Crónicas urbanas, escritos, Relatos cortos

Una familia feliz

Papá, mamá e hijo llegaron en silencio a la farmacia. Dejaron el auto estacionado a dos cuadras de distancia porque es saludable caminar. Tardaron más de lo normal en arribar a pie a su destino, y ¡cómo no!, con este sol inclemente de las 11.47 de la mañana. Bueno, también hay que considerar que una persona de 80 años como papá, con todas las enfermedades que tiene, no puede aspirar ya a una marca mundial de velocidad, salvo en las olimpiadas de los caracoles.

Mamá también tiene ciertas enfermedades, no tantco como las de papá, los cinco años menos que ella tiene respecto a él, y quizá el ser más abierta para mostrar sus sentimientos es lo que la ha mantenido más sana. Sin embargo mamá es la que camina más lento, sus piernas le han dolido casi tanto tiempo como edad tiene su único hijo, 49 años y medio. Ella, después de dar a luz, no se volvió a sentir del todo bien.

Cómo le gusta a mamá hablar, y hasta presumir, de lo mucho que se sacrificaron ella y papá por su pequeño. Siempre tan protegido por ellos. Aún hoy, papá se encarga de peinar al hijo, para que la raya del pelo quede bien derechita (algo admirable a pesar del pulso de maraquero que tiene el progenitor) y mamá se encarga de vestir al hijo a la última moda… de la década de 1970.

El hijo se conserva bien, aún tiene la misma cara temerosa que tenía desde niño y el mismo miedo al mundo, ya tan imposible de superar. ¿Pero qué importa el miedo si tiene a papá y a mamá para que lo cuiden? Los tres viven bajo el mismo techo, mantenidos por las jubilacions de los padres, que dedicaron la mayor parte de su vida al arduo trabajo.

Es verdad que la salud de papá ha mermado drásticamente de dos años para acá, pero siempre sale adelante, con esas ansias de vivir y con el apoyo de mamá, claro está.

La familia hace sus compras en la farmacia, un buen surtido de medicamentos y remedios, tanto curativos como “de prevención”, y van de vuelta a rehacer el recorrido hacia el auto. Una vez llegados al vehículo, suben todas las bolsas de plástico llenas con medicamentos, juntos, como todas las acciones que siempre realizan. Suben al auto y se van, siempre tan unidos, en todos los cotidianos momentos. Una familia perpetuamente silenciosa, pero en apariencia feliz.

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divagaciones, escritos

Soledad en plena compañía

Pequeña burbuja en el agua estancada.

Opaca estrella en la absoluta negrura de la noche.

El sueño de un libertador sin compromisos.

Anónimo desposeído en la Tierra de opulencia.

Fe ciega en un mundo regido por la ciencia.

Ancla oxidada en un río donde la no permanencia es la corriente.

La noche imaginada en el reino del sol.

Un idiota que se cree jugador.

Algo insignificante que pretende agitar el vacío.

Un honrado que simula ser ladrón.

Una carta apasionada para quien no sabe leer.

Un acto de fe 100% comprobable.

Gris perpetuo y nada divertido.

Todo eso es estar sin ti estando contigo.

kafka

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Crónicas urbanas, Cuentos, escritos

Sismo en viernes santo

La catequista de la colonia, en ayuno de viernes santo, miraba inspirada la transmisión del santo rosario por televisión (a través de una señal de paga que se roba, pues al parecer prefiere no comprender el sentido de esa frase de “al César lo que es del César”, que dijo el hombre en quien aseguraba creer, y que prefería usar como despedida agregándole “y adiós, ahí nos vemos”, chistorete religioso que la mujer se permitía).

Y de repente, en medio de un “Santa María Madre de…”, los santos, nichos, colguijes y lámparas votivas que sobrepoblaban la casa de la vieja comenzaron a bailotear mientras las paredes de la morada crujían. Tan fuerte era el movimiento que el cuadro 3D del Cristo crucificado comenzó a parpadear.

“El fin del mundo ha llegado”, dijo aterrada la beata anciana.

Salió a la calle y comenzó a gritar: “Se los dije bola de pecadores, que llegaría el fin del mundo cuando menos se lo esperaban, y hoy en viernes santo es el día indicado en que todos estarán quemándose en las llamas del infierno, donde todo es harto rechinar de dientes”.

Mucha gente salía de sus casas, viernes santo es día de asueto en México, dedicado para reflexionar y realizar los ritos correspondientes a la fecha, pero usado realmente para salir a vacacionar, sobrepasarse en antros o quedarse vegetando en casa; por ello, a pesar de ser casi las 9:30 de la mañana, muchos salían en ropa de dormir, y no faltó quien corriendo apareció cubierto con una especie de taparrabo mohicano.

“Ahora sí, querrán volver a la Iglesia, pero ya es muy tarde pecadores”, decía la santa mujer, quien también era la jueza autoimpuesta de la moral en la comunidad, “ahora pagarán todas sus maldades, sus calenturas y que no iban a la iglesia los domingos”.

El sismo se prolongaba y el temor de la gente aumentaba. No faltó la arrepentida instantánea de dos personas que creyeron las palabras de la vieja beata. Como dijo Pascal, “no pierdo nada con creer”, y se arrodillaban levantando sus manos al cielo.

Pero nada, no pasó nada más. Después de casi un minuto de ajetreo sangoloteante del tipo tectónico, todo recobró la insípida normalidad.

Caripálidos los vecinos regresaron poco a poco a sus casas, para encender la TV y ver las noticias (acaparadas por el multicitado fallecimiento reciente de García Márquez, de quien todos hablaban, a quien todos llamaban Gabo y de quien casi nadie había leído ni un solo renglón), y a cuentagotas enterarse que el sismo había sido de intensidad 7 (eso, de manera no-oficial).

La beata regresó decepcionada a su hogar. Lamentaba que no hubiese aparecido ningún carro de fuego entre las nubes y que no se encendieran las llamas perpetuas. Sin embargo, aunque ella parece no notarlo, el infierno siguió allí, como siempre, incluido el harto rechinar de dientes, y al parecer seguirá mientras los siglos se multiplican por los siglos.

cuadro

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Preparados para la pasión de Cristo

Iztapalapa, México D.F., Marxo 2010 – Todo listo para la representación. El circo máximo de la época romana, queda hoy reducido a un recuerdo de semana santa. Una vez más la ya legendaria puesta en escena de la pasión de Cristo, en Iztapalapa, México D.F., está a punto de empezar. Es grande la tradición, muchos años de realizarse. Los reporteros de la TV nacional, siempre tan profesionales e inteligentes, y en todos lados, buscando la trascendencia forzada hasta debajo de las piedras, se dirigieron al lugar para efectuar memorables entrevistas que llenen de información, conocimiento y conciencia a los televidentes.
Hasta donde sé, todos los actores que forman parte del viacrucis de Iztapalapa, son bien seleccionados y preparados por la Santa Iglesia Católica Apostólica y Romana, y si acaso no todos son preparados, tenía entendido que al menos los que representan los papeles principales tenían que ser puros hasta cierto punto, y sí se les aleccionaba en lo que respecta a la religión que dicen seguir.
En la TV aparece a cuadro quien realizará el papel de la virgen María, madre de Jesús. Es una joven de alrededor 20 años de edad (posiblemente para la Iglesia la virginidad es fuente de la eterna juventud, pues a la virgen, madre del fundador del cristianismo quien al morir contaba con 33, siempre se le representa como de dos décadas de edad). El sagaz reportero, micrófono inquisidor en mano, le lanza a la joven una “brillante” pregunta: “Vas a representar a la virgen, ¿qué es lo más importante de la virgen María?” A tan brillante pregunta le sigue una igual de “brillante” respuesta: “Pus’… la virgen pa’ mí es importante porque siempre fue lo más importante pa’ ella la pureza de su cuerpo. O sea que siempre fue virgen, no tuvo relaciones, y fue pura y su cuerpo fue puro, sin relaciones por eso quedó embarazada cuando se le apareció el ángel”.
Lo bueno es que la gente es fervorosa, y está bien preparada para desempeñar sus papeles y saber de qué se trata la representación que hacen. Lo bueno es que la religión está cimentada en el conocimiento y en la verdad, que nos hace libres. Sé que no se puede condenar a un todo por la falta de una de sus partes, pero sin en lo pequeño hay tantas fallas, no quisiera imaginar lo grande. Lo esperanzador es que existen reporteros que nos muestran la verdad del mundo a través de la TV. Miren que descubrir que lo más importante de la virgen es que se mantuvo pura… ¡ay de su hijo que tuvo que predicar tanto y hacer uno que otro milagro, cuando le hubiera bastado con el celibato!

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Como un grumete vejete

Quizás una de las metáforas más acertadas de la vida sea la de navegar.

A veces hay vientos favorables, otras hay calmas que no llevan a ningún lugar, en ocasiones hay tormentas y si tienes mala suerte hasta naufragios.

La mayoría de las veces se cree tener un rumbo (ay de ti si no llevas instrumentos o si no sabes leer lo que dicen las estrellas, metafísica aparte), pues es muy fácil perderse en la vastedad del océano, todo parece igual hacia cualquier lugar.

Suena mucho a la vida, ¿no?

Hay también grandes dosis de aventura. Se requiere de pericia y experiencia, pero nada está garantizado.

A veces se llega a buen puerto, otras te pueden considerar muerto.

Ok, hoy sueno a Forrest Gump con su maldita caja de chocolates. Pero lo que es el mar, los trenes y la magia son constantes de mi imaginación, y casi siempre les encuentro relación con la vida.

grumete

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Esta es mi película

“Luces, cámara e inacción”…

La película era suya, dirección y producción.

Experimental porque carecía de guión y se iba haciendo sobre la marcha. Esas cosas raras de los 60 revividas 40 años después.

“Es mi película, así que harás lo que diga”, dijo.

El resto del mundo eran los personajes secundarios y toda geografía mundana e inmunda era el escenario.

Monigotes entraban y salían, locaciones extravagantes, viajes desperdiciados.

El la improvisación dependía del humor que ella tuviera ese día. A veces era un drama, otras una comedia, las más de las veces era nada y todo pareció ser una montaña rusa sin sentido y que inspiraba náuseas.

“Corte, se repite”.

Va de nuevo, la escena que no salía, y que cada vez que se repetía era peor.

Se hacían breves ensayos sobre la marcha.

Los extras desfilaban, y los protagónicos perdían fuerza, se quedaban por ese amor al arte, ya mentado, pero el cansancio fue alimentándoles el desamor.

Los personajes se confundían, la víctima se mezclaba con la personalidad del verdugo y la verdura era más roca que fruta. “¡Aghhhh!”, era el grito de frustración.

No hubo reemplazos mientras estuvo vigente el tácito contrato que nadie firmó. Todo había sido por amor.

Ningún estudio quiso dar apoyo tras ver el fracaso asegurado y el abismo sin fondo en que se metió el último patrocinador que se ambaucó en el proyecto. “Corte y queda”, era la orden que menos se escuchaba durante la filmación.

Todos envejecieron y abandonaron el sueño.

El resultado fueron kilómetros y kilómetros de pietaje enlatado en alguna bodega perdida. No hubo estreno ni alfombra roja, mucho menos osos en Berlín, palmas en Cannes y Oscars en Hollywood.

El orgullo se perdió.

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Otro viejo saxofonista

Ardiente mediodía, en la sequía de un mundo que se va quedando sin agua, que va alterando su clima con un calentamiento asexual. Un saxofonista nonagenario, pidiendo limosna soplando tres notas en el vapuleado instrumento de viento… Tuuut, Tuuut, Tuuut, tonada aburrida, enfermiza, incapaz de sacudir la indiferencia de los citadinos. Ellos siempre con prisa de ir a todos lados (que es lo mismo que tener prisa para ir realmente a ningún lado).

Tuut, tuut, Tuut, ciertas edecanes de entalladas prendas, luciendo sus curvas para repartir publicidad en papel de una escuela privada, llaman la atención de todos los hombres acostumbrado a la objetivación femenina, encadenada, esa que pone a la mujer al mismo nivel que una lata de cocacola o de un papel higiénico suave, digno para trasero de oso. Las edecanes reparten papeles, cumplen su papel tradicional en esta suciedad y llaman la atención, llevándose de vez en cuando una guarra lisonjeada o quizá una descarada manoseada. Tuut, Tuut, tuut.

El saxofonista encorvado, sentado en la acera, cuasimodo adolorido y doblado por los años, cansado de la vida pero incansable para seguir con su necia tonada.

Y esos aztecas híbridos, mestizoa que en realidad no son más que gringos de tercera, obreros de cuello blanco, positivos creyentes del neoliberalismo, quienes juran que hay justicia laboral, que están acostumbrados a jornadas de 10 o 12 horas al día, horas extras en su oficina que no se recompensan monetariamente, pero dicen que así es esto, es lo que se tiene que hacer para ser alguien, y parecen bien pagados porque tragan café en Starfucks. Viles sombras tan efímeras como yo o como tú, que sienten que son algo, que sonríen como lo dicta el curso y el manual empresarial y de superación personal. Soñando en autos, en materializar sus sueños, y sí, sólo sueñan en cosas materiales. Tuuut, Tuut, Tuut.

Calle tapizada de publicidad, todo es marca aquí, marca allá, registradas en el espectacular arriba del edificio, en los carteles pegados en las bardas, en los anuncios con ruedas, en las ventanas y aparadores, en el piso, en la camiseta de algunos, en los calzones de otras, en las gafas de los terceros y en los tatuajes de los cuartos. Tuut, Tuut.

Calor abrasador. Rabia y odio sin objetivo preciso, democrático y bien compartido para con todos los semejantes, destilado frente a cada uno de los volantes que pasan conduciendo sendos autos por esta calle transitada. Todos los conductores quieren pasar primero, y esto ocasiona que nadie en realidad pueda pasar. Sí, esto es la jungla nena. Tuut, tuut, tuut.

Manicomio sin muros, todos enfermos sin esperanza, creyendo que viven y que son algo, dejando para mañana lo que es para mañana, olvidando que siempre es presente. Tuut tuut tuut.

El viejo da su último soplido, se desvanece y alguien, con un dejo de alma, lo deja allí tirado. El viejo muerto por sofoco no tardará en ser levantado, para descansar frío en una fosa común.

 

Imagino que comienzo a repetirme, o quizá antes era más cuidadoso con aparentar que no me repito. Esto que vi ayer, que escribí hoy, se parece tanto en muchos sentidas a algo que viví y escribí hace ya más de cinco años. coinciden: el anciano, el instrumento musical, la ciudad, la indiferencia y la actitud de mucha gente a ser como los estadounidenses, pero en región cuatro, versión tres o cuarta categoría. Éste es El “otro” saxofonista

 

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