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El amor de los mayores

El amor de los mayores es como la era del hielo. Tranquilo y frío.

La pasión suele quedarse en la primavera, de veras.

La locura de la pasión suele extinguirse con los años, baja el recuento de daños.

La responsabilidad de los vástagos, el pensamiento de que la recta final es una curva en bajada, considerar seriamente de nuevo la existencia de Dios.

En el amor de los mayores las manos ya no sudan, se acaban las travesuras; a veces se comenten, pero es mera costumbre, pilóto automático sin sabor.

Besos de mármol, cariño atado. La necesidad va al ritmo de esa tonada que trata de ser un conjuro contra la soledad del final.

Es amistad, es costumbre, no es fuego ni pérdida de la razón.

El amor de los mayores es tan extraño como el de los jóvenes.

El amor siempre es un misterio.

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Tanto peca el que mata a la vaca… (recuerdos)

Yo recuerdo mal y no he vivido tanto; o en el caso de que realmente haya yo vivido mucho, lo que recuerdo es muy poco.

Poco recuerdo, por ejemplo, de París una iglesia en un monte pequeño a la que se llega tras subir muchas escaleras, Napoleón más grande que Jesucristo en el fresco de un templo, la torre Eiffel tan ferrosa, un museo de Rodin, pero lo que más recuerdo de la luz ciudad es estar en un parque, creo que era el de los Inválidos, y escribir una carta nostálgica a una amiga mientras sostenía en mi mano izquierda un abrecartas que le había comprado.

Aunque de Paría también recuerdo, tras varios días en esa ciudad, sentarme a descansar en una banqueta y mirar hacia arriba en un edificio público, al ver la bandera de Francia fue que por primera vez estuve consciente de estar en París.

Mi infancia fue feliz, creo, pero no tranquila. Desde muy temprano me entró un gran pavor por crecer. Recuerdo un documental en el que unos pájaros aventaban a sus hijos del nido porque ya estaban estos grandecitos, y ya no les quedaba más que estamparse contra el piso o aprender a volar. Sentí que a mí algún día me pasaría lo mismo.

Odiaba la escuela, pero tampoco quería trabajar.

Tenía (y quizá sigo teniendo, pero me tiene sin cuidado) una prima uno o dos años mayor que yo, que para mí podría haber sino toda una ‘señora’ y de quien no comprendía que quisiera usar mis juguetes. Hay fotos que atestiguan que mi padre era la figura máxima en mi vida, aunque quería mucho también a mi mamá, se nota que yo quería ser como mi papá. Imitando posturas, gestos, más allá de la genética era el niño mico que imita todas las actitudes del ser que adora. No sé qué tanto haya resentido mi madre esto, igual creía que era injusto que quisiera tanto a mi papá, siendo que con ella yo pasaba la mayor parte de mis días.

Recuerdo lejanamente a mi mamá diciendo cosas como “bueno vete con tu papá, a él es al que quieres más”. No creo que me haya afectado eso en nada, pero ahora pienso que debe ser un poco difícil para una madre, o un padre, descubrir que no es el favorito en los afectos del hijo.

Recuerdo de esos tiempos la frase: “tanto peca el que mata a la vaca, como el que le detiene la pata”, dicharajo del carajo que a la fecha me produce molestia, pero hay una historia detrás de esta aversión.

Iba yo en tercero de primaria, en un colegio irreligioso de monjas católicas, y me encontraba terminando la primera transformación de mi vida. En primero y segundo de primaria yo había estado en una escuela de mormones, en donde fui un niño aplicado, bastante bobo e inocente, aún para mi edad, realmente un santo enano o un enano santo. Siempre en el cuadro de honor de la escuela. Por razones prácticas para tercero de primaria mi padres decidieron cambiarme a una escuela de monjas católicas y, bueno, pasé años tratando de compaginar al ángel Moroni con la Virgen de Guadalupe.

En mi casa no éramos entonces nada religiosos, así que de la escuela tomé lo que podía de la enseñanza religiosa.

En la escuela católica yo ya no era ni aplicado, ni santo, admiraba a los tipos malos de quinto y sexto grado (a los que veía, tal como antes a mi prima, como adultos). En sexto iba Lázaro (que no sé si anduvo después de muerto) y su hermano Armando iba en quinto. Eran los más respetados, parecían mayores que el resto de los más grandes, su padre era dueño de una agencia de autos y de una distribuidora de gas para el hogar. Eran adinerados y por ende poderosos. Ese poderío los hacía de alguna manera intocables en la escuela. Impunes en sus pecados de cualquier tamaño. Yo me llevaba bien con ellos, igual y me veían como una especie de mascota.

Una vez estaba yo con Armando afuera del salón donde estaba un piano, allí nos daban clases de canto, y allí había también un gran armario donde las monjas guardaban las cosas que vendían en la papelería de la escuela. El salón siempre estaba cerrado con llave, excepto cuando nos daban clases y entonábamos las notas musicales con jubiloso tedio. La maestra de canto era una anciana, que apenas y podía con su alma. Ella nos enseñaba canciones de su juventud, sólo recuerdo una de un murciélago de una bóveda gótica, incógnito o pérfido con céfiros y quién sabe qué más palabras que yo desconocía, tal como las del himno nacional, de las que yo no entendía nada y las cantaba mecánicamente.

El caso es que una vez estaba yo con Armando, afuera del salón vacío y cerrado, y nos dimos cuenta que una ventana estaba abierta. Armando, me sugirió que aprovecháramos la oportunidad, ya que no había nadie a la vista, para meternos a sacar cosas del armario, total, nadie se iba a dar cuenta.

Yo era niño, pero no idiota, y sabía que lo que proponía mi ídolo infantil estaba mal. Me negué a entrar y Armando me dijo que yo era un cobarde, que al menos fuera útil para algo y que me quedara allí para avisarle si alguien venía.

Y así fue, me convertí en un cobarde útil visador mientras Armando se metía al salón para salir de allí con varios sacapuntas de diversos colores. Quiso darme unos pero yo me negué, ¿para qué quería un sacapuntas si yo ya tenía hasta dos? (uno se lo había quitado a mi hermano). Cada quién se fue de allí a sus respectivas clases.

Estaba yo poniendo atención a mi profesora (una mujer histérica a la que mis compañeros y yo solíamos sacar de sus casillas cada que nos aburría su clase, poniéndonos a gritar como posesos y esquivando el borrador y los gises que nos arrojaba la pobre mujer antes de ponerse a sollozar para regocijo nuestro) cuando llegó la madre superiora (no, no era una nave espacial del estilo de la del final de encuentros cercanos del tercer tipo, sino una mujer bajita y muy redonda con voz cavernosa) y me pidió que la acompañara.

Me la priora llevó con prisa a la dirección en donde estaba Armando llorando. Allí me enteré que habían descubierto el robo de los sacapuntas y que Armando había confesado todo, pero a su manera, es decir, que yo había sido el que entró al salón y había cometido el robo. Igual y fue la primera vez en mi vida en que se me pusieron los ojos cuadrados de la sorpresa, al descubrir que alguien te puede cargar sus sus culpas y responsabilizar de sus pecados.

Conté mi versión más por autodefensa que por honor a la verdad. Creo que las monjas no le creyeron, y de alguna manera pensaron que mi versión era la correcta. Sin embargo, el castigo me tocó todo a mí, mis padres no sudaban dinero como los de Armando.

Armando se fue de allí con un simple “pero no lo vuelvas a hacer Armandito”, y yo fui condenado a anotar muchas veces en mi libreta que no era bueno robar (250 repeticiones, con buen letra).

También mandaron llamar a mi mamá, quien desde entonces empezó a preocuparse de su hijo descarriado (sólo fue el inicio, más adelante tendría más razones de preocupación con respecto a mí). El punto es que cuando fue mi mamá y habló con la directora, yo estaba presente, y conté mi historia de nuevo, dije que era injusto lo que me hacían. Fue entonces que la redonda monja priora se creyó Salomón y me dijo que “Tanto peca el que mata a la vaca, como el que le detiene la pata”.

Debe importar mucho que el asesino de vacas sea el hijo de un padre adinerado, de un cacique poderoso, como para castigar al que sólo le agarra las patas a los rumiantes.

Igual y fue la primera injusticia que viví en carne propia, al menos es la primera que recuerdo, pero lo que me hace imposible olvidar esta historia es la frase idiota de la vaca, que la directora me tuvo que explicar porque yo nomás no entendía qué quiso decir con eso (y a la fecha no le enuentro en absoluto sabiduría a semejante tontería).

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Cadena

La verdad es luz,

la luz mata tinieblas,

las tinieblas habitan mentes

y las mentes son diversas.

Diversas son las palabras

y las palabras son confusas,

confusas son tus maneras

y aún así las utilizas.

El amor es ciego,

ciego es también el odio.

El odio taladra,

y el taladro hace hoyos.

Los hoyos son oscuros,

oscuros son muchos conceptos.

Hay conceptos en tu cabeza

y en tu cabeza estoy bien muerto.

La muerte es una duda

la duda es una tortura,

la tortura es insoportable,

y el tiempo no soporta a la belleza.

Tú eres bella,

bella es la pureza,

la pureza es un cristal

y el cristal delicadeza.

Delicada es tu persona y tú manera de ser.

¿Cómo en este mundo no te iba yo a querer?

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Quisiera

Quisiera decir que ya no tenemos nada,

quisiera decir que todo se lo tragó el pasado

quisiera mentir diciendo que nada siento por ti.

Quisiera presumir que todo se fue con el viento.

Pero no puedo esconder el sentimiento.

Quisiera convencer a  los amigos de que todo está superado,

y poner el punto final a lo que se supone es el fin.

Ojalá no tuviera palpitaciones enfermas,

cada que te miro o te escucho en una mención.

Quisiera poder presumir que ya me eres indiferente

y que no pienso en ti en cada canción.

Quisiera poder andar por los lugares que visitamos,

sin recordar que por ahí fuiste conmigo agarrada de la mano.

Quisiera revivir el museo de los muertos olvidados

y no pensar en la profanación privada que hicimos.

Quiera emborracharme para poder olvidarte,

y no que el alcohol me recordara siempre a ti.

Quisiera que José Alfredo lograra alejarme,

pero el el fondo no me quiero ir de aquí.

Quisiera creer que la edad me ha hecho más sabio

y que no que soy el pelele de cupido en cada palpitación.

Quisiera que 40 años no fueran tomados en cuenta

o que me pueda ir sin hacer el papel de bufón.

Quisiera ser Cohen a la edad de 70.

Quisiera escribirte la mejor canción.

Pero todos son deseos mientras me seco.

Todo es nada más que una buena intención.

Quisiera que no me tomes tan a la ligera.

O al menos que no me creyera todas tus actuaciones.

Ojalá la anestesia fuese efectiva.

Ojalá poco, para no notarlo, me durara la vida.

Pero seguíré aquí necio, neceando.

Aunque no haya nada que puda mejorar.

Ansiando como anciano tu regreso,

esperando que la vida me dé para más.

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Me consta (siempre)

Siempre la misma fábula, con el mismo animal que no aprende. Siempre la misma sopa de Esopo.

Siempre la idolización e idealización, que al final son sinónimos, y siempre despertar de ellas después de que un Moisés que bajó de la montaña arrojó sus tablas de multiplicar.

“Largo del paraíso”, nos gritamos, autoboicotéandonos el derecho a seguir como monos alegres en el bananero del Edén.

Todos terminamos creciendo, ¡ay de aquellos que se quedan como exiliados ilegales en el país de Nunca Jamás!, pues se ven obligados a convertirse en piratas, y siempre saldrán perdiendo (aunque se la pasen bien… de vez en vez… me consta).

Aunque tampoco se puede fingir la madurez.

Tampoco puedes decir que te encanta pagar impuestos (ni siquiera en el primer mundo es algo que guste a la gente… me consta).

Impuestas también son ciertas actitudes, tan malo es el adulto que justifica su idiota manera de ser diciendo que es “como un niño” (insulto a los infantes puros que por lo general sólo se vuelven idiotas al crecer), como impuesta es la seriedad y cordialidad que debes tener con toda la gente (¿qué sentido tiene saludar a quien te revuelve las entrañas con sólo verla? -y de quien eres totalmente correspondido en ese sentido).

Hay quienes agradan y hay quienes de mirarlos inducen al vómito (y yo soy menos monedita de oro que cualquiera… me consta).

Que existe gente (poca…pero no son tan pocos) a quien agrado, es cierto. Que existe gente (poca… y son muy pocos) que me agrada, también es cierto.

Que la mayoría me es idiferente y que les soy indiferente a todos ellos, es lo más cierto.

Así que ¿para qué mendigar palabras y pensamiento, sonrisas y besos?

El amor platónico es injusticia, y desperdiciar atenciones en lugares indebidos es regalar margaritas, perlas y diamantes a los cerdos.

También es malo (y mal visto) mendigar afecto.

Y al final, sinceramente, ni tú ni yo somos tan valiosos.

No te claves, la vida la densea uno mismo. Me consta.

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Cuentos, Relatos cortos

Un amor de altura (la tragedia del payaso estampado)

Quizá creas que el culpable de todo fue el “creativo” de la agencia de publicidad encargado del diseño y realización de la campaña; pues él consideró una buena idea utilizar la imagen de un payaso con uniforme de bombero para anunciar seguros contra incendios. “No es cosa de risa”, era la ‘brillante’ frase de la campaña. El creativo no debió tomar las cosas tan a la ligera y sí recordar la naturaleza melancólica de los payasos, así como el hecho de que estos –al igual que las mujeres que abusan del maquillaje– tienen siempre algo que ocultar. El mismo creativo publicitario fue quien concibió el ‘original’ concepto de hacer un anuncio de champú mostrando en él a una chica linda. En verdad hay gente creativa, y a los mejores les pagan por ello.

Por otro lado, sabemos que en este mundo nadie tiene la culpa absoluta de nada (ni siquiera Dios, pues de no ser así, ¿cómo se explica la existencia del diablo?), y por ello me atrevo a disculpar un tanto al poco imaginativo creativo publicitario de la tragedia que ocasionaron sus anuncios.

Todo comenzó la mañana de un día habitual en la gran ciudad. La gente iba y venía, hacia y desde, los mismos lugares de siempre con las acostumbradas prisas, presiones e histerias. Se respiraba el cotidiano aire de la soledad y se sentía la fría sombra de los grandes edificios. Precisamente en lo alto de uno de estos últimos se encontraba un grupo de hombres instalando un nuevo anuncio espectacular (de esos que los puristas, racistas y uno que otro fundamentalista cosmopolita, con aires de primermunista, llama billboard). Los habitantes de la ciudad suelen tornar sus miradas al cielo principalmente por dos motivos: para suplicar soluciones a un Dios, que generalmente está  olvidado, o para dar un vistazo a los nuevos espectaculares sobre las altas construcciones.

No es que el anuncio de los seguros fuera digno de admiración –sólo se trataba de un payaso en primer plano, quien de fondo tenía una casa en llamas y nos decía “No es cosa de risa” –, sino que esa mañana todos tanseúntes untaron en él su mirada porque era algo nuevo, un pequeño chichón en sus grises rutinas aplanadas. Al día siguiente, el anuncio se perdería entre la sobrepoblación de espectaculares que saturaba el cielo de esa importante avenida.

Una vez instalado, el payaso que ilustraba el anuncio cobró consciencia de su existencia. A su inherente inseguridad payasa, se le sumó un complejo de inferioridad ocasionado por los demás carteles gigantes que coronaban a los edificios adyacentes al suyo. Se sintió menos por lo alegres colores de aquel anuncio de refresco de cola, por el porte valiente y arrojado de un vaquero que recomendaba cigarros (y que en letras muy pequeñas advertía que fumar ‘puede posiblemente llegar a hacer latente la probabilidad de quizás contraer cáncer’), por la adusta cara de un gorila que protagonizaría un estreno cinematográfico, por los grandes ojos que parecían mirarlo todo gracias a una internacional cadena de optometristas y por el asco que sentía al ver a un anciano gesticulante, quien sin temer al ridículo (o quizás como una forma de matar al hambre) aparecía en minibikini anunciando una tienda de música.

Para evitarnos una mención de ese infinito número de espectaculares que lo deprimían, te diré que el pobre payaso sentía su corazón de papel sobrecogido y agobiado por el ambiente grotesco, aunque literalmente ‘elevado’, que lo rodeaba. Su vida era miserable.

Así pasaron los días, que tras convertirse en semanas y meses no lograron alegrar el humor del payaso, muy al contrario, el pobre se hundía más en su melancolía. Si pudiéramos ser literales, no mentiríamos al decir que el ánimo del clown bombero se encontraba por ese entonces en el sótano tres del alto edificio en donde él estaba instalado.

Una mañana de domingo, un grupo de hombrecillos llegó a quitar el recién censurado anuncio del viejo en bikini, que había caído de la gracia de los publicistas y público, porque era un insulto a la estética.

Pero lo que realmente alegró al payaso no fue la retirada de su antiguo vecino de enfrente, sino la llegada de un espectacular que promulgaba los beneficios de un champú que al mismo tiempo era acondicionador y tinte. “¡Bellísima!”, se dijo el payaso al ver a la modelo que sonreía satisfecha por los resultados del champú que anunciaba. La mujer tenía un rostro encantador: almendrados ojos expresivos que dejaban asomar un alma pura, una delicada boca que invitaba a ser besada con delicadeza, amor y respeto, una sonrisa inteligente y bondadosa… todo en conjunto mostraba una mujer pensante y con el grado justo de inocencia y malicia. Por lo menos todo eso pensó el payaso de ella y no debe sorprendernos que alguien que piense eso se enamore de manera fulminante desde un primer momento.

La mayoría de los demás anuncio, principalmente el del vaquero fumador, envidiaban la privilegiada situación del payaso, quien embelesado contemplaba día y noche a la mujer que tenía frente a él, cruzando la avenida. Por más envidia que tuvieran los demás anuncios, no decían nada, pues la vida de un espectacular se limita a ‘ver… por eso se llaman así (no es en vano que la palabra ‘espectacular’ venga del latín spectãre, que significa ‘mirar’). Claro que esa imposibilidad de expresarse también limitaba la comunicación del amor que sentía el payaso, pues éste se veía imposibilitado de confesarlo a su amada, quien de todos modos le sonreía encantada.

El payaso experimentó en esos días la mayor felicidad que su condición le concedía; pues no existen los payasos totalmente felices, ya que si en verdad lo fueran, entonces no vivirían explotando su alegría (la alegría de los payasos es tan irreal como sus colores y atuendos). Fue precisamente en estos momentos de modesta euforia que se presentó la tragedia.

Tiempo atrás, cuando colocaron el anuncio del champú, uno de los hombrecillos trabajadores que lo instaló consideró que no era necesario aislar el cable que proporcionaría iluminación al gran cartel . “Total, ¿qué puede pasar?”, se dijo el negligente y se fue a comer con su amante, quien era prima hermana de su abnegada esposa. El tiempo se encargó de demostrar que la indolencia del trabajador holgazán y adúltero, que pensaba que todo debe quedar en familia, había sido un error.

Una cálida noche de mayo, mes como cualquiera en que suelen nacer grandes figuras a la vez que anodinos personajes, el extasiado payaso bombero notó la primera chispa, literalmente hablando. en la parte inferior derecha del cartel donde estaba impresa su impresionante amada. Fue cuestión de segundos para que el anuncio de champú se convirtiera en una gran pira en la que otro amor platónico se consumió sin jamás tener la menor oportunidad de realizarse.

Por unos instantes, cuando la hermosa modelo fue un émulo de Juana de Arco en el universo mercadológico, el payaso se sintió sometido a la mayor impotencia posible, a la vez que víctima de una gran ironía. No podía quitarse de la mente que el anuncio en donde él aparecía se refería a un incendio y que sus ropas eran las de un bombero; sin embargo allí estaba, sollozando sin lágrimas viendo las cenizas que quedaban de su amor y de su amada.

Una vez consumida la pasión, la decepción tomó su lugar. El gorila y el vaquero fumador se mofaron de la desgracia de su vecino, quien con su recobrada infelicidad volvió a ser un auténtico payaso en toda la extensión de la palabra.

Días siguiendo a días, una monótona cadena de tiempo, y al clown se le comenzaron a ocurrir descabelladas ideas que, aunque pudiera, no hubiese expresado a nadie. Su plan estaba trazado, sólo hacía falta esperar, esperar el momento justo. Mientras tanto, el sitio que llegó a ocupar la amada del tinte de cabello fue sustituido de nuevo por un bravo perro de violentos dientes que anunciaba alarmas para el hogar, pero esto al payaso no le interesó.

Pasaron los meses y el payaso esperaba. Los calores dieron paso a las lluvias. Cuando llegó la temporada navideña, al vaquero le sobrepusieron un gorro de santaclós (que combinaba perfectamente con el color de la marca de cigarrillos que anunciaba); fuera de esa ligera alteración, todo lo demás siguió igual.

Febrero hizo su aparición, acompañado de sus fuertes vientos, el payaso se sintió momentáneamente vivo. Su espera estaba a punto de terminar, sólo faltaba el instante perfecto.

Fue precisamente durante la última semana de ese febrero, cuando la ciudad fue víctima de un gran soplo proveniente del Norte, viento que elevaba la tierra, el polvo y la inmundicia a grandes metros del suelo. Los profesores de biología solían decir en las escuelas que si el excremento fuera fosforescente, en la ciudad ya no habría necesidad de energía eléctrica para fines de iluminación.

Las corrientes hacían muy difícil tratar de caminar por las calles, las personas corrían el riesgo de terminar muy lejos de sus destinos y los perros caniches empezaron a ser criaturas voladoras. El payaso aprovechó la oportunidad, y con un gran esfuerzo y dedicación, sacando de su prolongada desesperación las energías necesarias, logró liberar poco a poco las bases del anuncio que estaban fijas en el concreto del techo del edificio, y concretamente arrojarse al vacío.

Esa noche las noticias de las nueve dijeron que varias personas habían resultado heridas tras la caída de un anuncio en la importante avenida en la hora que muchos empleados regresaban a sus casas. El gobernador se dispuso a promulgar una ley que ordenara “instalar esos anuncios de manera que las furias climáticas no los puedan desprender”… la gente estuvo de acuerdo con él (la retrospectiva es una ciencia exacta y cada pueblo tiene el gobierno que se merece).

Un suceso triste en la historia de la ciudad, todos culparon al fuerte viento de finales de febrero, se intentó demandar a la empresa que administra los anuncios (sin éxito, porque en realidad era un negocio del gobernador, encabezado por un prestanombres), pero nadie fue procesado y al final nadie supo la verdadera causa de la tragedia.

Ahora la sabes tú y puedes afirma que todo fue por la desesperación de un payaso espectacular.

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Vals

No me toquen ese vals
Porque es una melodía triste de añoranza
O bueno, sí tóquenlo porque a pesar de su melancolía me trae buenos recuerdos:
Porque de Tom y Jerry recuerdo mucho a Strauss
Porque de Cruise y Kidman recuerdo a Kubrik
Porque de Calamaro y Bunbury me acuerdo del OVNI
Porque de Jessica no me olvido del aroma de su pelo
Porque de los valses no me cuesta llevar el ritmo
Porque los bailaban reyes y también vaqueros
Porque ya suenan a música de antaño
Porque ya no se escuchan ni en los XV años
¿Será que al vals le tenemos miedo por ser hipnótico?
¿Será que suena un poco a sufrimiento del hipocondríaco?
La respuesta la tiene el viento o quizá Dios en su cielo, pero sí, por favor toquen el vals que más recuerdo.

vals

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