Cuentos, divagaciones, escritos

La fiesta insufrible en la vieja casona (en lo que dan las 6)

Una vieja casona estilo victoriano con amueblado rococó, tendencia kikirikí de los años en que mambrú dejó de ser pacifista; escenario de una fiesta común en una época que daba muy pocos motivos para festejar.

Bajo el retrato cubista de Descartes en bikini se encontraba un retrete con títeres colgados, desde el cual un hombre decidió llamar la atención de los muchos presentes alzando su copa de vinagre togolés y gritando a todo pulmón: “In vino veritas”. El coyote rabioso que tenían encerrado en el baño principal comenzó a aullar la Traviata al revés. Nadie río por la ocurrencia del sujeto ni bailó al compás del coyote, simplemente dejaron el río correr y todos participaron en el linchamiento del sincero misterioso.

El tiempo comenzaba a volar tal y como lo haría un halcón con un gran yunque atado en su pata izquierda. Beethoven estaba furioso, porque aseguraba que el yunque que anclaba al halcón había sido extraído de sus oídos. Treinta malabaristas mancos intentaron entretener a los presentes haciendo extraños dibujos con sus lenguas arrancadas. El mudo acto no levantó ni un ápice el ánimo general, ni siquiera emocionó un poco al ánimo sargento.

“El tiempo, el mundo y las monedas, son todos redondos”, exclamó en tono triunfante el hombre de la mente cuadrada con la única finalidad de abortar el embarazoso silencio, mientras muchos lo relacionaron con uno que creyó descubrir que la lluvia estaba mojada. “Por cierto, ¿ya se fijaron que hoy hace mucho calor?”, concluyó el hombre, apenado, por el simple hecho de decir algo más antes de perder la atención de los presentes. “Podrían pagarme durante 20 años por calentar una silla ocho horas diarias, pero eso sería más cuadrado que las redondeces de este mentecato”, fue lo único que se le ocurrió decir al fantasma ambicioso mientras un sacerdote trataba de exorcizarlo con Coca-Cola.

Por ese entonces Homero solía escribir guiones para comerciales televisivos, “es más lucrativo que escribir poemas épicos”, decía a manera de justificación a cualquiera que no quisiera escucharlo. El tercer jinete del Apocalipsis comía apio cuando recitaba el guión de una película muda de Chaplin, esto lo hacía cada que se sentía muy nervioso, y en esa ocasión cómo no estarlo, pues se encontraba buscando la cabeza de Rasputín y lo único que había encontrado hasta ese momento eran las botas tejidas de Bismarck.

Lourdes, apodada ‘la no milagrosa’, llegó del brazo de Sansón calvo y ordenó un peluquín y una quijada de asno rostizada para su acompañante, por supuesto que nadie le hizo el menor caso, pero la pobre no podía dejar de pensar en qué posibles afrodisíacos podrían devolverle a su pareja lo que una tal Dalila le había robado.

José Pérez, aquel sujeto tan hispano como el que más, gustaba de disfrazarse de Robert E. Lee, y en éxtasis bélico desenfundó su pistola y comenzó a disparar a diestra y siniestra, al rimo de un viejo vals, mientras gritaba “muera Pancho Villa”. El coyote dejó de aullar la Traviata al revés y todos se ocultaron donde pudieron. Sin embargo, el arlequín desgraciado (ocupando todos los sentidos de este adjetivo) se encontraba tan ebrio de estupidez que ni siquiera sintió la bala que le depiló las pestañas del ojo izquierdo. De ese suceso proviene la frase Nulla dies sine linea, la cual se aplica a todos los que tienen las pestañas del ojo derecho más largas que las uñas de los pies. Los disparos de Pérez cesaron como con pereza y el verdugo lampiño del César cortó la cabeza de Juan Pérez con una goma de borrar (tarea que le llevó más tiempo del que te imaginas).

Adán se hallaba oculto en el desván desde mucho antes de que empezara la fiesta, y allí se quedaría con justa razón, pues temía que sus descendientes le tumbaran a golpes todos sus dientes. La hermosa hueca dijo: “sospecho que la manzana tiene connotaciones sexuales” y después intentó conversar con su príncipe ideal de papel cuché, que estaba impresionado en una revista de tercera a cuatro tintas.

Einstein dudaba entre rasurarse el bigote o peinarse, pero prefirió anotar números en su libreta favorita. Un grupo de fanáticos había logrado ponerle calzoncillos al David de Donatello (al de Miguel Ángel ya lo habían destruido, pues no traía cubierta la cabeza). “Por mi abuela que jamás volveremos a permitir situaciones tan depravadas”, exclamó el líder de un grupo de extrema derecha, el que sin embargo carecía de derecho, fingiendo ignorar a su hijo (al que apodaban ‘el erizo’ por todas las heroicas jeringas que llevaba siempre clavadas en sus brazos).

Una ancianita que gustaba de empujar su carro de supermercado adondequiera que iba, recogió la decapitada cabeza de José Pérez con la idea de venderla haciéndola pasar por la cabeza de Pancho Villa. Freud, mientras tanto, rompía su propia cabeza tratando de resolver el enigma propuesto por un bromista sádico acerca de por qué tanta gente encuentra placer atormentando a sus semejantes, lo cual hacía que Freud se sintiera como Onano abonando con su desperdicio la tierra de Nod.

Todo sucedía, pero nada inmutaba a Judas Iscariote cuando éste se proponía buscar la segunda mejilla de sus semejantes. Un mesero vestido de águila calva (con mucho más pelo que Sansón tras su fatídico encuentro con la estilista Dalila) conducía su campana de salvamento con ruedas para ofrecer bocadillos a los que no habían sido invitados (quienes curiosamente eran numéricamente más que los invitados).

Al ver que la fiesta decaía un poco, el Papa sugirió comenzar a jugar a la ruleta de rito Vudú, pidiendo a su cardenal de confianza que se quitara el antifaz y le trajera el becerro de oro que tanto adoraban. No todos los asistentes participaron en el juego, los protestantes (quienes en honor a su nombre trataban de estar en contra de todo) continuaron viendo la TV junto a los muertos vivientes. Tampoco participaron los tipos de las calentolendas (¿o se escribe carnestolendas?) perpetuas, pues estaban muy concentrados en desfogar sus energías (que realmente no eran tantas) en los miles de cuartos de la vieja casona, por múltiples motivos. Los ecologistas también se retiraron del juego, pues en éste se utilizó una gallina decapitada.

El homosexual que nadaba en estilo mariposa comía cacahuates en la cornisa más angosta de la vieja casona, a una altura que hubiera hecho temblar al menos acrofóbico, preguntándose de qué manera podría abrir sin preocupaciones el clóset de su sexualidad enfrente de toda la gente sólo para provocar afrentas. “¡Lo tengo!, haré púbico mi romance secreto con el reverendísimo cardenal”, se dijo, y de la emoción cayó de la cornisa muriendo en el acto asexual.

Como todo juego que se prolonga demasiado, la ruleta de rito vudú terminó por cansar a todos sus participantes, quienes sin saber qué hacer para divertirse se sentaron en donde pudieron mirándose unos a otros e ignorando todas las razones posibles.

Un idiota hiperactivo decidió fundar una religión, basando sus dogmas en todos los libros de superación personal que le leía su bisabuela cuando era pequeño. La nueva religión consistía en saltar lo más alto posible y sin cesar (quizás con Augusto) con el fin de estar los más cerca posible del cielo prometido.

La reina Isabel, quien llegó disfrazada de Marilyn Monroe montada sobre un guanaco que mascaba guano (pues la bestia era alérgica al tabaco), decretó ese día como festivo. Era su manera de expresar sarcasmos, ya que bien sabía que nadie se divertía en la vieja mansión.

Tentadoras hojas de papel. Tan blancas como la pantalla de una computadora, las cuales invitan a ser manchadas con el fruto podrido de mi imaginación, sin importar qué tan absurda y famélica sea. A esto te pueden orillar los mediocres con poder, al menos hasta que den las seis. De las mil maneras de matar el tiempo esperando la hora de salida, ésta tiene la ventaja de distraerme tratando de crear algo.

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Deseo

La fecha del festejo anual hizo de nuevo su aparición. Qué diferente es ahora su llegada, comparándola con los felices tiempos de tu infancia que, por su despreocupación, siempre consideras los mejores de tu vida. Antes esperabas emocionada esta fecha, ahora lo que quisieras es omitirla para siempre. Hoy no habrá pastel con velitas, pues por medio de argumentos dignos de la peor película de acción, y excusas que pareciste haber extraído de la chistera de un mago fracasado, mandaste diplomáticamente al cuerno a todas tus amistades y conocidos. Esta noche, por iniciativa propia, no habrá celebración de cumpleaños para ti.

Quizá si contaras con una pareja permanente tu humor sería distinto… pero el caso es que hasta el momento ningún ‘caballero’ ha querido asumir tal compromiso. ¿Acaso es realmente imposible encontrar un hombre correcto en el mundo?, por lo menos la respuesta que das, basada en tu propia experiencia, resulta afirmativa. Lo peor no es que tu paciencia se esté acabando, sino que tu reloj biológico está a punto de detonar la bomba del embarazo riesgoso, y de ahí al embarazo imposible sólo hay un paso.

Para colmo de males, sabes bien que tu piel ya no se ‘recupera’ tan rápidamente como antaño y que con las tendencias estéticas obligadas que pronto adoptará tu figura deberás renunciar a ciertos caprichos de la moda que solías seguir con religiosa fe. ¿Cuánto tardarán en aparecer esas temidas manchas en los dorsos de tus manos? Esas como pecas que tanto tu abuela como tu madre tuvieron cuando entraron de lleno al otoño de sus vidas. Ellas por lo menos contaron con hijos que las distrajeran un poco y no se concentraran en la conciencia de sus propias decadencias. Pero tú…

De repente sientes que es un tanto ingrato quejarte, pues puede decirse, sin engaño alguno, que eres una mujer exitosa. Solitaria, sí, pero exitosa. ¿Habrá sido así la vida de la reina de Saba?… ¡No!, acuérdate que el mismo Salomón anduvo perdido tras ella, y ese rey no es conocido precisamente por haber sido un idiota, ¿verdad? Así que la reina de Saba tuvo sin duda mucha suerte (o por lo menos más que tú).

¿Cómo podrás olvidar la fecha de hoy?, enterrarla lejos del alcance de tu memoria. ¿Cómo puedes ignorar que hoy cumples otro año más? Nada de alcoholizarte, eso está descartado, es demasiado patético hacerlo sola y a la larga terminaría empeorando tu estado emocional. Te conoces muy bien. ¿Qué te parece salir a dar la vuelta?, mezclarte anónimamente entre las masas de desconocidos, entre todo ese ejército que ignora que hoy cumples años. No importa que noten tu soledad, pues tú notarás también la de ellos y lo más probable es que no te los vuelvas a encontrar de nuevo –y si los vuelves a topar, lo más seguro es que ni siquiera recuerdes sus facciones y ellos desconozcan las tuyas–.

¡Al diablo con todos!, ¿qué importa que noten tu soledad? Pides un taxi. Sólo una retocada de maquillaje antes de salir. Aunque no lo aceptes, siempre estás ilusionada con que sorpresivamente conozcas a tu príncipe azul. No lo aceptas, porque la desilusión es peor cuando regresas con las manos vacías. Pero arreglas tu apariencia porque esa esperanza silenciosa por un encuentro milagroso persiste muy dentro de ti.

En el espejo observas tus magistrales trazos de maquillaje que, sin embargo, no pueden ocultar del todo la crudeza del presente. Nada puede evitar que notes que ya no eres la misma, que el tiempo realmente pasa con rapidez y se lleva la lozanía con él. ¡Mira esas marcas de expresión!, antes solían ser parte de un gesto efímero y encantador, ahora están decididas a permanecer en tu rostro como grietas en la roca.

¡Carajo!, lo que más te duele es que no eres fea, nunca lo has sido, y tu belleza tardará un buen tiempo en marchitarse completamente. Entonces, ¿por qué fregados no has encontrado al hombre correcto? Una de dos: o todos los hombres son realmente unos hijos de la mierda o tú tienes el peor tino que haya existido en la historia para encontrar pareja. Eso te recuerda la idea que planteaste una vez con ciertas amigas: “Eva fue la mujer más suertuda de todas las que han existido o fue la más resignada. Todo depende de cómo haya sido realmente Adán”. En fin, hora de salir, el taxi llama a tu puerta.

Extraño espectáculo el de la ciudad de noche. Ignoras completamente al conductor que pretende iniciar una plática contigo y prefieres mirar al exterior hundida en el silencio. Desde el auto observas problemas por todos lados, espacios vitales invadidos, olor a podredumbre. A pesar de todo seguimos aquí hacinados, y no sólo eso, sino que la mayoría tiene el descaro de reproducirse. Claro que aceptas que tú no te has reproducido, no porque te falten ganas. Recordar el asunto de la reproducción ensombrece aún más tu mente.

Ahora consideras que la vida es absurda, ¿qué razón hay de continuar con ella? ¡Hey!, mejor cállate, cambia tus ideas. No te vayas a deprimir como la otra vez. Recuerda esos días de melancolía constante, los medicamentos, el tratamiento, ¡un verdadero infierno! Todo por culpa de ese imbécil que te hizo construir grandes expectativas. Ese idiota que tras jurar amor se largó tras conseguir lo que buscaba. ¡Carajo!, de haber querido recordar tantas desdichas mejor te hubieras quedado en casa.

Bajas del taxi y piensas que sería bueno conocer, aunque sea por unos segundos, los más íntimos pensamientos de las demás personas. Saber qué piensa cada ser que deambula por esta importante avenida de comercios finos donde se venden productos de caras firmas internacionales y tan grandes como lujosos edificios habitacionales. ¡Qué curioso!, no todos los transeúntes están al nivel socioeconómico del rumbo. Por ejemplo, observa a ese limosnero que lleva en su mano izquierda un objeto dorado (de seguro el recipiente que utiliza para que la gente de buen corazón, o de gran culpa, deposite las limosnas). El hombre tiene una mirada tan perdida que parece realmente profunda, aunque descubres en ella algo más… Imposible que este pobre individuo pueda entrar en la tienda de la esquina y mucho menos tendrá la más ligera oportunidad de habitar en uno de los departamentos que hay por aquí. ¡Ja!, ni siquiera podría ser admitido como sirviente.

Ahora tienes la certeza de que él te mira y se aproxima a ti, ¿qué diablos querrá contigo este miserable? Lo único que te faltaba es ser importunada por un pordiosero, así que mejor desvías tu rumbo y por seguridad entras en el lobby del edificio más cercano. El guardia de la puerta te permite la entrada sin preguntarte nada, limitándose a saludarte cortésmente (tal y como lo aleccionaron en la compañía donde labora). Todo porque deduce, por tus ropas, que perteneces al círculo de gente que tiene derecho a darle órdenes, grupo del que automáticamente excluye al limosnero. Desde el lobby alcanzas a observar cómo el guardia deja de ser el sumiso portero, para convertirse en un déspota que utiliza todo el poder que tiene a la mano para humillar al pordiosero y ordenarle groseramente que se largue de allí. Decides esperar en ese sitio un tiempo razonable como para que el indigente se haya alejado.

Es curioso, pero no puedes olvidar la mirada del pordiosero, había en ella algo que iba más allá de la infelicidad (casi todos lo pobre son infelices, aunque, pensándolo bien, los ricos no se quedan muy atrás, sólo que éstos compran las posibilidades para disimularlo). ¿Quién sabe qué sería lo que te inquietaba de esa mirada?, pero no escapaste de los probables festejos de tu cumpleaños para divagar acerca de las diferencias económicas ni para descifrar las amarguras de un indigente. Ves que el portero abre la puerta servicialmente –quizás debieras decir ‘servilmente’– a una parejita de jóvenes pudientes. Él es muy apuesto, aunque en honor a la verdad debes aceptar que ella es muy hermosa. Te llaman la atención porque ambos parecen estar embriagados por algo mucho más banal y material que el amor, incluso te atreverías a apostar que vienen bastante drogados. A pesar de su estado químicamente alterado, se esfuerzan en mostrar al mundo su cariño mutuo. Hay algo de falso en esa efusividad casi violenta. La imagen te resulta insoportable y optas por largarte de allí. El mendigo ya debe estar lejos.
Das al guardia una sonrisa condescendiente que él te regresa deseándote buenas noches (aunque no dudas que bajo esa cortesía te odie por motivos meramente clasistas) y sales a la calle. Tu mirada es atraída hacia un costado de la gran puerta, donde descubres un objeto metálico. Es, sin duda, el artefacto que cargaba el pordiosero. Lo levantas y te sorprende descubrir que se trata de una lámpara como aquellas que aparecen en los cuentos infantiles. Una lámpara metálica, en cuyo interior se colocaba aceite para alumbrar la oscuridad en las mil y una noches. ¡Vaya regalo de cumpleaños!

Es en verdad curioso encontrar una de estas cosas hoy en día. ¿Y si…?, no, ¡qué pendejadas se te ocurren! Qué ridícula te verías frotando la lámpara en espera de un genio, ya eres una adulta para siquiera pensar en semejantes ridiculeces… Aunque, ¿quién sabe? Miras a tu alrededor y sigues viendo a gente pasar, cada quien clavado en sus propios pensamientos (¡ah, la típica frialdad urbana!). Nadie te está viendo, ni siquiera parecen enterarse que estás allí. ¡Frota la lámpara!, total, no pierdes nada. Aquí vas, una pequeña frotadita y…

¡Diablos!, todo lo que te rodea se detiene, como si hubieras puesto ‘pausa’ en una película. Todo está quieto, los pasos de los peatones se congelaron en el momento preciso en que frotaste la lámpara, incluso el humo del cigarro de aquella mujer forma una escultura en apariencia permanente. Quietud absoluta, todo permanece estático, excepto tú y ese humo violeta que sale de la lámpara que paulatinamente se transforma en un gigante de tres metros vestido a la vieja usanza oriental.

“No te sorprendas por mis atuendos”, te dice el gigante con una sonrisa sarcástica en el rostro, “pero los uso únicamente para dar el dramatismo cursi que se espera de esta situación. Ahora, supongo que imaginarás qué sigue. Por lo tanto me ahorraré las explicaciones y me concentraré en decirte que cuentas con un deseo, SÓLO UNO, el cual te será cumplido. Así que te recomiendo que lo formules CON SABIDURÍA”.

Tras sus palabras, el genio cruza sus musculosos brazos y dirige su mirada al cielo, como si con esta acción procurara no apresurarte en la toma de tu decisión. Curiosamente tú no estás muy sorprendida, es como si esto no fuera extraordinario, después de todo, cuando eras niña creías en ello. Miras hacia la gente estática, como buscando inspiración y las ideas comienzan a galopar en tu cerebro como desbocados obesos hambrientos en un festín.

Te preguntas qué puedes pedir. ¡Dinero!, supones que esa es la primera opción que se les ocurre a quienes enfrentan esta situación, o por lo menos eso cuenta la tradición. Pero no, no la riqueza, hace unos momentos pensaste que los ricos no son felices; además, ya tienes las cosas materiales que necesitas, y hasta te sobran. Debes pedir algo que… ¡concebir un hijo!, ¡eso es! Después de todo, es lo que más ansías. Sí, un pequeño… aunque, ¿de qué te serviría un niño sin que tú cuentes con un compañero que te ayude a criarlo? Entonces decides pedir un hombre al que puedas entregar tu vida, sin restricciones. Sientes que el genio te mira, y descubres que es así. Él parece adivinar tus pensamientos y con una sonrisa parece indicarte que te tomes tu tiempo, que la decisión no debe hacerse tan a la ligera, que esta oportunidad jamás se repetirá.
De súbito se te ocurre que hay algo aún mejor. Tu deseo será no envejecer, detener de una vez por todas ese fastidioso proceso de decadencia en tu cuerpo. Con ello consideras que lo obtendrás todo: encontrar por ti misma al hombre adecuado, sin importar lo que esto tarde y tener un hijo (o los que quieras) cuando se te pegue la gana. ¡Ese es un verdadero deseo para pedir a un genio!
Abres los labios emocionada y dices al genio: “Mi deseo es jamás envejecer”. Él como respuesta suelta una gran carcajada, cargada de dramatismo (sin duda lo que la tradición dicta en estas situaciones), y chasquea los dedos de su mano derecha, para desaparecer en el acto tras decir: “Concedido”. La calle recobra todo su movimiento como si nada hubiese pasado.

Esperas ansiosa algo, un destello, una gran explosión, algo espectacular que te indique el cumplimiento de tu deseo (el genio tenía razón con respecto al efectismo cursi al que estamos acostumbrados), pero no sucede nada fuera de lo normal. De repente escuchas gritos de terror y notas que la gente detiene su paso y todos miran hacia arriba de tu persona. Tú decides no voltear y cerrando los ojos esperas que una fuerza sobrenatural recorra tu cuerpo, algo así como una energía que impida que tu organismo envejezca. Lo único que obtienes es un fuerte golpe que de sopetón termina con todos tus signos vitales, y quiebra la mayoría de tus huesos. No más esperanzas de vida, este es tu adiós para con el mundo cruel.

***

El día siguiente fue jueves, y como tal, toda la gente continuó con su rutina en espera de que llegara el viernes. Claro que dentro de toda rutina deben existir situaciones que rompan con la monotonía, pues de no ser así, la humanidad realizaría tarde o temprano un suicidio colectivo y la Tierra tendría que esperar varios millones de años para que las cucarachas evolucionen y ocupen el sitio dejado vacante por los hombres. Ese jueves, la rutina fue alterada por una curiosa noticia acerca del fallido intento de suicidio de un apuesto joven pudiente, quien tras pelear brevemente con su prometida decidió saltar desde la ventana de su lujoso departamento.
Quién sabe si el joven hubiera intentado tal acción de haberse encontrado sobrio, pero el caso es que, tanto él como su novia, estaban bajo los efectos de ciertas drogas ‘duras’ mezcladas con alcohol. Pero esto no fue lo más curioso, sino que el joven resultó totalmente ileso tras su salto. Lamentablemente no se pudo decir lo mismo de la mujer que estaba en la acera, sobre la que él cayó y la cual murió en el acto. Ella era de mediana edad y su cuerpo amortiguó la caída del suicida. En la necropsia se descubrió que la mujer sacrificada se encontraba con tres semanas de embarazo.

Lo que siempre se preguntarán los testigos del suceso es por qué la víctima no se apartó del punto donde se hallaba, a pesar de que todos le gritaron que así lo hiciera y, en vez de correr, sólo cerró los ojos con una dulce sonrisa en el rostro.

***

En algún lugar de la ciudad, dentro de una vieja lámpara de latón, un genio sonríe satisfecho de haber cumplido tres deseos en uno solo, y descansa mientras espera que otra persona afortunada deje a un lado los prejuicios y se atreva a frotar la lámpara.

lamp

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Ciego por voluntad

Extraviado en la vía rápida de la leche derramada, sintiéndome como el octavo onano sin blanca.

Perdido sin las guías de la luna o del sol, mucho menos de las estrellas, preguntándome por qué no estamos ya juntos.

Llevo en mi mirada la desesperada espera de la oportunidad que nunca llega, ni llegará… calva ni con gran melena.

El futuro me sabe a una indeseada extensión monótona del pasado, nada mejora si no estás a mi lado.

Hoy despertaste con otro ente, de entre los que hacen del seguirte una religión barata y postmoderna. Ya sabrás tú qué me corroe, a mí, un desencantado obispo de la adoración de tu áurea becerricidad.

Ojalá yo buscara de ti sólo tu cuerpo, pero después de lo ocurrido sabes ya que no es cierto.

Si mentí fue sólo por diversión y hoy soy el condenado que pide perdón a la reina de la penitenciaría.

Exiliado de tu cama y de tus pensamientos, voy en contra de mi código que exige alejarme del lugar en el cual no me quieren.

Sólo un lépero leproso cuya única compañía es su campana desafinada.

Doce campanadas y pido tu regreso, pero debo aceptar que me dijiste adiós sin tirarme ni un beso.

exiled

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Desde lejos

El deseo arde como leña bien seca en una chimenea, pero la acogedora casa de postal donde está el fuego se encuentra a gran distancia.

Tú, enclavada en donde está mi hogar, mi pertenencia, y yo ajeno en el extranjero. Exiliado por tus absurdos y por el poco seso mío de suponerlos cuerdos.

Aquí se respira destrucción bajo el orden obligado, sólo por hacer dinero me desterré, sólo para que respiraras y te normalizaras me piré al exilio. Y todo para nada. Sigues igual de alterada y yo lejos de casa.

Me enuentro en el país donde los muertos son como raíces podridas, pero bien afianzadas, y el fruto que proporciona su árbol es el oro a crédito y todo lo que se puede comprar con él. Lo demás es lo de menos.

El país de la pureza presumida, que en realidad es una mezcla de mentira maquillada, aquí la princesa dormida no despierta con un simple beso sin antes mostrarle tu cartera o lo que el banco te dejaría adquirir a plazos.

En la doble moral, con rostro de Jano, se presume la igualdad mientras se mata a negros o a ajenos.

El tiempo se hace odioso, pasa lento en apariencia, pero deja su carga de decadencia en mi cuerpo. Enfermo con salud, así me siento. Vacío en la abundancia. Que triste lamento.

Lo perdido no podrá recuperarse, el destino seguro nos tiene guardado un final macabro y sigo pensando que de habérnoslo propuesto lo pudimos cambiar, aunque lo mejor sería que en unos 7 años me lo vuelva a preguntar.

Los caminos llegaron todos no a Roma, sino a un callejón sin salida. La próxima parada puede que sea otro infierno.

fly

Si yo fuera tú, probablemente también optaría por el malabarista de números, ese que tiene los pies bien plantados en la tierra y sabe lo que quiere porque es lo que le dicen que debe querer.

Si tú fueras yo, quizás tampoco lo entenderías.

Si yo fuera tú probablemente aprovecharía la gracia natural para tener un futuro seguro. Si tú fueras yo quizás ignorarías todo esto.

Mi chistera ya no tiene trucos para entretenerte y no me gusta ser lo que complementa a las personas que eliges.

Tú me sigues encantando como la primera vez, sólo que el juego que quieres no me gusta jugarlo entre 3.

Si yo fuera tú, probablemente vería que la vida es una angustia constante y también querría escaparme.

Si tú fueras yo quizás notarías que nada tiene sentido.

Si yo fuera tú igual habría perdido la fe en el amor, si tú fueras yo quizás dirías que en esto sí coincidimos.

Y mientras tú me entiendes menos yo ya no te quiero más.

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Buenas intenciones

Silueta de deseo, yo espero, hoy no estamos ni en el sitio ni en el momento.

Primero quiero conocerte, saber cómo es tu alma, descubrir tu pensamiento, quiero quererte más allá del mañana.

Mujer que despiertas pasiones, yo no tengo prisa, no me importa el tiempo.

Quiero que estés segura de mí y de lo que por ti siento.

Eres mejor que un sueño, pues eres realmente real.

Eres mejor que una ilusión, pues para verte sólo necesito despertar.

Ojalá creas lo que te digo, mis palabras son sinceras.

Sólo pido que consideres mi petición si ser amada es lo que deseas.

 

wolf

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Había

Había una mujer que solía soñar en cada momento de su vida.

Había un hombre que sabía decir mucho más de lo que sentía.

Sueños y palabras, ambos suelen estar a gran distania de las acciones. Semillas apropiadas para cosechar decepciones.

Hubo una historia igual a muchas otras más, con personajes similares a los que acabo de esbozar.

La mujer soñadora suspiraba sin motivos.

El hombre jugaba con las palabras, aparentando decir algo nuevo, pero diciendo siempre lo mismo.

Más temprano que tarde alguien se cansó del juego, mientras otra persona arribó al baldío desolado conformado por esa pareja.

Pudo haber llegado también la indiferencia puntual, pudieron quizá presentarse guerras para llegar al mismo lugar.

Alguien en algún otro sitio dio inicio a ese mismo juego.

Sonrisas, besos, regalos y compromisos.

Finas lociones, perfumes, ilusión y posesión.

Promesas, verdades a medias y medias que terminan haciéndose enteras.

Todo es igual.

Historia que no tiene principio real, historia que tampoco tiene final.

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La respuesta de la margarita

Una margarita nos puede revelar qué tanto nos quiere aquella persona que tanto queremos, pero pocos saben que las margaritas son mágicas y además tienen desde siempre la respuesta verdadera, cualidades especiales de estas flores que mueren en el momento mismo en que se les arranca su último pétalo.

Había una vez una bella margarita, creciendo en un lindo parque en el que salían a pasear los enamorados; ella daba gracias al cielo por los amaneceres, por la luna y por las estrellas; agradecía también por el sol y por la lluvia; porque sabía que, aunque difícil de encontrar, en este mundo existe el amor.

Una tarde de primavera la margarita meditaba sobre la validez de una frase que le había escuchado a un hombre excéntrico que acudía al parque a leer y a conversar con los incautos que se lo permitían, el hombre había dicho: “bien valen la pena muchos momentos de sufrimiento por un solo instante de amor”, y en eso pensaba la flor cuando de repente fue arrancada a mitad de su tallo.

La había arrancado un joven pálido con un rostro que emitía una gran pena y reflejaba la incertidumbre de su alma; la flor no se sintió mal, pues dicen que ellas consideran un honor ser arrancadas para que las consulten sobre cuestiones amorosas y esa era precisamente la intención del pálido individuo.

“Me quiere mucho”, dijo el joven cuando desprendió el primer pétalo de la flor, “me quiere poquito”, dijo al arrancar el segundo, “no me quiere nada”, expresó cuando quitó el tercero, y para el cuarto volvió a comenzar con “me quiere mucho…”

La margarita, al conocer la verdad de antemano, como todas las de su especie, sabía que la mujer en cuestión no sentía ni siquiera un afecto superficial y diplomático por este muchacho.

Las margaritas son mágicas, entre otras cosas porque no importa con qué frase empieces a deshojarlas, ellas siempre se las arreglan para decirte lo que creen que te conviene. Sí, pueden mentir, aunque ellas siempre saben la verdad.

Esta margarita era tan sentimental que cuando el joven le arrancaba el penúltimo pétalo diciendo “me quiere poquito”, ella hizo nacer en sí un pétalo más, sin que nadie en este mundo pudiera darse cuenta del truco, pensando: “vale más que conserve la ilusión de su amor y no que se le rompa el corazón al pobre”.

El joven arrancó el pétalo mágico, el último de la flor, y jubiloso gritó: “¡me quiere mucho!”, y mientras el color y la esperanza volvían a su rostro, la margarita expiraba feliz por lo que había ocasionado.

No se puede responsabilizar a la margarita por lo que sucedió después, ya que ella actuó de buena fe; pero si el joven hubiese sabido entonces la verdad, se hubiera ahorrado muchos tiempos de desdicha, pues pasaron varios meses antes de que su amada se armara de valor y le dijera la verdad con una frialdad aterradora: “por ti no siento ni siquera una gran estima”.

No todas las margaritas saben que es mejor saber la verdad antes de que el globo de la ilusión sin sentido nos eleve demasiado en el cielo de mentiras.

margarita

 

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