jamás.

Cuenta regresiva

10 son los mandamientos
9 las vidas de un gato
8 es la última bola del pool
y
7 es un número afortunado.

El 6 se relaciona con el diablo
5 son mis sentidos
4 los puntos cardinales
3 eran los mosqueteros
y
2 fueron mis oportunidades.

Una sola es la vida que tengo para quererte.