divagaciones, escritos

Poco y mucho

Muchos hablan demasiado y de lo que hablan conocen demasiado poco

Pocos identifican al amor en la primera vista

Pocos son conscientes del momento en que están fabricando un recuerdo

Casi nadie es lo que aparenta ser

Pocos son los amigos verdaderos

Pocos son los que se atreven a una entrega total

Pocos tienen sentimientos sinceros

Muchos se preguntan qué te pueden robar

Pocos aman a los otros como se aman a sí mismos

Pocos saben utilizar el sarcasmo de manera que no sea un arma barata

Pocos son amables con los caídos

Muchos te estiman cuando creen que pueden sacar provecho de ti

Pocos ven más allá de sus narices

pocos cumplen lo que prometen

Pocos son realmente libres

Casi todos hacemos lo que más nos conviene y no lo que deberíamos hacer

Pocos se resisten al dinero

Pocos aplican las leyes de honor

Pocos conocen la palabra eterno

Muchos escupen a la cara del amor

Puedo estar aquí, sin estar presente

Puedo simular que sigo la corriente

Aunque esto a la larga sería fingir

Creer en una mentira que no puedo tragar

Así que lo mejor sería ser yo, o bien tomar el siguiente tren

Pero en poco soy como muchos, y en mucho soy como todos.

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Cuentos, escritos, Relatos cortos

Guerra

La larga pared desnuda reflejaba una parpadeante tonalidad proveniente del exterior: un tinte rojizo roto por la sombre del hombre que de pie miraba hacia afuera del gran ventanal. Era una noche sin silencio, a pesar de la completa quietud dentro de esa habitación, hasta allí llegaba el lastimero escándalo que se producía afuera.

Los tonos rojizos de afuera se reflejaban en el rostro del hombre, mientras su mente saltaba entre el pasado y el presente. Demasiada destrucción durante los últimos meses, demasiada sangre y muerte, pero esto ya era el colmo.

El hombre miraba la destrucción de su comunidad desde lo que había sido el comedor de su casa. El antes comedor era una ruina, todo hecho trizas, y al parecer así también quedaría muy pronto el pueblo en el que había nacido y crecido. La casa del hombre estaba en un elevado, en la parte más alta de una colina que dominaba la vista de casi toda la comarca, al final de una calle inclinada, que por mucho tiempo fue recorrida por visitas y que él de niño disfrutaba bajar en el “carro deportivo” que construyó con unos amigos, en realidad una simple tabla con ruedas y una especie de volante. Era emocionante.

El hombre miraba lo que ocasionó el último bombardeo, el más devastador, que había asolado su pueblo. Veía cómo se consumían en llamas el local donde un buen hombre solía hacer pan, otro donde una señora vendía los dulces que elaboraba con deliciosos secretos de antaño, también ardía el cuartel de la policía en el que estaba la siempre vacía cárcel.

El hombre había salido a la guerra hacía meses, obligado por el gran gobierno propio, pero lejano, a luchar en un frente a no muchos kilómetros de su pueblo.

Entonces el hombre descubrió que peleaba por algo que nada tenía que ver con su gente, matando a personas, como él, arrancadas de sus respectivos pueblos. El hombre supo que el “enemigo” era un amasijo de ambiciosos e idiotas, tal como lo era su propio bando. Hacía tres días, el hombre se enteró que el enemigo pretendía llegar hasta la capital, y sabía que su pueblo se interpondría en ese camino.

Entonces el hombre desertó, una condena a muerte se emitió a su nombre. El hombre pudo evadir a los perseguidores, que antes fueron sus “amigos”, hasta llegar a su pueblo. Pero ya era demasiado tarde.

Durante el camino de regreso a casa vio algunos cadáveres de gente con quien había crecido, con quien había jugado, conversado o de menos saludado. Al llegar a casa, ésta ya se encontraba vacía.

Ahora miraba el resultado de un salvaje bombardeo, ahora pensaba qué sería de él. Quizá buscar a su familia, eludir al ejército, no toparse con el “enemigo”, de cualquier bando, incluso el que llamara suyo.

El asunto no iba a ser fácil, y quizá él, aunque respirara, ya estaba ahora tan muerto como su pueblo.

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Crónicas urbanas, Cuentos

El hombre del traje azul

Mesita de metal, de 55 por 55 centímetros, un cuadrado imperfecto debido a los golpes y abolladuras.

Mantel de plástico, con mangos y naranjas desibujados (cuando es mes de la independencia lo cambian por el mantel estampado por héroes, y cuando es navidad por uno que tiene muñecos de nieve con sonrisas cannabicas y santaclosas exageradamente obesos y sonrientes, víctimas potenciales de la impiedad coronaria).

Es la mesa de una fonda de comida corrida (que más debiera llamarse “corriente”), sitio de poca higiene y mucha economía, en donde uno come por 70 pesos las misma bazofia que en otros lugares costaría 189.90.

El ambiente de la fonda grasienta, además del olor a frituras y fritangas, incluye música de banda salida de una vieja rocola y moscas que vuelan como si lo hicieran en una orgía aérea.

Ante una de las mesas, en específico de la que hablamos hace un momento, un hombre de traje.

El traje, de aspiración a elegencia, fue comprado en la barata ínfima de la tienda del ahorro proletario (que lamentablemente se traduce como: a los obreros, las sobras). Un obrero rara vez goza de lo que él produce, pero eso, queridos, es otra histeria. Enfoquémonos en el hombre de traje barato, que come, que no es obrero, sino un burócrata de quinta categoría.

El hombre del traje económico, azulado en tono pastel, merengue de panadería, chambelán de XV primaveras, es un fulanito entrado en carnes y en años.

El sístole y el diástole de su corazón son un trabajo titánico, debido a la grasa pegada en sus arterias y al tabaco repartido en placas por sus venas; su sangre no corre como debiera, y es más negra que su conciencia. De azul, sólo el traje.

Come con gusto endemoniado el plato de grasa caldosa (supuestamente de cerdo, nada kosher, pues el tipo es cristiano y cree que todos los judíos son malos, porque clavaron a Dios en la cruz), acompañado de pan, mucho pan, de la canastita mosqueada sobre la mesa metálica y abollada.

Los zapatitos del hombre, parecen de juguete, calza un número menor al 7, y tienen las suelas y tacones desgastados y chuecos, pero eso sí, muy lustrosos, siempre: “como te ven te tratan”, acostumbra decir muy ufano el fulano que ahora come. Y sinceramente lo tratan como el carajo, de hecho lo que la gente tiene con él no es un trato, sino un maltrato. Así vistiera como el príncipe de Inglaterra, me temo que lo tratarían igual de mal.

Pero no te vayas por el lado equivocado, el tipo se gana a pulso la enemistad del mundo. Ganador indiscutible de la medalla de oro en antipatía.

El fulano es un burócrata, que a lo largo de 25 años ha ocupado con poco orgullo y mucha vileza la ventanilla de pensiones en un Instituto de Seguridad Social (las siglas SS, tan relacionadas con la crueldad histótica, no son coincidencia), haciéndole la vida difícil, hasta la cuasi imposibilidad, a los jubilados que tuvieron la mala suerte de vivir más años que su vida laboral.

El tipejo de traje azul, abusa del poder que le confiere estar en el ventanuco maldito para atender a los jubilados. Ríe y piensa en futbol, en vez de atender a la gente. Come tortas de jamón y hace como que piensa, sin pensar. Le gusta decir que regresen otro día a los ancianos, tras hacerlos esperar hora y media en la sala de la desesperación dantesca, allí, donde todo es dolor y rechinar de dientes. Un completo hijo de puta el tipo del traje azul.

Se acaba su caldo en el restaurante-fonda de mala muerte. Ahora viene el bisté a la mexicana. Un vil pedazo de carne, delgado como la esperanza en tiempo de crisis, un huarache sin ataduras, con un puñado de verduras viejas, en tonalidades verde-cadáver. Tan grasoso es el pedazo de dizque carne que podría mantener bien lubricado el engranaje completo de un trasatlántico por lo menos durante 367 días.

El burócrata es de cara redonda, mitad rana y mitad cabeza olmeca reducida, con un rictus perpetuo como de haber pisado excremento canino en la calle, tiene como única señal de inteligencia un par de gafas, pero no seamos prejuiciosos, las gafas son erróneamente asociadas a la inteligencia, pero está científicamente comprobado que el 90% de los cuatro-ojos no leen más que las noticias deportivas (y eso sólo los encabezados), y que su coeficiente intelectual es la justificación perfecta para la invención de los números negativos.

El tipo masca con dificultad, tiene los dientes picados, y sigue consumiendo su trozo de carne de dudosa procedencia (aunque todos supongan que es de res, no diré de qué es).

Éste podría ser un cuento infamil, como los que acostumbro escribir, pero no. Al tipo nefando que describo no le va a dar un infarto ante esta mesa, como si se tratara de un acto de justicia divina quitarle la vida a un ser tan negativo.

No, por el contrario él terminará de comer, y seguirá con su rutina por mucho tiempo, desatendiendo ancianos, haciéndoles la vida imposible, día tras día y semana tras semana.

Así, hasta que un día él sea otro jodido viejo jubilado más y tenga que soportar lo mismo que a otros hizo sufrir.

Moraleja: hay cuentos infamiles que no terminan con la muerte, sino karmáticamente con mucha vida (y éstos, querida, son los peores finales).

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Feliz cumpleaños para mí

87
Literalmente, a flor de piel llevo las huellas de mi sobrevivencia. Mi aliento, yo misma lo percibo, es como apolillado, como de armario de mi abuela, de esa abuela que murió más joven que lo que yo soy ahora. Huelo a lo que soy, un ser humno viejo.
Las expectativas de vida son más ahora, y si se tiene dinero, ni te cuento.
Antes me preguntaba si no debí matarme cuando pude hacerloa. No porque quisiera estar muerta, sino que a veces, sólo a veces, me cuestionaba, y de vez en cuando lo sigo haciendo, si esto que hago es vivir. Y eso me lo preguntaba también cuando podía caminar, y hablaba y veía mejor. Que risa me doy.

Por supuesto que lo actual no es vida si lo considero con el punto de vista que tenía hace 20 o 30 años o más, pero es mi vida actual. Esta soy yo ahora, no hay de otra. Sobreviviente a embolias, a diabetes, a muchos males, que no se van, pero que se doman. Medicina que no cura, que sólo prolonga. Que aturde y aminora síntomas. Mientras la muerte avanza. Pero, pues la muerte está con nosotros desde que nacemos, aunque ahora está más cercana a mí. El corazón sigue latiendo y yo aquí.

Quizá lo único bueno de haber muerto antes, es que me hubiera evitado ver cosas que jamás imaginé, y que jamás hubiese deseado ver. La peor es la reación al estilo buitre de mis familiares, de mis propios hijos. Es como para hacer vomitar al más estóico y al más ayunador. El hijo que a pesar de su indiferencia insultante exige un adelanto de lo que le tocará, el otro hijo que manipulado por su mujer se transformó en un interesado insistente, jodido deshuevado, la hija que quisiera ayudarme a pasar el tiempo, pero que se desespera siempre que lo intenta, el otro hijo que simplemnte se largó, enviando la “ayuda monetaria necesaria” (ayuda que no necesito, ya que su padre me dejó bien provista materialmente, ayuda material que nada es comparada con lo que hubiera querido su presencia, que me visitara de vez en cuando… pero ya no, por mí que haga lo que quiera).
87 y como bebé de nuevo tengo que aprender a caminar.
En vez de mis amorosos padres esta vez los que me enseñan a dar pasos son el chofer, un terapeuta y la enfermera en turno. Lo hacen por dinero, pero a veces siento más cercanía con estos extraños mercenarios que con la gente que tiene mi misma sangre en sus venas.
Mis hijos, mis nietos, ninguno me tiene paciencia, cómo quisieran ellos verme fría en un cajón, pero ya a estas alturas la verdad no tengo prisa. En serio, a todo se acostumbra una.

Así estoy el día de hoy, en mi cumpleaños, en el parque de costumbre, como bailando el danzón macabro del invierno existencial. Al menos así debe lucir mi reaprendizaje para caminar a esos jóvenes enamorados y a esos niños que juegan bajo el mismo sol que yo. Lo intento con estas piernas que parecen haber olvidado cómo se camina y que sienten que soy una carga inmensa para ellas, que me soportaron (literalmente) durante casi siglo.

Sé que las viejas mujeres conocidas que me miran ahora, que también son sacadas a “pasear” por sus enfermeras a este parque, en sendas sillas de ruedas, se mueren de envidia al verme dar mis nuevos primeros pasos. Esas viejas, a pesar de ser en su mayoría más jóvenes que yo, no tienen la esperanza de volverse a poner de pie. Yo igual lo hago porque no tengo nada más qué hacer. En algo debo ocuparme en lo que entrego mi alma al Creador.

Hoy cumplí 87, y desde temprano recibí las felicitaciones de los familiares, con sus mejores deseos por que viva mucho. Pendejos, si me quisieran tan viva me dedicarían al menos unas horas, ya no al día, sino a la semana. Les volví a  pedir que me metan a un buen asilo, pues los hay, y puedo pagarlo, al menos allí tendría gente con quien conversar de cosas que nadie más entiende; pero no “¡Madre cómo te vamos a meter a un botadero humano!”, me dicen indignados, sin percibir que me tienen en un lujoso botadero, abandonada. Pero no hay manera de hacerlos entrar en razón.

Es el problema de ser vieja, que una ve con más claridad muchas cosas, aunque los ojos ya no funcionen nada bien. Y sí, quizá se cubre uno con una capa de indiferencia ante casi todo. Quizá sea algo de cinismo. No sé. puede que simplemente sea falta de energía, o el convencimiento de que nada tiene sentido, excepto sobrevivir. Hacerlo hasta el último momento.
No sobrevivo por joder a “mi gente”, no valdría la pena hacerlo. No cambiaría nada. Lo hago porque ¿hay otra opción?

Ojalá pudiera expresar las cosas como las pienso, ojalá pudiera hablar sin que mi lengua arrastrara las palabras, sin que suene lenta o incluso estúpida, decir las cosas un poco más de prisa, hablar al mismo ritmo de mis pensamientos. Pero, no, todo se me hace lento, menos el cerebro. Y no estoy imbécil.

Eso es lo feo.

Pero fuera de eso, 87 son un logro.
Supongo que si no me he muerto será por algo.
Feliz cumpleaños para mí.

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La fiesta insufrible en la vieja casona (en lo que dan las 6)

Una vieja casona estilo victoriano con amueblado rococó, tendencia kikirikí de los años en que mambrú dejó de ser pacifista; escenario de una fiesta común en una época que daba muy pocos motivos para festejar.

Bajo el retrato cubista de Descartes en bikini se encontraba un retrete con títeres colgados, desde el cual un hombre decidió llamar la atención de los muchos presentes alzando su copa de vinagre togolés y gritando a todo pulmón: “In vino veritas”. El coyote rabioso que tenían encerrado en el baño principal comenzó a aullar la Traviata al revés. Nadie río por la ocurrencia del sujeto ni bailó al compás del coyote, simplemente dejaron el río correr y todos participaron en el linchamiento del sincero misterioso.

El tiempo comenzaba a volar tal y como lo haría un halcón con un gran yunque atado en su pata izquierda. Beethoven estaba furioso, porque aseguraba que el yunque que anclaba al halcón había sido extraído de sus oídos. Treinta malabaristas mancos intentaron entretener a los presentes haciendo extraños dibujos con sus lenguas arrancadas. El mudo acto no levantó ni un ápice el ánimo general, ni siquiera emocionó un poco al ánimo sargento.

“El tiempo, el mundo y las monedas, son todos redondos”, exclamó en tono triunfante el hombre de la mente cuadrada con la única finalidad de abortar el embarazoso silencio, mientras muchos lo relacionaron con uno que creyó descubrir que la lluvia estaba mojada. “Por cierto, ¿ya se fijaron que hoy hace mucho calor?”, concluyó el hombre, apenado, por el simple hecho de decir algo más antes de perder la atención de los presentes. “Podrían pagarme durante 20 años por calentar una silla ocho horas diarias, pero eso sería más cuadrado que las redondeces de este mentecato”, fue lo único que se le ocurrió decir al fantasma ambicioso mientras un sacerdote trataba de exorcizarlo con Coca-Cola.

Por ese entonces Homero solía escribir guiones para comerciales televisivos, “es más lucrativo que escribir poemas épicos”, decía a manera de justificación a cualquiera que no quisiera escucharlo. El tercer jinete del Apocalipsis comía apio cuando recitaba el guión de una película muda de Chaplin, esto lo hacía cada que se sentía muy nervioso, y en esa ocasión cómo no estarlo, pues se encontraba buscando la cabeza de Rasputín y lo único que había encontrado hasta ese momento eran las botas tejidas de Bismarck.

Lourdes, apodada ‘la no milagrosa’, llegó del brazo de Sansón calvo y ordenó un peluquín y una quijada de asno rostizada para su acompañante, por supuesto que nadie le hizo el menor caso, pero la pobre no podía dejar de pensar en qué posibles afrodisíacos podrían devolverle a su pareja lo que una tal Dalila le había robado.

José Pérez, aquel sujeto tan hispano como el que más, gustaba de disfrazarse de Robert E. Lee, y en éxtasis bélico desenfundó su pistola y comenzó a disparar a diestra y siniestra, al rimo de un viejo vals, mientras gritaba “muera Pancho Villa”. El coyote dejó de aullar la Traviata al revés y todos se ocultaron donde pudieron. Sin embargo, el arlequín desgraciado (ocupando todos los sentidos de este adjetivo) se encontraba tan ebrio de estupidez que ni siquiera sintió la bala que le depiló las pestañas del ojo izquierdo. De ese suceso proviene la frase Nulla dies sine linea, la cual se aplica a todos los que tienen las pestañas del ojo derecho más largas que las uñas de los pies. Los disparos de Pérez cesaron como con pereza y el verdugo lampiño del César cortó la cabeza de Juan Pérez con una goma de borrar (tarea que le llevó más tiempo del que te imaginas).

Adán se hallaba oculto en el desván desde mucho antes de que empezara la fiesta, y allí se quedaría con justa razón, pues temía que sus descendientes le tumbaran a golpes todos sus dientes. La hermosa hueca dijo: “sospecho que la manzana tiene connotaciones sexuales” y después intentó conversar con su príncipe ideal de papel cuché, que estaba impresionado en una revista de tercera a cuatro tintas.

Einstein dudaba entre rasurarse el bigote o peinarse, pero prefirió anotar números en su libreta favorita. Un grupo de fanáticos había logrado ponerle calzoncillos al David de Donatello (al de Miguel Ángel ya lo habían destruido, pues no traía cubierta la cabeza). “Por mi abuela que jamás volveremos a permitir situaciones tan depravadas”, exclamó el líder de un grupo de extrema derecha, el que sin embargo carecía de derecho, fingiendo ignorar a su hijo (al que apodaban ‘el erizo’ por todas las heroicas jeringas que llevaba siempre clavadas en sus brazos).

Una ancianita que gustaba de empujar su carro de supermercado adondequiera que iba, recogió la decapitada cabeza de José Pérez con la idea de venderla haciéndola pasar por la cabeza de Pancho Villa. Freud, mientras tanto, rompía su propia cabeza tratando de resolver el enigma propuesto por un bromista sádico acerca de por qué tanta gente encuentra placer atormentando a sus semejantes, lo cual hacía que Freud se sintiera como Onano abonando con su desperdicio la tierra de Nod.

Todo sucedía, pero nada inmutaba a Judas Iscariote cuando éste se proponía buscar la segunda mejilla de sus semejantes. Un mesero vestido de águila calva (con mucho más pelo que Sansón tras su fatídico encuentro con la estilista Dalila) conducía su campana de salvamento con ruedas para ofrecer bocadillos a los que no habían sido invitados (quienes curiosamente eran numéricamente más que los invitados).

Al ver que la fiesta decaía un poco, el Papa sugirió comenzar a jugar a la ruleta de rito Vudú, pidiendo a su cardenal de confianza que se quitara el antifaz y le trajera el becerro de oro que tanto adoraban. No todos los asistentes participaron en el juego, los protestantes (quienes en honor a su nombre trataban de estar en contra de todo) continuaron viendo la TV junto a los muertos vivientes. Tampoco participaron los tipos de las calentolendas (¿o se escribe carnestolendas?) perpetuas, pues estaban muy concentrados en desfogar sus energías (que realmente no eran tantas) en los miles de cuartos de la vieja casona, por múltiples motivos. Los ecologistas también se retiraron del juego, pues en éste se utilizó una gallina decapitada.

El homosexual que nadaba en estilo mariposa comía cacahuates en la cornisa más angosta de la vieja casona, a una altura que hubiera hecho temblar al menos acrofóbico, preguntándose de qué manera podría abrir sin preocupaciones el clóset de su sexualidad enfrente de toda la gente sólo para provocar afrentas. “¡Lo tengo!, haré púbico mi romance secreto con el reverendísimo cardenal”, se dijo, y de la emoción cayó de la cornisa muriendo en el acto asexual.

Como todo juego que se prolonga demasiado, la ruleta de rito vudú terminó por cansar a todos sus participantes, quienes sin saber qué hacer para divertirse se sentaron en donde pudieron mirándose unos a otros e ignorando todas las razones posibles.

Un idiota hiperactivo decidió fundar una religión, basando sus dogmas en todos los libros de superación personal que le leía su bisabuela cuando era pequeño. La nueva religión consistía en saltar lo más alto posible y sin cesar (quizás con Augusto) con el fin de estar los más cerca posible del cielo prometido.

La reina Isabel, quien llegó disfrazada de Marilyn Monroe montada sobre un guanaco que mascaba guano (pues la bestia era alérgica al tabaco), decretó ese día como festivo. Era su manera de expresar sarcasmos, ya que bien sabía que nadie se divertía en la vieja mansión.

Tentadoras hojas de papel. Tan blancas como la pantalla de una computadora, las cuales invitan a ser manchadas con el fruto podrido de mi imaginación, sin importar qué tan absurda y famélica sea. A esto te pueden orillar los mediocres con poder, al menos hasta que den las seis. De las mil maneras de matar el tiempo esperando la hora de salida, ésta tiene la ventaja de distraerme tratando de crear algo.

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Deseo

La fecha del festejo anual hizo de nuevo su aparición. Qué diferente es ahora su llegada, comparándola con los felices tiempos de tu infancia que, por su despreocupación, siempre consideras los mejores de tu vida. Antes esperabas emocionada esta fecha, ahora lo que quisieras es omitirla para siempre. Hoy no habrá pastel con velitas, pues por medio de argumentos dignos de la peor película de acción, y excusas que pareciste haber extraído de la chistera de un mago fracasado, mandaste diplomáticamente al cuerno a todas tus amistades y conocidos. Esta noche, por iniciativa propia, no habrá celebración de cumpleaños para ti.

Quizá si contaras con una pareja permanente tu humor sería distinto… pero el caso es que hasta el momento ningún ‘caballero’ ha querido asumir tal compromiso. ¿Acaso es realmente imposible encontrar un hombre correcto en el mundo?, por lo menos la respuesta que das, basada en tu propia experiencia, resulta afirmativa. Lo peor no es que tu paciencia se esté acabando, sino que tu reloj biológico está a punto de detonar la bomba del embarazo riesgoso, y de ahí al embarazo imposible sólo hay un paso.

Para colmo de males, sabes bien que tu piel ya no se ‘recupera’ tan rápidamente como antaño y que con las tendencias estéticas obligadas que pronto adoptará tu figura deberás renunciar a ciertos caprichos de la moda que solías seguir con religiosa fe. ¿Cuánto tardarán en aparecer esas temidas manchas en los dorsos de tus manos? Esas como pecas que tanto tu abuela como tu madre tuvieron cuando entraron de lleno al otoño de sus vidas. Ellas por lo menos contaron con hijos que las distrajeran un poco y no se concentraran en la conciencia de sus propias decadencias. Pero tú…

De repente sientes que es un tanto ingrato quejarte, pues puede decirse, sin engaño alguno, que eres una mujer exitosa. Solitaria, sí, pero exitosa. ¿Habrá sido así la vida de la reina de Saba?… ¡No!, acuérdate que el mismo Salomón anduvo perdido tras ella, y ese rey no es conocido precisamente por haber sido un idiota, ¿verdad? Así que la reina de Saba tuvo sin duda mucha suerte (o por lo menos más que tú).

¿Cómo podrás olvidar la fecha de hoy?, enterrarla lejos del alcance de tu memoria. ¿Cómo puedes ignorar que hoy cumples otro año más? Nada de alcoholizarte, eso está descartado, es demasiado patético hacerlo sola y a la larga terminaría empeorando tu estado emocional. Te conoces muy bien. ¿Qué te parece salir a dar la vuelta?, mezclarte anónimamente entre las masas de desconocidos, entre todo ese ejército que ignora que hoy cumples años. No importa que noten tu soledad, pues tú notarás también la de ellos y lo más probable es que no te los vuelvas a encontrar de nuevo –y si los vuelves a topar, lo más seguro es que ni siquiera recuerdes sus facciones y ellos desconozcan las tuyas–.

¡Al diablo con todos!, ¿qué importa que noten tu soledad? Pides un taxi. Sólo una retocada de maquillaje antes de salir. Aunque no lo aceptes, siempre estás ilusionada con que sorpresivamente conozcas a tu príncipe azul. No lo aceptas, porque la desilusión es peor cuando regresas con las manos vacías. Pero arreglas tu apariencia porque esa esperanza silenciosa por un encuentro milagroso persiste muy dentro de ti.

En el espejo observas tus magistrales trazos de maquillaje que, sin embargo, no pueden ocultar del todo la crudeza del presente. Nada puede evitar que notes que ya no eres la misma, que el tiempo realmente pasa con rapidez y se lleva la lozanía con él. ¡Mira esas marcas de expresión!, antes solían ser parte de un gesto efímero y encantador, ahora están decididas a permanecer en tu rostro como grietas en la roca.

¡Carajo!, lo que más te duele es que no eres fea, nunca lo has sido, y tu belleza tardará un buen tiempo en marchitarse completamente. Entonces, ¿por qué fregados no has encontrado al hombre correcto? Una de dos: o todos los hombres son realmente unos hijos de la mierda o tú tienes el peor tino que haya existido en la historia para encontrar pareja. Eso te recuerda la idea que planteaste una vez con ciertas amigas: “Eva fue la mujer más suertuda de todas las que han existido o fue la más resignada. Todo depende de cómo haya sido realmente Adán”. En fin, hora de salir, el taxi llama a tu puerta.

Extraño espectáculo el de la ciudad de noche. Ignoras completamente al conductor que pretende iniciar una plática contigo y prefieres mirar al exterior hundida en el silencio. Desde el auto observas problemas por todos lados, espacios vitales invadidos, olor a podredumbre. A pesar de todo seguimos aquí hacinados, y no sólo eso, sino que la mayoría tiene el descaro de reproducirse. Claro que aceptas que tú no te has reproducido, no porque te falten ganas. Recordar el asunto de la reproducción ensombrece aún más tu mente.

Ahora consideras que la vida es absurda, ¿qué razón hay de continuar con ella? ¡Hey!, mejor cállate, cambia tus ideas. No te vayas a deprimir como la otra vez. Recuerda esos días de melancolía constante, los medicamentos, el tratamiento, ¡un verdadero infierno! Todo por culpa de ese imbécil que te hizo construir grandes expectativas. Ese idiota que tras jurar amor se largó tras conseguir lo que buscaba. ¡Carajo!, de haber querido recordar tantas desdichas mejor te hubieras quedado en casa.

Bajas del taxi y piensas que sería bueno conocer, aunque sea por unos segundos, los más íntimos pensamientos de las demás personas. Saber qué piensa cada ser que deambula por esta importante avenida de comercios finos donde se venden productos de caras firmas internacionales y tan grandes como lujosos edificios habitacionales. ¡Qué curioso!, no todos los transeúntes están al nivel socioeconómico del rumbo. Por ejemplo, observa a ese limosnero que lleva en su mano izquierda un objeto dorado (de seguro el recipiente que utiliza para que la gente de buen corazón, o de gran culpa, deposite las limosnas). El hombre tiene una mirada tan perdida que parece realmente profunda, aunque descubres en ella algo más… Imposible que este pobre individuo pueda entrar en la tienda de la esquina y mucho menos tendrá la más ligera oportunidad de habitar en uno de los departamentos que hay por aquí. ¡Ja!, ni siquiera podría ser admitido como sirviente.

Ahora tienes la certeza de que él te mira y se aproxima a ti, ¿qué diablos querrá contigo este miserable? Lo único que te faltaba es ser importunada por un pordiosero, así que mejor desvías tu rumbo y por seguridad entras en el lobby del edificio más cercano. El guardia de la puerta te permite la entrada sin preguntarte nada, limitándose a saludarte cortésmente (tal y como lo aleccionaron en la compañía donde labora). Todo porque deduce, por tus ropas, que perteneces al círculo de gente que tiene derecho a darle órdenes, grupo del que automáticamente excluye al limosnero. Desde el lobby alcanzas a observar cómo el guardia deja de ser el sumiso portero, para convertirse en un déspota que utiliza todo el poder que tiene a la mano para humillar al pordiosero y ordenarle groseramente que se largue de allí. Decides esperar en ese sitio un tiempo razonable como para que el indigente se haya alejado.

Es curioso, pero no puedes olvidar la mirada del pordiosero, había en ella algo que iba más allá de la infelicidad (casi todos lo pobre son infelices, aunque, pensándolo bien, los ricos no se quedan muy atrás, sólo que éstos compran las posibilidades para disimularlo). ¿Quién sabe qué sería lo que te inquietaba de esa mirada?, pero no escapaste de los probables festejos de tu cumpleaños para divagar acerca de las diferencias económicas ni para descifrar las amarguras de un indigente. Ves que el portero abre la puerta servicialmente –quizás debieras decir ‘servilmente’– a una parejita de jóvenes pudientes. Él es muy apuesto, aunque en honor a la verdad debes aceptar que ella es muy hermosa. Te llaman la atención porque ambos parecen estar embriagados por algo mucho más banal y material que el amor, incluso te atreverías a apostar que vienen bastante drogados. A pesar de su estado químicamente alterado, se esfuerzan en mostrar al mundo su cariño mutuo. Hay algo de falso en esa efusividad casi violenta. La imagen te resulta insoportable y optas por largarte de allí. El mendigo ya debe estar lejos.
Das al guardia una sonrisa condescendiente que él te regresa deseándote buenas noches (aunque no dudas que bajo esa cortesía te odie por motivos meramente clasistas) y sales a la calle. Tu mirada es atraída hacia un costado de la gran puerta, donde descubres un objeto metálico. Es, sin duda, el artefacto que cargaba el pordiosero. Lo levantas y te sorprende descubrir que se trata de una lámpara como aquellas que aparecen en los cuentos infantiles. Una lámpara metálica, en cuyo interior se colocaba aceite para alumbrar la oscuridad en las mil y una noches. ¡Vaya regalo de cumpleaños!

Es en verdad curioso encontrar una de estas cosas hoy en día. ¿Y si…?, no, ¡qué pendejadas se te ocurren! Qué ridícula te verías frotando la lámpara en espera de un genio, ya eres una adulta para siquiera pensar en semejantes ridiculeces… Aunque, ¿quién sabe? Miras a tu alrededor y sigues viendo a gente pasar, cada quien clavado en sus propios pensamientos (¡ah, la típica frialdad urbana!). Nadie te está viendo, ni siquiera parecen enterarse que estás allí. ¡Frota la lámpara!, total, no pierdes nada. Aquí vas, una pequeña frotadita y…

¡Diablos!, todo lo que te rodea se detiene, como si hubieras puesto ‘pausa’ en una película. Todo está quieto, los pasos de los peatones se congelaron en el momento preciso en que frotaste la lámpara, incluso el humo del cigarro de aquella mujer forma una escultura en apariencia permanente. Quietud absoluta, todo permanece estático, excepto tú y ese humo violeta que sale de la lámpara que paulatinamente se transforma en un gigante de tres metros vestido a la vieja usanza oriental.

“No te sorprendas por mis atuendos”, te dice el gigante con una sonrisa sarcástica en el rostro, “pero los uso únicamente para dar el dramatismo cursi que se espera de esta situación. Ahora, supongo que imaginarás qué sigue. Por lo tanto me ahorraré las explicaciones y me concentraré en decirte que cuentas con un deseo, SÓLO UNO, el cual te será cumplido. Así que te recomiendo que lo formules CON SABIDURÍA”.

Tras sus palabras, el genio cruza sus musculosos brazos y dirige su mirada al cielo, como si con esta acción procurara no apresurarte en la toma de tu decisión. Curiosamente tú no estás muy sorprendida, es como si esto no fuera extraordinario, después de todo, cuando eras niña creías en ello. Miras hacia la gente estática, como buscando inspiración y las ideas comienzan a galopar en tu cerebro como desbocados obesos hambrientos en un festín.

Te preguntas qué puedes pedir. ¡Dinero!, supones que esa es la primera opción que se les ocurre a quienes enfrentan esta situación, o por lo menos eso cuenta la tradición. Pero no, no la riqueza, hace unos momentos pensaste que los ricos no son felices; además, ya tienes las cosas materiales que necesitas, y hasta te sobran. Debes pedir algo que… ¡concebir un hijo!, ¡eso es! Después de todo, es lo que más ansías. Sí, un pequeño… aunque, ¿de qué te serviría un niño sin que tú cuentes con un compañero que te ayude a criarlo? Entonces decides pedir un hombre al que puedas entregar tu vida, sin restricciones. Sientes que el genio te mira, y descubres que es así. Él parece adivinar tus pensamientos y con una sonrisa parece indicarte que te tomes tu tiempo, que la decisión no debe hacerse tan a la ligera, que esta oportunidad jamás se repetirá.
De súbito se te ocurre que hay algo aún mejor. Tu deseo será no envejecer, detener de una vez por todas ese fastidioso proceso de decadencia en tu cuerpo. Con ello consideras que lo obtendrás todo: encontrar por ti misma al hombre adecuado, sin importar lo que esto tarde y tener un hijo (o los que quieras) cuando se te pegue la gana. ¡Ese es un verdadero deseo para pedir a un genio!
Abres los labios emocionada y dices al genio: “Mi deseo es jamás envejecer”. Él como respuesta suelta una gran carcajada, cargada de dramatismo (sin duda lo que la tradición dicta en estas situaciones), y chasquea los dedos de su mano derecha, para desaparecer en el acto tras decir: “Concedido”. La calle recobra todo su movimiento como si nada hubiese pasado.

Esperas ansiosa algo, un destello, una gran explosión, algo espectacular que te indique el cumplimiento de tu deseo (el genio tenía razón con respecto al efectismo cursi al que estamos acostumbrados), pero no sucede nada fuera de lo normal. De repente escuchas gritos de terror y notas que la gente detiene su paso y todos miran hacia arriba de tu persona. Tú decides no voltear y cerrando los ojos esperas que una fuerza sobrenatural recorra tu cuerpo, algo así como una energía que impida que tu organismo envejezca. Lo único que obtienes es un fuerte golpe que de sopetón termina con todos tus signos vitales, y quiebra la mayoría de tus huesos. No más esperanzas de vida, este es tu adiós para con el mundo cruel.

***

El día siguiente fue jueves, y como tal, toda la gente continuó con su rutina en espera de que llegara el viernes. Claro que dentro de toda rutina deben existir situaciones que rompan con la monotonía, pues de no ser así, la humanidad realizaría tarde o temprano un suicidio colectivo y la Tierra tendría que esperar varios millones de años para que las cucarachas evolucionen y ocupen el sitio dejado vacante por los hombres. Ese jueves, la rutina fue alterada por una curiosa noticia acerca del fallido intento de suicidio de un apuesto joven pudiente, quien tras pelear brevemente con su prometida decidió saltar desde la ventana de su lujoso departamento.
Quién sabe si el joven hubiera intentado tal acción de haberse encontrado sobrio, pero el caso es que, tanto él como su novia, estaban bajo los efectos de ciertas drogas ‘duras’ mezcladas con alcohol. Pero esto no fue lo más curioso, sino que el joven resultó totalmente ileso tras su salto. Lamentablemente no se pudo decir lo mismo de la mujer que estaba en la acera, sobre la que él cayó y la cual murió en el acto. Ella era de mediana edad y su cuerpo amortiguó la caída del suicida. En la necropsia se descubrió que la mujer sacrificada se encontraba con tres semanas de embarazo.

Lo que siempre se preguntarán los testigos del suceso es por qué la víctima no se apartó del punto donde se hallaba, a pesar de que todos le gritaron que así lo hiciera y, en vez de correr, sólo cerró los ojos con una dulce sonrisa en el rostro.

***

En algún lugar de la ciudad, dentro de una vieja lámpara de latón, un genio sonríe satisfecho de haber cumplido tres deseos en uno solo, y descansa mientras espera que otra persona afortunada deje a un lado los prejuicios y se atreva a frotar la lámpara.

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Ciego por voluntad

Extraviado en la vía rápida de la leche derramada, sintiéndome como el octavo onano sin blanca.

Perdido sin las guías de la luna o del sol, mucho menos de las estrellas, preguntándome por qué no estamos ya juntos.

Llevo en mi mirada la desesperada espera de la oportunidad que nunca llega, ni llegará… calva ni con gran melena.

El futuro me sabe a una indeseada extensión monótona del pasado, nada mejora si no estás a mi lado.

Hoy despertaste con otro ente, de entre los que hacen del seguirte una religión barata y postmoderna. Ya sabrás tú qué me corroe, a mí, un desencantado obispo de la adoración de tu áurea becerricidad.

Ojalá yo buscara de ti sólo tu cuerpo, pero después de lo ocurrido sabes ya que no es cierto.

Si mentí fue sólo por diversión y hoy soy el condenado que pide perdón a la reina de la penitenciaría.

Exiliado de tu cama y de tus pensamientos, voy en contra de mi código que exige alejarme del lugar en el cual no me quieren.

Sólo un lépero leproso cuya única compañía es su campana desafinada.

Doce campanadas y pido tu regreso, pero debo aceptar que me dijiste adiós sin tirarme ni un beso.

exiled

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