divagaciones, escritos

Nadie se muere de eso

Nadie se muere de soledad.

Nadie deja de respirar porque se siente sin compañía.

A veces se experimenta más el abandono cuando estás en medio de la multitud.

Pero la soledad no termina acabando con la salud.

Nadie se muere por desamor.

No ser amado o sentirse engañado, quizá te haga más frío.

Pero créeme, tu corazón conserva sus latidos.

El amor no es como el aire que respiras, es un accesorio de lujo para sobrellevar la rutina.

Nadie se muere de añoranza.

Porque quien añora y en el pasado centra su esperanza, ya está muerto en vida.

Sufrirá dolores de cuello quien sólo mira hacia el pasado.

Pero no por eso será sepultado.

Nadie se muere por faltas al honor.

A menos que se involucre en un duelo.

Y le toque estar en el lado equivocado de la espada o de la bala.

Fuera de eso, el deshonor no mata.

Lo único que nos mata es la vida misma, ayudada por su compinche llamado tiempo.

Y muchas veces también matan el hambre, la peste, la victoria, la guerra y los impuestos.

Pero nadie se muere realmente por desamor, soledad ni deshonor.

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El martirio más absurdo

Es un hecho
Nada saldrá tal como lo planeas
Nada está garantizado
Así es esto, supéralo
Nada es para siempre
No todo es tan malo
Ni todo tan bueno
Nada es perfecto
Nada es 100% correcto
Nada
Puedes bailar el vals de la autocompasión cada día de tu vida
Puedes quejarte de los tragos amargos de la noche a la mañana
Y de la mañana a la noche remojar en ácido de tu boca todas tus heridas
Nada de eso mejorará tu existencia
Nada de eso cambiará un ápice tu miseria
Supéralo
Desclávate de tu cruz autoimpuesta
No pido que seas optimista
Ni que te conviertas en ignorante, títere de la corriente
Simplemente deja ya de transformar en imposible lo que por naturaleza es difícil
Deja de mirar con tus gafas oscuras el mundo
Nadie se muere por amor
Nadie deja de respirar por una decepción
Ni siquiera tienes que ser fuerte para seguir viviendo
Cualquiera puede hacer eso
No hay que hacerle al idiota, como tampoco hay que querer pasarse de listo
Deja de quitarle más sentido a la sinrazón
Deja de buscarle los tres pies al gato y las tetas a una culebra
Deja de culpar a tus padres, a tus maestros o al Señor
Asume tu papel y responsabilidad
Simplemente vive sin oponerte al todo
Aprende a negociar incluso contigo
No te quiebres, no te rompas
Sólo deja de inmolarte al dios de tu injusticia
Simplemente supéralo

tormento

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Falta de intención

Soñé que te vi.
Desperté y no estabas.
Juraste en mi vigilia una permanencia estable.
Y no te apareciste siquiera en mis alucinaciones.
Renunciaste a garantías.
Como renuncia cualquier empresa voraz.
Te alejaste de mí, como el mar.

Échame a mí la culpa.
Total, me asumo de paso.
Quedaré conservado, cuando uses bastón.

Soñé que te amé, desperté amándote.
Pero estabas tan lejos, y tan cerca de mí.
No es cosa de kilómetros.
No es cosa de bits y bytes.
No es más que voluntad y deseos, de estar donde queremos.
Pero necesitaríamos quererlo ambos.
Pero tú divagaste, y yo me perdí.
Así es la cosa.
Así es el el c’est la vie y yo no vi nada.
Sólo el polvo que dejó tu partida
deseando que hubieses podido estar, conmigo en mi vida.

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Gris como el abandono

Pasa, como las ciruelas que se arrugan, que sin aventuras la vida pierde su encanto, se estanca, varada como el barco sin tripulación que encalló en las arenas del tiempo que no perdona.

Las palabras que no se dicen forman herrumbre y son el combustible que se echa a perder por falta de chispa, como la eterna novia amarilla, al final ya no hay nada que decir.

No se ejercita el habla y se termina enmudecido, enmohecido.

El abandono es un fardo del que resulta difícil desprenderse una vez que se convierte en el compañero más constante.

Si tienes la fortuna de tener con quién platicar, no lo dejes, aprovecha, pues no sabes cuándo se presentará la siguiente oportunidad.

Sucede, como al sauce que llora, que nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido, y después del niño ahogado ya para qué tapar el pozo.

Recomiendan que no es bueno guardar el mejor vino en cueros viejos, y no es bueno tampoco que los ancianos se encueren aunque estén demasiado envinados.

Aquí me tienes, escribiendo a falta de oyentes y de hablantes, sacando lo poco que me queda, eso que tanto se parece a la nada. Haciendo caso omiso a la naturaleza, sin sumisión, salí en dirección equivocada, de alguna manera tengo que reencontrar el camino, la contramano o el sentido contrario y no el que es dado por sentado.

Parado. Acontece, como al acólito alcoholizado, que todo pierde sentido y se eclipsa su Dios.

Hasta luego o hasta nunca.

El vacío es asomarse a la oscuridad infinita, sin estrellas, sin cariño, sólo aire enrarecido y las imágenes de recuerdos que se van aclarando como las telas al sol.

Lo malo se olvida y lo bueno se magnifica. Se pierde el sentido a ser objetivo.

Las fantasías se van empobreciendo y los cuatro muros se estrechan. Asfixia. El gris se va convirtiendo en el color reinante. Sólo queda esperar, quién sabe qué o a quién, pero esperar. Esto es la soledad que engendra el abandono.

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El infierno es aquí

“Yo empecé a cantar desde muy joven”, dijo la celebridad del día (en el día 18 de su reinado como tal, gracias a las listas de popularidad, en indudable deuda con la payola) en una entrevista que le hacían en vivo y en directo durante el programa matutino de gran audiencia, conducido por imbéciles, dirigido a imbéciles y criticado por imbéciles que se toman el tiempo de verlo para hablar pestes de él.

“Tenía dos amigos”, siguió diciendo con una seriedad profesional y tomándose demasiado en serio la fugaz estrella, que entonces estaba en su máximo esplendor, “uno tocaba la guitarra y el otro también…”

“¡Qué interesante!”, interrumpió abruptamente una de las conductoras del programa, esa obra maestra del bisturí y el bótox, prueba viviente de que el silicón en demasía puede afectar irreversiblemente al cerebro.

“¡Así es!”, gritó a su vez con rapidez el conductor galán otoñal al que ya no le ofrecían papeles estelares en las telenovelas de la cadena televisiva, y que encontró refugio en este insulso programa tan popular en las mañanas, que no le exigía nada más que sonreír, asentir y morir poco a poco.

“Sí, pero mejor pongámonos a bailar el polvito”, dijo en voz alta la otra conductora, que era más o menos tan estúpida como la primera, sólo que 23 años más vieja, lo cual la hacía en realidad más estúpida que la primera, embutida en un corto vestido amarillo que contrastaba con su bronceado de cama de rayos ultravioleta e intentando siempre demostrar que ella tenía aún mucha energía, más que cualquiera, y que nunca se cansaba de moverse frenéticamente.

Así fue que todos los presentes se pusieron de pie y a ritmo de una música machacona y repetitiva movieron sus brazos y traseros, sonriendo como tiburones (antes de que se crearan los seres humanos) y coreando una idiotez con excesivas rimas de ‘mar’.

Después de un minuto de moverse como locos, todos volvieron a tomar asiento en la sala del estudio, sofocados, pero poniendo sus caras serias, para continuar con la entrevista.

“Cuéntanos”, dijo con dinamismo y tratando de disimular su sofoco la silicona mayor, producto también del bisturí y la silicona, dirigiéndose a la celebridad del día, invitado de honor esa mañana, “¿cómo y cuándo empezaste tu carrera como cantante?”

“Bueno”, dijo la celebridad del día, aclarando su garganta y dándose la importancia inmensa que entonces creía merecer, “siempre me gustó cantar, desde chiquito, luego conocí a dos amigos, uno tocaba la guitarra, y el otro también…”

“¡Qué interesante!”, interrumpió la conductora más joven, impresionada, abriendo los ojos espectacularmente y haciendo gala de una emoción exagerada.

Y todo se repitió como un mantra maldito del averno de los descerebrados.

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Poco y mucho

Muchos hablan demasiado y de lo que hablan conocen demasiado poco

Pocos identifican al amor en la primera vista

Pocos son conscientes del momento en que están fabricando un recuerdo

Casi nadie es lo que aparenta ser

Pocos son los amigos verdaderos

Pocos son los que se atreven a una entrega total

Pocos tienen sentimientos sinceros

Muchos se preguntan qué te pueden robar

Pocos aman a los otros como se aman a sí mismos

Pocos saben utilizar el sarcasmo de manera que no sea un arma barata

Pocos son amables con los caídos

Muchos te estiman cuando creen que pueden sacar provecho de ti

Pocos ven más allá de sus narices

pocos cumplen lo que prometen

Pocos son realmente libres

Casi todos hacemos lo que más nos conviene y no lo que deberíamos hacer

Pocos se resisten al dinero

Pocos aplican las leyes de honor

Pocos conocen la palabra eterno

Muchos escupen a la cara del amor

Puedo estar aquí, sin estar presente

Puedo simular que sigo la corriente

Aunque esto a la larga sería fingir

Creer en una mentira que no puedo tragar

Así que lo mejor sería ser yo, o bien tomar el siguiente tren

Pero en poco soy como muchos, y en mucho soy como todos.

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Guerra

La larga pared desnuda reflejaba una parpadeante tonalidad proveniente del exterior: un tinte rojizo roto por la sombra del hombre que de pie miraba hacia afuera del gran ventanal. Era una noche sin silencio, a pesar de la completa quietud dentro de esa habitación, hasta allí llegaba el lastimero escándalo que se producía afuera.

Los tonos rojizos de afuera se reflejaban en el rostro del hombre, mientras su mente saltaba entre el pasado y el presente. Demasiada destrucción durante los últimos meses, demasiada sangre y muerte, pero esto ya era el colmo.

El hombre miraba la destrucción de su comunidad desde lo que había sido el comedor de su casa. El antes comedor era una ruina, todo hecho trizas, y al parecer así también quedaría muy pronto el pueblo en el que había nacido y crecido. La casa del hombre estaba en un elevado, en la parte más alta de una colina que dominaba la vista de casi toda la comarca, al final de una calle inclinada, que por mucho tiempo fue recorrida por visitas y que él de niño disfrutaba bajar en el “carro deportivo” que construyó con unos amigos, en realidad una simple tabla con ruedas y una especie de volante. Era emocionante.

El hombre miraba lo que ocasionó el último bombardeo, el más devastador, que había asolado su pueblo. Veía cómo se consumían en llamas el local donde un buen hombre solía hacer pan, otro donde una señora vendía los dulces que elaboraba con deliciosos secretos de antaño, también ardía el cuartel de la policía en el que estaba la siempre vacía cárcel.

El hombre había salido a la guerra hacía meses, obligado por el gran gobierno propio, pero lejano, a luchar en un frente a no muchos kilómetros de su pueblo.

Entonces el hombre descubrió que peleaba por algo que nada tenía que ver con su gente, matando a personas, como él, arrancadas de sus respectivos pueblos. El hombre supo que el “enemigo” era un amasijo de ambiciosos e idiotas, tal como lo era su propio bando. Hacía tres días, el hombre se enteró que el enemigo pretendía llegar hasta la capital, y sabía que su pueblo se interpondría en ese camino.

Entonces el hombre desertó, una condena a muerte se emitió a su nombre. El hombre pudo evadir a los perseguidores, que antes fueron sus “amigos”, hasta llegar a su pueblo. Pero ya era demasiado tarde.

Durante el camino de regreso a casa vio algunos cadáveres de gente con quien había crecido, con quien había jugado, conversado o de menos saludado. Al llegar a casa, ésta ya se encontraba vacía.

Ahora miraba el resultado de un salvaje bombardeo, ahora pensaba qué sería de él. Quizá buscar a su familia, eludir al ejército, no toparse con el “enemigo”, de cualquier bando, incluso el que llamara suyo.

El asunto no iba a ser fácil, y quizá él, aunque respirara, ya estaba ahora tan muerto como su pueblo.

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