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Ya ni llorar es bueno

Recuerdo la época en que arrojaba piedras a las multitudes, señalando al que mentía por ganarse un mendrugo de pan. Odiando al que aspiraba cada año a tener un auto nuevo y condenando a los que iban al país del adulterio. Con risa soberbia me reía del que le pedía que le tocaran el sexo y de aquel que lloraba porque en su libertad se sentía preso. No soportaba a quien vivía como los demás le decían, yo me sonreía pero ahora los entiendo y hasta perdí la risa. Me recuerdo despreciando al que iba a la casa de Dios a pedir auxilio, y también del que la misma ayuda la pedía a su vecino. Ahora que la inmortalidad se me escapó de las manos me encuentro actuando papeles que ayer hubiera yo rechazado. Ahora sé que la imagen y semejanza que compartimos con el Creador es la posibilidad de hacer el bien o el mal desde el fondo del corazón. Por fin entiendo eso de que con la vara que mides serás medido y todo me dolería menos si ella estuviese aún conmigo. Camino solo la ruta que me ha de llevar hasta el final. A veces estoy tan cansado que ya no puedo ni mirar. Ojalá sea cierto eso de que todos podemos aspirar a ser perdonados, si en verdad queremos vivir sin estar equivocados. Ya no me río con tanta fuerza, es más, ya no me río en lo absoluto, desde que me descubrí haciendo lo que hace cualquier adulto. Me hubiese gustado conservar mi inocencia, pero ya ni llorar es bueno, ahora sólo aspiro a la paciencia.

Una vieja casona estilo victoriano con amueblado rococó, escenario de una fiesta común en una época que daba muy pocos motivos para festejar. Bajo el retrato cubista de Descartes en bikini se encontraba un retrete con títeres colgados, desde el cual un hombre decidió llamar la atención de los muchos presentes alzando su copa de vinagre togolés y gritando a todo pulmón: “In vino veritas”. El coyote rabioso que tenían encerrado en el baño principal comenzó a aullar la Traviata al revés. Nadie río por la ocurrencia del sujeto ni bailó al compás del coyote, dejaron el río correr y todos participaron en el linchamiento del sincero misterioso. El tiempo comenzaba a volar tal y como lo haría un halcón con un gran yunque atado en su pata izquierda. Beethoven estaba furioso, porque aseguraba que el yunque que anclaba al halcón había sido extraído de sus oídos. Treinta malabaristas mancos intentaron entretener a los presentes haciendo extraños dibujos con sus lenguas arrancadas. El mudo acto no levantó ni un ápice el ánimo general, ni siquiera emocionó un poco al ánimo sargento. “El tiempo, el mundo y las monedas, son todos redondos”, exclamó en tono triunfante el hombre de la mente cuadrada con la única finalidad de abortar el embarazoso silencio, mientras muchos lo relacionaron con el que creyó descubrir que la lluvia estaba mojada. “Por cierto, ¿ya se fijaron que hoy hace mucho calor?”, concluyó el hombre, apenado, por el simple hecho de decir algo más antes de perder la atención de los presentes. “Podrían pagarme durante 20 años por calentar una silla ocho horas diarias, pero eso sería más cuadrado que las redondeces de este mentecato”, fue lo único que se le ocurrió decir al fantasma ambicioso mientras un sacerdote trataba de exorcizarlo con Coca-Cola. Por ese entonces Homero solía escribir guiones para comerciales televisivos, “es más lucrativo que escribir poemas épicos”, decía a manera de justificación a cualquiera que no quisiera escucharlo. El tercer jinete del Apocalipsis comía apio cuando recitaba el guión de una película muda de Chaplin, esto lo hacía cada que se sentía muy nervioso, y en esa ocasión cómo no estarlo, pues se encontraba buscando la cabeza de Rasputín y lo único que había encontrado hasta ese momento eran las botas tejidas de Bismarck. Lourdes, apodada ‘la no milagrosa’, llegó del brazo de Sansón calvo y ordenó un peluquín y una quijada de asno rostizada para su acompañante, por supuesto que nadie le hizo el menor caso, pero la pobre no podía dejar de pensar en qué posibles afrodisíacos podrían devolverle a su pareja lo que una tal Dalila le había robado. José Pérez, aquel sujeto tan hispano como el que más, gustaba de disfrazarse de Robert E. Lee, y en éxtasis bélico desenfundó su pistola y comenzó a disparar a diestra y siniestra, al rimo de un viejo vals, mientras gritaba “muera Pancho Villa”. El coyote dejó de aullar la Traviata al revés y todos se ocultaron donde pudieron. Sin embargo, el arlequín desgraciado (ocupando todos los sentidos de este adjetivo) se encontraba tan ebrio de estupidez que ni siquiera sintió la bala que le depiló las pestañas del ojo izquierdo. De ese suceso proviene la frase Nulla dies sine linea, la cual se aplica a todos los que tienen las pestañas del ojo derecho más largas que las uñas de los pies. Los disparos cesaron y el verdugo lampiño del César cortó la cabeza de Juan Pérez con una goma de borrar (tarea que le llevó más tiempo del que te imaginas). Adán se hallaba oculto en el desván desde mucho antes de que empezara la fiesta, y allí se quedaría con justa razón, pues temía que sus descendientes le tumbaran a golpes todos sus dientes. La hermosa hueca dijo: “sospecho que la manzana tiene connotaciones sexuales” y después intentó conversar con su príncipe ideal de papel cuché, que estaba impresionado en una revista de tercera. Einstein dudaba entre rasurarse el bigote o peinarse, pero prefirió anotar números en su libreta favorita. Un grupo de fanáticos había logrado ponerle calzoncillos al David de Donatello (al de Miguel Ángel ya lo habían destruido, pues no traía cubierta la cabeza). “Por mi abuela que jamás volveremos a permitir situaciones tan depravadas”, exclamó el líder del grupo fingiendo ignorar a su hijo (al que apodaban ‘el erizo’ por todas las heroicas jeringas que llevaba siempre clavadas en sus brazos). Una ancianita que gustaba de empujar su carro de supermercado adondequiera que iba, recogió la decapitada cabeza de José Pérez con la idea de venderla haciéndola pasar por la cabeza de Pancho Villa. Freud, mientras tanto, rompía su propia cabeza tratando de resolver el enigma propuesto por un bromista sádico acerca de por qué tanta gente encuentra placer atormentando a sus semejantes. Todo sucedía, pero nada inmutaba a Judas Iscariote cuando éste se proponía buscar la segunda mejilla de sus semejantes. Un mesero vestido de águila calva (con mucho más pelo que Sansón) conducía su campana de salvamento con ruedas para ofrecer bocadillos a los que no habían sido invitados (quienes curiosamente eran numéricamente más que los invitados). Al ver que la fiesta decaía un poco, el Papa sugirió comenzar a jugar al rito Vudú, pidiendo a su cardenal de confianza que se quitara el antifaz y le trajera el becerro de oro que tanto adoraba. No todos los asistentes participaron en el juego, los protestantes (quienes en honor a su nombre trataban de estar en contra de todo) continuaron viendo la TV junto a los muertos vivientes. Tampoco participaron los tipos de las calentolendas (¿o se escribe carnestolendas?) perpetuas, pues estaban muy concentrados en desfogar sus energías (que realmente no eran tantas) en los miles de cuartos de la vieja casona, por múltiples motivos. Los ecologistas también se retiraron del juego, pues en éste se utilizó una gallina decapitada. El homosexual que nadaba en estilo mariposa comía cacahuates en la cornisa más angosta de la vieja casona, a una altura que hubiera hecho temblar al menos acrofóbico, preguntándose de qué manera podría ahora ejercer su derecho a ser lo que era enfrente de toda la gente. “¡Lo tengo!, haré púbico mi romance secreto con el reverendísimo cardenal”, se dijo, y de la emoción cayó de la cornisa muriendo en el acto asexual. Como todo juego que se prolonga demasiado, el rito vudú terminó por cansar a todos sus participantes, quienes sin saber qué hacer para divertirse se sentaron en donde pudieron mirándose unos a otros e ignorando todas las razones posibles. Un idiota hiperactivo decidió fundar una religión, basando sus dogmas en todos los libros de superación personal que le leía su bisabuela cuando era pequeño. La nueva religión consistía en saltar lo más alto posible y sin cesar (quizás con Augusto) con el fin de estar los más cerca posible del cielo prometido. La reina Isabel, quien llegó disfrazada de Marilyn Monroe montada sobre un guanaco que mascaba guano (pues la bestia era alérgica al tabaco), decretó ese día como festivo. Era su manera de expresar sarcasmos, ya que bien sabía que nadie se divertía en la vieja mansión. Tentadoras hojas de papel. Tan blancas como la pantalla de una computadora, las cuales invitan a ser manchadas con el fruto podrido de mi imaginación, sin importar qué tan absurda y famélica sea. A esto te pueden orillar los mediocres con poder, al menos hasta que den las seis. De las mil maneras de matar el tiempo esperando la hora de salida, ésta tiene la ventaja de distraerme tratando de crear algo.

Colectivo ruta 2

Lamento ser miope. Tratar de encontrar el colectivo, o el bus, correcto al atardecer puede ser una tarea difícil para mí. No me gusta usar gafas, no es por vanidad sino por evitarme la incomodidad. Los lentes de contacto, ni pensarlo, de hecho no me los podría ni colocar (cierro los párpados al ver que algo se aproxima demasiado a la niña de mis ojos… no es metáfora). De hecho encontrar el colectivo correcto es una tarea difícil para mí a cualquier hora. Se aproxima, se aproxima, y el letrero de extrañas letras flourescentes no lo alcanzo a leer. ¿Qué dirá? Me entero hasta que el vehículo está a tres metros de mí. Si no es el que espero, lo dejo ir, tal como la novia con escrúpulos dejaría ir al novio en el altar si no se sintiese segura de su amor. Si es el colectivo correcto, pues le pido que se detenga y dependo de la generosidad del chofer para ver si se detiene. En caso de que se detenga abordo la cosa y pregunto cuánto es la tarifa para mi destino. Seis pesos para donde voy. No sabría decir si sólo soy miope de vista o también he perdido el olfato, quizás ya estoy acostumbrado, pero los colectivos de la ciudad ya no huelen tanto a orines como solían apestar en mi juventud. Igual y ya los limpian más… no, no, esos cambios conductuales de una especie no suceden en tan poco tiempo… quizás en mil años, es probable que éste en particular haya sido lavado por la mañana. Estéreo a todo volumen, canciones repetitivas de mantra hueco y alta lascivia. Acelerones y frenazos constantes, ambos diseñados aparentemente para probar los reflejos de los pasajeros. “Aférrense al fierro si quieren conservar su vida”, debiera ser el lema de un chofer de colectivo en el DF. Si lo fuera, seguro lo dirían como burla y con doble sentido. Si acaso hubiera un asiento disponible en el colectivo, no podría yo tomarlo. No es que sea yo muy alto, pero los asientos parecen estar diseñados para seres sin piernas o para los más pequeños enanos del circo. Además, no faltaría el tornillo mal puesto en el asiento capaz de rasgar cualquier prenda, o hacer carreras tipo derby de Kentucky en una media (incluso en una entera). Pasaré por alto el riesgo del tétanos para no sonar hipocondriaco. En el bus se hace esperar el ’show’ del payaso callejero, que aborda para recibir monedas a cambio de unos chistes malos, algo subidos de tono; o el exadicto con cara de penitenciario que llega a pedir limosna aclarando que lo hace ‘en buena onda’ porque ya no quiere robar más. Una táctica que seguro tomó de algún manual de viejos gangsters de Chicago. El tráfico es eterno. En el transporte no puede faltar una imagen de la Guadalupana, o de San Judas Tadeo. Aunque de un tiempo para acá, la Santa Muerte ha ganado muchos adeptos. ¿Será que los choferes de colectivo le surten muchos clientes a la huesuda? La gente va ensimismada. Quisiera creer que está concentrada, pero es más probable que vayan pensando en nada. Mente en blanco, objetivo Yoga que aquí se alcanza sin desearlo. Monotonía de mono tendido en jaula del zoológico. Es ilógico ser tantos en un espacio tan pequeño (no hablo del colectivo, sino de la ciudad). Un niño se entretiene mirando pasar el asfalto de la calle a través de varios agujeros que hay en el piso del vehículo, un piso picado, carcomido por el tiempo. Más que nada parece colador. Aún no sé de decapitamientos múltiples en un bus, porque al ir a gran velocidad el piso se le cayó de repente… sólo espero que éste no sea el primero de esos casos. Sube un señor que vende golosinas, el chofer le compra un cigarro, y se lo fuma a pesar de que está prohibido, y de que hay más de tres anuncios en el interior que prohíben fumar. Ya me imagino que si alguien le dice algo al chofer, respecto al humo del cigarro, el conductor invitaría al osado a bajarse del colectivo usando un vocabulario capaz de sonrojar a verduleros y piratas por igual. Alguien deja escapar subrepticiamente un gas de sus entrañas. El gas es un ninja silencioso y la pestilencia me hace pensar que los buitres y demás carroñeros también deben expeler gases. Ahora descubro que no he perdido el olfato. Las ventanas cerradas, y el fijador que consume el culpable sería la envidia de cualquier perfumero. Nadie muestra culpabilidad en su rostro. Maldito pasajero. Ya casi voy a bajar, sólo un poco más y descenderé de este vehículo. De repente un giro inesperado, del destino y de las cuatro ruedas, que están tan lisas como la mona. Desviación por arreglos de la calle. Me alejo cada vez más y más del lugar a donde yo iba. Adentrándome a infiernos desconocidos sin un Virgilio. Lugares que ni mis peores sueños (y en verdad llego a tenerlos muy malos) han concebido. Pasa una hora de incertidumbre y me pongo a pensar si en realidad no se habría despegado el piso hace rato y todos somos ahora conducidos al inframundo sin notar que hemos muerto. El colectivo retoma la ruta original, pero como a 35 calles de mi destino principal. Me acerco a la puerta de salida. Grito al chofer “bajan” y salto del vehículo en movimiento, rara vez lo detienen completamente para que la gente descienda. Al final salgo vivo, y con una hora de retraso llego a donde tenía que llegar.

Miss Durazno

Miss Durazno (o la señorita Peach) sonreía orgullosa debido a su famélica estampa. Había logrado lo que la ma’ tormenta le impuso como meta en la vida desde el día en que nació (tres meses y medio después de ser concebida, según ma’). Miss Durazno era la reina de la belleza mundial por 365 días terrestres (los plutonianos no saben a cuánto equivale ese tiempo en Mercurio). Todo un año de sonrisas y eventos, ninguno de los cuales le exige a Miss Durazno el uso de sus dos flamantes neuronas (19 años y aún tenían olor a nuevo). Besos de mariposas que se posan en ninguna mejilla. El peso del pesimismo me agobia, pero como cualquier pesimista prefiero llamarme realista. Ma’ tormenta va de salida y Miss Durazno tiene, en teoría, de frente toda su vida. ¿Qué hará en el futuro cuando termine su reinado? No siempre se tienen 19 años.

Sólo nosotros

Sólo seres como nosotros pueden convertir el oro en amargura, las bendiciones en llanto y hacer ruinas las ternuras. Sólo gente como tú y yo puede pervertir lo bueno, convertir en mentiras lo verdadero y al final no preguntarse ni un por qué. Al principio fuimos los mejores amigos, pero nos empeñamos en destruirlo; ahora ni siquiera puedo estar contigo, si volviéramos a empezar haríamos de nuevo lo mismo. Sólo gente como nosotros, que en el fondo no es tan mala, convierte el amor en tedio y el azúcar en cizaña. Quizás nuestra historia termine con nuestros cuerpos, igual no volvemos a encontrarnos, pero estoy seguro de que si lo hacemos, habrá remordimientos al mirarnos. Sólo gente como nosotros decide ignorar lo que estaba escrito. Sólo alguien como yo reza por volver a verte aunque sepa que no coincidimos.

La noticia salió en primera plana: nació una cabra que habla. Anunció más de tres cosas y menos de diez. Anunció cosas que aterran y que conviene saber. Que no valen las palabras sino el afecto sincero. Que nadie quisiera ser sobrino de Ricardo III. Que para ser inmortal en tus obras necesitas estar muerto y que no es tan feliz quien siempre parece contento. Que el final de nuestro idilio fue ayer y que el final del mundo será mañana, esas cosas predecía la cabra que hablaba. Y antes de morir dijo que solemos confundir el amor con los caprichos, que sólo la vida nos mantiene vivos, que no hay democracias, ni hay masas con cerebro y que debe estar siempre prohibido pensar en lo eterno.

Sola

Extraña manera de esperar el momento. Sentada con sus ochentaytantos años repartidos en sus posaderas (cuarentaypico en cada glúteo). Mirando al infinito. Sola en la mesa ante una taza de café. Junto al suyo hay otro mantel con cubiertos. ¿Espera a alguien más y no sólo al momento final? Es un café de segunda, de esos que pertenecen a cadenas de supermercados. Ella intenta disimular su edad con el cabello teñido de un tono tan oscuro como el de ningún cabello natural. Sus gafas son de grueso armazón y con lentes que parecen robados a un gran telescopio. Huele a muchos años, por más que intente disimularlo con perfume intenso. Huele a últimos días. Es curioso cómo la vida desperdiciada y la vida bien aprovechada huelen igual a esta edad. Probablemente está recordando un amor vivido o imaginado,  estas alturas ya todo resulta lo mismo. Todo se confunde. Espera sin esperar y sin embargo tiene miedo de dar el paso final. ¿Será el miedo a lo desconocido? Esos temblores nerviosos y esos achaques la tienen harta. Pero ha aguantado tanto que siente que ya no vale la pena apresurar nada. Algunas veces pensó que la vida termina y uno es olvidado tarde o temprano. Ahora sabe que para ser olvidado no es necesario morir, sólo basta vivir lo suficiente. Le gustaría morir en su cama, durmiendo; y le da pavor perecer en un lugar público, como este café, o en la calle. Piensa en eso mientras le da un sorbo a su bebida, ahora tan fría como su corazón. Si tuviera mucho dinero igual y sería atractiva para algún joven, pero apenas tiene para ir al día y suprimir a medias sus carencias. ¿Quién irá a su funeral? ¿Sus nietos y bisnietos?, ¿los pocos hijos que le quedan vivos? Irá el que se sienta comprometido, nadie irá porque la quiera, si la quisieran no la dejarían tan sola. Y sola la dejaré también, perdida en su olvido.

Mientras llegas

Aves como notas musicales en los cables de la luz. Un añejo periodista habla sin parar de su pasado y su mucha experiencia, líder de opinión que gusta de vivir en el ayer. La lavandería abre sus puertas perezosamente, y tú no llegas. Los trabajadores desfilan rumbo a sus oficinas, yo escribo y escribo sin poder detenerme, algunos de ellos caminan y desayunan a la vez, y yo a ti no te logro ver. Tuestan café en algún local, las palomas buscan comida en la acera, pasan y pasan autos a gran velocidad y yo me pregunto dónde estarás. Me duele la mano de tanto escribir, noto que mi letra se deforma, quizás demasiada computadora. Pasan los minutos, haces tu arribo, yo bajo la mano y dejo de escribir. No más lectura, no más escritura, es tiempo de vivir.

Tras varios días de intensas reflexiones y genuflexiones, el barbero epiléptico creyó llegar a la respuesta de por qué no tenía clientes en su negocio y por eso tapizó todas sus paredes con fotografías de bellas mujeres desnudas en decididas poses apasionadas. El viejo cumple ahora cadena perpetua por haberle cortado accidentalmente la yugular a un adolescente lascivo. El piloto invidente se mató solo en una curva más sinuosa que la silicona de una actriz de moda y el único que rezó por él fue el sacerdote ateo mientras bautizaba a su niño no planeado que con los años se convertiría en el profeta adivino historiador heredero fiel de Heródoto. Todo esto lo recordé al probar la bazofia que preparó el chef sin sazón en un restaurante bajo techo al aire libre. Recordemos que en ocasiones el hielo quema tanto como el fuego.

Enfriado, de planeta en planeta, plantado sin planes, como el menos principal de los príncipes, conociendo a desconocidos y perdiéndome a mí en el desconocimiento. Píntame una pinta de cerveza y te presento a mi Mr. Hyde (Park). Así pasó hasta que me bien perdí malamente en ese laberinto con minotauros robados de la Plaza de las ventas (que por entonces ya estaba en renta y posiblemente iba a cambiar su nombre por el de Plaza McDonalds o Plaza Hewelett Packard). Y el fulano que veía en los espejos era un total extraño. Añoro cuando me reconocía. Ahora, con 100 kilos propios encima, esos al menos se pueden quitar, con algo de voluntad, ojalá se fueran como volutas de humo, trato de retomar abstemiamente el camino que me lleve a estar bien conmigo. Nunca en domingo dijo la griega, y yo me empiezo a tomar mis grajeas para poder dormir.

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