Va de nuevo. De todas las cosas sobre las que pudiera escribir, sólo se me ocurre escribir de ti. Aunque quizá más que de ti sea de mi relación contigo. Pero ya no sé siquiera por dónde empezar. Si fuera por el principio esto sería una crónica y como en el fondo me desagrada el periodismo, mejor desecho esa idea. Podría saltar y escribir sobre los mejores momentos, pero como tu relación conmigo no fue ideal ¿para qué entonces barnizarla de perfección? Hablar sólo de los malos momentos sería escribir un hijo bastardo de un tango y una tragedia griega, y de eso ya hay demasiado en la vida. Hablar de lo que pudo haber sido sería una necedad. El amor no sustituyó al pan, ni pudo forjar un futuro, la pasión fue más efímera que lo acostumbrado. La atracción de fondo fue probablemente más unilateral que un espejo plano y las vivencias no fueron lo suficientemente fuertes como para anclar la convivencia. A pesar de todo aún pierdo el apetito por ti, mi corazón se sigue acelerando ante tu recuerdo, tu figura se sigue apareciendo en mis sueños y sigo deseando que estuvieras conmigo. A pesar de todo, sigo escribiendo sobre ti.
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Fue una especie de amor a primera vista, por lo menos para él. Al mirarla todo en ella le causó una gran impresión. No es que no hubiese oído hablar de ella desde antes, pues había escuchado, y mucho, pero eso no fue importante desde el instante en que la vio cruzar el umbral. Distinta a cualquiera, ella era lo más cercano posible a una diosa, tan distinta de las demás mujeres. Nada de falda corta, escote pronunciado ni ropa ajustada, muy al contrario, sus ropas sólo le dejaban el rostro y las manos al descubierto, no permitían adivinar siquiera el contorno de su cuerpo. Esas ropas de numerosos pliegues, como salidas de otra época, y a la vez sin tiempo. Esas manos que en su tersura inspiraban ternura, paz y quizá hasta piedad. Esos cabellos, a los cuales no podía desacomodar ningún huracán por fuerte que éste fuera. Su estatura correcta, ni muy alta ni muy baja. Todo en ella había hecho un efecto en el corazón de él, pero realmente lo que más le impresionó, lo que de inmediato lo convirtió en su esclavo fiel, fue el rostro, esos ojos que evocaban sitios más allá de este mundo, más allá de esta vida. Sus mejillas parecían tener una suavidad etérea y la simple idea de besarlas lo estremeció, como si eso fuera una especie de herejía, a pesar de que el beso tenía las intenciones más castas posibles. Pero los ojos, esos ojos que parecían mirar más lejos de cualquier materia, más allá que cualquier horizonte, lo femenino y lo materno mezclados con lo eterno. La mirada fue el tiro de gracia y por eso cayó él de rodillas ante ella. Él acostumbraba limpiar una vez al día esa habitación, a partir de entonces fue a limpiarla más de tres veces al día, con tal de ver a esa mujer divina, la única para quien tuvo ojos desde la primera vez que la vio. La visitó hasta el último día de su vida. Mi ignorancia acerca de las múltiples imágenes de la Virgen María me impide decirte cuál era exactamente la representada en aquella figura de yeso que lo cautivó.
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Gente que intenta robar corazones que nunca serán suyos mientras que otros siguen soñando en los amores más puros. Hay quienes por temor siempre usan lentes oscuros, viendo pasar sus días notando que pasan en vano. Hay quienes hacen buenas acciones que parecen malas, otros desfilan por las calles disfrazados de ratas. Muchos simple y sencillamente se la viven haciendo nada, ni siquiera notan que sus días pasan en vano. He conocido a más de una María, todas igual de confundidas acerca de su papel en la vida. Hasta ahora sólo una está perdida. También conocí a 50 madres más amargas que el peor vinagre. Se disculpan diciendo: “Es que lo llevo en la sangre”. Unos buscan su sitio correcto en el planeta, viajando por todos lados, sin descanso ni tregua. Hasta que descubren que ni la luna está contenta, porque sabe que vive sus días en vano. Judas besaba de forma parecida a como besas tú, mientras juras esperar a tu príncipe azul. Prefiero vivir en tu oscuridad y yo apago tu luz. Lautrec también vivió sus días en vano. Sería cómico si no fuera tan triste, y muy horrible si no fuera invisible, el vivir una existencia inservible y descubrir que todo fue en vano.
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Pocos sobrevivientes, números diezmados y no llegaban ni a diez. Napoleón en el fango, preguntando ¿qué fue lo que salió mal? El mago tratando de unir las piezas, pero la sierra usada dejó cerrada la posibilidad de rearmado, el mago leía en vano las instrucciones en un charco de sangre, tratando de encontrar lo que le faltó al acto. El plan se derritió, algo salió mal ¿será porque los muñecos de nieve no duran en la intemperie del mediodía en el Sahara? Cuando te topes con una contradicción revisa tus premisas, al menos una de ellas estará equivocada. Nos descubrimos mutuamente diferentes a lo que quisimos aparentar, y a lo que creímos. Así es la vida, en rosa y en cualquier color. Cuenta que llega a 10 en el quinto asalto, la inseguridad a veces sube al ring, el boxeador en la lona se pregunta dónde se equivocó mientras mira estrellas danzarinas más cerca de lo que las vio Galileo. Nadie es inocente cuando todos tienen culpa, dijo el juez severo a los doce en el patíbulo, quienes estrenando corbata de soga y cayendo al vacío para bailar con los pies en el aire se preguntaban qué parte habían hecho mal. El problema a veces estriba en creer que los caminos son eternos, que la gente nunca cambia y que creemos conocer y conocernos. Lo único constante es el cambio, y hay veces que las cosas salen mal, aunque supongamos que todo está bajo control.
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Es un hotel muy caro, y no sólo eso, también es muy fino (rara vez ambas cosas se presentan juntas). Es tan caro que nadie de clases bajas se hospeda aquí, y muy poca gente de clase media logra pernoctar una noche en este recinto. Aquí los clasemedieros se limitan a comer o cenar una vez al año en el restaurante, con el fin de celebrar así ocasiones muy especiales, como aniversarios, cumpleaños, declaraciones matrimoniales o de amor (que tampoco se presentan siempre juntas), y no faltan padres que prometen a sus hijos: “Cuando termines tus estudios universitarios, te llevaré a comer al Gran Hotel”.
Precisamente algo de lo anterior sucedió con un joven de clase media a quien su padre trajo aquí por primera vez para festejarle sus 10 años de vida. Recuerdo que ambos ordenaron una rebanada de pastel con hojas de oro; lo cual personalmente creo que es uno de los más caros y absurdos desperdicios que puedan haber en la vida, pues con ello sólo se logran dos cosas: hacer algo realmente asqueroso en aras de la magra recuperación o hacer feliz a una ambiciosa rata Midas de alcantarilla.
Pero volvamos al niño, cuyo rostro se me quedó muy grabado, tanto que desde entonces lo veo cada que pienso en la palabra ‘ilusión’. Él volvió a venir acompañado de su padre cuando cumplió los 11, los 12, 13 y 14; pero para su cumpleaños 15 el acompañante del entonces ya adolescente fue ‘la sombra de su padre’, pues el progenitor se veía tan demacrado que supuse que para el cumpleaños 16 ya sería únicamente un recuerdo. Y tuve razón, a partir de su cumpleaños 16 el joven vino solo a comer su pastel.
Cada año era yo testigo de lo importante que para el muchacho era conservar la tradición. También noté que realizaba grandes esfuerzos para mantenerla. Poco a poco observé que la calidad de sus pulcras ropas empezó a declinar. En su cumpleaños 24 deduje que el joven era vendedor, al menos eso me decían la básica elegancia de su vestimenta, su sonrisa exagerada y artificial, su obeso portafolios de piel, su pluma mont blanc de imitación y, sobre todo, las desgastadas suelas de su inmaculado calzado.
Su sonrisa había dejado de ser natural desde su cumpleaños 16, aunque volvió a serlo en el 26, cuando alteró un poco la tradición, pues vino de noche acompañado de una joven a quien le propuso matrimonio allí mismo y ordenaron, antes de la rebanada de pastel con hoja de oro, una cena completa para dos. 365 días después regresó acompañado por ella, pero la sonrisa sincera sin duda se había quedado en algún lugar del camino, y para el cumpleaños 28 volvió a venir solo.
En el 28 hubo otras características nuevas. Llegó vestido con un saco muy desgastado y su calzado no era tan inmaculado. Ya no sonreía ni siquiera artificialmente y su mirada se perdía en lejanos horizontes de ideas invisibles y realidades carentes de importancia. Se sentó en la misma silla que había ocupado en las 18 ocasiones anteriores y ordenó su acostumbrado pastel con hoja de oro. Tras darle una pequeña probada a la rebanada, se quitó el anillo de casado para dejarlo en el plato.
El joven sonrío brevemente de manera natural mientras miraba al ahora vacío lugar que en el pasado ocuparon primero su padre y luego su mujer; buscó algo en un bolsillo derecho de su viejo saco, al encontrarlo se lo llevó inmediatamente a la sien del mismo lado y jaló del gatillo.
Ahora mientras veo con paciencia ajena las batallas laborales entre meseras sobre el piso de ajedrez, espero pacientemente mi jubilación y recuerdo el rostro ilusionado de un niño de 10 años.
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Sepultada en la exasperante espera de una ilusión, frente al teléfono mientras escucha una vieja balada, mucho de lo que ella siente ahora lo sienten demasiados en el mundo, desde Asunción hasta la India, pasando por la Gran Muralla. Unas soportan el tedio imaginando futuros de opio, otros deshojan margaritas intentando encontrar respuestas. Algunas leen la Biblia en busca de un Dios personal que les indique cómo arreglar sus problemas privados y otras se la viven leyendo cartas ajenas. Yo ya pasé por allí y estoy cansado de tratar de descubrir el amor y ser por alguien amado. Eso no es algo que brote de la tierra, si uno no siembra antes la semilla correcta. Lo dado no siempre tiene seis caras. El tiempo continúa su marcha inexorable, y ya es tarde. Los que hoy nacen cometerán mañana nuestros mismos errores. A pesar de eso hay quienes se preguntan por qué existen siempre los mismos males. La libertad es sólo una estatua y el triunfo un arco. Quien trata de encontrar la verdad es visto como bicho raro. Yo ya siento que vi lo que tenía que ver, y me siento cansado, pero parece que aún estaré por aquí durante un buen rato. Unos esperan el cumplimiento de su misión en las tabernas y otros lo hacen leyendo malas novelas, unos viven vidas demasiado inspiradas sin acción y otros llevan una existencia empaquetada en serie, todos esos ya cumplieron completamente su objetivo: haber nacido siendo nada y vivir siendo la nada.
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Recuerdo la época en que arrojaba piedras a las multitudes, señalando al que mentía por ganarse un mendrugo de pan. Odiando al que aspiraba cada año a tener un auto nuevo y condenando a los que iban al país del adulterio. Con risa soberbia me reía del que le pedía que le tocaran el sexo y de aquel que lloraba porque en su libertad se sentía preso. No soportaba a quien vivía como los demás le decían, yo me sonreía pero ahora los entiendo y hasta perdí la risa. Me recuerdo despreciando al que iba a la casa de Dios a pedir auxilio, y también del que la misma ayuda la pedía a su vecino. Ahora que la inmortalidad se me escapó de las manos me encuentro actuando papeles que ayer hubiera yo rechazado. Ahora sé que la imagen y semejanza que compartimos con el Creador es la posibilidad de hacer el bien o el mal desde el fondo del corazón. Por fin entiendo eso de que con la vara que mides serás medido y todo me dolería menos si ella estuviese aún conmigo. Camino solo la ruta que me ha de llevar hasta el final. A veces estoy tan cansado que ya no puedo ni mirar. Ojalá sea cierto eso de que todos podemos aspirar a ser perdonados, si en verdad queremos vivir sin estar equivocados. Ya no me río con tanta fuerza, es más, ya no me río en lo absoluto, desde que me descubrí haciendo lo que hace cualquier adulto. Me hubiese gustado conservar mi inocencia, pero ya ni llorar es bueno, ahora sólo aspiro a la paciencia.
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Una vieja casona estilo victoriano con amueblado rococó, escenario de una fiesta común en una época que daba muy pocos motivos para festejar. Bajo el retrato cubista de Descartes en bikini se encontraba un retrete con títeres colgados, desde el cual un hombre decidió llamar la atención de los muchos presentes alzando su copa de vinagre togolés y gritando a todo pulmón: “In vino veritas”. El coyote rabioso que tenían encerrado en el baño principal comenzó a aullar la Traviata al revés. Nadie río por la ocurrencia del sujeto ni bailó al compás del coyote, dejaron el río correr y todos participaron en el linchamiento del sincero misterioso. El tiempo comenzaba a volar tal y como lo haría un halcón con un gran yunque atado en su pata izquierda. Beethoven estaba furioso, porque aseguraba que el yunque que anclaba al halcón había sido extraído de sus oídos. Treinta malabaristas mancos intentaron entretener a los presentes haciendo extraños dibujos con sus lenguas arrancadas. El mudo acto no levantó ni un ápice el ánimo general, ni siquiera emocionó un poco al ánimo sargento. “El tiempo, el mundo y las monedas, son todos redondos”, exclamó en tono triunfante el hombre de la mente cuadrada con la única finalidad de abortar el embarazoso silencio, mientras muchos lo relacionaron con el que creyó descubrir que la lluvia estaba mojada. “Por cierto, ¿ya se fijaron que hoy hace mucho calor?”, concluyó el hombre, apenado, por el simple hecho de decir algo más antes de perder la atención de los presentes. “Podrían pagarme durante 20 años por calentar una silla ocho horas diarias, pero eso sería más cuadrado que las redondeces de este mentecato”, fue lo único que se le ocurrió decir al fantasma ambicioso mientras un sacerdote trataba de exorcizarlo con Coca-Cola. Por ese entonces Homero solía escribir guiones para comerciales televisivos, “es más lucrativo que escribir poemas épicos”, decía a manera de justificación a cualquiera que no quisiera escucharlo. El tercer jinete del Apocalipsis comía apio cuando recitaba el guión de una película muda de Chaplin, esto lo hacía cada que se sentía muy nervioso, y en esa ocasión cómo no estarlo, pues se encontraba buscando la cabeza de Rasputín y lo único que había encontrado hasta ese momento eran las botas tejidas de Bismarck. Lourdes, apodada ‘la no milagrosa’, llegó del brazo de Sansón calvo y ordenó un peluquín y una quijada de asno rostizada para su acompañante, por supuesto que nadie le hizo el menor caso, pero la pobre no podía dejar de pensar en qué posibles afrodisíacos podrían devolverle a su pareja lo que una tal Dalila le había robado. José Pérez, aquel sujeto tan hispano como el que más, gustaba de disfrazarse de Robert E. Lee, y en éxtasis bélico desenfundó su pistola y comenzó a disparar a diestra y siniestra, al rimo de un viejo vals, mientras gritaba “muera Pancho Villa”. El coyote dejó de aullar la Traviata al revés y todos se ocultaron donde pudieron. Sin embargo, el arlequín desgraciado (ocupando todos los sentidos de este adjetivo) se encontraba tan ebrio de estupidez que ni siquiera sintió la bala que le depiló las pestañas del ojo izquierdo. De ese suceso proviene la frase Nulla dies sine linea, la cual se aplica a todos los que tienen las pestañas del ojo derecho más largas que las uñas de los pies. Los disparos cesaron y el verdugo lampiño del César cortó la cabeza de Juan Pérez con una goma de borrar (tarea que le llevó más tiempo del que te imaginas). Adán se hallaba oculto en el desván desde mucho antes de que empezara la fiesta, y allí se quedaría con justa razón, pues temía que sus descendientes le tumbaran a golpes todos sus dientes. La hermosa hueca dijo: “sospecho que la manzana tiene connotaciones sexuales” y después intentó conversar con su príncipe ideal de papel cuché, que estaba impresionado en una revista de tercera. Einstein dudaba entre rasurarse el bigote o peinarse, pero prefirió anotar números en su libreta favorita. Un grupo de fanáticos había logrado ponerle calzoncillos al David de Donatello (al de Miguel Ángel ya lo habían destruido, pues no traía cubierta la cabeza). “Por mi abuela que jamás volveremos a permitir situaciones tan depravadas”, exclamó el líder del grupo fingiendo ignorar a su hijo (al que apodaban ‘el erizo’ por todas las heroicas jeringas que llevaba siempre clavadas en sus brazos). Una ancianita que gustaba de empujar su carro de supermercado adondequiera que iba, recogió la decapitada cabeza de José Pérez con la idea de venderla haciéndola pasar por la cabeza de Pancho Villa. Freud, mientras tanto, rompía su propia cabeza tratando de resolver el enigma propuesto por un bromista sádico acerca de por qué tanta gente encuentra placer atormentando a sus semejantes. Todo sucedía, pero nada inmutaba a Judas Iscariote cuando éste se proponía buscar la segunda mejilla de sus semejantes. Un mesero vestido de águila calva (con mucho más pelo que Sansón) conducía su campana de salvamento con ruedas para ofrecer bocadillos a los que no habían sido invitados (quienes curiosamente eran numéricamente más que los invitados). Al ver que la fiesta decaía un poco, el Papa sugirió comenzar a jugar al rito Vudú, pidiendo a su cardenal de confianza que se quitara el antifaz y le trajera el becerro de oro que tanto adoraba. No todos los asistentes participaron en el juego, los protestantes (quienes en honor a su nombre trataban de estar en contra de todo) continuaron viendo la TV junto a los muertos vivientes. Tampoco participaron los tipos de las calentolendas (¿o se escribe carnestolendas?) perpetuas, pues estaban muy concentrados en desfogar sus energías (que realmente no eran tantas) en los miles de cuartos de la vieja casona, por múltiples motivos. Los ecologistas también se retiraron del juego, pues en éste se utilizó una gallina decapitada. El homosexual que nadaba en estilo mariposa comía cacahuates en la cornisa más angosta de la vieja casona, a una altura que hubiera hecho temblar al menos acrofóbico, preguntándose de qué manera podría ahora ejercer su derecho a ser lo que era enfrente de toda la gente. “¡Lo tengo!, haré púbico mi romance secreto con el reverendísimo cardenal”, se dijo, y de la emoción cayó de la cornisa muriendo en el acto asexual. Como todo juego que se prolonga demasiado, el rito vudú terminó por cansar a todos sus participantes, quienes sin saber qué hacer para divertirse se sentaron en donde pudieron mirándose unos a otros e ignorando todas las razones posibles. Un idiota hiperactivo decidió fundar una religión, basando sus dogmas en todos los libros de superación personal que le leía su bisabuela cuando era pequeño. La nueva religión consistía en saltar lo más alto posible y sin cesar (quizás con Augusto) con el fin de estar los más cerca posible del cielo prometido. La reina Isabel, quien llegó disfrazada de Marilyn Monroe montada sobre un guanaco que mascaba guano (pues la bestia era alérgica al tabaco), decretó ese día como festivo. Era su manera de expresar sarcasmos, ya que bien sabía que nadie se divertía en la vieja mansión. Tentadoras hojas de papel. Tan blancas como la pantalla de una computadora, las cuales invitan a ser manchadas con el fruto podrido de mi imaginación, sin importar qué tan absurda y famélica sea. A esto te pueden orillar los mediocres con poder, al menos hasta que den las seis. De las mil maneras de matar el tiempo esperando la hora de salida, ésta tiene la ventaja de distraerme tratando de crear algo.
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Miss Durazno (o la señorita Peach) sonreía orgullosa debido a su famélica estampa. Había logrado lo que la ma’ tormenta le impuso como meta en la vida desde el día en que nació (tres meses y medio después de ser concebida, según ma’). Miss Durazno era la reina de la belleza mundial por 365 días terrestres (los plutonianos no saben a cuánto equivale ese tiempo en Mercurio). Todo un año de sonrisas y eventos, ninguno de los cuales le exige a Miss Durazno el uso de sus dos flamantes neuronas (19 años y aún tenían olor a nuevo). Besos de mariposas que se posan en ninguna mejilla. El peso del pesimismo me agobia, pero como cualquier pesimista prefiero llamarme realista. Ma’ tormenta va de salida y Miss Durazno tiene, en teoría, de frente toda su vida. ¿Qué hará en el futuro cuando termine su reinado? No siempre se tienen 19 años.
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