divagaciones, escritos

Falta de intención

Soñé que te vi.
Desperté y no estabas.
Juraste en mi vigilia una permanencia estable.
Y no te apareciste siquiera en mis alucinaciones.
Renunciaste a garantías.
Como renuncia cualquier empresa voraz.
Te alejaste de mí, como el mar.

Échame a mí la culpa.
Total, me asumo de paso.
Quedaré conservado, cuando uses bastón.

Soñé que te amé, desperté amándote.
Pero estabas tan lejos, y tan cerca de mí.
No es cosa de kilómetros.
No es cosa de bits y bytes.
No es más que voluntad y deseos, de estar donde queremos.
Pero necesitaríamos quererlo ambos.
Pero tú divagaste, y yo me perdí.
Así es la cosa.
Así es el el c’est la vie y yo no vi nada.
Sólo el polvo que dejó tu partida
deseando que hubieses podido estar, conmigo en mi vida.

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divagaciones

Gris como el abandono

Pasa, como las ciruelas que se arrugan, que sin aventuras la vida pierde su encanto, se estanca, varada como el barco sin tripulación que encalló en las arenas del tiempo que no perdona.

Las palabras que no se dicen forman herrumbre y son el combustible que se echa a perder por falta de chispa, como la eterna novia amarilla, al final ya no hay nada que decir.

No se ejercita el habla y se termina enmudecido, enmohecido.

El abandono es un fardo del que resulta difícil desprenderse una vez que se convierte en el compañero más constante.

Si tienes la fortuna de tener con quién platicar, no lo dejes, aprovecha, pues no sabes cuándo se presentará la siguiente oportunidad.

Sucede, como al sauce que llora, que nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido, y después del niño ahogado ya para qué tapar el pozo.

Recomiendan que no es bueno guardar el mejor vino en cueros viejos, y no es bueno tampoco que los ancianos se encueren aunque estén demasiado envinados.

Aquí me tienes, escribiendo a falta de oyentes y de hablantes, sacando lo poco que me queda, eso que tanto se parece a la nada. Haciendo caso omiso a la naturaleza, sin sumisión, salí en dirección equivocada, de alguna manera tengo que reencontrar el camino, la contramano o el sentido contrario y no el que es dado por sentado.

Parado. Acontece, como al acólito alcoholizado, que todo pierde sentido y se eclipsa su Dios.

Hasta luego o hasta nunca.

El vacío es asomarse a la oscuridad infinita, sin estrellas, sin cariño, sólo aire enrarecido y las imágenes de recuerdos que se van aclarando como las telas al sol.

Lo malo se olvida y lo bueno se magnifica. Se pierde el sentido a ser objetivo.

Las fantasías se van empobreciendo y los cuatro muros se estrechan. Asfixia. El gris se va convirtiendo en el color reinante. Sólo queda esperar, quién sabe qué o a quién, pero esperar. Esto es la soledad que engendra el abandono.

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El infierno es aquí

“Yo empecé a cantar desde muy joven”, dijo la celebridad del día (en el día 18 de su reinado como tal, gracias a las listas de popularidad, en indudable deuda con la payola) en una entrevista que le hacían en vivo y en directo durante el programa matutino de gran audiencia, conducido por imbéciles, dirigido a imbéciles y criticado por imbéciles que se toman el tiempo de verlo para hablar pestes de él.

“Tenía dos amigos”, siguió diciendo con una seriedad profesional y tomándose demasiado en serio la fugaz estrella, que entonces estaba en su máximo esplendor, “uno tocaba la guitarra y el otro también…”

“¡Qué interesante!”, interrumpió abruptamente una de las conductoras del programa, esa obra maestra del bisturí y el bótox, prueba viviente de que el silicón en demasía puede afectar irreversiblemente al cerebro.

“¡Así es!”, gritó a su vez con rapidez el conductor galán otoñal al que ya no le ofrecían papeles estelares en las telenovelas de la cadena televisiva, y que encontró refugio en este insulso programa tan popular en las mañanas, que no le exigía nada más que sonreír, asentir y morir poco a poco.

“Sí, pero mejor pongámonos a bailar el polvito”, dijo en voz alta la otra conductora, que era más o menos tan estúpida como la primera, sólo que 23 años más vieja, lo cual la hacía en realidad más estúpida que la primera, embutida en un corto vestido amarillo que contrastaba con su bronceado de cama de rayos ultravioleta e intentando siempre demostrar que ella tenía aún mucha energía, más que cualquiera, y que nunca se cansaba de moverse frenéticamente.

Así fue que todos los presentes se pusieron de pie y a ritmo de una música machacona y repetitiva movieron sus brazos y traseros, sonriendo como tiburones (antes de que se crearan los seres humanos) y coreando una idiotez con excesivas rimas de ‘mar’.

Después de un minuto de moverse como locos, todos volvieron a tomar asiento en la sala del estudio, sofocados, pero poniendo sus caras serias, para continuar con la entrevista.

“Cuéntanos”, dijo con dinamismo y tratando de disimular su sofoco la silicona mayor, producto también del bisturí y la silicona, dirigiéndose a la celebridad del día, invitado de honor esa mañana, “¿cómo y cuándo empezaste tu carrera como cantante?”

“Bueno”, dijo la celebridad del día, aclarando su garganta y dándose la importancia inmensa que entonces creía merecer, “siempre me gustó cantar, desde chiquito, luego conocí a dos amigos, uno tocaba la guitarra, y el otro también…”

“¡Qué interesante!”, interrumpió la conductora más joven, impresionada, abriendo los ojos espectacularmente y haciendo gala de una emoción exagerada.

Y todo se repitió como un mantra maldito del averno de los descerebrados.

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Poco y mucho

Muchos hablan demasiado y de lo que hablan conocen demasiado poco

Pocos identifican al amor en la primera vista

Pocos son conscientes del momento en que están fabricando un recuerdo

Casi nadie es lo que aparenta ser

Pocos son los amigos verdaderos

Pocos son los que se atreven a una entrega total

Pocos tienen sentimientos sinceros

Muchos se preguntan qué te pueden robar

Pocos aman a los otros como se aman a sí mismos

Pocos saben utilizar el sarcasmo de manera que no sea un arma barata

Pocos son amables con los caídos

Muchos te estiman cuando creen que pueden sacar provecho de ti

Pocos ven más allá de sus narices

pocos cumplen lo que prometen

Pocos son realmente libres

Casi todos hacemos lo que más nos conviene y no lo que deberíamos hacer

Pocos se resisten al dinero

Pocos aplican las leyes de honor

Pocos conocen la palabra eterno

Muchos escupen a la cara del amor

Puedo estar aquí, sin estar presente

Puedo simular que sigo la corriente

Aunque esto a la larga sería fingir

Creer en una mentira que no puedo tragar

Así que lo mejor sería ser yo, o bien tomar el siguiente tren

Pero en poco soy como muchos, y en mucho soy como todos.

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Guerra

La larga pared desnuda reflejaba una parpadeante tonalidad proveniente del exterior: un tinte rojizo roto por la sombra del hombre que de pie miraba hacia afuera del gran ventanal. Era una noche sin silencio, a pesar de la completa quietud dentro de esa habitación, hasta allí llegaba el lastimero escándalo que se producía afuera.

Los tonos rojizos de afuera se reflejaban en el rostro del hombre, mientras su mente saltaba entre el pasado y el presente. Demasiada destrucción durante los últimos meses, demasiada sangre y muerte, pero esto ya era el colmo.

El hombre miraba la destrucción de su comunidad desde lo que había sido el comedor de su casa. El antes comedor era una ruina, todo hecho trizas, y al parecer así también quedaría muy pronto el pueblo en el que había nacido y crecido. La casa del hombre estaba en un elevado, en la parte más alta de una colina que dominaba la vista de casi toda la comarca, al final de una calle inclinada, que por mucho tiempo fue recorrida por visitas y que él de niño disfrutaba bajar en el “carro deportivo” que construyó con unos amigos, en realidad una simple tabla con ruedas y una especie de volante. Era emocionante.

El hombre miraba lo que ocasionó el último bombardeo, el más devastador, que había asolado su pueblo. Veía cómo se consumían en llamas el local donde un buen hombre solía hacer pan, otro donde una señora vendía los dulces que elaboraba con deliciosos secretos de antaño, también ardía el cuartel de la policía en el que estaba la siempre vacía cárcel.

El hombre había salido a la guerra hacía meses, obligado por el gran gobierno propio, pero lejano, a luchar en un frente a no muchos kilómetros de su pueblo.

Entonces el hombre descubrió que peleaba por algo que nada tenía que ver con su gente, matando a personas, como él, arrancadas de sus respectivos pueblos. El hombre supo que el “enemigo” era un amasijo de ambiciosos e idiotas, tal como lo era su propio bando. Hacía tres días, el hombre se enteró que el enemigo pretendía llegar hasta la capital, y sabía que su pueblo se interpondría en ese camino.

Entonces el hombre desertó, una condena a muerte se emitió a su nombre. El hombre pudo evadir a los perseguidores, que antes fueron sus “amigos”, hasta llegar a su pueblo. Pero ya era demasiado tarde.

Durante el camino de regreso a casa vio algunos cadáveres de gente con quien había crecido, con quien había jugado, conversado o de menos saludado. Al llegar a casa, ésta ya se encontraba vacía.

Ahora miraba el resultado de un salvaje bombardeo, ahora pensaba qué sería de él. Quizá buscar a su familia, eludir al ejército, no toparse con el “enemigo”, de cualquier bando, incluso el que llamara suyo.

El asunto no iba a ser fácil, y quizá él, aunque respirara, ya estaba ahora tan muerto como su pueblo.

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El hombre del traje azul

Mesita de metal, de 55 por 55 centímetros, un cuadrado imperfecto debido a los golpes y abolladuras.

Mantel de plástico, con mangos y naranjas desibujados (cuando es mes de la independencia lo cambian por el mantel estampado por héroes, y cuando es navidad por uno que tiene muñecos de nieve con sonrisas cannabicas y santaclosas exageradamente obesos y sonrientes, víctimas potenciales de la impiedad coronaria).

Es la mesa de una fonda de comida corrida (que más debiera llamarse “corriente”), sitio de poca higiene y mucha economía, en donde uno come por 70 pesos las misma bazofia que en otros lugares costaría 189.90.

El ambiente de la fonda grasienta, además del olor a frituras y fritangas, incluye música de banda salida de una vieja rocola y moscas que vuelan como si lo hicieran en una orgía aérea.

Ante una de las mesas, en específico de la que hablamos hace un momento, un hombre de traje.

El traje, de aspiración a elegencia, fue comprado en la barata ínfima de la tienda del ahorro proletario (que lamentablemente se traduce como: a los obreros, las sobras). Un obrero rara vez goza de lo que él produce, pero eso, queridos, es otra histeria. Enfoquémonos en el hombre de traje barato, que come, que no es obrero, sino un burócrata de quinta categoría.

El hombre del traje económico, azulado en tono pastel, merengue de panadería, chambelán de XV primaveras, es un fulanito entrado en carnes y en años.

El sístole y el diástole de su corazón son un trabajo titánico, debido a la grasa pegada en sus arterias y al tabaco repartido en placas por sus venas; su sangre no corre como debiera, y es más negra que su conciencia. De azul, sólo el traje.

Come con gusto endemoniado el plato de grasa caldosa (supuestamente de cerdo, nada kosher, pues el tipo es cristiano y cree que todos los judíos son malos, porque clavaron a Dios en la cruz), acompañado de pan, mucho pan, de la canastita mosqueada sobre la mesa metálica y abollada.

Los zapatitos del hombre, parecen de juguete, calza un número menor al 7, y tienen las suelas y tacones desgastados y chuecos, pero eso sí, muy lustrosos, siempre: “como te ven te tratan”, acostumbra decir muy ufano el fulano que ahora come. Y sinceramente lo tratan como el carajo, de hecho lo que la gente tiene con él no es un trato, sino un maltrato. Así vistiera como el príncipe de Inglaterra, me temo que lo tratarían igual de mal.

Pero no te vayas por el lado equivocado, el tipo se gana a pulso la enemistad del mundo. Ganador indiscutible de la medalla de oro en antipatía.

El fulano es un burócrata, que a lo largo de 25 años ha ocupado con poco orgullo y mucha vileza la ventanilla de pensiones en un Instituto de Seguridad Social (las siglas SS, tan relacionadas con la crueldad histótica, no son coincidencia), haciéndole la vida difícil, hasta la cuasi imposibilidad, a los jubilados que tuvieron la mala suerte de vivir más años que su vida laboral.

El tipejo de traje azul, abusa del poder que le confiere estar en el ventanuco maldito para atender a los jubilados. Ríe y piensa en futbol, en vez de atender a la gente. Come tortas de jamón y hace como que piensa, sin pensar. Le gusta decir que regresen otro día a los ancianos, tras hacerlos esperar hora y media en la sala de la desesperación dantesca, allí, donde todo es dolor y rechinar de dientes. Un completo hijo de puta el tipo del traje azul.

Se acaba su caldo en el restaurante-fonda de mala muerte. Ahora viene el bisté a la mexicana. Un vil pedazo de carne, delgado como la esperanza en tiempo de crisis, un huarache sin ataduras, con un puñado de verduras viejas, en tonalidades verde-cadáver. Tan grasoso es el pedazo de dizque carne que podría mantener bien lubricado el engranaje completo de un trasatlántico por lo menos durante 367 días.

El burócrata es de cara redonda, mitad rana y mitad cabeza olmeca reducida, con un rictus perpetuo como de haber pisado excremento canino en la calle, tiene como única señal de inteligencia un par de gafas, pero no seamos prejuiciosos, las gafas son erróneamente asociadas a la inteligencia, pero está científicamente comprobado que el 90% de los cuatro-ojos no leen más que las noticias deportivas (y eso sólo los encabezados), y que su coeficiente intelectual es la justificación perfecta para la invención de los números negativos.

El tipo masca con dificultad, tiene los dientes picados, y sigue consumiendo su trozo de carne de dudosa procedencia (aunque todos supongan que es de res, no diré de qué es).

Éste podría ser un cuento infamil, como los que acostumbro escribir, pero no. Al tipo nefando que describo no le va a dar un infarto ante esta mesa, como si se tratara de un acto de justicia divina quitarle la vida a un ser tan negativo.

No, por el contrario él terminará de comer, y seguirá con su rutina por mucho tiempo, desatendiendo ancianos, haciéndoles la vida imposible, día tras día y semana tras semana.

Así, hasta que un día él sea otro jodido viejo jubilado más y tenga que soportar lo mismo que a otros hizo sufrir.

Moraleja: hay cuentos infamiles que no terminan con la muerte, sino karmáticamente con mucha vida (y éstos, querida, son los peores finales).

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Feliz cumpleaños para mí

87
Literalmente, a flor de piel llevo las huellas de mi sobrevivencia. Mi aliento, yo misma lo percibo, es como apolillado, como de armario de mi abuela, de esa abuela que murió más joven que lo que yo soy ahora. Huelo a lo que soy, un ser humno viejo.
Las expectativas de vida son más ahora, y si se tiene dinero, ni te cuento.
Antes me preguntaba si no debí matarme cuando pude hacerloa. No porque quisiera estar muerta, sino que a veces, sólo a veces, me cuestionaba, y de vez en cuando lo sigo haciendo, si esto que hago es vivir. Y eso me lo preguntaba también cuando podía caminar, y hablaba y veía mejor. Que risa me doy.

Por supuesto que lo actual no es vida si lo considero con el punto de vista que tenía hace 20 o 30 años o más, pero es mi vida actual. Esta soy yo ahora, no hay de otra. Sobreviviente a embolias, a diabetes, a muchos males, que no se van, pero que se doman. Medicina que no cura, que sólo prolonga. Que aturde y aminora síntomas. Mientras la muerte avanza. Pero, pues la muerte está con nosotros desde que nacemos, aunque ahora está más cercana a mí. El corazón sigue latiendo y yo aquí.

Quizá lo único bueno de haber muerto antes, es que me hubiera evitado ver cosas que jamás imaginé, y que jamás hubiese deseado ver. La peor es la reación al estilo buitre de mis familiares, de mis propios hijos. Es como para hacer vomitar al más estóico y al más ayunador. El hijo que a pesar de su indiferencia insultante exige un adelanto de lo que le tocará, el otro hijo que manipulado por su mujer se transformó en un interesado insistente, jodido deshuevado, la hija que quisiera ayudarme a pasar el tiempo, pero que se desespera siempre que lo intenta, el otro hijo que simplemnte se largó, enviando la “ayuda monetaria necesaria” (ayuda que no necesito, ya que su padre me dejó bien provista materialmente, ayuda material que nada es comparada con lo que hubiera querido su presencia, que me visitara de vez en cuando… pero ya no, por mí que haga lo que quiera).
87 y como bebé de nuevo tengo que aprender a caminar.
En vez de mis amorosos padres esta vez los que me enseñan a dar pasos son el chofer, un terapeuta y la enfermera en turno. Lo hacen por dinero, pero a veces siento más cercanía con estos extraños mercenarios que con la gente que tiene mi misma sangre en sus venas.
Mis hijos, mis nietos, ninguno me tiene paciencia, cómo quisieran ellos verme fría en un cajón, pero ya a estas alturas la verdad no tengo prisa. En serio, a todo se acostumbra una.

Así estoy el día de hoy, en mi cumpleaños, en el parque de costumbre, como bailando el danzón macabro del invierno existencial. Al menos así debe lucir mi reaprendizaje para caminar a esos jóvenes enamorados y a esos niños que juegan bajo el mismo sol que yo. Lo intento con estas piernas que parecen haber olvidado cómo se camina y que sienten que soy una carga inmensa para ellas, que me soportaron (literalmente) durante casi siglo.

Sé que las viejas mujeres conocidas que me miran ahora, que también son sacadas a “pasear” por sus enfermeras a este parque, en sendas sillas de ruedas, se mueren de envidia al verme dar mis nuevos primeros pasos. Esas viejas, a pesar de ser en su mayoría más jóvenes que yo, no tienen la esperanza de volverse a poner de pie. Yo igual lo hago porque no tengo nada más qué hacer. En algo debo ocuparme en lo que entrego mi alma al Creador.

Hoy cumplí 87, y desde temprano recibí las felicitaciones de los familiares, con sus mejores deseos por que viva mucho. Pendejos, si me quisieran tan viva me dedicarían al menos unas horas, ya no al día, sino a la semana. Les volví a  pedir que me metan a un buen asilo, pues los hay, y puedo pagarlo, al menos allí tendría gente con quien conversar de cosas que nadie más entiende; pero no “¡Madre cómo te vamos a meter a un botadero humano!”, me dicen indignados, sin percibir que me tienen en un lujoso botadero, abandonada. Pero no hay manera de hacerlos entrar en razón.

Es el problema de ser vieja, que una ve con más claridad muchas cosas, aunque los ojos ya no funcionen nada bien. Y sí, quizá se cubre uno con una capa de indiferencia ante casi todo. Quizá sea algo de cinismo. No sé. puede que simplemente sea falta de energía, o el convencimiento de que nada tiene sentido, excepto sobrevivir. Hacerlo hasta el último momento.
No sobrevivo por joder a “mi gente”, no valdría la pena hacerlo. No cambiaría nada. Lo hago porque ¿hay otra opción?

Ojalá pudiera expresar las cosas como las pienso, ojalá pudiera hablar sin que mi lengua arrastrara las palabras, sin que suene lenta o incluso estúpida, decir las cosas un poco más de prisa, hablar al mismo ritmo de mis pensamientos. Pero, no, todo se me hace lento, menos el cerebro. Y no estoy imbécil.

Eso es lo feo.

Pero fuera de eso, 87 son un logro.
Supongo que si no me he muerto será por algo.
Feliz cumpleaños para mí.

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