divagaciones, escritos

Ir y venir

Entre las vueltas que me produce tu visión y los giros que me hace dar tu perfume; yo ya no sé si estoy dentro o fuera, si lo que me quema es el hielo o el fuego de la costumbre.
Contigo sonrío de rabia, contigo me enojo de felicidad.
Por ti escribo disparates en el aire, para luego ponerme a razonar.
Las nubes son mi suelo y mi cabeza descansa en tus olas, me tienes aturdido, confundiendo los años con las horas.
No puedo separarme de ti, pero tampoco puedo estar siempre a tu lado.
Sé que ahora estoy tranquilo y que al rato estaré desesperado.
El viento del norte gira al este, mi camino ya no es el mismo.
Y pensar que soy el único que entiende lo que pasa contigo.

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Crónicas urbanas, escritos, Relatos cortos

Una noche en San Francisco

(Hechos reales)

En medio de la noche fría de San Francisco, pero vamos por partes… empezamos en Union Square, ahí terminó el tour, que nos había llevado al Golden Gate, y empezó lo que siguió.

Primera escala un bar muy antiguo y demasiado escondido llamado Gold Dust. Una escultura de un minero, con melancólica cara te recibe al entrar. El sitio es muy viejo, parece de finales del siglo XIX. Decorado rojo y clásico, huele a muchos años, a haber sido inundado por ríos de cerveza y nicotina cada noche desde hace más de un siglo, aunque ahora ya no se pueda fumar en el interior algo queda de la impregnación tabacalera allí dentro. Pido una Anchor de barril, para empezar, viendo el ancla de la etiqueta pienso que igual lo que estoy haciendo ahora es cortar amarras, levar anclas y conocer más personas. En la mesa estamos dos mexicanos, un inglés, un italiano-irlandés (que habla muy bien el español) y yo. La plática gira en torno a la cerveza y a lo clásico del lugar, luego hablamos acerca del estadio de Wembley y su nada popular reconstrucción. Se comenta que los aficionados ingleses están empezando a ver más futbol femenil, porque el masculino de ligas profesionales ha sido comprado por magnates extranjeros que contratan a demasiados jugadores de otros países. El nacionalismo parece estar pesando más que el machismo. La globalidad no siempre es bien recibida. La mesera sin vocación no intenta disimular siquiera su rostro de hastío, sin embargo es rápida y nos da un buen servicio. Súbitamente, como salida de quien-sabe-dónde, llega una chica de la India, conocida de todos. Y seguimos conversando. Música, literatura, filosofía y mil y una tonterías. Periodismo, escritura, el español. Al ver que los temas son los que generalmente propongo, me callo. Pero la conversación sigue libre, en la dirección que suele tomar el viento.

Después de un buen rato, salimos del Gold Dust para ir al segundo sitio, pero haremos escala en la casa del italiano-irlandés, ya que pasará por su esposa. La zona de Mission. Restaurantes mexicanos por doquier, hasta torterías y taquerías. La casa es un departamento, antiguo, muy antiguo, hay cosas modernas, pero el lugar es viejo. Nada feo. Salimos, ahora somos el dueño de la casa, su esposa, el inglés y los dos mexicanos. Vamos a un restaurante cercano, llegamos caminando.

En el trayecto vemos dos viejos cines, antiguos, que llevan ya décadas cerrados. Imagino que allí viven ahora vagabundos (nada jóvenes, aunque quién sabe) que comen sus tortas mexicanas y sus tacos. Llegamos al restaurante en el que quedamos de vernos con los demás. Más cerveza, retomamos la plática. La chica de la India reaparece vestida de otra manera, y también llega un suizo, seguido de un argentino que me recuerda a Fito Páez, pero con el cabello corto.

Parpadeo y de repente está llena la mesa, de gente y de comida. Ahora, además de los asistentes ya mencionados, hay tres chicas de Singapur, un alemán, un neozelandés, una brasileña y una china (éstas dos últimas viven en Canadá, y ambas muy amigas mías de tiempo atrás), y la conversación sigue la corriente de la cerveza. Llega una italiana y más tarde otra chica de la India que también habla muy bien el español. Es la torre de Babel convertida en mesa, pero por fortuna tenemos la insincera lingua franca que es el inglés. Llega una venezolana que escribe poemas eróticos y su esposo, que luce demasiado tranquilo. Leo los poemas, o creo que los había ya leído en el primer lugar, hablando de lugares… nunca supe cómo se llama el segundo restaurante, pero allí cenamos y de repente la mesa desapareció y la gente empezó a bailar.

Una de las chicas de Singapur me pregunta si ya estoy borracho, y le digo que no. Me empieza a contar de su situación emocional en su tierra natal. Enamorada de un compañero de trabajo. Bueno, hay que dejar pasar el tiempo, le digo, para saber si es amor o sólo un capricho, ocho o nueve meses, dicen, en lo que uno recobra la razón. Pero creo que no es bueno enamorarse de un compañero de trabajo. Si las cosas con la pareja salen bien, el trabajo puede salir mal. Si las cosas de pareja salen mal, el trabajo también sale perjudicado. Mala apuesta, que casi apesta. Le digo que jamás debe confiar en un hombre que le dice que confíe en ella, me pregunta por qué, le digo que el mero hecho de que uno diga que deben confiar en uno es porque hay algo de desconfianza por ahí, le digo que confíe en mí cuando le digo eso. Se queda un poco perpleja y yo me voy por otra cerveza.

Los demás bailan y bailan como derviches epilépticos o como gente que disfruta de la música, hay de todo. Me gustan los sonidos y medio llevo el ritmo, pero no me apetece bailar. Siento nostalgia por una persona. Sombras que me asombran y me asolan. ¿Hasta cuándo? Bailan y bailan, hasta que nos indican con indirectas muy directas que van ya a cerrar el lugar. Más de las doce, supongo, pues no tengo reloj.

Salimos y nos dividimos en taxis para ir a un bar. Ya no está un mexicano, pues se fue con la venezolana y su esposo. Salen dos taxis y los que quedamos esperamos al tercero, de repente aparece una limusina gris-plata. Abren la puerta y veo que la gente que quedó conmigo empieza a abordar el vehículo, yo voy con ellos. Viajamos ahora el suizo, un neozelandés, el inglés mi amiga chino-canadiense, un desconocido (salido como de la nada, allí aparecido) y yo. El desconocido empieza a conversar y resulta que es mexicano, y que va a donde todos vamos. El fulano agregado, que nadie conoce se dedica a lanzar algunas miradas medio cargadas de lujuria a la chica, quien de repente se da cuenta que va sola entre puros hombres y se pone nerviosa, pero bueno, es mi amiga y hace como que va conmigo.

Adentro del auto limusina todo es a media luz, hay dos antorchas artificiales en cada lado, un juego que con un foco anaranjado, tela muy ligera y aire simula el movimiento del fuego. Erotismo kitsch. Romance de motel. El perfecto afrodisíaco del mal gusto. Ahora va cerrada la ventana que divide al conductor de los pasajeros. En la ventana se proyectan estrellas y galaxias y se oye, a nivel muy alto, una canción hippie de San Francisco (creo que se llama Flowers in your hair, lo que sería High Asbury dentro de una limo). El conductor maneja a gran velocidad y los pasajeros vamos como contenido en batidora, ahora sé lo que sienten los huevos revueltos (no hay entrelíneas). El chofer abre la ventana interior que nos separa de él, y ahora tiene puesta una peluca que yo definiría como una combinación Afro-punk y cabellera de Tina Turner. Sin voltear a mirarnos, imagino que para no perder de vista el camino y así evitar estamparnos contra otro auto o contra un muro (una cosa es revolvernos y otra muy distinta: matarnos), levanta con una mano una caja de plástico de la que sale una luz láser roja, como la que sirve de señalador en una conferencia (o de blanco para un franco tirador que habla con engaños y no es francés), y empieza a hacer bailar la luz en el interior del auto. El chofer jamás reduce la velocidad, hasta que nos detenemos, y tras pagarle 40 USD por un trayecto que cuesta menos que la mitad, bajamos al siguiente bar.

Allí están esperándonos algunos conocidos estadounidenses. Bailar y bailar, mientras el alcohol sigue fluyendo. Varias parejas gay se demuestran su afecto abrazándose y besándose, bailando frenéticamente. Encontramos de nuevo a las chicas de Singapur y a otros más que ya no recuerdo. Nos quedamos ahí hasta que nos dicen que ya van a cerrar el lugar y de nuevo nos vamos todos a otro bar. Ya no hay limusina.

Llegamos a un sitio donde hay tipos bailando con el torso desnudo. Y más gays. Algunos nos empezamos a cansar y yo decido salir a la terraza, a una mesa en el exterior, para descansar y fumar. Llegan algunas personas conmigo y les contamos la historia de la limusina. A mi derecha hay una figura como de metro y medio de un ciervo, especie de Bambi, me molesta porque tiene los ojos rojos y parece estar mirándome a mí. Me levanto para tratar de cambiarla de posición, pero es de metal y parece estar asegurada al piso, no logro moverla ni un milímetro.

Llega mi amigo neozelandés y se monta en el ciervo. Rodeo de estatuas de Bambi. Regreso a la mesa a platicar con las chicas de Singapur, con el alemán y mi amiga chino-canadiense. Hablamos de todo y de nada, tal como suelen ser las mejores conversaciones que existen (y sin embargo a ésta le falta un pequeño toque de magia). Recuerdo Mi problema: esta noche no tengo habitación de hotel y la casa del amigo con quien me iba a quedar está muy lejos (sin contar con que seguramente ese amigo ya está muy dormido).

El ánimo va decayendo, la energía no puede durar por siempre. Son las cuatro de la mañana, más de un monje debe estar ya despertando para sus primeras oraciones, o barriendo el templo. Pero aquí no hay monjes y no nos toca ni barrer ni orar. Todos nos vamos de allí. Yo, como suele suceder, y recordando a Blanche Dubois, tiendo a depender de la gentileza de los amigos (aunque ella estúpidamente dependía de la de los extraños, pobre Blanche, era mucho más idiota que yo), y soy invitado a compartir habitación de hotel. Al menos no duermo en la calle esta noche. Me quedo cerca de Union Square. A la mañana siguiente despierto temprano, demasiado temprano, con una resaca que me reseca el ánimo y sin decir hasta la vista salgo a la calle con rumbo desconocido. Todos duermen. Ya habrá tiempo para dormir después.

17 de marzo de 2008

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Dejemos que hable el viento

Dejemos que hable el viento, el mismo que se lleva las palabras.
Dejemos que hable, porque yo no tengo nada que agregar.
Dejemos que hable el viento porque con tanto vocabulario robado debe tener mucho que decir, y porque de nosotros ya lo he escuchado todo.
Dejemos que hable porque seguramente ha visto bastante y ha estado en el fin del mundo; en tanto nosotros nos hemos encerrado en las cuatro paredes de una rutina.
Así que vivamos un minuto eterno guardando tú y yo silencio, dejando que hable el viento.

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Verte de nuevo

Verte de nuevo no fue en absoluto una alegría, realmente resultó ser como una tristeza.
Como el perro bíblico que vuelve a su vómito, como el que regresa al lugar donde fue feliz,
el necio que acude al llamado de las sirenas, a pesar de las advertencias.
Lo que el viento se llevó no debe tener segunda parte.

Verte de nuevo fue sacar de la memoria algunos recuerdos, buenos y malos.
Fue realizar un absurdo que carece de sentido. Como crecerse al castigo.
Resucitador electrónico para el Lázaro que lleva 4 años muerto.
Obtener de a gratis el mal sabor de boca que deja el perder tiempo en vano.

¿De qué sirve ponerse al día con alguien que dejó de importar?
¿Realmente hay necesidad de comparar?
¿Morbo por saber cómo me las he arreglado sin ti?
¿Constatar que aún me importa?

Verte de nuevo fue romper un encanto, saber que el tiempo no perdona.
Comprobar que igual sigue uno siendo idiota, pero que en el pasado mi mal era más grave.
Hay gente que para nosotros debe permanecer muerta en la mente,
y sólo nos queda desearles mucha buena fortuna, pero lejos, muy lejos de nuestro aquí.

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Un misterio

Muriendo lentamente, con cada respiro, en cada latido.
Muriendo aunque goces de buena salud, aunque te asole la enfermedad, cualquier camino te lleva hacia allá.
Cumpliendo, sin que lo notes, eso que dicta tu destino.
Siendo algo distinto a lo que quisieras ser, y a lo que los demás creen que eres. Un misterio que muere.
Un misterio que hace algunos años dejó de sentirse inmortal. Un misterio al que acecha el momento final, igual que son acechados los ancianos y los bebés, tal como es acechado cualquiera a cualquier edad.
Un misterio que a nadie importa y que jamás será descifrado.
Un misterio como el de cualquiera, un misterio que siempre fue, y será, polvo. Que vale lo mismo que los demás, ni más, ni menos.
Un misterio de pellejo. Muriendo lentamente, para acabar de morir cuando menos lo esperas. Así es la vida.
fin

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Un poco más

Un poco más, para poder quedarme más de cinco minutos aquí, fingiendo convincentemente que me encuentro a gusto.
Un poco más y empezaré a conversar con cualquiera, incluyendo esos que no me simpatizan.
Poco a poco las cosas me irán importando menos, me contagiaré de la alegría general que, como la mía, también debe ser artificial.
Un poco más y no necesitaré del Titanic para ser el rey del mundo, ni ser Babe Ruth para sentirme el más grande.
Esto es el lubricante social, la pluma de Dumbo para levantar el vuelo, elixir de la desinhibición. Charlo sin tener idea de lo que me dicen, sólo sigo la corriente, como creo que me la siguen.
Un poco más y toda felina es parda. Cualquier cromosoma complementario es agradable. Las conversaciones suenan interesantes, aunque no sean más que monólogos exteriorizados, por parte de ambas partes.
Se activa la alerta de urgencia en la entrepierna. Quizá me recuerde la frase célebre de Bugs Bunny: “seguro me arrepentiré de esto mañana, pero qué diablos”.
En esos casos el conejo siempre es profético.
Un poco más y llega el bloqueo mental.
Después habrá alguien que dirá que conversó conmigo más de una hora, después de las dos, quizá otra persona me diga que algo le dije a su novia, quizá amanecí en la cama con alguien, quizá despierte en un lugar desconocido, amanecer con mucho quizá y preguntas nada filosóficas.
Así pasan los días, las semanas y los años.
Un poco más con arrepentimientos matutinos en fin de semana que se suelen ser olvidados cada que llega un jueves.
Un poco más y comienza la paranoia, después los elefantes, las arañas y demás visiones extrañas.
Un poco más y luces 18 años mayor de lo que eres. Un poco más y si no te asustaste en ninguna de las fases anteriores morirás conservado en alcohol.
Hay vicios que no son para todos.
drunk

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Por ti, hoy y mañana

Mis dotes de domador se me acabaron cuando luché como un león, y ahora me retas a domar tu corazón.
Perdí mi vocación de mago cuando me enfrenté a una bruja experta. Y ahora me pides que saque un conejo de mi chistera.
Estaba cansado de realizar trucos y hazañas, pero por ti lo volveré a hacer hoy, y si quieres mañana.
Creí haberme quedado mudo cuando conocí a la reina del verbo, a pesar de eso puedo expresarte de mil maneras lo mucho que te quiero.
Supuse estar cansado de correr por todo el mundo, tras el espejismo de una gacela, pero tú me pides que te siga antes de abrirme tu puerta.
En verdad yo creí que no volvería a hacer semejantes hazañas, pero por ti lo haré hoy, y si quieres mañana.
Creí agotadas todas mis cartas de amor cuando se murió el correo. Mis promesas fueron antes hechas con la permanencia del viento; pero tú me pides cartas, poemas, promesas en papel y susurradas a tu oído. Sabes que lo haré por lo mucho que quiero estar contigo.
Yo suponía que ya no tendría que hacer el ritual para conquistar un alma, pero por ti lo volveré a hacer hoy, y si quieres mañana.
Sentí haber perdido mi fe y mi confianza en toda la humanidad, pero gracias a ti todo brilla de nuevo y nada es igual.
Tengo esperanza en la gente, el mundo ya no parece tan malo. Al conocerte me has dado un tesoro, estoy decidido a no desperdiciarlo.
Yo creí que nunca volvería a amar y que me perdería en la nada, pero por ti querida, volveré a amar hoy, y si quieres mañana.

circo

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